No te disculpes por ser quien eres

 

 

Hay veces que las personas que te rodean, armadas de la mejor de las intenciones, te crean un sentido de culpa tan grande como un elefante. Estas personas, que no tienen una formación psicológica y que a veces también carecen de empatía, creen que lo hacen por “tu propio bien”. Sin embargo, sus críticas no se dirigen a tus comportamientos sino a tu forma de ser. No critican tus actitudes o lo que haces sino quien eres. Y eso termina haciendo mella en tu autoestima, hasta que finalmente te disculpas por ser quien eres. Piensas que hay algo malo o equivocado en ti.
 

Scusate se esisto!

 
Scusate se esisto!” (¡Disculpas por existir!) es una película italiana del 2014 dirigida por Ricardo Milani que tiene como protagonistas a Paola Cortellesi y Raul Bova. A grandes rasgos, cuenta la historia de una joven arquitecta italiana que tiene una carrera brillante en Londres pero que decide regresar a su país natal. En una ciudad y una profesión donde los hombres tienen el mando, se hace pasar por un arquitecto para poder diseñar un proyecto que la entusiasma. 
 
Lo curioso es que la película tiene un matiz autobiográfico, se basa en las experiencias de una de las arquitectas italianas hoy más famosas: Guendalina Salimei, quien tuvo que nadar contracorriente en un mundo dominado mayoritariamente por hombres. La propia actriz, Cortellesi, afirmó: “Soy actriz y a veces voy a reuniones donde soy la única mujer, a veces tengo la sensación de ser transparente. Si deben aprobar alguna de mis ideas, el interlocutor siempre mira a algún hombre en la búsqueda de aprobación. Me he sentido muy identificada con este personaje”.
 
Y es que el personaje, pasa gran parte de la película asumiendo una actitud de “disculpas por existir”. Las actitudes y comentarios de quienes le rodean le hacen pensar que no es lo suficientemente buena, que hay algo erróneo en ella, que no debería estar ahí y que no debería pensar como lo hace.
 
Sin duda, es una sensación que quizás puedes haber experimentado en algún momento, sintiéndote raro o inadecuado. Quizá esas críticas incluso te hayan llevado a disculparte, sin saber muy bien por qué, como un acto reflejo.
 
Obviamente, no es una sensación agradable.
 

Nadie puede entender tu viaje si no ha recorrido tu camino

 
A pesar del cariño o la empatía, lo cierto es que nadie puede entender nuestro camino si no ha usado nuestros zapatos. Las personas que nos rodean pueden conocer nuestra historia pero no han experimentado nuestras emociones en su piel. Por eso, lo que piensan sobre nosotros es su realidad, no la nuestra.
 
Nuestra personalidad, nuestra forma de ser, se ha ido moldeando a lo largo de los años, a golpe de alegrías y sinsabores. Somos lo que somos porque hemos sido. Por eso, una persona puede criticar nuestras conductas y actitudes e incluso sugerirnos otra manera de hacer las cosas, pero no debemos dejar que juzgue nuestra personalidad, que ponga en tela de juicio nuestra esencia.
 
Las críticas a la persona no son constructivas, son pequeñas grietas que se van sumando a tu autoestima y, si no la tienes bien apuntalada, corres el riesgo de que esta se tambalee y caiga. Por eso, si quieres blindar tu autoestima, es importante que aprendas a discernir entre las críticas a los comportamientos y las críticas a la persona. 
 
Me enojé cuando alzaste la voz” o “No me gustó que llegarás tan tarde a la cita” son críticas a los comportamientos. Críticas que deben ser escuchadas y tenidas en cuenta si queremos crecer como personas y mejorar nuestras relaciones sociales.
 
Eres irracional, no se puede discutir contigo” o “Siempre llegas tarde, eres un irresponsable” son críticas dirigidas a la persona, que implican una generalización errónea en la base y que denotan una ira profunda o una pérdida de la perspectiva por parte de la persona que las formula. Este tipo de críticas se deben tomar con pinzas.
 

La autenticidad es la vía

 
Si terminas haciéndole caso a los demás, terminarás viviendo la vida que ellos quieren, no la tuya. Si te sientes confundido o inseguro y le das crédito a las críticas destructivas o malintencionadas, terminarás perdiendo tu identidad y un día, cuando mires dentro de ti, ya no te reconocerás. Habrás perdido la pasión y tus sueños.
 
Por eso, aunque es cierto que todos tenemos diferentes áreas en las que podemos mejorar y crecer, áreas en las que podemos aprender de los demás para madurar como personas, no debes permitir que los demás te hagan sentir tan mal como para disculparte por ser quién eres. La autenticidad siempre es el camino.
 
Recuerda la enseñanza de Fritz Perls:
 
Yo soy Yo
Tú eres Tú
Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas
Tú no estás en este mundo para cumplir las mías.
Si en algún momento nos encontramos
Será maravilloso
Si no, no puede remediarse.
Falto de amor a mí mismo
Cuando al intentar complacerte me traiciono.
Falto de amor a ti
Cuando intento que seas como yo quiero
En vez de aceptarte como realmente eres”.
 
De hecho, lo mejor de todo es que cuando ganas en autoestima y autenticidad, no ganas solo tú sino también quienes te rodean. Crece, madura, aprende… pero no te disculpes por ser quien eres.

5 sesgos cognitivos que limitan nuestro potencial

Nos gusta pensar que somos personas racionales, que tomamos la mayoría de nuestras decisiones sopesando los pros y los contras. Esa creencia nos da una sensación de seguridad y nos reconforta. Sin embargo, día tras día somos víctimas de los sesgos cognitivos.
 
Los sesgos cognitivos son desviaciones del proceso del pensamiento que conducen a una distorsión, a un juicio inexacto o a una interpretación ilógica de los eventos. En muchos casos, estos sesgos se deben a la necesidad de asumir una postura ante determinados estímulos pero sin tener toda la información necesaria. Entonces podemos llegar a conclusiones erróneas.
 
Obviamente, los sesgos cognitivos nos permiten actuar con rapidez pero no siempre nos hacen tomar la mejor decisión. De hecho, a menudo nos mantienen atados a nuestra zona de confort, allí donde nos sentimos a salvo, y nos impiden desarrollar todo nuestro potencial.
 
La buena noticia es que una vez que aprendemos a reconocer los sesgos cognitivos, dejamos de estar a su merced.

 

Los sesgos cognitivos más limitantes

 
1. Sesgo de confirmación. Se trata de la tendencia a favorecer los datos que confirman nuestras creencias y a desechar aquellos que las desmienten, un fenómeno que se aprecia con más intensidad cuando se trata de contenidos de índole emocional o cuando las creencias están muy arraigadas. Este sesgo también nos conduce a interpretar las pruebas ambiguas a favor de nuestra postura. Por ejemplo, una persona que esté en contra del aborto tendrá la tendencia a buscar las pruebas que confirmen sus ideas. 
 
Al ser víctimas de este sesgo, nos cerramos a las nuevas ideas o a posturas que sean diferentes de la nuestra, con lo cual nos parapetamos en nuestra posición y nos negamos a ir un paso más allá, aunque sea para lograr un entendimiento con la otra persona o para ampliar nuestros horizontes. 
 
2. Sesgo del anclaje. Se trata de una tendencia a “anclarse” en un rasgo o en una parte de la información y obviar el resto. Somos víctimas de este sesgo cuando, por ejemplo, vamos a comprar y tenemos en cuenta solamente el precio del producto o cuando nos enfadamos con nuestra pareja por un hecho aislado y nos concentramos exclusivamente en el defecto, haciendo que sus cualidades desaparezcan.
 
El Efecto Anclaje nos lleva a adoptar una visión muy parcializada de la realidad, es como si anduviésemos por la vida llevando unas anteojeras que no nos dejan ver más que algunos detalles. De esta forma, nunca logramos analizar las situaciones en su conjunto, no tenemos una visión global de los eventos y, a la larga, esto nos lleva a tomar malas decisiones.
 
3. Aversión a la pérdida. Una vez que somos propietarios de algo o que hemos establecido una relación con alguien, preferimos evitar la pérdida antes que tener una ganancia. Por ejemplo, en términos económicos, una persona pediría más dinero para renunciar a una de sus posesiones que lo que estaría dispuesta a pagar por ese mismo objeto antes de que fuese suyo. Esto se debe al hecho de que extendemos nuestro “yo” a nuestras posesiones y relaciones por lo que, ante nuestros ojos, su valor aumenta. 
 
Se trata de un sesgo cognitivo muy difundido que en el imaginario popular se ha traducido con la frase: “Más vale un malo conocido que un bueno por conocer”. Obviamente, este prejuicio nos puede hacer muy infelices ya que nos mantiene atados al pasado, a las cosas y a las personas que conocemos, y nos cerramos a las nuevas posibilidades. 
 
4. Sesgo retrospectivo. Es la tendencia a mirar atrás y recordar las decisiones propias como mejores de lo que fueron en realidad. Se trata de una recapitulación que realizamos para sentirnos a gusto con nosotros mismos, para lo cual modificamos el recuerdo de las ideas en contra de la decisión que hemos tomado que antes rondaban nuestra mente. Como no podemos volver atrás y cambiar la decisión, ponemos en práctica este mecanismo a través del cual nos autoconvencemos de que hemos apostado por la mejor alternativa.
 
Sin embargo, el autoengaño nunca es la mejor solución porque nos impide aprender de nuestros errores y nos encierra dentro de un círculo vicioso. Asumir una postura objetiva respecto a nuestras decisiones nos permite crecer y desarrollar al máximo nuestras potencialidades, quizás cambiando el camino que hemos emprendido o eligiendo una ruta diferente la próxima vez.
 
5. Efecto laguna de exposición. Se trata de la tendencia a expresar preferencias por determinados hechos o cosas, simplemente porque estos nos resultan familiares. Sin duda, la impronta que tenemos de nuestra infancia es muy fuerte y se manifiesta a lo largo de la vida porque nos transmite la sensación de seguridad. Obviamente, este sesgo cognitivo no solo se aplica a las experiencias infantiles. Por ejemplo, una persona puede votar por un partido político solo porque es el más publicitado y le resulta familiar o puede asumir determinada postura únicamente porque ciertos argumentos le “suenan”.
 
Sin embargo, elegir determinadas experiencias o apostar por ciertos tipos de relación solo porque estos nos resultan familiares nos impide salir de nuestra zona de confort. Cuando no somos capaces de valorar otras alternativas y nos quedamos con aquello que conocemos, no estaremos explotando nuestro potencial al máximo y, al final del camino, es probable que nos preguntemos: ¿qué habría pasado si…?
 
Posdata: Y si crees que nunca has sido víctima de estos prejuicios cognitivos, probablemente estás sufriendo lo que se conoce como “sesgo de punto ciego”, que implica no darse cuenta de los propios prejuicios y verse a sí mismo como una persona menos sesgada que los demás.

 

Lo que nunca debes hacer por los demás

 

mariposa saliendo del capullo
“Un hombre encontró un capullo de mariposa tirado en el camino y se lo llevó a casa para protegerlo. Lo puso a buen resguardo pero al día siguiente notó que había un pequeño agujero, se fijó mejor y vio que la pequeña mariposa estaba luchando por salir del capullo.
 
Estuvo así durante varias horas, viendo cómo la mariposa forcejeaba intentando que su cuerpo pasara a través de aquel pequeño orificio. Sin embargo, de repente dejó de luchar, parecía como si se hubiese rendido o atascado. Al hombre le dio mucha pena y, con gran delicadeza, agrandó el hueco para que la mariposa pudiera salir.
 
Finalmente, la mariposa salió pero tenía el cuerpo hinchado y unas alas muy pequeñas y dobladas. El hombre pensó que aquello era normal y continuó observando, esperaba que la hinchazón remitiese y que la mariposa abriese sus alas y echara a volar. Pero no fue así, la pobre mariposa solo se arrastraba haciendo círculos. Jamás llegó a volar.”
 
Lo que el hombre de la historia no sabía era que la lucha de la mariposa por salir del capullo era necesaria para que los fluidos de su cuerpo pasasen a sus alas. Durante este proceso, un líquido llamado hemolinfa es bombeado desde el cuerpo hacia las alas, haciendo que estas se estiren progresivamente, hasta alcanzar un tamaño adecuado. Solo de esta forma la mariposa puede estar lista para volar. Así, en un intento de ayudar, el hombre le arrebató a la mariposa la posibilidad de volar.
 

A veces, para ayudar, debemos mantenernos al margen

 
Esta fábula nos indica que algunos obstáculos a veces son necesarios pues nos ayudan a convertirnos en personas resilientes. A lo largo de la vida cada cual debe cometer sus propios errores para aprender de ellos y madurar. Si intervenimos y resolvemos los problemas en su lugar, estaremos quitándoles una oportunidad de aprendizaje que después puede ser muy valiosa. Por eso, en algunas circunstancias, la mejor ayuda es mantenerse al margen.
 
Como regla general, la vida nos va planteando diferentes retos que desafían nuestras capacidades actuales pero que, a la misma vez, nos obligan a crecer y a desarrollar nuestras potencialidades. Cada etapa de nuestra existencia nos plantea desafíos diferentes que nos van preparando para la próxima fase. Sin embargo, si siempre tenemos a alguien que resuelva los problemas por nosotros, corremos el riesgo de que al quedarnos solos, sin ese asidero, no tengamos los recursos necesarios para enfrentar determinado problema y este termine engulléndonos.
 
Por ejemplo, la madre que siempre sale en defensa de su hijo cuando este tiene problemas con otros niños, le está haciendo un favor a corto plazo pero a la larga le impide desarrollar sus habilidades sociales, de forma que cuando crezca, será un adulto con una escasa Inteligencia Emocional y con dificultades para relacionarse con los demás.
 
De la misma manera, hay situaciones que no demandan nuestra intervención directa sino simplemente nuestro apoyo emocional. Hay problemas que no podemos solucionar por los otros pero podemos apoyarles mientras lo hacen, haciéndoles saber que estamos a su lado. De hecho, por mucho que queramos a una persona, no podemos cargar con su sufrimiento ni elaborar el duelo en su lugar, es algo que deben hacer ellas mismas. 
 

¿Cuándo es preciso intervenir?

 
Si una persona siempre tiene a alguien que resuelve los problemas en su lugar, se convertirá en un inválido emocional. Una vida sin obstáculos no le permite crecer, de hecho, ni siquiera le permite conocerse bien a sí mismo ya que descubrimos quiénes somos en realidad y hasta dónde somos capaces de llegar cuando estamos en situaciones límite. Coger un atajo, dejando que sean los otros quienes resuelvan nuestros problemas, casi nunca es el mejor camino. Es cierto que llegaremos antes y más frescos, pero si la próxima carrera es más intensa, abandonaremos a mitad del camino porque no estaremos preparados. 
 
Por tanto, no hagas por los demás lo que pueden hacer por sí solos. Si te comportas de forma sobreprotectora, contribuirás a que esa persona nunca extienda sus alas y le robarás uno de sus tesoros más valiosos: conocer y poner a prueba sus potencialidades. 
 
Además, estar siempre dispuestos para los demás y resolver sus problemas incluso a costa de nuestras propias necesidades puede ser una espada de doble filo ya que contribuimos a crear personas egoístas que esperan que siempre estemos a su disposición. Por tanto, es probable que ni siquiera sepan apreciar los grandes sacrificios que hemos hecho. 
 
El secreto radica en ayudar cuando alguien realmente necesita esa ayuda, cuando sus recursos psicológicos o físicos no le permiten avanzar. E incluso así, la ayuda casi nunca debe ser solucionar el problema, sino darle las herramientas para que lo solucione o ayudarle a encontrar el camino. Recuerda que si le das un pescado a un hombre, matas su hambre por un día pero si le enseñas a pescar, no tendrá hambre nunca más.
 
Puede ser que en un primer momento la persona que cree necesitar ayuda no entienda tu posición e incluso te lo eche en cara pero más tarde, la comprenderá y te agradecerá. Mientras tanto, simplemente dale tu apoyo emocional.

 

La ciencia de proteger los sentimientos de los demás: ¿Por qué fingimos que todas las opiniones son iguales?

 

 

En 1999 investigadores de la Universidad de Cornell descubrieron que las personas menos competentes eran, precisamente, las menos proclives a reconocerlo. De hecho, en muchas ocasiones pensaban que estaban por encima de la media. A este fenómeno se le conoce como “Efecto Dunning-Kruger”.
 
Estos investigadores creían que las personas que tienen un conocimiento limitado en cierta área, no solo cometen errores lamentables sino que su incompetencia les impide darse cuenta de ellos. En práctica, el problema es que no tienen el conocimiento necesario como para darse cuenta de que se equivocan, lo cual les suele conducir a adoptar una actiud prepotente.
 

Sesgo de igualdad: Si no eres capaz, yo tampoco

 
Ahora investigadores de la Universidad de Teherán han realizado un estudio muy interesante a través del cual le dan continuidad a aquel experimento que hoy podemos considerar un clásico. Estos psicólogos han trabajado con voluntarios de Dinamarca, China e Irán, para tener una representación de diferentes culturas.
 
En el experimento, dos personas separadas veían dos imágenes sucesivas, que eran prácticamente idénticas, pero no del todo. En una de las imágenes, había un “objeto extraño”. Las imágenes pasaron muy rápido y las dos personas debían detectar en cuál de ellas se encontraba ese objeto diferente.
 
Dicho así, parece que la tarea era muy simple. El problema es que ambas personas debían ponerse de acuerdo y elegir solo una imagen. Si había un desacuerdo, una tercera persona en la habitación indicaba quién había dado la respuesta correcta. En ese punto, los dos participantes sabían si su decisión había sido adecuada o no.
 
La pareja debía repetir este procedimiento con 256 imágenes, de forma que llegaran a conocerse lo suficiente como para saber cuál de los dos tenía el mayor porcentaje de aciertos. En práctica, los psicólogos querían saber cómo nos comportamos ante una tarea si una de las dos personas es más capaz que la otra.
 
De hecho, lo lógico sería que si notamos que una de las personas está más capacitada para la tarea que nos han asignado, confiemos más en ella y le demos mayor peso a su opinión. Sin embargo, eso no fue lo que pasó.
 
Los psicólogos descubrieron que el miembro menos capaz de la pareja desestimaba a menudo la opinión del otro. No obstante, lo más sorprendente fue que la persona más capaz también sobreestimaba la opinión del otro, devaluando la suya. En práctica, para mantener el equilibrio, cada quien actuaba como su pareja. Por tanto, ninguno de los participantes pareció notar que una de las personas era más capaz que la otra.
 
Los investigadores no se dieron por vencidos e incluyeron algunas variaciones en el experimento. En uno de ellos leían la puntuación de respuestas correctas y erróneas de cada uno de los participantes, para intentar inclinar la balanza. En otro caso complejizaron aún más la tarea para acentuar las diferencias entre las puntuaciones y, finalmente, les ofrecieron dinero por las respuestas correctas, pensando que quizá ese incentivo les animaría a comportarse de manera diferente y priorizar la eficacia. 
 
Sin embargo, en todos los casos se apreció lo que estos psicólogos denominaron “sesgo de igualdad”. En práctica, si te sientes inferior, tendrás la tendencia a desvalorizar las opiniones ajenas y si te sientes superior, devaluarás las tuyas para ponerte al nivel del otro. Y mientras tanto, fingimos que nada de eso ocurre.
 

¿Por qué fingimos?

 
El poder que ejerce el grupo sobre cada uno de sus integrantes es inmenso, aunque no siempre nos guste reconocerlo. Todos queremos formar parte del grupo porque así nos sentimos protegidos y sabemos que pertenecemos a algo mayor que nosotros mismos. 
 
Por eso, la persona menos capaz siente la necesidad de autoafirmarse demostrando que puede aportar algo al grupo, mientras que la persona más capaz comprende que no debe herir los sentimientos de sus compañeros si desea que la colaboración continúe.
 
En muchos casos, se trata de actitudes que asumimos de manera automática, ni siquiera lo pensamos sino que reaccionamos dejándonos llevar por nuestro instinto. Sin embargo, existe un límite. El sesgo de igualdad no es tan positivo como parece.
 
De hecho, comportarnos así es contraproducente, sobre todo cuando estamos en grupos de trabajo o cuando es preciso que las personas aprendan. Por supuesto, no se trata de desvalorizar la opinión de los demás ni de herir sus sentimientos, pero debemos encontrar un equilibrio que nos permita ser más eficaces en la tarea que nos asignan y, de paso, potenciar el aprendizaje del otro.
 
Fingir que algo no está sucediendo nunca es la solución, ni siquiera para evitar conflictos, sobre todo si estos nos permiten crecer como personas. 

Esterilidad emocional: ¿Nos equivocamos al educar a los niños dentro de “burbujas felices”?

 

niño con audífonos
 
En los últimos tiempos los médicos y biólogos han comenzado a llamar nuestra atención sobre la propensión de nuestra sociedad a crear entornos de vida cada vez más estériles. Hay muchos especialistas que afirman que nuestra tendencia germofóbica en realidad resulta dañina, sobre todo para los niños, ya que no le damos la oportunidad a su sistema inmunitario de desarrollar las defensas que necesita para enfrentarse a los gérmenes. Por eso, según algunos, en las últimas décadas ha aumentado tanto el número de niños que padecen enfermedades autoinmunes.
 
Ahora un estudio realizado en el ámbito de la Psicología retoma, de cierta forma, esta idea. Según investigadores de la Universidad de Minnesota, una educación “tumultuosa” prepara a los niños para enfrentar las injusticias de la vida y les ayuda a tomar mejores decisiones. 
 

Una niñez tumultuosa puede tener sus ventajas

 
Diferentes investigaciones han demostrado que los niños que crecen en hogares más pobres y desestructurados muestran diferencias en la toma decisiones, la memoria y el funcionamiento cognitivo en general. 
 
Los estudios sobre la toma de decisiones, por ejemplo, revelan que las personas que han crecido en entornos estresantes suelen elegir las pequeñas recompensas instantáneas en vez de esperar y apostar por recompensas mayores. Sin duda, se trata de una decisión comprensible ya que su historia ha estado marcada por la incertidumbre. Si en su mundo no había nada garantizado, es normal que opten por la certeza del aquí y ahora, en vez de esperar por una recompensa que podría no llegar. En práctica, estas personas aplican eso de “más vale pájaro en mano que cien volando”.
 
Estos cambios siempre se han considerado deficiencias pero ahora estos investigadores ponen sobre la mesa una nueva teoría: solo se trata de diferencias, no significa que estos niños serán menos capaces al llegar a la adultez. De hecho, incluso pueden tomar mejores decisiones y ser más resilientes, en dependencia de las demandas del contexto.
 
En este estudio en cuestión se analizaron las funciones ejecutivas, que son las que nos permiten procesar y gestionar nuestros comportamientos más complejos, incluyendo la toma de decisiones y el nivel de atención. El experimento se centró en evaluar la inhibición, que puede entenderse como la capacidad de permanecer concentrados en la tarea obviando las distracciones del medio, una habilidad que tradicionalmente se ha relacionado con la posibilidad de retrasar las gratificaciones. 
 
También se evaluó la capacidad para cambiar de un objetivo a otro tan rápido como sea posible, una habilidad que resulta particularmente importante para las personas que se desenvuelven en contextos imprevisibles, que cambian continuamente.
 
Al terminar el experimento, los investigadores pudieron apreciar que las personas que se habían criado en ambientes más tumultuosos o adversos superaban con creces a quienes habían crecido en entornos más felices. Estas personas eran capaces de obviar las distracciones del medio y mantenerse focalizadas en la actividad. También tenían la habilidad de cambiar su focus de atención en poco tiempo.
 

El positivismo a ultranza genera una felicidad artificial

 
En los últimos años, a raíz de la difusión de los mensajes positivos y la explosión de lo que podríamos denominar la “Psicología de la Felicidad”, hemos creado un entorno artificial en el que demonizamos las emociones “negativas” e intentamos potenciar a toda costa las emociones “positivas”. Sin embargo, la vida no es así, la vida es sufrir y reír, enfadarse y recomponerse, sentir nostalgia y seguir adelante.
 
Por eso, la tendencia a proteger excesivamente a los niños de las inclemencias de la vida, las injusticias y los problemas cotidianos en realidad puede ser contraproducente. Edulcorar su mundo y crear una burbuja de falsa felicidad puede hacer que se formen una imagen distorsionada de la realidad y, lo que es aún peor, que no cuenten con las herramientas necesarias para hacerle frente a los problemas. Un niño que no comete errores no desarrollará una buena tolerancia a la frustración, un niño educado en la represión de las emociones “negativas” será un adulto discapacitado emocionalmente.
 
Por supuesto, no me malinterpretéis (aunque igual creo que habrá personas que lo harán), tampoco se trata de seguir un estilo de educación espartano. Para quienes no lo sepan, abro un pequeño paréntesis histórico, en Esparta se estableció la eugenesia por lo que, nada más nacer, si el niño no tenía una constitución robusta, se abandonaba en una cima o barranco. Si sobrevivía y soportaba el frío, el calor y la oscuridad, entonces se rescataba y educaba. 
 
No se trata de exponer innecesariamente a los niños a situaciones que le hagan daño, solo para templar su carácter. Sin embargo, es importante que esa obsesión por la esterilidad no se extienda al plano psicológico, es fundamental no caer en la esterilidad emocional, en la felicidad artificial
 
No podemos proteger a los niños de todo, porque la resiliencia solo se forma en la adversidad. Se trata de encontrar un punto intermedio, de manera que permitamos que los niños puedan ir desarrollando sus propias herramientas psicológicas para hacerle frente a la vida.
 

Cinco principios para educar para la vida

 
1. Deja que se equivoque, caiga y comience de nuevo. Los padres tienen la tendencia a evitar que sus hijos se equivoquen, les protegen porque no quieren que cometan sus mismos errores. Sin embargo, hay muchas lecciones de vida que solo podemos aprender equivocándonos, sufriendo y volviéndonos a levantar. En ese proceso aprendemos y nos fortalecemos.
 
2. No etiquetes las emociones. No somos responsables por lo que sentimos, sino de lo que hacemos con ello. Esto significa que no tiene sentido catalogar las emociones como positivas o negativas ya que, por mucho que nos esforcemos, no podemos evitar sentir. De hecho, según el contexto, la euforia puede ser tan dañina o inadecuada como la ira. Por eso, más que censurar las emociones, debemos enseñarles a los niños a expresarlas de manera asertiva.
 
3. Fomenta los cambios. Es cierto que los niños necesitan cierto grado de estabilidad porque así se sienten seguros. Sin embargo, no es menos cierto que la sociedad en la que vivimos es muy convulsa y necesitamos estar preparados para enfrentar la incertidumbre y los cambios. Por eso, los padres deberían fomentar una actitud abierta al cambio en los niños, para que desde pequeños aprendan a lidiar con la incertidumbre y sean capaces de no apegarse demasiado a las cosas y situaciones. 
4. No escondas la realidad. Muchos padres intentan edulcorar la realidad, creando un falso telón de fondo de felicidad. Obviamente, es importante que los niños tengan buenos recuerdos de su niñez, pero eso no significa que no deban enfrentar situaciones de duelo o que no deban estar al tanto de los problemas familiares. Por supuesto, tampoco se trata de agobiarlos, sino tan solo de explicarles las situaciones, dándoles solo el peso que son capaces de soportar. De esta forma estamos potenciando la responsabilidad y la resiliencia.
5. Fomenta la independencia y la capacidad para tomar decisiones. Los adultos piensan que los niños no son capaces de tomar decisiones. Es cierto que su visión del mundo es muy limitada pero, aún así, los pequeños tienen necesidades, sentimientos y sueños, por lo que es importante enseñarles a tomar las riendas de su vida desde temprano. Poco a poco, según su nivel de madurez, debemos ir potenciando la independencia, y para ello es fundamental que aprendan a tomar decisiones y que se hagan responsables por sus actos.

La infancia debe ser una etapa feliz, de eso no cabe dudas. Sin embargo, también es un periodo crítico para la formación de muchas habilidades, capacidades y valores. Por eso, eduquemos al niño de hoy pensando en el adulto que será mañana.