7 leyes del Karma: ¿Cómo pueden cambiar tu vida?

 

karma
 
Si existe una máxima que debe convertirse en la base de las acciones que uno emprende a lo largo de la vida, seguramente sería la compasión: no hagas a otros lo que no quieras que te hagan a ti. 
 
Se trata de una frase muy antigua, de Confucio, pero también resulta muy actual, aunque por desgracia, muy pocas personas la ponen realmente en práctica. Esta idea es, de cierta forma, la base del karma.
 

¿Qué es realmente el karma?

 
El karma es una palabra que proviene del sánscrito y que está presente en diferentes religiones dhármicas, como el hinduismo y el budismo. Hoy esta palabra se ha popularizado pero muy pocos sabe a qué se refiere realmente.
 
El karma indica las acciones, tanto físicas como verbales y mentales. Esas acciones dejan huellas o impresiones, aunque sean muy sutiles, que después generan resultados o consecuencias en la persona. De cierta forma, el karma es algo equivalente a la ley de Newton que indica que “cada acción tiene una reacción”. 
 
Por tanto, cuando pensamos, hablamos o actuamos, desencadenamos una fuerza que reaccionará en proporción. Así, el karma es una especie de juez de nuestros actos, pero no debemos comprenderlo como un castigo que nos aboca a un destino preestablecido sino más bien como una oportunidad de aprendizaje. De hecho, el karma también simboliza la responsabilidad por nuestras acciones y enfatiza en la importancia de ser conscientes de que estas tienen consecuencias.
 
Cada persona es libre para tomar el camino que desee, puede elegir entre hacer el bien o el mal, pero el mundo le devolverá las propias fuerzas que ha puesto en movimiento.
 
Por supuesto, el karma es un concepto mucho más complejo y no forma parte del objeto de estudio de la Psicología, aún así, muchas de las leyes que se encuentran en su base pueden dejarnos una valiosa enseñanza para la vida cotidiana, pueden ayudarnos a ver el mundo con otros ojos y, sobre todo, pueden promover la felicidad personal desde una postura comprometida y consciente.
 

Las leyes del karma: ¿Qué  nos enseñan desde el punto de vista de la Psicología?

 
1. Gran Ley. Se trata de un principio básico que nos remite a la sabiduría popular “el que siembra viento, recoge tempestades”. Lo que transmitimos al universo, nos será devuelto pero diez veces más potente. Esta ley nos incita a reflexionar sobre nuestros pensamientos, palabras y comportamientos porque, de una forma u otra, todos repercuten en nuestro bienestar. Incluso nuestra forma de pensar determina la manera en que reaccionamos ante las situaciones y, por consiguiente, lo que obtendremos de estas. 
 
2. Ley de la Responsabilidad. Si algo malo te sucede, significa que hay algo mal en ti porque lo que nos rodea es simplemente una expresión de lo que reflejamos. Esta ley nos recuerda que no debemos quejarnos inútilmente sino asumir nuestra cuota de responsabilidad por lo que nos sucede y preguntarnos qué podemos hacer para cambiar esa situación. Asumir la responsabilidad por nuestros actos no es echarse la culpa, sino adoptar una postura proactiva que nos conduzca hacia donde realmente deseamos encaminarnos.
 
3. Ley de la Conexión. En el universo todo se encuentra interconectado, así que cualquier acto, por intrascendente o nimio que pueda parecernos, tendrá repercusiones. Se trata de una ley estrechamente vinculada al Efecto Mariposa ya que indica que cada acción que emprendemos, nos conduce en una dirección y nos aleja de otra. Nos indica que cada paso es importante y que debemos prestarle atención a cada pensamiento porque estos nos pueden aproximar o alejar de nuestra meta, aunque en un primer momento no nos demos cuenta. 
 
4. Ley del Cambio. Esta ley está muy vinculada a un refrán popular que dice: “el hombre es el único animal que choca dos veces con la misma piedra”. Nos indica que la historia se repite hasta que seamos capaces de aprender la lección y cambiar el rumbo. Por eso, muchas personas se ven envueltas en patrones negativos y/o autodestructivos que se repiten continuamente. La buena noticia es que está en nuestras manos romper ese círculo vicioso, aprendiendo de nuestros errores, creciendo y continuando adelante.
 
5. Ley del Enfoque. No se puede pensar en dos cosas al mismo tiempo, por lo que es mejor ir paso a paso. Cuando intentamos abarcar demasiado, no solo perdemos la concentración y gastamos más energía innecesariamente sino que le abrimos la puerta a la inseguridad y al estrés porque perdemos la brújula. Un antiguo proverbio romano se refería de cierta forma a esta ley: “quien va despacio, llega lejos y seguro”. 
 
6. Ley de la Humildad. Esta ley también nos remonta a un antiguo refrán popular “al que no quiere caldo, se le dan dos tazas”. Nos indica que si no somos capaces de aceptar las cosas, estas continuarán molestándonos, por lo que nos conmina a aceptar los cambios. De hecho, aceptar es el primer paso para cambiar o para sanar, si no aceptamos la existencia de un problema o de algo que nos disturba, jamás podremos solucionarlo. Sin embargo, esta ley va un paso más allá para indicarnos que debemos aceptar desde una actitud humilde, no desde la arrogancia o la superioridad.
 
7. Ley del Crecimiento. Allí donde vayas, estarás tú. A primera vista puede parecer una verdad de Perogrullo pero lo cierto es que muchas personas cambian de lugares y de cosas, solo para verse envueltas de nuevo en el mismo círculo vicioso porque no han cambiado sus malos hábitos y sus patrones de pensamiento. Sin embargo, cualquier cambio empieza dentro de nosotros mismos. Ya lo había dicho Buda “es más fácil usar pantuflas que alfombrar el mundo”.
 
Como puedes apreciar, se trata de leyes que incluso tienen su equivalente en la sabiduría popular y, si las aplicamos, pueden tener un impacto muy positivo en nuestra vida cotidiana y nuestro bienestar. Básicamente, se trata de comprender que nuestras palabras, pensamientos y acciones tienen consecuencias, lo cual también significa que está en nuestras manos alcanzar ese estado de felicidad y tranquilidad que tanto deseamos.

 

7 patrones de pensamiento autodestructivos con los que te arruinas cada día

pensamientos negativos
Una persona que piensa todo el tiempo, no tiene nada en qué pensar, más que en sus pensamientos”, dijo Alan Watts.
 
Cuando estamos pensando, perdemos el contacto con la realidad, casi de la misma forma que una persona que sufreesquizofrenia o algún tipo de psicosis. Esas charlas con nosotros mismos, esa repetición continua y hasta compulsiva de determinados patrones de pensamiento, nos puede conducir a un precioso mundo de ilusiones pero también de problemas construidos, nos aparta de la realidad, dejamos de percibirla, para adentrarnos en el mundo que hemos creado y que existe solo en nuestra mente.
 
Por supuesto, pensar no es malo. Todo lo contrario, pero en su justa medida. El pensamiento debe ser una herramienta que podamos utilizar para resolver ciertos problemas, no se puede convertir en algo que nos domine. Esa voz dentro de nuestra cabeza debe ser una herramienta que nos guíe, no algo que nos desoriente.
 
Obviamente, no podemos silenciar por completo la mente, sería como intentar darle forma al agua con un martillo, pero es conveniente que nos mantengamos atentos a esos patrones de pensamientos autodestructivos que nos alejan de la realidad y se convierten en un freno para nuestro desarrollo, impidiéndonos ser felices y amargándonos el día a día.
 

¿Cuáles son los patrones de pensamiento más dañinos?

 
1. Desvalorarización constante
 
Pensamientos como “no puedo”, “no estaré a la altura”, “no soy lo suficientemente bueno” o “sé que fallaré” a menudo son productos de nuestra inseguridad, no son un reflejo de la realidad. De hecho, a veces esos pensamientos ni siquiera son nuestros, son ideas que han plantado otras personas cuando éramos niños y nos recriminaban por algo que habíamos hecho mal. Por eso, la desvalorización constante es uno de los principales enemigos del crecimiento, la autoestima y la autoconfianza.
 
2. Preocupaciones anticipadas
 
Los problemas, los contratiempos y la adversidad existen, no podemos obviarlos. Sin embargo, es mejor que lleguen a su debido momento y que no los anticipemos. De hecho, la persona que se preocupa de antemano, se preocupa dos veces. A menudo, pensar en los problemas que pueden sobrevenir solo es una manera para generar ansiedad y agobio porque se ha demostrado que, no solo somos más fuertes de lo que creemos para afrontar la adversidad sino que también tenemos una tendencia catastrofista que nos lleva a magnificar el dolor que podríamos experimentar.
 
3. Comparaciones continuas
 
Cada persona es única, por lo que las comparaciones no tienen cabida. Sin embargo, nuestro cerebro es un auténtico adicto a las comparaciones y nos lleva a compararnos a cada paso que damos. Miramos a nuestro alrededor y siempre vemos a personas más felices, más satisfechas, más bellas, más exitosas… Esas comparaciones continuas solo nos hacen sentir mal y, a la larga, si se instauran como un patrón de pensamiento recurrente, pueden afectar nuestra autoestima, conduciendo incluso a la depresión.
 
4. Lamentos ad infinitum
 
Hay personas que asumen el papel de víctimas. En su mente, se repiten una y otra vez cuán desdichadas son, cuántos problemas tienen y cuán poco consideradas son las personas que les rodean. Este patrón de pensamiento profundamente egocéntrico las sume en un círculo vicioso marcado por las quejas continuas, que genera una visión negativa del mundo y, por supuesto, les impide disfrutar de las cosas bellas. Estas personas están demasiado ocupadas pintando el mundo de gris, como para poder distinguir los colores. 
 
5. Culparse en exceso
 
Hay errores que son difíciles de aceptar, no siempre es sencillo hacer borrón y cuenta nueva. Sin embargo, las personas que piensan siempre en términos de “culpable” o “inocente”, terminan siendo víctimas de esa rigidez moral. De hecho, la culpa es uno de los sentimientos más dañinos que existe porque conduce a  inmovilismo y al sufrimiento estéril. La culpa es tan solo una imagen distorsionada de la realidad, mientras que pensar en términos de responsabilidad implica tener una visión más objetiva, en la que asumimos las consecuencias de nuestros actos, ni más ni menos.
 
6. Atarse al pasado
 
Hay personas que piensan que todo tiempo pasado fue mejor. Su mente funciona como una máquina del tiempo en un solo sentido, hacia el pasado. Por eso, nunca están presentes sino rememorando un viejo amor, el país que dejaron detrás o ese maravilloso trabajo que tenían. Sin embargo, aunque recordar es volver a vivir, es importante no olvidarse de disfrutar el aquí y ahora. Dejar que la mente vague continuamente por el pasado, pensando que es mejor que el presente o incluso que el futuro, es la mejor manera para condenarse a la desesperanza y la depresión.
 
7. Criticar permanentemente
 
Hay personas no pueden vivir sin criticar, necesitan la crítica como el aire para respirar. Piensan que todos los demás son unos incompetentes y desagradecidos. Por su mente rondan continuamente pensamientos negativos sobre los demás. El problema es que de esa forma, solo logran hacerse daño a sí mismas ya que la crítica permanente implica un estado de insatisfacción y displacer. Criticar implica vivir en un mundo “perfecto” que solo existe en nuestra mente. Sin embargo, aprender a aceptar las diferencias, es uno de los secretos para ser felices. Quien critica, critica a los demás, pero se condena a sí mismo.

La metáfora de los dos árboles: ¿Cómo alcanzar el éxito y vivir plenamente?

Érase una vez un niño de diez años, muy listo para su edad. Un día, aquel niño fue a visitar a su abuelo, acudió a su casa con una idea fija en mente: quería triunfar en la vida y estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para lograrlo.

 
Su abuelo había sido una persona exitosa, por lo que si había algún secreto, sin duda se lo contaría. Sin más, le preguntó: 
 
– Cuando crezca, quiero tener mucho éxito, como tú. ¿Puedes darme algún consejo para alcanzarlo?
 
El abuelo no le respondió, cogió al niño de la mano y lo llevó al vivero donde solía comprar las plantas. Entonces le pidió que eligiera dos árboles.
 
Al llegar a casa, los plantaron. Colocaron uno en el jardín y otro en una maceta, dentro de casa.
 
– ¿Cuál de los dos árboles crecerá mejor? – preguntó entonces el abuelo.
 
El niño se tomó unos minutos para pensar y respondió:
 
– El árbol de la maceta, porque está dentro de casa, protegido y al seguro. El que está afuera tendrá que enfrentarse a la lluvia, el sol y el viento, tendrá más dificultades para crecer y quizás hasta muera.
 
El abuelo se encogió de hombros y no dijo nada más.
 
Los años pasaron, mientras el abuelo cuidaba ambas plantas. Un buen día, el niño, que ya era un joven, recordó la pregunta que le había hecho a su abuelo años atrás.
 
– Nunca contestaste a mi pregunta. ¿Cómo puedo tener éxito? 
 
El anciano llevó a su nieto a ver ambos árboles. Luego le preguntó:
 
– ¿Cuál ha crecido más?
 
El joven se quedó perplejo, aquello no tenía sentido. 
 
– ¿Cómo es posible? El árbol de la maceta tenía todas las condiciones dentro de casa. ¡Debía haber crecido más!
 
El abuelo sonrió.
 
– La opción más segura te permite sobrevivir pero no alcanzar el éxito o vivir con plenitud. En cambio, los peligros se convierten en desafíos que te impulsan a crecer. Solo teniendo el valor para arriesgar, podrás descubrir tu verdadero potencial.
 

Cinco condiciones esenciales para tener éxito y vivir plenamente

 
La metáfora de los dos árboles es una historia muy sencilla pero encierra grandes enseñanzas para nuestra vida. De hecho, a menudo pensamos como ese niño y añoramos una vida fácil, donde todo discurra con fluidez, no existan obstáculos y el sufrimiento no tenga cabida. No nos damos cuenta de que es en las situaciones límites, en medio de la adversidad, cuando sacamos lo mejor de nosotros y se produce un crecimiento cualitativo en el plano psicológico.
 
¿Qué enseñanzas prácticas podemos extraer de esta metáfora?
 
1. Apuntar alto. Si no eres capaz de construir tus propios sueños, alguien te pagará para que construyas los suyos. Toda persona que ha llegado lejos en la vida, es porque se ha atrevido a soñar, a desafiar los convencionalismos e incluso a hacer caso omiso de la fatalidad que podía estar asociada a su condición social o a sus problemas de salud. Recuerda que para quien no sabe adónde va, ningún viento le resulta propicio. 
 
2. Salir de la zona de confort. En la zona de confort nos sentimos seguros pero no es en ese espacio en el que nuestros sueños se hacen realidad. Salir de la zona de confort significa atreverse a pensar de una manera diferente, aceptar la incertidumbre y asumir cierta dosis de riesgo. No se trata de tirarse al vacío sin paracaídas pero es imprescindible explorar nuevos territorios, porque no se consiguen resultados diferentes haciendo siempre las mismas cosas.
 
3. Asumir los obstáculos como desafíos. Todos encontramos piedras a lo largo del camino, hay quienes las recogen y las cargan en su mochila, hasta que el peso les vence, y hay quienes las apartan de sí, para poder continuar el viaje ligeros de equipaje. Los problemas pueden ser obstáculos que generen frustración y te hagan perder la motivación o, al contrario, pueden impulsarte a crecer. Sin embargo, la dirección depende de tu actitud.
 
4. Aprovechar las oportunidades. Cada situación siempre encierra aspectos positivos, aunque a menudo estamos tan ofuscados que no somos capaces de notarlos. Sin embargo, las personas de éxito son aquellas que han sabido captar las oportunidades y aprovecharlas. No se trata de estar en el momento justo y en el tiempo justo, como muchos piensan. En realidad el éxito no es una cuestión de suerte sino de perspicacia, de ver más allá de las circunstancias y proyectarse al futuro.
 
5. Confiar en la propia fuerza. Cualquier camino hacia una vida más plena, está marcado por la autoconfianza. La autoconfianza es el verdadero combustible que alimenta la motivación, es lo que nos permite mantenernos focalizados y no perder la esperanza ni siquiera en los momentos más difíciles. Por supuesto, no se trata de una varita mágica, pero si hay algo seguro es que la falta de confianza en tus capacidades te llevará directamente a un callejón sin salida.

Pensar en puertas nos hace olvidar… literalmente

 

Pensar en puertas nos hace olvidar… literalmente
                                              Imagen: Las puertas ejercen una influencia sobre nuestra memoria [Fuente: Alan Walker]

Pensar en puertas

Muchas veces ocurre que, al pasar de un sitio a otro, olvidamos lo que íbamos a hacer. Es frecuente que esto ocurra cuando trazamos recorridos a los que ya estamos acostumbrados: ir al trabajo, a la escuela, etc. Nos damos cuenta, así, de que hemos tomado subconscientemente la ruta hacia nuestra oficina cuando en realidad queremos ir a visitar a un amigo, sólo porque ambas rutas comparten el tramo inicial y estamos más acostumbrados a ir hacia el trabajo que a visitar el piso del compañero. Esto se explica porque, al haber pasado tantas veces por el mismo sitio, nuestro cerebro codifica esta ruta como el camino a seguir por defecto, le da al botón del “piloto automático” y, mientras nuestros pies nos llevan tranquilamente por la ruta equivocada, nosotros podemos dedicarnos a pensar en otras cosas más interesantes. Sin embargo, en otras ocasiones nos olvidamos totalmente de lo que íbamos a hacer cuando estamos en nuestra propia casa, un sitio que frecuentamos tanto que no hay una “ruta por defecto”.  En estos casos, lo único que queda en nuestra consciencia es una sensación de haber tenido un objetivo muy claro segundos atrás, un propósito que ya no existe más que como una desorientación inexplicable. Además, como consecuencia de este aturdimiento nos cuesta recapitular mentalmente las acciones que hemos llevado a cabo justo antes de encontrarnos donde estamos y, quizás por eso, no advertimos que lo último que hemos hecho antes de que nuestro destino desapareciera de nuestra mente es… pasar por una puerta.

Secuencias cortadas

Sorprendentemente, la clave de estos pequeños misterios cotidianos podría estar justamente ahí, en las puertas. Existen indicios de que pasar por una influye en nuestros recuerdos de manera inconsciente y que, en realidad, el simple hecho de imaginar que pasamos por una puerta puede causar estos borrones de memoria (Radvansky et al, 2011) (Lawrence & Peterson, 2014). Es decir, que pensar en puertas puede facilitar que olvidemos el hilo conductor de lo que estábamos haciendo. La explicación es problemática, pero podría ser la siguiente: las puertas actúan como divisores de nuestros recuerdos. Quizás por cuestión de rendimiento, nuestro cerebro parte nuestro flujo de experiencias en porciones más pequeñas. En ese sentido, la representación mental de una puerta actuaría como desencadenante de una de estas divisiones ejercidas sobre nuestra mente, cortando inconscientemente la “narración” de los hechos que vamos viviendo. Podemos pensar en estos fragmentos como las tomas cinematográficas que dividen una película cualquiera. De manera fortuita, aspectos importantes a la hora de desarrollar un plan de acción pueden perderse en este proceso de “corte” y no pasar al siguiente fragmento: por eso muchas veces nos levantamos del sofá y terminamos paralizados por la incerteza unos metros más allá.

¿Sólo ocurre al pensar en puertas?

Sin embargo, por esta misma lógica hay otros elementos que pueden tener el mismo efecto sobre nosotros. Por ejemplo, se ha llegado a observar cómo las frases que introducen una discontinuidad temporal producen el mismo efecto. Así, cuando leemos algo parecido a “una semana después…”, nuestra capacidad para asociar recuerdos es menor para aquellos recuerdos que se encuentran a uno y otro lado de esa división temporal si los comparamos con recuerdos que se encuentran en un sólo fragmento (Ezzyat et al, 2010). Es también por este mecanismo de división por lo que es tan fácil tener la necesidad de releer las últimas líneas después de darnos cuenta de que la narración que estamos leyendo ha dado un salto en el tiempo o en el espacio (y, por lo tanto, es diferente a la última que recordamos). La culpa no es del libro, ni tiene por qué ser debido a que  lo que leemos carezca de interés. El responsable de que sucedan estas cosas es el sistema de ensamblaje de recuerdos que opera en nuestro cerebro.

Esto último es interesante porque resalta en carácter simbólico de este proceso. No es que estemos biológicamente predispuestos a olvidar al pensar en puertas, es que este es un efecto secundario de la carga simbólica de estos artefactos. Esto significa que prácticamente cualquier otro fenómeno perceptivo puede producir en nosotros el mismo efecto si subconscientemente le asignamos un significado similar al que suelen tener las puertas. ¿Oyes eso? Son los psicoanalistas, que ya están afilando sus lápices.


Referencias bibliográficas:

  • Ezzyat, Y. y Davachi, L. (2010). What constitutes an episode in episodic memory? Psychological Science, 22(29), pp. 243-252.
  • Lawrence, Z. y Peterson, D. (2014). Mentally walking through doorways causes forgetting: The location updating effect and imagination. Memory, doi:10.1080/09658211.2014.980429
  • Radvansky, G. A., Krawietz, S. A. y Tamplin, A. K. (2010). Walking through doorways causes forgetting: Further explorations. The Quarterly Journal of Experimental Psychology, 64(8), pp. 1632-1645.

Philip Zimbardo, el psicólogo que desafió a la bondad humana

Philip Zimbardo y el Experimento de la Prisión de Stanford
Imagen: La prisión de Stanford pretendía simular el entorno de una cárcel real como esta. [https://www.flickr.com/photos/remuz78/]
 
 

El lema del experimento de la cárcel de Stanford ideado por el psicólogo Philip Zimbardo podría ser el siguiente: ¿Te consideras una buena persona? Es una pregunta simple, pero responderla exige pensar un poco. Si crees que eres un ser humano como muchas otras personas, probablemente pienses también que no te caracterizas por estar incumpliendo normas las veinticuatro horas del día. Con nuestras virtudes y con nuestros defectos, la mayoría de nosotros parecemos conservar cierto equilibrio ético al entrar en contacto con el resto de la humanidad. En parte gracias a este cumplimiento de las normas de convivencia, hemos conseguido crear entornos relativamente estables en los que todos podemos convivir relativamente bien. Quizás porque nuestra civilización ofrece un maco de estabilidad, también es fácil leer el comportamiento ético de los demás como si fuese algo muy predecible: cuando nos referimos a la moralidad de las personas, resulta difícil no resultar muy categórico. Creemos en la existencia de personas buenas y personas malas, y las que no son ni muy buenas ni muy malas (aquí probablemente entre la imagen que tenemos de nosotros mismos) se definen por tender automáticamente hacia la moderación, el punto en el que ni uno sale muy perjudicado ni se perjudica gravemente al resto. Etiquetarnos a nosotros mismos y a los demás es cómodo, fácil de entender y, además, nos permite diferenciarnos del resto.

Sin embargo, hoy sabemos que el contexto tiene un papel importantísimo a la hora de orientar moralmente nuestra conducta hacia los demás: para comprobarlo sólo hay que romper el cascarón de la “normalidad” en el que hemos edificado nuestros usos y costumbres. Una de las muestras más claras de este principio la encontramos en esta famosa investigación, conducida por Philip Zimbardo en 1971 dentro del sótano de su facultad. Lo que allí ocurrió se conoce como el experimento de la cárcel de Stanford, un controvertido estudio cuya fama está parcialmente basada en los nefastos resultados que tuvo para todos sus participantes.

La cárcel de Stanford

Philip Zimbardo diseñó un experimento para ver de qué manera personas que no habían tenido relación con el entorno carcelario se adaptaban a una situación de vulnerabilidad frente a otros. Para ello, 24 hombres jóvenes sanos y de clase media fueron reclutados como participantes a cambio de una paga. La experiencia se desarrollaría en uno de los sótanos de la Stanford University, que había sido acondicionado para parecerse a una cárcel. Los voluntarios fueron asignados a dos grupos por sorteo: los guardias, que ostentarían el poder, y los prisioneros, que tendrían que permanecer recluidos en el sótano mientras durase el periodo de experimentación, es decir, durante varios días. Como quería simularse una prisión de la manera más realista posible, los reclusos pasaron por algo parecido a un proceso de detención, identificación y encarcelamiento, y el vestuario de todos los voluntarios incluía elementos de anonimato: uniformes y gafas oscuras en el caso de los guardias, y trajes de recluso con números bordados para el resto de participantes. De esta manera se introducía un elemento de despersonalización en el experimento: los voluntarios no eran personas específicas con identidad única, sino que formalmente pasaban a ser simples carceleros o presos.

prisioneros Stanford

Desde un punto de vista racional, claro, todas estas medidas estéticas no importaban. Seguía siendo estrictamente cierto que entre los guardias y los reclusos no existían diferencias relevantes de estatura y constitución, y todos ellos estaban sujetos por igual al marco legal. Además, los guardias tenían prohibido hacer daño a los reclusos y su función se reducía a controlar su comportamiento, hacer que se sintieran incómodos, desprovistos de su privacidad y sujetos al comportamiento errático de sus vigilantes. En definitiva, todo se basaba en lo subjetivo, aquello que es difícil de ser descrito con palabras pero que igualmente afecta a nuestro comportamiento y a nuestra toma de decisiones. ¿Serían suficientes estos cambios para modificar significativamente el comportamiento moral de los participantes?

Al final del primer día nada hacía pensar que fuera a ocurrir nada destacable. Tanto los reclusos como los guardias se sentían desplazados del papel que se suponía que tenían que cumplir, de alguna formarechazaban los roles que se les habían asignado. Sin embargo, al poco tiempo empezaron las complicaciones. Durante el segundo día, los guardias ya habían empezado a ver cómo se difuminaba la línea que separaba su propia identidad y el rol que debían cumplir. Los presos, en su condición de personas en desventaja, tardaron un poco más en aceptar su papel, y en el segundo día estalló una rebelión: colocaron sus camas contra la puerta para evitar que entrasen los guardias a quitarles los colchones. Estos, como fuerzas de represión, utilizaron el gas de los extintores para terminar con esta pequeña revolución. A partir de ese momento, todos los voluntarios del experimento dejaron de ser simples estudiantes para pasar a ser otra cosa.

Lo que sucedió durante el segundo día desencadenó todo tipo de comportamientos sádicos por parte de los guardias. El estallido de la rebelión supuso el primer síntoma de que la relación entre guardias y reclusos se había vuelto totalmente asimétrica: los guardias se sabían con el poder de dominar al resto y actuaban en consecuencia, y los reclusos correspondieron a sus captores llegando a reconocer de manera implícita su situación de inferioridad tal y como lo haría un preso que se sabe encerrado entre cuatro paredes. Se generó así una dinámica de dominio y sumisión basada únicamente en la ficción de la “cárcel de Stanford”. Objetivamente, en el experimento sólo había una habitación, una serie de voluntarios y un equipo de observadores y ninguna de las personas involucradas estaba en una situación más desventajosa que las demás ante el poder judicial de verdad y ante los policías formados y equipados para serlo. Sin embargo, la cárcel imaginaria se fue abriendo camino poco a poco hasta brotar en el mundo de lo real.

Llegado un punto, las vejaciones sufridas por los reclusos pasaron a ser totalmente reales, como también era real la sensación de superioridad de los falsos guardias y el rol de carcelero adoptado por Philip Zimbardo, que tuvo que desprenderse del disfraz de investigador y hacer de la oficina que tenía asignada su dormitorio, para estar cerca de la fuente de problemas que él tenía que gestionar. Se negaba la comida a ciertos reclusos, se les obligaba a permanecer desnudos o a ponerse en ridículo y no se les permitía dormir bien. Del mismo modo, los empujones, las zancadillas y los zarandeos eran frecuentes. La ficción de la cárcel de Stanford ganó tanto poder que, durante muchos días, ni los voluntarios ni los investigadores fueron capaces de reconocer que el experimento debía detenerse. Todos asumían que lo que ocurría era, en cierto modo, natural. Al sexto día, la situación estaba tan fuera de control que un equipo de investigación notablemente conmocionado tuvo que ponerle fin de manera abrupta.

Abu Gharib Irak experimento de la cárcel de Stanford

Consecuencias

La huella psicológica que dejó esta experiencia es muy importante. Supuso una experiencia traumática para gran parte de los voluntarios, y muchos de ellos encuentran complicado aún hoy explicar su comportamiento durante esos días: es difícil hacer compatibles la imagen del guardia o el recluso que se fue durante el experimento de la cárcel de Stanford y una autoimagen positiva. Para Philip Zimbardo también supuso un desafío emocional. El efecto espectador hizo que durante muchos días los observadores externos aceptaran lo que estaba pasando a su alrededor y que, de alguna forma, lo consintieran. La transformación en torturadores y delincuentes por parte de un grupo de jóvenes “normales” se había producido de manera tan natural que nadie había reparado en el aspecto moral de la situación, a pesar de que los problemas se presentaron prácticamente de golpe.

La información relativa a este caso también fue un shock para la sociedad estadounidense. Primero, porque esta especie de simulacro aludía directamente a la propia arquitectura del sistema penal, uno de los fundamentos de la vida en sociedad de ese país. Pero más importante aún es lo que nos dice este experimento acerca de la naturaleza humana. Mientras duró, la cárcel de Stanford fue un lugar en el que cualquier representante de la clase media occidental podía entrar y corromperse. Unos cambios superficiales en el marco de relaciones y ciertas dosis de despersonalización y anonimato fueron capaces de derribar el modelo de convivencia que impregna todos los ámbitos de nuestra vida como seres civilizados. De entre los escombros de lo que antes había sido la etiqueta y la costumbre no surgieron seres humanos capaces de generar por ellos mismos un marco de relaciones igualmente válido y sano, sino personas que interpretaban normas extrañas y ambiguas de manera sádica.

El autómata razonable visto por Philip Zimbardo

Resulta reconfortante pensar que la mentira, la crueldad y el robo existen sólo en “malas personas”, gente a la que etiquetamos de esta manera para crear una distinción moral entre ellos y el resto de la humanidad. Sin embargo, esta creencia tiene sus puntos débiles. A nadie le resultan desconocidas las historias acerca de personas honradas que terminan corrompiéndose al poco tiempo de llegar a una posición de poder. También abundan las caracterizaciones de “antihéroes” en series, libros y películas, personas de moralidad ambigua que precisamente por su complejidad resultan realistas y, por qué no decirlo, más interesantes y cercanas a nosotros: compárese Walter White con Gandalf el Blanco. Además, ante ejemplos de mala práctica o corrupción es frecuente oír opiniones del estilo “tú habrías hecho lo mismo estando en su lugar”. Esta última es una afirmación sin fundamento, pero refleja un aspecto interesante de las normas morales: su aplicación depende del contexto. La maldad no es algo atribuible en exclusiva a una serie de personas de naturaleza mezquina sino que viene explicada en gran parte por el contexto que percibimos. Cada uno de nosotros tiene el potencial para ser un ángel o un demonio.

Decía el pintor Francisco de Goya que el sueño de la razón produce monstruos. Sin embargo, durante el experimento de Stanford surgieron monstruos mediante la aplicación de medidas razonables: la ejecución de un experimento utilizando una serie de voluntarios. Además, los voluntarios se ciñeron tan bien a las instrucciones dadas que muchos de ellos se lamentan aún hoy de su participación en el estudio. El gran defecto de la investigación de Philip Zimbardo no fue debido a errores técnicos, pues todas las medidas de despersonalización y escenificación de una cárcel se demostraron eficaces y todos parecieron seguir las normas en un principio. Su fallo fue que partía de la sobrevaloración de la razón humana a la hora de decidir de manera autónoma lo que es correcto y lo que no en cualquier contexto. A partir de esta sencilla prueba exploratoria, Zimbardo mostró de manera involuntaria que nuestra relación con la moralidad incluye ciertas cuotas de incertidumbre, y esto no es algo que seamos capaces de gestionar bien siempre. Es nuestra vertiente más subjetiva y emocional la que cae en las trampas de la despersonalización y el sadismo, pero también es la única vía a la hora de detectar estas trampas y conectar emocionalmente con el prójimo. Como seres sociales y empáticos, debemos ir más allá de la razón a la hora de decidir qué normas son aplicables a cada situación y de qué manera tienen que ser interpretadas. El experimento de la cárcel de Stanford de Philip Zimbardo nos enseña que es cuando renunciamos a la posibilidad de cuestionar los mandatos cuando nos convertimos en dictadores o esclavos voluntarios.