¿Tienes una taza favorita? 5 razones de ese vínculo emocional

 
¿Tienes una taza favorita que utilizas solo tú? ¿Piensas que tu taza es irreemplazable? ¿Te pones nervioso o te enfadas si alguien usa tu taza? Si eres de esas personas que se aficionan a su taza, debes saber que no estás solo.
 
Según una encuesta llevada a cabo por la empresa Heinz Cup Soup, el 60% de las personas tienen un vínculo emocional con su taza favorita. El 40% dijeron que su taza especial era insustituible y alrededor de 1/3 confesaron que se habrían sentido devastadas si se rompiese. Es curioso cómo nos sentimos unidos, de una forma irracional, a determinados objetos cuyo valor emocional supera con creces su valor en términos económicos.
 

¿Por qué nos aficionamos a algunas tazas?

 
1. Te pertenece. Si alguna vez has cogido la taza especial de otra persona en la sala de descanso o en casa de un familiar y te han sorprendido con las manos en la masa, es probable que te hayan increpado y hayas notado cuán posesivas pueden llegar a ser algunas personas con su taza. De hecho, en la encuesta se apreció que una sexta parte de las personas admitían que se enfadaban si alguien usaba su taza. Esto se debe, al menos en parte, a lo que se conoce como “Efecto del Propietario”. En práctica, tenemos la tendencia a sobrevalorar nuestras posesiones, muy por encima de su valor real, una vez que las hemos comprado.
 
2. Activa recuerdos. Sin embargo, la obsesión por las tazas no se puede explicar simplemente por el Efecto del Propietario ya que, al fin y al cabo, no somos tan posesivos con otros objetos, como un tenedor o un plato favorito. El problema es que las tazas son un regalo muy común que normalmente se asocia con determinadas personas o recuerdos. Las emociones que evoca una taza pueden llegar a ser muy potentes, aunque no siempre somos conscientes de ello. De hecho, en muchos casos esa taza no solo nos recuerda el pasado sino que también genera una sensación de seguridad y tranquilidad que nos hace sentir bien.
 
3. Te representa. Una de las características más distintivas de las tazas, en comparación con cualquier otro objeto de la vajilla, es que normalmente contiene logos, frases o imágenes con las cuales nos sentimos particularmente identificamos. Las tazas es uno de esos objetos altamente personalizables con los cuales nos podemos identificar porque encontramos en ella un mensaje que hace eco en nuestra identidad. Nuestra taza refleja una parte de nuestra personalidad, por eso hemos desarrollado un vínculo tan fuerte. 
 
4. Forma parte de la rutina. Somos seres de rutina, estas nos hacen sentir seguros. Y es probable que tu taza forme parte de algunas de las rutinas que más te gustan. Quizá te levantas con ella, para desayunar, y después la utilizas meintras te relajas, para tomar el chocolate caliente o un buen té. De hecho, si lo pensamos bien, nuestra taza suele estar presente en muchas de esas rutinas relajantes. Aunque también están a nuestro lado cuando debemos terminar un proyecto a altas horas de la noche o cuando lo pasamos mal, por lo que es normal que termine convirtiéndose en una especie de objeto “leal”.
 
5. Te reconforta. Las tazas también se han ganado nuestro afecto debido a que normalmente las usamos para beber bebidas calientes. De hecho, una investigación realizada en las universidades de Yale y Colorado desveló que sostener en las manos una taza caliente genera sentimientos cálidos hacia los demás, hace que confiemos más en ellos y que nos acerquemos. También se ha apreciado que tomar un baño caliente nos hace sentir mejor y alivia la soledad, al igual que el simple hecho de sostener en la mano una bolsa con agua caliente. Por tanto, es normal que terminemos asociando nuestra taza a sentimientos agradables, que nos hacen sentir bien. 

 

Cuando dejas de pensar en lo que puede pasar, empiezas a disfrutar lo que está pasando

Cuando somos pequeños vivimos en el aquí y ahora. Sin embargo, a medida que vamos creciendo nos empezamos a preocupar por el futuro. Y poco a poco, casi sin darnos cuenta, esas preocupaciones se adueñan de nuestra mente, hasta tal punto que nos impiden vivir el momento presente.
De hecho, la sociedad impulsa y recompensa ese tipo de pensamiento. Y las personas que nos rodean nos animan a desarrollarlo con frases como “debes pensar en tu futuro” o “ahorra para el mañana”.
 
Obviamente, no tiene nada de malo ser previsores y mirar al futuro antes de tomar una decisión importante. De hecho, es imprescindible hacerlo, pero en su justa medida. El problema comienza cuando el miedo al futuro maniata el presente, cuando los temores y las preocupaciones nos impiden vivir.
 

¿Cómo saber si estás viviendo en el futuro?

 
Existen algunas señales que indican que no estás viviendo en el presente, que tu mente está viajando por el futuro, probablemente inventando problemas que no existen:
 
– Te preocupas constantemente por problemas que aún no han ocurrido.
 
– Exageras las consecuencias de tus actos, hasta tal punto que estas se convierten en un auténtico drama.
 
– Te agobias por situaciones que probablemente nunca ocurrirán y las revives una y otra vez en tu mente.
 
– Vives en un estado de expectación constante, a la espera de que ocurra algo negativo.
 
– No tomas decisiones porque esperas una “señal del futuro”, lo cual genera una gran tensión y estrés ya que vives en la incertidumbre.
 
– Crees que solo serás feliz cuando se cumpla esa meta que te has propuesto.
 
– Te sientes desdichado pero no haces nada para solucionarlo pues tienes la secreta esperanza de que en el futuro todo se arreglará como por arte de magia.
 

El futuro es incierto, acéptalo

 
Las personas que viven en el futuro tienen un grave problema: no son capaces de aceptar la incertidumbre. La imposibilidad de saber a ciencia cierta qué puede pasar les atormenta, por eso intentan perfilar todo tipo de hipótesis que les ayude a estar preparadas para lo que puede ocurrir.
 
Sin embargo, lo cierto es que el futuro tiene un gran componente de incertidumbre. Y cuanto antes lo aceptemos, mejor. Cada pequeña decisión que tomamos puede conducirnos en una dirección o en otra. Y no siempre depende de nosotros.
 
Abrazar la incertidumbre, asumirla como una sorpresa o un desafío, nos permitirá liberarnos de esa ansiedad que suele generar lo desconocido, y nos ayudará a vivir plenamente el aquí y ahora.
 
Por supuesto, no se trata de dejar de pensar en el futuro porque siempre tendremos que hacer planes y pensar en las posibles consecuencias de nuestras decisiones, sino de aprender a lidiar con esta perspectiva asumiendo una actitud más relajada. Se trata de aprender a fluir y confiar más en el curso de la vida.
 

La mayor recompensa: El presente

 
Cuando nos desatamos de las ataduras del futuro obtenemos una gran recompensa: el presente. Nos sentimos libres para disfrutar plenamente el aquí y ahora. Entonces podemos mirar a nuestro alrededor y ver esas cosas que la angustia, el miedo y la ansiedad nos impedían notar.
 
Ten en cuenta que el presente es lo único que tenemos para cambiar el futuro, por tanto, es nuestra posesión más preciada. Nuestro deber es aprovechar cada minuto, porque no tendremos una segunda oportunidad para hacerlo.
 
Vive hoy con la esperanza de que habrá un mañana pero sin olvidar que ese momento no se volverá a repetir.

10 cosas que todos merecemos de una relación de pareja

 

Pareja tomada de la mano
Encontrar a una persona que mire en nuestra misma dirección, que nos ame y apoye, puede hacer que nos embarquemos en la aventura más maravillosa de nuestra vida. Sin embargo, cuando no encontramos a la persona “justa”, la relación de pareja puede convertirse en una auténtica pesadilla que termina haciéndonos muy infelices. Por eso, es importante no resignarse y buscar en una relación esas cosas que realmente nos merecemos. Obviamente, también debemos estar dispuestos a entregarnos con la misma intensidad.
 

¿Qué debemos buscar en una relación de pareja?

 
1. Alguien que nos brinde seguridad. No se trata de la seguridad económica, sino de la certeza de que podemos contar con esa persona cuando más lo necesitemos. Es la seguridad de saber que tenemos a alguien a nuestro lado que no nos abandonará cuando las cosas se pongan difíciles. Es saber que tendremos una mano que sostendrá la nuestra cuando todos los demás nos fallen. Esa sensación de seguridad es, simplemente, invaluable.
 
2. Alguien que se emocione al vernos. Incluso después de años de relación, no deben desaparecer esas mariposas revoloteando en el estómago cuando estamos cerca de la persona amada. Debemos sentirnos felices y emocionados por encontrar a nuestra pareja, nuestros ojos deben brillar cuando le veamos. Su llegada debe ser el sol que ilumine un mal día, no las nubes que descargan un chaparrón. Y debemos esperar que el otro sienta lo mismo.
 
3. Alguien con quien vivir aventuras. Hay lugares interesantísimos por descubrir, nuevas culturas que explorar, gente nueva por conocer y nuevas pasiones que desarrollar. Descubrir cosas nuevas nos mantiene vivos. Y podemos descubrirlas solos, pero sería mucho mejor si nuestra pareja nos acompañase a vivir esas aventuras. Porque solo cuando se comparten experiencias se crean lazos que duran para toda la vida.
 
4. Alguien que nos respete. No se trata de encontrar a una persona que piense y sienta como nosotros, sino a alguien lo suficientemente flexible como para comprender nuestras ideas y sentimientos, aunque no los comparta. En una relación debemos esperar que la otra persona respete nuestra individualidad. Nuestra pareja no debe querer cambiarnos sino que debe respetar nuestras decisiones y creencias, debe amarnos tal como somos.
 
5. Alguien que nos haga crecer. En una relación de pareja estable y madura, cada persona admira al otro pero, a la vez, le motiva y apoya para que crezca. Merecemos a nuestro lado a una persona de mente abierta, que nos anime a ir siempre más allá y nos motive a sacar nuestro mejor “yo”. Una relación de pareja no es para perder, sino para que ambos ganen y crezcan. Encuentra a una persona que te permita sacar la mejor versión de ti.
 
6. Alguien que tenga pequeños gestos cotidianos. Los pequeños detalles son los que alimentan una relación día tras día. Merecemos a alguien que sepa lo que nos gusta y que se esfuerce por hacernos felices a través de esos pequeños detalles que para nosotros valen mucho. Esos gestos cotidianos son la verdadera prueba de amor.
 
7. Alguien que nos escuche. Cuando tenemos un mal día y todo nos sale mal, simplemente necesitamos un hombro sobre el cual descansar, necesitamos a alguien que nos escuche y reconforte. También necesitamos a alguien que comparta nuestros sueños y que no piense que son tonterías sino que los apoye. Sin comunicación y empatía, ninguna pareja llega muy lejos.
 
8. Alguien que nos dé libertad. En una relación de pareja sana, ambos miembros son conscientes de que el otro es una persona independiente que necesita libertad. Por eso, necesitamos a alguien que nos ame pero, a la vez, nos deje libres, que sea una persona lo suficientemente madura como para respetar nuestro espacio y no sentir celos por nuestras nuevas amistades. Para que una relación dure a lo largo de los años, es fundamental que ambos sepan cuando convertirse en uno y cuando ser dos. 
 
9. Alguien que confíe en nosotros. Toda relación de pareja se basa en la confianza, cuando una de las personas no confía en el otro, la relación está destinada de antemano al fracaso. Por eso, necesitamos alguien que no se preocupe si llegamos un poco más tarde que de costumbre y que no tenga miedo a tener una cuenta bancaria en común. Porque amar significa dejarse caer, confiando en que el otro nos sostendrá.
 
10. Alguien que sea nuestro mejor amigo. Merecemos a una persona que nos cubra las espaldas cuando nos metemos en un lío, a alguien a quien contarle nuestros secretos más profundos y con quien podamos mostrarnos tal cual somos, sin artificios. Alguien que ría con nosotros y que comprenda lo que nos pasa con tan solo mirarnos, alguien que no solo sea un amante sino también un amigo.
 
Merecemos a alguien que esté convencido de que somos “su persona”, entre los 7 billones de personas del mundo. Y cuando le encuentres, no le dejes ir.

Asfixia Cognitiva: ¿Qué pasa cuando la razón “desconecta” las emociones?

Hombre pizarra problemas
 
Durante años la sociedad ha enaltecido el valor de la lógica y la racionalidad. Por eso, pensamos que actuar de forma racional y objetiva es la mejor alternativa. Sin embargo, no siempre es así, hay casos en los que se puede producir una auténtica asfixia cognitiva.
 
Nuestro cerebro “cognitivo” es el encargado de regular la atención consciente y las reacciones emocionales, antes de que estas se vuelvan desproporcionadas. De cierta forma, ese control que ejerce el cerebro “cognitivo” nos libera de lo que podría ser una tiranía de las emociones, una vida completamente dirigida por los instintos.
 
Una investigación realizada en la Universidad de Stanford ha desvelado cuál es el papel de ese cerebro “cognitivo”. Cuando los participantes miraban fotos desagradables, de cuerpos mutilados o rostros desfigurados, sus cerebros emocionales reaccionaban inmediatamente. Sin embargo, si se esforzaban por controlar sus emociones, las regiones corticales tomaban el mando y bloqueaban la actividad del cerebro emocional.
 
Desde esta perspectiva, podemos comprender que el cerebro “cognitivo” nos puede ahorrar un sufrimiento innecesario, y también permite que nuestras reacciones emocionales no se nos escapen de las manos. Sin embargo, lo que a primera vista puede parecer positivo, encierra un gran riesgo: a fuerza de usar la razón, podemos terminar perdiendo el contacto con el cerebro emocional y sus llamadas de socorro, es lo que se conoce como “asfixia cognitiva”.
 

Es más difícil tomar decisiones cuando el cerebro emocional está “apagado”

 
Un control excesivo de las emociones puede dar paso a un temperamento poco sensible. Cuando el cerebro no permite que la información emocional desempeñe su papel, se producen otros problemas. Por una parte, es más difícil tomar decisiones porque no experimentamos ninguna preferencia “en el fuero interno”, es decir, no percibimos esas sensaciones en el cuerpo que nos indican qué camino seguir, y que no son más que un eco “visceral” de nuestras emociones. 
 
Debido a la asfixia cognitiva, podemos ver a personas que tienen muy desarrollada su parte intelectual pero han descuidado las emociones. Para estas personas, tomar decisiones es difícil porque se pierden en consideraciones infinitas sobre los detalles, no tienen un instinto o un sexto sentido que las guíe, han perdido la brújula emocional que inclina la balanza y nos ayuda a decidir.
 
De hecho, el cerebro emocional es tan importante como el cognitivo, porque es el principal encargado de señalarnos cualquier posible peligro. El cerebro emocional evalúa la información que proviene del medio y puede desatar el mecanismo de lucha o huida, que nos puede poner a salvo si nuestra vida está en peligro. También es el encargado de señalarnos que una decisión no nos conviene porque podría hacernos daño emocionalmente. El cerebro emocional es un guardián celoso que también puede ser muy útil a la hora de tomar decisiones.
 
De hecho, un estudio particularmente interesante llevado a cabo en la Universidad de Ámsterdam encontró que cuando las personas deben elegir un cuadro, pensar sobre los detalles, de forma racional, no es la mejor alternativa. De hecho, al cabo de un mes, las personas más satisfechas con su elección fueron aquellas que se dejaron llevar por su intuición, que dejaron hablar al cerebro emocional.
 

La asfixia cognitiva nos mata poco a poco

 
La asfixia cognitiva también acarrea graves consecuencias para nuestro bienestar. Permitir que el cerebro cognitivo “desconecte” las emociones implica que no seremos capaces de percibir las pequeñas señales de alarma que envía el sistema límbico. Eso significa que habremos perdido la conexión con nuestro “yo” más profundo, por lo que, al final, estaremos violentando nuestros valores y nos haremos sufrir, quizás atándonos a un trabajo o a una relación de pareja que en realidad no nos satisface.
 
Un ejemplo perfecto de asfixia cognitiva se aprecia en los hombres que han aprendido, de niños, que sus emociones no eran aceptables. Han crecido escuchando que “los chicos no lloran”, de manera que aprenden a reprimir sus sentimientos y después les resulta muy difícil expresarlos. Sin embargo, se ha demostrado que reprimir las emociones no las calma, no nos sentiremos mejor porque escondamos el dolor.
 
Además, reprimir las emociones a favor de la razón no solo nos puede hacer muy desdichados sino que también puede traducirse en problemas físicos. De hecho, enfermedades como el estrés, la fatiga sin una causa aparente, los trastornos gastrointestinales, los problemas de la piel, las enfermedades cardíacas y las infecciones recurrentes tienen en su base un patrón de represión emocional
 
Cuando suprimimos o escondemos las emociones, en vez de expresarlas, estas terminan provocando problemas de salud que pueden llegar a ser muy graves. En este sentido, un estudio realizado en la Universidad de Berkeley ha llegado a la conclusión de que reprimir las emociones pesa más sobre nuestro corazón y las arterias que las emociones en sí mismas, aunque estas tengan una valencia negativa.
 
En este experimento los investigadores apreciaron que las emociones son reacciones muy intensas que despiertan cambios a nivel fisiológico. Sin embargo, para controlar las emociones debemos poner en marcha un proceso de inhibición. En teoría, suprimirlas no debería provocar una activación fisiológica, pero resulta que no es así. De hecho, al reprimir las emociones se produce un aumento de la actividad somática y de la frecuencia cardíaca, así como una activación a nivel simpático. Todo esto sugiere que intentar suprimir las emociones, tanto las negativas como las positivas, tiene un elevado costo a nivel físico.
 
Moraleja: la represión emocional tiene un costo demasiado elevado, tanto para nuestro equilibrio psicológico como para nuestra salud física. Las emociones no son nuestro enemigo, son señales a las que debemos prestarles atención. El secreto no radica en esconderlas, sino en experimentarlas y superarlas.

 

Cómo la gente te trata, es su problema. Cómo reacciones, es el tuyo

 

Mujer haciendo pompas de jabón
Viktor Frankl, un psiquiatra austríaco que estuvo prisionero en los campos de concentración nazis afirmó que “al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa, la última de las libertades humanas: la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias, para decidir su propio camino”. 
 
Y es que a lo largo de la vida estamos expuestos a disímiles situaciones, enfrentamos numerosos obstáculos y sufrimos varios contratiempos. También encontramos a personas que no son todo lo agradables que quisiéramos y que incluso pueden hacernos mucho daño. En la mayoría de los casos no podemos hacer nada para evitarlo. Sin embargo, podemos elegir cómo reaccionar. Después de todo, en lo más profundo de nosotros, solo nos puede dañar aquel a quien le hemos dado el permiso para hacerlo.
 

Cada quien es responsable por sus acciones

 
Hay personas que van por el mundo como si fueran camiones de basura. Cargan sobre sus hombros una enorme dosis de resentimiento, ira, tristeza o miedo e intentan descargarla en cualquier lugar. Son las típicas personas que reaccionan de manera exagerada ante el menor estímulo y que, de forma consciente o no, hacen todo lo posible por arruinarnos el día y a veces hasta la vida.
 
Se trata de personas que responden atacando, descargando un rosario de quejas o manipulando para hacernos sentir culpables. Podemos encontrar personas así por doquier, lo mismo en la caja de un banco que en una oficina pública o incluso puede que se trate de uno de nuestros amigos, nuestro compañero de trabajo, nuestra madre o nuestra pareja.
 
Estas personas se comportan así porque no han aprendido a ser asertivos en sus relaciones interpersonales, porque no poseen las herramientas psicológicas necesarias para hacerle frente a la adversidad y los problemas, por lo que terminan perdiendo el control sobre sus emociones y comportamientos. Estas personas son como bombas de tiempo emocionales dispuestas a estallar en cualquier momento.
 
Obviamente, los daños que causen serán su responsabilidad. La nuestra es no dejar que nos envuelvan en sus redes.
 

Recibirás lo que das

 
En este sentido, la ley del karma es muy esclarecedora. Este principio budista hace referencia a la ley causa-efecto e indica que nuestras experiencias son el resultado de nuestras acciones, palabras y pensamientos. En práctica, todas nuestras acciones dejan huellas y, con el tiempo, se generan los resultados.
 
Nuestra mente y nuestra vida son como un campo, recogeremos lo que hayamos sembrado. Las acciones, palabras y pensamientos virtuosos son semillas positivas de las que recogeremos felicidad pero la violencia, el odio, la ignorancia, el egoísmo y el resentimiento conducirán al sufrimiento. A veces esas semillas permanecen ocultas en nuestra mente, hasta que se producen las condiciones necesarias para que germinen.
 
Por eso, cada persona tiene su propio karma, que depende exclusivamente de sus acciones, palabras y pensamientos. Desde esta perspectiva, el karma no es un castigo impuesto por el destino, es tan solo el resultado de nuestras decisiones, incluso de las más pequeñas y aparentemente intrascendentes.
 
Si cada vez que alguien nos molesta nos enfadamos, alimentaremos cada vez más la ira, hasta que esa emoción se apropie de nosotros. Si cada vez que alguien se queja, le seguimos el juego y nos quejamos a su vez, terminaremos convirtiéndonos en quejicas crónicos. Obviamente, de esa forma no podremos encontrar el equilibrio emocional que necesitamos para ser felices.
 

¿Cómo reaccionar para que no te arrebaten tu equilibrio emocional?

 
El principal objetivo es lograr que las personas no jueguen con tus emociones porque de esta forma les estás dando el control de tu vida, literalmente. De hecho, se ha apreciado que pequeños desencuentros en nuestras relaciones interpersonales provocan lo que se conoce como “caos cardiaco”. En práctica, los estados de estrés, ansiedad, depresión o cólera hacen que la frecuencia del ritmo cardíaco entre dos latidos se vuelva irregular o “caótica”. Y esa frecuencia irregular se ha asociado con problemas de salud como la hipertensión, la insuficiencia cardíaca, el infarto y la muerte súbita.
 
Por tanto, tus reacciones no solo determinarán tu estado emocional sino que, a largo plazo, también tendrán repercusiones sobre tu salud. Sin embargo, tampoco se trata de permitir que las personas vulneren tus derechos y sufrir en silencio mientras te arruinan la vida. La clave está en encontrar un equilibrio, en darle a cada cosa su justa medida y no permitir que sean los demás quienes dicten nuestros estados emocionales, sobre todo si estos nos pueden hacer daño.
 
1. No te pongas a la defensiva. Cuando percibimos que alguien nos “ataca” nuestra primera reacción es ponernos a la defensiva. Lo que sucede es que el cerebro emocional ha tomado el mando y ha decretado un estado de alerta. En ese caso, solo necesitarás un minuto, respira profundo y no respondas inmediatamente. Así le darás tiempo a las zonas corticales a retomar el control y podrás pensar con mayor claridad cómo hacerle frente a la situación sin que se te vaya de las manos.
 
2. Acepta la situación. Hay personas que no puedes cambiar, intentar hacerlo sería como nadar contracorriente. Asume esa realidad y no esperes obtener demasiado de ellas. Recuerda que en muchas ocasiones tu peor enemigo son las expectativas y tu incapacidad para reestructurar tu campo de acción ante una situación inesperada. No se trata de darte por vencido sino de reajustar tus expectativas y preguntarte: ¿Qué puedo obtener realmente de esta situación? Cuando asumes que el mundo no siempre es como quisieras, evitas combatir batallas perdidas de antemano.
 
3. Defiende tus derechos. Sin irritarte, hazle ver a la otra persona que eres consciente de tus derechos y que no estás dispuesto a permitir que pase por encima de ellos. En estos casos, la técnica del disco rayado se convertirá en tu mejor aliada. Se trata de repetir todas las veces que sea necesario tu opinión, pero sin perder la calma, de manera que la otra persona comprenda que estás decidido a lograr lo que te pertenece por derecho.
 
4. Cambia la perspectiva. Si no es un asunto por el que merece la pena discutir, es mejor cambiar argumento. Al contrario, si es algo importante, puedes hacerle una pregunta que le haga pensar sobre las consecuencias de sus acciones. De hecho, muchas personas no son plenamente conscientes del alcance de sus palabras o decisiones, por lo que de esta forma le estás animando a ver la situación desde otra perspectiva. También puedes preguntar el por qué de tanta polémica, ira o resistencia. En muchos casos, ponerle nombre a lo que está sintiendo nuestro interlocutor, implica desarmarle, lo cual os permitirá hablar de forma más razonable. 
 
5. Reacciona con la emoción opuesta. Se trata de asumir una actitud más tolerante, paciente, amable y humilde, aunque ello requiera un gran esfuerzo de tu parte. Recuerda que responder con ira solo aumenta la violencia. Al contrario, si la persona se da cuenta de que no le seguimos el juego, probablemente se detendrá a pensar en sus propias reacciones. Considera que a todos nos afecta lo que hacen las personas que se encuentran a nuestro alrededor, por lo que una reacción paciente y calmada puede hacer que la intolerancia y el enfado se desvanezcan. 
 
6. Ponte en su lugar. No se trata de excusar sus comportamientos sino de comprender que todos nos equivocamos y que en ese momento es cuando más necesitamos de alguien comprensivo. Considera que necesitamos más amor y comprensión justo cuando menos lo merecemos, porque es cuando estamos atravesando las situaciones más difíciles. Piensa que tú también cometes errores y pierdes la paciencia, y compórtate como te gustaría que los demás se comportaran contigo. Quizás esa persona que tanto te molesta nunca cambie, pero al menos te respetará por tu forma de ser.
 
7. Protege tu autoestima. Lidiar continuamente con personas difíciles puede ser muy desgastante y puede minar tu autoestima. Por eso, es importante que te asegures de blindarla a prueba de balas. Recuerda que las opiniones que los demás tienen de ti no son una verdad absoluta y no te definen como persona. De hecho, considera que sus ataques incluso pueden ser un intento desesperado de alimentar su propia autoestima. Céntrate en las personas que realmente te valoran y fomenta las cualidades que te harán crecer. Olvídate del resto.