¿Cómo debe cuidarse el cuidador?

 

 

Seguro que has escuchado muchas veces eso de que hay que cuidarse uno mismo para cuidar bien del otro. Está claro que no es fácil, por eso te preguntas: ¿Cómo me voy a ocupar de mí mismo si tengo al lado a alguien que me necesita más que de lo que me necesito yo? Tengo que recoger la casa, cuidar de ella, ir al trabajo, hacer la compra… ¿de dónde saco yo el tiempo para cuidar de mí? Para escucharme y aguantarme con el trabajo que me da eso, mejor dejo pasar esos pensamientos y esos momentos para mí, que tengo demasiado que hacer.

Cuidar de mí es cuidar la herramienta, el instrumento que utilizo para apoyar, proteger y querer a esa persona que busca mis cuidados y cuenta conmigo.

Pero es cierto que muchas veces, fruto de la situación de cuidado, pueden aparecer una serie de señales que nos dan la voz de alarma y que tienen que impulsar al cuidador a intervenir cuando las detecta, para que no se cronifiquen y lleguen a hacerse irreversibles. Estas señales son:

Problemas de sueño.

Pérdida de energía, fatiga crónica, sensación de cansancio continuo etc.

Aislamiento.

Consumo excesivo de bebidas o pastillas.

Problemas físicos: palpitaciones, temblor de manos, molestias digestivas.

Problemas de memoria y dificultades para concentrarse.

Menor interés por personas y actividades que anteriormente eran objeto de interés.

Aumento o disminución del apetito.

Enfadarse fácilmente.

Dar demasiada importancia a pequeños detalles.

Cambios frecuentes de humor o estados de ánimo.

Dificultad para superar estados de depresión o nerviosismo.

No admitir la existencia de síntomas físicos o psicológicos que se justifican mediante otras causas ajenas al cuidado.

Tratar a otras personas de la familia de forma menos considerada que habitualmente.

Por tanto, tras analizar todas estas señales de alarma, es siempre recomendable que, si las circunstancias lo permiten, la persona que va a cuidar a un familiar elabore un plan de acción que le ayude a tener claras las metas del cuidado y la forma en que va a llegar hasta ellas.

Cómo saber si me estoy cuidando                                                 

 Cuidar de otra persona implica una serie de exigencias que pueden perjudicar al cuidador tanto física como psicológicamente, y que los cuidadores que mejor se sienten son los que mantienen unos hábitos de vida saludables que les llevan a estar en las mejores condiciones físicas y psicológicas para cuidar de su familiar.

La persona cuidadora debe hacerse una serie de preguntas para atender sus necesidades:                                  

¿Duermo lo suficiente?

 Dormir es una de las necesidades vitales. Sin un sueño reparador las personas pueden tener multitud de problemas: falta de atención, propensión a los accidentes, irritabilidad, quedarse dormido en situaciones peligrosas, etc. La falta de sueño es un problema frecuente entre las personas que cuidan, porque muchas veces, atender a un familiar con una enfermedad crónica, supone también tener que hacerlo de noche. Todo ello puede ocasionar un mayor aumento de la tensión emocional y una mayor fatiga.

¿Hago ejercicio físico con regularidad?

 El ejercicio físico es una forma muy útil para combatir la depresión y la tensión emocional. Es una forma saludable de eliminar las tensiones que se van acumulando a lo largo del día.

Caminar, por ejemplo, es una forma accesible de hacer ejercicio, y por ello se pueden aprovechar las salidas necesarias para ir a la calle para caminar un rato, incluso dando un rodeo para caminar más tiempo. Igualmente, si las condiciones físicas de la persona a la que se cuida lo permiten, pueden pasear juntos, o bien puede hacerse una sencilla tabla de ejercicios en casa.

Lo importante es considerar que realizar ejercicio físico es una actividad fundamental de cara al cuidado de la propia salud, y que puede resultar muy gratificante, tanto desde el punto de vista físico como psicológico.

¿Mantengo mis relaciones sociales?

 Muchas de las personas que cuidan, como consecuencia de un exceso de trabajo, se distancian de sus familiares y amistades cuando la persona a la que cuidan requiere una dedicación intensa. Esto puede llevar a una situación de aislamiento que aumenta la sensación de sobrecarga y estrés, y que le pueden ocasionar problemas físicos y psicológicos.

Para evitar que esto ocurra, una buena solución es que el que cuida disponga de algún tiempo libre que pueda emplear en hacer actividades que le gustan, y estar con otras personas.

Si tiene dificultades de tiempo y es necesario que algunas personas le sustituyan durante algún tiempo para quedarse cuidando de su familiar, pedir ayuda puede dar muy buenos resultados.

¿Mantengo mis viejas aficiones e intereses?

 Aunque resulte difícil, lo ideal es mantener un equilibrio entre las propias necesidades e intereses personales y las obligaciones que implica cuidar a un familiar.

Por eso, en el caso de que se hayan ido abandonando aficiones, actividades, contacto con amistades etc, es conveniente que poco a poco se vayan incorporando de nuevo a nuestra vida. Así, quien cuida, podría empezar por hacer una lista de las actividades que le gustaría hacer y, a partir de ahí, elegir aquellas que le resulten más viables y comenzar haciendo éstas. Gradualmente se podrán ir incorporando otras y así, poco a poco, recuperar esas aficiones.

¿Soy capaz de encontrar momentos para mi propio descanso?

 Las personas que están cuidando a un familiar se ven sometidas a lo largo del día a un esfuerzo continuo. Por ello es importante que introduzcan en su vida diaria momentos de descanso, sin que sea necesario para ello salir de casa o dejar solo al familiar.

Existen formas sencillas de distraerse y tomar un respiro para relajarse que se pueden llevar a cabo con facilidad. Por ejemplo, respirar profundamente durante unos instantes, mirar por una ventana, leer, tomarse un refresco. También puede ser muy útil practicar alguna técnica de relajación.

¿Sé organizar mi tiempo?                                                                   

 Cuando se pregunta a los cuidadores cuáles son las preocupaciones más frecuentes respecto a cómo influye la situación de cuidado en sus vidas, muchos de ellos afirman que una de sus preocupaciones más intensas es la falta de tiempo para hacer lo que deberían/quieren hacer.

Tienen múltiples demandas de tiempo relacionadas con responsabilidades de trabajo, las necesidades de su familiar dependiente, necesidades de otros familiares y necesidades personales. Así pues, es muy frecuente encontrar en ellos problemas de nerviosismo originado por el afrontamiento diario de demandas en conflicto. Es necesario organizar el tiempo para poder incluir las actividades que el cuidador quiere realizar.

 Consejo:

Si no sabes cómo cuidarte acude a un experto o escríbenos(psicopracticaonline@gmail.com ), te aconsejaremos.

INTELIGENCIA SOCIAL e INTERPERSONAL

La inteligencia social es una capacidad muy útil a desarrollar en estos tiempos de crisis económica, ya que nos ayuda a saber vivir en comunidad sin depender exclusivamente del dinero, es decir nos ayuda resolver problemas materiales a partir de un intercambio entre seres humanos, similar al antiguo trueque de los artesanos.

Pero , qué es eso de inteligencia social o inteligencia interpersonal y qué la diferencia de la inteligencia emocional de Goleman, a continuación trataremos de daros la respuesta.

Desde una perspectiva evolutiva, la inteligencia puede ser considerada con una de las capacidades que más han contribuido a la supervivencia de nuestra especie. El cerebro social se desarrolló básicamente en las especies de mamíferos que vivían en grupos y evolucionó como un mecanismo de supervivencia. Los sistemas cerebrales que determinan la diferencia existente entre los seres humanos y el resto de los mamíferos creció en proporción directa con el número de individuos que componían la horda primordial. Por ello algunos científicos han llegado a decir que lo que ha permitido al homo sapiens eclipsar al resto de los humanoides no ha sido tanto su superioridad física ni sus destreza cognitivas sino, precisamente, sus habilidades sociales.

Los psicólogos evolucionistas afirman que el cerebro social y, en consecuencia, la inteligencia social se desarrolló para satisfacer el reto de gestionar adecuadamente las corrientes sociales de los grupos de primates, es decir, quién es el macho alfa, con quién puedo contar y a quién y cómo debo complacer (cosa que se pone de manifiesto, por ejemplo, en la conducta de acicalamiento). En el caso de los seres humanos, la necesidad de participar en el razonamiento social especialmente, la coordinación, la cooperación y la competencia ha impulsado el desarrollo del cerebro y, en consecuencia, de la inteligencia.

Las grandes funciones del cerebro social, desde la relación sincrónica hasta las diferentes modalidades de la empatía, la cognición social, las habilidades de relación y la preocupación por los demás apuntan hacia dimensiones diferentes de la inteligencia social. Esta perspectiva evolutiva nos invita a revisar el papel que desempeña la inteligencia social en la taxonomía de las capacidades humanas y a reconocer que la inteligencia puede llegar a incluir habilidades no cognitivas (lo que precisamente hizo Howard Gardner con su revolucionario concepto de inteligencias múltiples ).

Los hallazgos realizados por la neurociencia en el campo de la inteligencia social pueden revolucionar las ciencias sociales y conductuales. Los recientes descubrimientos de la llamada neuroeconomía (que estudia el funcionamiento del cerebro durante el proceso de toma de decisiones), por ejemplo, han puesto en entredicho los presupuestos básicos de la economía. Sus conclusiones han sacudido los cimientos del pensamiento económico. Desde una perspectiva evolutiva, la inteligencia puede ser considerada con una de las capacidades que más han contribuido a la supervivencia de nuestra especie.

Este tipo de inteligencia sumada a la llamada inteligencia emocional de Goleman, la cual no ayuda a gestionar nuestras propia emociones, no son útiles frente a cualquier crisis, ya sea económica o personal, porque nos ayudan a analizar el problema en sí, sin tener que sufrir en exceso. Esto quiere decir que por un lado, analizaremos la situación diferenciando entre la realidad de lo ocurre y mis emociones frente a la misma y dificultades del problema que puedo resolver pidiendo ayuda a otros o contando con sus consejos.

Así pues, no dudes en desarrollar ambas capacidades y tomarte cualquier problema como un simple bache que hay que aprender a sortear.

Consejo: Si necesitas desarrollar alguna de estas habilidades apúntate a algún curso o escríbenos (psicopracticaonline@gmail.com) , nosotros te asesoraremos.

SEXUALIDAD Y AUTOESTIMA

Estamos excesivamente acostumbrados a hablar de sexualidad sin deparar en que su buen desarrollo depende en gran parte de nuestro desarrollo afectivo y social. Además confundimos su solidez y buen uso con la forma en que alardeamos de nuestra vida sexual y eso no es cierto, ya que la buena sexualidad se desarrolla en las personas que no sólo han desarrollado una vida afectiva y social sana y estable, si no además una autoestima sólida y real.

Por tanto permítanme decirles que en la medida en que hemos sido capaces de recibir los cuidados y atenciones necesarias en la infancia y edad escolar, hemos desarrollado unos patrones de relación con el mundo y con nosotros mismos, siendo estos patrones la base de nuestra afectividad, autoestima y sexualidad, tanto a nivel interior como a nivel exterior.

Es bueno que tengamos claro que es la sexualidad, pero igual de importante es que cuidemos también nuestra salud y desarrollo afectivo, porque esta es la base de nuestra estabilidad psíquica afectando a todas la áreas de nuestra actividad diaria. No vale la falsa autoestima de creerse mejor que otros en la cama, lo que vale y cuenta de cara a uno mismo, es ser capaces de detectar nuestras limitaciones y, o bien aceptarlas o bien mejorarlas.

Con todo ello pasemos a definir de forma adecuada la sexualidad pero no olvidemos cuidar de nuestros procesos afectivos tanto de nuestra vida social como de nuestra relación y cuidado de nosotros mismos.

¿Qué es la sexualidad?

“La sexualidad es un aspecto central del ser humano presente a lo largo de su vida. Abarca al sexo, las identidades y los papeles de género, el erotismo, el placer, la intimidad, la reproducción y la orientación sexual. Se vivencia y se expresa a través de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, conductas, prácticas, papeles y relaciones interpersonales. La sexualidad puede incluir todas estas dimensiones, no obstante, no todas ellas se vivencian o se expresan siempre. La sexualidad está influida por la interacción de factores biológicos, psicológicos, sociales, económicos, políticos, culturales, éticos, legales, históricos, religiosos y espirituales” (OMS, 2006)

Vemos que envuelve diferentes aspectos de nuestro ser, necesariamente vinculados a diferentes etapas del desarrollo, como lo es el desarrollo de la identidad o el propio desarrollo cognitivo, así pues es lícito decir que nuestra conducta sexual es todo un entramado de variables personales cuyo fin es la satisfacción de una necesidad muchas veces placentera o otras puramente orgánica.

En resumen y con lo expuesto con anterioridad sólo quiero hacer notar y diferenciar, lo que nos venden a nivel televisivo en relación a nuestra sexualidad y la importancia de tener en cuenta que nuestra sexualidad compartida, implica compartir con otro la parcela de intimidad más importante de nuestro ser, que es ni más ni menos que nuestra propia piel, última barrera diferencial entre el yo y el mundo exterior, por lo que no esta de más valorar con quién y cómo lo compartimos, además de cuidar y sanar las múltiples y diferentes partes de nuestro desarrollo sexual y afectivo, con la finalidad de tener no tan sólo una vida sexual mejor, si no una sana y adecuada autoestima.

Consejo: No olvides tratar con un especialista los posibles problemas que encuentres en tu sexualidad.

Si quieres saber más sobre sexo y sexualidad pinche aquí.

El falso mito de la astenia primaveral

 

Vitaminas, jalea real, ginseng y otros compuestos. En primavera (igual que en otoño) cobran protagonismo en las estanterías de farmacias y otros comercios. Aprovechan la fama de que el cambio de estación hace que nos sintamos decaídos y necesitemos la ayuda de estimulantes. Pero los especialistas coinciden: ni la astenia primaveral está respaldada por ninguna evidencia científica, ni atiborrarse de vitaminas resulta necesario a no ser que el médico lo indique.

De hecho, la mayoría de médicos duda de la existencia de la astenia primaveral. “No es una enfermedad, no hay que ir al médico ni tomar nada. Hay gente que dice sentirse algo fatigada y desmotivada, pero no hay ningún estudio científico que demuestre su relación con la primavera”, afirma Víctor Navarro, psiquiatra del hospital Clínico de Barcelona. Coincide con él Francisco Camaralles, médico de familia en Madrid y miembro de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (SEMFyC): “Dudo de que exista como entidad clínica, igual que también dudo de que exista el síndrome posvacacional. Cierto que uno puede sentirse decaído, pero en todo caso no se trataría de una enfermedad; como mucho, un trastorno temporal por el cambio de horario o el aumento de la temperatura”, afirma Camarelles.

Los trastornos por el ajuste al reloj solar duran dos semanas

Mucha gente toma vitaminas y se siente bien, pero es puro placebo

El paso al verano no causa depresión, pero puede precipitarla

Los síntomas de la astenia son fatiga generalizada, somnolencia diurna, desmotivación, dificultad de concentración, aturdimiento, irritabilidad, falta de apetito y disminución de la libido. “La astenia es un motivo de consulta durante todo el año. Y se puede deber a muchas cosas: a una anemia, al efecto de un medicamento o a temas más graves. En primavera no se tiene más”, añade.

De existir tal apatía, ¿a qué podría achacarse? Algunos explican la astenia por una disminución de las endorfinas, la llamada hormona de la felicidad, aunque no hay estudios que demuestren una correlación. Lo más viable es que la fatiga se deba a que nuestro cuerpo debe adaptarse a las nuevas condiciones de luminosidad y de temperatura, a lo que hay que añadir cambios en la humedad y la presión atmosférica.

Contribuye también el cambio horario, que supone dormir una hora menos, desplazar la hora de las comidas, del trabajo y otras actividades. Quienes más notan el cambio de hora son los niños y los ancianos. Pero en todo caso, la fatiga que conlleva y el malestar anímico asociado sería un trastorno temporal que no duraría un máximo de dos semanas. Hay personas que se adaptan más rápidamente que otras.

El aumento de la temperatura en una época en la que aún no se ha realizado el cambio de armario y se llevan atuendos invernales también puede sumar. Pero de ahí a relacionar esa sensación general con alguna patología hay una distancia enorme. “La percepción sobre la propia salud depende de cada persona”, afirma Camarelles. Hay quien se siente francamente débil ante la somnolencia ocasionada por el cambio horario. Hay quien se siente estimulado ante la luminosidad de las mañanas primaverales.

Nuestro reloj biológico está programado para funcionar según estímulos que recibe del exterior. La luz es uno de los elementos básicos, y los cambios en las horas en que un individuo disfruta de más luz natural influyen en su salud. En los países con pocas horas de luz la incidencia de la depresión es mayor. Hay personas especialmente sensibles a las que la llegada del otoño y la reducción de las horas de luz les influye. Es el llamado síndrome estacional, que afecta a un 15% de la población en mayor o menor intensidad.

En países con cambios muy marcados entre los periodos largos y cortos de luz, como ocurre en Finlandia e Islandia, la prevalencia es aún más elevada. El tratamiento más efectivo consiste en una hora y media diaria ante una lámpara especial a unos 40 centímetros. La luz inhibe la producción de la melatonina, la hormona que nos hace dormir, y así alivia el estado letárgico. En muchos casos este tratamiento es suficiente.

Habitualmente, el aumento estacional de las horas de luz se traduce en mayor bienestar. “La luz nos estimula; en muchas especies animales y plantas está relacionada con un aumento de la vitalidad, necesaria para la reproducción, el acopio de comida, etcétera”, explica Juan Antonio Madrid, especialista en cronobiología de la Universidad de Murcia.

De hecho, la luz es un auténtico sincronizador de todos los ciclos que ocurren en nuestro cuerpo. Unas células especializadas que están en la retina se encargan de enviar información a una zona del cerebro que alberga el reloj que pone en hora los procesos que ocurren en nuestro cuerpo. Es el núcleo supraquiasmático, que se encuentra en el hipotálamo.

Así se desencadena una serie de cambios químicos que afectan sobre todo a la glándula pineal, que hacen que se libere serotonina, conocida como la hormona de la felicidad, mientras que se suprime la producción de melatonina, la hormona que controla la duración y el ritmo del sueño.

¿Quién la sufre?

La combinación de la llegada de la primavera con otras patologías sí que puede llegar a ser un cóctel que conduzca al desánimo. La que más, la alergia al polen. Entre un 20% y un 25% de la población sufre rinitis alérgica, según datos de la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (SEAIC). La inflamación que provoca no solo se traduce en un malestar general que puede hacer que se duerma mal, que se esté más irritable y, en definitiva, que se sienta más fatiga y desmotivación.

Algunas investigaciones apuntan a que la propia reacción alérgica y el proceso inflamatorio que implica podrían incidir al mismo tiempo en la producción de algunos neurotransmisores. “Algunas hipótesis indican una relación entre el sistema inmune y la producción de la serotonina”, explica José María Martínez Selva, catedrático de psicobiología de la Universidad de Murcia.

Las alteraciones ocurrirían en personas predispuestas, indica Selva. “También es cierto que algunos tratamientos contra la alergia podrían reforzar los sentimientos depresivos”, añade.

Algunas enfermedades mentales tienen también un componente estacional, aunque los estudios que se han realizado hasta ahora tampoco dejan muy clara la relación causa-efecto, apunta Selva. En los trastornos afectivos, como el trastorno bipolar o las depresiones, la alteración de los ritmos biológicos por el incremento de las horas de luz no siempre funciona como un estímulo.

Si bien el buen tiempo supone una mejora para muchas personas con depresión, en algunos individuos el tránsito entre el invierno y el verano y las alteraciones que conlleva en la producción de neurotransmisores podrían empeorar su condición. Algunos estudios indican que al final de la primavera es cuando más suicidios se dan entre estos enfermos. “Se ha podido ver que, a pesar del estímulo que puede suponer el incremento de la luz, en estos casos sus niveles de serotonina eran bajos”, explica Selva.

En cuanto a la aparición de la depresión durante la primavera, este especialista afirma que el cambio estacional también puede ser un precipitante, pero no la causa. También pueden acusar a la primavera quienes padecen soriasis o úlcera de estómago. Así pues, los especialistas coinciden en que la astenia primaveral, como mucho, debe ser considerada un trastorno transitorio ante el que tampoco sería necesario tratamiento. “Hay personas que toman vitaminas porque en cierta manera ejercen un efecto placebo y les ayudan a sentirse mejor”, explica Camarelles. “Yo les digo que si siguen una dieta variada no las necesitan, pero si quieren tomarlas no se lo niego; que las tomen, pero sin abusar”, afirma. Bien al contrario, tomar más vitaminas de la cuenta también tiene un precio. “La hipervitaminosis también provoca problemas”, añade.

Mantener unos hábitos de vida saludables contribuye a resituarse. Aunque el buen tiempo anime a alargar las horas, se aconseja llevar un horario regular de sueño y de comidas. Para adaptarse al calor, se recomienda no dejarse llevar por la apatía y fomentar actividades suaves y ejercicio moderado que motiven y estimulen.

Una dieta sana y equilibrada, rica en verduras, frutas y cereales, hace innecesarias las vitaminas, a no ser que se padezca alguna otra patología, como puede ser una anemia. Se aconseja empezar el día con un buen desayuno y acabarlo con una cena ligera.

Consejo: Sí tienes dudas consulta a un especialista y descarta cualquier enfermedad de origen orgánico y/0 estado afectivo alterado.

Clarificando la noción de Personalidad…

 

Aclaremos algunos puntos:

1)      La Personalidad no es innata: Venimos al mundo con un repertorio de reflejos (innatos) muy básicos a partir de los cuales empezamos a interactuar con el entorno y a desarrollar patrones de conducta cada vez más complejos (aprendidos). A lo largo del desarrollo, las conductas que vamos incorporando a nuestro repertorio son cada vez más elaboradas, incluyéndose tanto conductas motoras observables, como creencias y modos de pensar, formas de sentir, reaccionar, emocionarse… Todas estas conductas observables y encubiertas que incorporamos son producto de los aprendizajes que tienen lugar en nuestra interacción con el entorno. Innatos sólo serían esos reflejos básicos iniciales, a partir de ahí, lo demás es aprendido a través de la experiencia directa, la observación de otros, la información que nos transmiten verbalmente otras personas, nuestra capacidad de razonamiento…

 2)      La Personalidad no determina nuestro comportamiento: A lo largo de nuestra historia de vida vamos confeccionando lo que se denomina “Historia de Aprendizaje”. Ésta alude a todos aquellos comportamientos (maneras de actuar, sentir, pensar y reaccionar) que por haber sido funcionales (útiles) en repetidas ocasiones, hemos ido incorporando a nuestro repertorio. Lo que nos es útil lo incorporamos a “nuestros modos de actuar” y lo que no nos ayuda, lo desechamos. Incluso aquellas conductas o maneras de pensar que a otros les pudieran resultar inadecuadas o contraproducentes, podrían resultar funcionales o haberlo resultado en el pasado para una persona y por ello podrían mantenerse en su repertorio, incluso aunque ya no sean tan adaptativas o aunque no lo parezcan a los ojos de los demás. Hay que entender que el repertorio de conductas de cada persona es único y responde a su historia de aprendizaje que también es única. Algunas cosas aprendidas en el pasado porque en su día ayudaron a la persona a manejarse y a funcionar en su entorno, podrían mantenerse hoy por hoy pese a que ya no sean tan útiles, simplemente por el hecho de haberse repetido mucho en el pasado y haberse consolidado fuertemente en el repertorio. Este efecto de consolidación que es producto de la repetición de ciertas conductas o ciertas formas de pensar es lo que nos permite hablar de estabilidad a la hora de referirnos a la personalidad.

Cuando una conducta es útil en cierta situación, también puede ser aplicada con resultados igualmente positivos en situaciones similares (efecto de generalización del aprendizaje), por lo que aprendemos a ampliar el uso de esa conducta. De esta manera, vamos aprendiendo ciertos comportamientos (acciones, ideas y creencias, respuestas emocionales…) que tendemos a repetir, quedando éstos cada vez más consolidados. Sin embargo, el que un patrón de comportamiento sea relativamente estable como resultado de haber sido ventajoso en varias situaciones, no quiere decir que sea determinante de nuestra conducta en otras situaciones diferentes. Lo único que quiere decir es que cuando una conducta ha sido reforzada aumenta la probabilidad de que se utilice en las mismas circunstancias o en parecidas, pero no porque estemos determinados a ello, sino porqueHEMOS APRENDIDO que es ventajosa. Esto explica que recurramos con mayor facilidad a conductas ya asentadas en nuestro repertorio en lugar de probar otros comportamientos o interpretaciones nuevas. De esta manera, lo más probable es que los viejos hábitos de conducta se sigan consolidando, configurándose de esta manera lo que llamamos Personalidad.

 

3)      La Personalidad puede ser modificada: Si entendemos la Personalidad como la venimos definiendo aquí (patrones de comportamiento relativamente estables en el tiempo y a lo largo de las situaciones que son producto de la historia de aprendizaje de cada individuo), podemos asumir, que en tanto que dichos patrones son aprendidos, también podrían ser modificados. Si nosotros quisiéramos, no tendríamos por qué sentirnos determinados a comportarnos como lo hemos venido haciendo en las situaciones por las que hemos pasado, porque nosotros tenemos la capacidad de decidir cómo queremos comportarnos sin necesidad de “atarnos” a nuestra historia de aprendizaje previa. Debemos tener en cuenta que la capacidad de aprendizaje y por tanto la capacidad de cambio de las personas es enorme, aunque no es menos cierto que cuanto más consolidado está un comportamiento, más difícil será modificarlo y más tenderemos a responder de la manera habitual ante las situaciones típicas. La historia de aprendizaje previa no nos determina, aunque sí hace más probables ciertas conductas. Esos patrones de pensamiento y actuación se terminan convirtiendo con el tiempo y la repetición en características individuales o “señas de identidad” a nuestros ojos y a los ojos de los demás, funcionando en muchos casos, como justificaciones para nuestros actos y como excusas para no implicarnos en un cambio, pese a que el cambio SÍ sería posible.

Del mismo modo que una conducta o una manera de pensar o interpretar la realidad se convierte en un hábito estable como consecuencia de la repetición, se puede seguir el camino inverso para “deshabituarnos”. Esto pasa por poner a prueba otros tipos de actuaciones o de interpretaciones alternativas ante las situaciones en las que solíamos recurrir a los patrones anteriores. Esto no será fácil, ya que en muchos casos los comportamientos más asentados aparecerán de manera casi automática ante los estímulos habituales, pero de nuevo, con la práctica y la repetición de las conductas o pensamientos alternativos, en cuestión de tiempo, los nuevos hábitos de actuación y pensamiento podrán sustituir a los antiguos.

Conclusiones…

El término PERSONALIDAD es tan solo una etiqueta descriptiva que utilizamos para aludir a un conjunto de comportamientos que son relativamente estables (en el tiempo y a lo largo de las situaciones) y que son producto de la historia de aprendizaje previa, pero al tratarse de patrones de conducta aprendidos, también pueden ser modificados. Esos hábitos podrían ser sustituidos por otros hábitos nuevos en el momento en que la persona quiera y se proponga realizar un esfuerzo de cambio, tal vez cuando perciba que algunas cosas de “su personalidad” no le gustan o ya no le son tan útiles y adaptativas como antes

Recomendación: Si tienes dudas acude a tu especialista o infórmate sobre cursos para trabajar la personalidad y mejorar la autoestima.