¿Cómo matamos la “mentalidad de crecimiento” en los niños?

Para la mayoría de los padres sus hijos son los más lindos, creativos e inteligentes del mundo. Es algo comprensible, no pretendo decir lo contrario :) Sin embargo, en los últimos tiempos se ha puesto de moda hablar de los niños como si fueran trofeos, los padres se han despojado de cualquier pizca de modestia y han comenzado a exagerar los logros de sus hijos. Pero alabar demasiado a los niños y convertirlos en una especie de trofeo no es bueno, ni para su desarrollo emocional ni cognitivo. 
 

Hay que alabar el esfuerzo, pero con mesura

 
Hace algunos años una serie de estudios psicológicos demostraron que existen elogios que destruyen la autoestima infantil. Cuando alabamos ciertas capacidades, como la inteligencia, en realidad estamos limitando a los niños ya que estos terminan desarrollando miedo al fracaso. Como resultado, la próxima vez que tengan que enfrentarse a una tarea, elegirán los problemas más sencillos, para no fracasar y volver a merecer ese elogio. De esta manera no se desarrollarán sino que se mantendrán estancados dentro de su zona de confort.
 
En esos mismos estudios se apreció que los niños que son alabados por su esfuerzo terminan siendo más perseverantes. Estos pequeños desarrollan lo que se ha denominado “mentalidad de crecimiento”, sustentada en el deseo de mejorar. 
 
Sin embargo, a raíz de estas investigaciones muchos padres y profesores han sacado unas conclusiones erróneas pensando que basta con elogiar el esfuerzo para que el niño se empeñe más y llegue más lejos. 
 
Desgraciadamente, o quizá por fortuna, en la Psicología no hay fórmulas lineales, por lo que elogiar con desmesura el esfuerzo también tiene efectos negativos. Esta es la tesis que sostiene Carol Dweck, una psicóloga de la Universidad de Stanford que ha dedicado cuatro décadas de su vida a investigar la “mentalidad de crecimiento”, y que nos alerta de que debemos hacer un alto en el camino para reflexionar sobre la educación que le estamos brindando a los niños.
 

Los elogios abstractos no funcionan

 
Según esta psicóloga, a los padres y maestros se les ha ido la mano al intentar estimular esa “mentalidad de crecimiento” en los niños pues han terminado ofreciendo alabanzas vacías solo por intentarlo, sin que se haya producido un aprendizaje auténtico o se haya obtenido un resultado palpable. En práctica, es como si hubiésemos caído en el extremo opuesto: nos han dejado de importar los resultados y el aprendizaje y estamos sobrevalorando el esfuerzo. 
 
Sin embargo, lo importante es encontrar un justo equilibrio. El esfuerzo es importante, y a veces merece un elogio, pero también es esencial alcanzar determinados resultados. Aunque el esfuerzo es loable, en realidad el elogio debe ir dirigido a potenciar el aprendizaje, ese es el aprendizaje y no deberíamos perderlo de vista.
 
Desgraciadamente, muchos padres y maestros afirman tener una “mentalidad de crecimiento” pero en realidad sus métodos educativos no contribuyen a desarrollar esa actitud en los niños. Elogiar el esfuerzo en abstracto y prodigar alabanzas vacías puede ser tan inútil como una danza india para llamar la lluvia… Eso no es tener mentalidad de crecimiento.
 

El impactante experimento que muestra los daños que causa la mentalidad fija en los niños

 
Un estudio realizado en la Universidad de Chicago analizó cómo las madres alababan a sus bebés desde el primer año de edad, hasta los tres años. A los cinco años los psicólogos comprobaron que la forma de elogiar de los padres estaba íntimamente vinculada a la mentalidad del niño y su disposición para asumir retos. Los niños que recibían elogios adecuados no solo asumían más desafíos sino que también les iba mejor en la escuela. 
 
En otro experimento llevado a cabo en la Universidad de Stanford les pidieron a pequeños de 4 años que eligieran entre un rompecabezas fácil que ya habían hecho o uno más complicado. Quienes tenían una mentalidad fija prefirieron apostar por el rompecabezas más sencillo, el cual les permitía reafirmar su capacidad ya que pensaban que los niños inteligentes no cometen errores. Quienes tenían una mentalidad de crecimiento eligieron la opción más complicada y encontraron raro que alguien quisiera hacer el mismo rompecabezas de nuevo.
 
Esto demuestra que a una edad tan temprana, muchos niños ya sienten la necesidad de demostrar que son inteligentes y de evitar los errores, mientras que otros desean plantearse nuevos retos que les permitan crecer.
 
Sin embargo, los resultados más interesantes aún estaban por llegar: al analizar las ondas cerebrales de estos niños se pudo ver cómo respondían ante las preguntas difíciles y la retroalimentación. Estos psicólogos comprobaron que los niños con una mentalidad fija solo estaban interesados en la retroalimentación que reafirmaba su capacidad, pero se desconectaban cuando les explicaban otros detalles que podían ayudarles a mejorar y aprender. De hecho, ni siquiera mostraron interés por escuchar la respuesta correcta cuando se habían equivocado, probablemente porque ya la habían catalogado en su mente dentro de la categoría “fracaso”. 
 
Al contrario, los que tenían una mentalidad de crecimiento se mostraron muy atentos a todos los detalles que podían ayudarles a ampliar sus conocimientos y habilidades, independientemente de si habían acertado o no en sus respuestas.
 

¿Cómo promover una auténtica mentalidad de crecimiento?

 
Todos tenemos una mentalidad de crecimiento, pero también tenemos una mentalidad fija. Potenciar la primera demanda esfuerzo y no implica que una vez conseguida, no se pueda perder. De hecho, la crítica puede hacer que una persona se ponga a la defensiva y apague su sed de aprendizaje. Por eso, es importante que los padres y maestros desarrollen un estilo educativo que realmente promueva este tipo de mentalidad.
 
Cuando los padres o maestros tienen una mentalidad fija les transmiten a los niños la idea de que sus capacidades están talladas en piedra, lo cual les genera la necesidad de ponerse a prueba una y otra vez para saber hasta donde son capaces de llegar. El problema es que cuando se equivocan piensan que han fracasado y que no son capaces de ir más allá porque han llegado a su “límite”. 
 
Desgraciadamente, muchos adultos no han sido capaces de cambiar esa mentalidad que les han inculcado desde pequeños y se consumen con el objetivo de ponerse a prueba una y otra vez, primero en el aula y más tarde en sus carreras y en sus relaciones. Cada situación se convierte en una confirmación o negación de su inteligencia, personalidad o carácter. Enfrentan cada situación pensando: ¿Voy a tener éxito o fracasaré? ¿Demostraré que soy inteligente o quedaré como un tonto? ¿Voy a ser aceptado o rechazado? 
 
Al contrario, la mentalidad de crecimiento les enseña que los errores son oportunidades para crecer. De hecho, son precisamente los problemas más difíciles los que implican un mayor crecimiento.
 
La clave para promover una verdadera mentalidad de crecimiento consiste en enseñarles a los niños que sus cerebros son como músculos que se pueden fortalecer a través del trabajo duro y la perseverancia. Así que, en vez de decir “No todo el mundo es bueno en Matemáticas, haz lo que puedas”, un maestro o un padre debería decir: “Cada vez que resuelves un problema de Matemáticas tu cerebro crece”. O en vez de decir: “Tal vez las Matemáticas no son tu punto fuerte”, un enfoque mejor sería: “Las matemáticas todavía no son uno de tus puntos fuertes, tendrás que esforzarte un poco más”. De esta forma se hace hincapié en el esfuerzo, pero con vistas a obtener resultados y a potenciar el aprendizaje.
 
Lo más interesante de este nuevo enfoque es que muestra que la inteligencia es maleable y que todo el mundo puede cambiar su forma de pensar. Por otra parte, considera que los errores no son fracasos o una señal de falta de inteligencia sino tan solo oportunidades para poner a prueba las habilidades y desarrollarlas.

“Baila sin pena y busca la fuerza para no rendirte”:Los inusuales deberes que un profesor les deja a sus estudiantes

 
En los últimos tiempos ha aumentado el número de padres que se lamentan por la cantidad de deberes escolares que sus hijos llevan a casa. Sin embargo, creo que la mayoría de los padres asumiría de buena gana los deberes que les propuso a sus estudiantes el profesor Cesare Catà, quien trabaja en el Instituto de Ciencias Humanas “Don Bosco”, en la ciudad italiana de Fermo, enseñando Filosofía y Literatura. De hecho, esta inusual lista de deberes ya ha recorrido Italia y ahora está dándole la vuelta al mundo.
 
El motivo de tal revuelo es muy sencillo: en vez de indicar lecturas obligatorias y ejercicios, este profesor le aconsejó a sus estudiantes algo completamente diferente, les dio consejos de vida dirigidos a mejorar el bienestar psicológico, alejándose de la clásica memorización mecanicista de contenidos.
 

Los 15 consejos de vida de un profesor a sus estudiantes para que aprovechen el verano

 
1. Alguna que otra mañana, pasea por la orilla del mar en soledad total: mira el resplandor del sol en el agua y piensa en las cosas que más amas. Sé feliz.
 
2. Intenta usar las palabras nuevas que aprendiste a lo largo del año: mientras más puedas decir, mejor podrás pensar; y mientras más pienses, más libre serás.
 
3. Lee, todo lo que puedas. No lo hagas porque debes hacerlo sino porque el verano inspira aventuras y sueños y la lectura te dará alas para volar. Lee porque es la mejor manera que tienes de rebelarte y, si necesitas consejos de lectura, no dudes en acudir a mí.
 
4. Evita las situaciones y las personas que generen negatividad y provoquen una sensación de vacío. Involúcrate en actividades estimulantes y busca la compañía de personas que te enriquezcan, comprendan y aprecien por lo que eres.
 
5. No te preocupes si te sientes triste o tienes miedo, el verano, al igual que todas las cosas maravillosas de la vida, siembran confusión en el alma. Lleva siempre contigo un diario y escribe cómo te sientes. Si te apetece, lo leeremos juntos cuando comiencen las clases.
 
6. Baila, sin pena. En todas partes, en la pista de baile o a solas en tu dormitorio. El verano es una danza y sería un desperdicio no bailar a su ritmo.
 
7. Al menos una vez, disfruta del amanecer. Permanece en silencio y respira profundamente. Cierra los ojos y siéntete agradecido.
 
8. Practica mucho deporte.
 
9. Si encuentras a alguien que te guste, díselo con sinceridad y respeto. Si esa persona no te comprende, es que no estaba en tu destino. Si te entiende y te corresponde, entonces camina a su lado; ese verano será inolvidable.
 
10. Vuelve a leer los apuntes que tomaste en clases: cuestiona los autores y los conceptos e intenta aplicarlos a lo que te sucede.
 
11. Sé feliz como la luz del sol e indomable como el mar.
 
12. No utilices palabras malsonantes, intenta ser cortés y amable.
 
13. Ve buenas películas cuyos diálogos hagan resonancia emocional en tu interior, mejor aún si son en inglés porque perfeccionarás el idioma y desarrollarás la capacidad de soñar. No permitas que la película se termine con los créditos, revive esas escenas en tu verano.
 
14. Aprovecha el sol brillante de las mañanas y las noches cálidas del verano para imaginar cómo será tu vida. Busca la fuerza para no rendirte y haz todo lo que puedas para alcanzar ese sueño.
 
15. Sé bueno.
 
Cesare Catà reconoce que estos consejos están inspirados en el personaje que interpreta Robin Williams en la película “El club de los poetas muertos”. De hecho, quizás nuestra educación va necesitando una nueva lavada de cara.
 
No se trata de olvidarse de las matemáticas, la historia y la física pero sí de comenzar a preocuparnos por algo más allá de los contenidos. Porque amueblarnos la cabeza no significa llenarla de información sino enseñarnos a pensar. Ya lo decía el escritor y poeta italiano Arturo Graf: “excelente maestro es aquel que, enseñando poco, hace nacer en el alumno un deseo grande de aprender”.
 
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¿Cómo saber si tu hijo es inteligente?

Cuando fui a la escuela me preguntaron qué quería ser de mayor. Yo respondí: ‘feliz’. Me dijeron que no había entendido la pregunta y yo les dije que ellos no entendían la vida“, contó en una ocasión John Lennon. A la luz de esta reflexión, no podemos sino suponer que quizá los adultos estamos entendiendo mal muchas cosas.

Ser inteligente no es sacar un sobresaliente en Matemáticas o en Física. Tampoco lo es obtener un excelente en Gramática o memorizar todas las fechas históricas. Eso significa simplemente ser un alumno aplicado. Sin embargo, muchos padres y maestros creen que la inteligencia se reduce a la lógica, y consideran que un niño con malas notas no tendrá éxito en la vida, porque no es lo suficientemente inteligente y capaz. Sin embargo, si juzgamos a un pez por su habilidad para subir a los árboles, pasará toda su vida pensando que es un inútil.

¿Cómo se produjo el descarrilamiento de los test de inteligencia?

 
Todo comenzó en el lejano 1905, cuando Alfred Binet creó su famoso test de inteligencia. Aquella prueba respondía a una necesidad específica: el gobierno francés quería instituir la escolarización obligatoria para los niños de entre 6 y 14 años, pero como en aquel momento tenían niveles tan dispares, era necesario una prueba que permitiera analizar la ejecución de tareas que exigían comprensión, capacidad aritmética y dominio del vocabulario.
 
Binet creó un test para diferenciar los alumnos cuyas capacidades les permitirían adaptarse al sistema educativo normal de aquellos que necesitarían un refuerzo extra. Más tarde, en Gran Bretaña, el psicólogo Cyril Burt introdujo las primeras adaptaciones de esas pruebas y las utilizó para demostrar que la inteligencia era hereditaria. En Estados Unidos, Lewis Terman hizo lo propio y se aseguró de que tales test demostraran la supremacía de los blancos y las clases pudientes sobre el resto.
 
Sin embargo, la idea de Binet nunca fue esa. De hecho, este psicólogo reconoció que su test no era capaz de evaluar los diferentes tipos de inteligencia, y que simplemente había agrupado conjuntos de problemas y operaciones que los niños debían resolver con relativa facilidad en los diferentes cursos académicos. Sin embargo, la suerte ya estaba echada. 
 
Henry Goddard, otro de los psicólogos estadounidenses promotores de las pruebas de inteligencia, las utilizó para sustentar la teoría de que las personas ricas y exitosas heredaban biológicamente la inteligencia, la cual se transmitía de una generación a otra. Así, la inteligencia se convirtió en un factor de marginación y estigmatización de las personas. 
 
Desgraciadamente, aún hoy muchos profesionales y padres siguen pensando en esos términos. Se trata de personas que creen que la inteligencia es una capacidad fija que se hereda, y la relacionan únicamente con la habilidad para resolver problemas lógicos. Sin embargo, la inteligencia es mucho más, y es fundamental que todos aquellos que tengan la educación de niños en sus manos lo sepan.
 

¿Qué es realmente la inteligencia?

 
Ser inteligente no es sacar un sobresaliente en Matemáticas o en Física. Tampoco lo es obtener un excelente en Gramática o memorizar todas las fechas históricas. Eso significa simplemente ser un alumno aplicado.
 
Al contrario, un niño inteligente es aquel que es capaz de encontrar diferentes soluciones y elegir la mejor alternativa para resolver un problema. Un niño inteligente no es el que saca cuentas complicadas más rápido que ninguno sino aquel que encuentra soluciones creativas a los problemas de la vida cotidiana.
 
Un niño inteligente es aquel que se fija en los detalles, sin perder la perspectiva global. Es aquel que siempre pregunta y que quiere ir más allá de la apariencia de las cosas. También es aquel que rompe las cosas para saber cómo están hechas, aunque después no sepa recomponerlas.
 
De hecho, un niño inteligente no es aquel que casi nunca se equivoca sino el que yerra y aprende de su error, sacando conclusiones que le servirán para su vida futura. Es aquel que tiene la flexibilidad suficiente para adaptarse a los cambios, aunque no siempre sean positivos.
 
Un niño inteligente no es aquel que colecciona palabras de pronunciación complicada y significados raros con las cuales asombrar a todos sino el que piensa fuera de lo establecido, usando las imágenes, la música o cualquier otro medio para expresar sus ideas.
 
El niño inteligente no es aquel que sigue las normas sin equivocarse, sino el que se plantea nuevos retos y no tiene miedo a salir de su zona de confort. 
 
El niño inteligente es capaz de ponerse en la piel de los demás, sabe comunicar sus emociones e intuir la de los otros. También sabe decir “no” cuando es el momento y se responsabiliza por sus acciones. Ese niño sabe escuchar y es sensible. 
 
Ese es un niño inteligente, aunque en el colegio no obtenga las mejores calificaciones. Porque la vida es la escuela más importante, la más exigente y la más complicada. Y para pasar sus asignaturas no se necesita solamente capacidad de cálculo, memorización y comprensión lectora sino otras habilidades que normalmente no se enseñan en los colegios, como el pensamiento analítico, la flexibilidad, la capacidad de adaptarse a los cambios y de controlar las emociones…
 
La inteligencia no es una nota, es una capacidad que se desarrolla día a día y que debe servirnos para mejorar como personas y encontrar la felicidad. Muchos niños tienen ese tipo de inteligencia, no se la arrebatemos para quemarla en el altar de la lógica.

Granularidad Emocional: Sentir desesperación es una buena señal

Cuando el mundo se pone del revés y nada funciona, ¿te sientes simplemente “mal”, en sentido general, o experimentas estados emocionales más específicos, como la desesperación, la frustración o la tristeza?
 
En el ámbito de la Psicología existe un término para hacer referencia a las personas cuyos sentimientos están finamente sintonizados: “granularidad emocional”. Cuando estas personas leen una noticia sobre un atentado, por ejemplo, no sienten simplemente miedo o ira sino que experimentan indignación, angustia, contrariedad, desolación o irritación. Cuando estas personas leen sobre la corrupción no solo se enojan sino que pueden experimentar exasperación, cólera, tristeza o incluso vergüenza ajena.
 
La granularidad emocional no significa simplemente tener un amplio vocabulario con el cual expresar lo que sientes sino, sobre todo, ser conscientes de esas emociones y sentimientos. Desgraciadamente, la mayoría de las personas no son capaces de detectar esas sutiles variaciones en sus estados emocionales. Sin embargo, tener granularidad emocional puede marcar una gran diferencia en nuestras vidas.


Experimentar un amplio rango de emociones es beneficioso en todos los sentidos

 
Experimentar una amplia paleta de sentimientos, aunque sean desagradables, nos permite ser más eficaces a la hora de regular nuestros estados emocionales, evitando que asumamos estrategias destructivas para lidiar con las situaciones que nos desbordan. Lo confirma un estudio realizado en la Universidad de George Mason en el que se desveló que las personas que son capaces de detectar y comprender sus emociones eran menos propensas a refugiarse en las drogas, el alcohol o la comida como vías de escape.
 
Otro estudio realizado por psicólogos de la Universidad de Kentucky descubrió que estas personas también mostraban un mayor autocontrol y eran menos proclives a responder de manera agresiva ante las circunstancias difíciles, aunque estuvieran muy enfadadas. En práctica, todo indica que la granularidad emocional es un indicador importante deresiliencia.
 
No obstante, quizá lo más sorprendente es que la granularidad emocional no solo es beneficiosa a nivel psicológico sino que también contribuye a que tengamos una vida más larga y saludable. Se ha apreciado que estas personas acuden menos al médico y recurren menos a la medicación, además de pasar menos días hospitalizados debido a una enfermedad. 
 
En este sentido, un estudio particularmente revelador realizado en 92 mujeres que padecían cáncer de mama, descubrió que quienes eran capaces de detectar, etiquetar y entender sus emociones tenían niveles más bajos de inflamación, uno de los procesos que se encuentra en la base de esta enfermedad y que se considera un mal pronóstico.
 

¿De dónde surgió el concepto de la granularidad emocional?

 
La granularidad emocional es un concepto que proviene de la década de 1990, cuando la psicóloga Lisa Feldman Barrett hizo un experimento en el que le dio seguimiento a las experiencias emocionales de cientos de personas durante meses. Entonces se percató de que la mayoría de los participantes usaba palabras generales para describir sus estados emocionales, como “triste”, “enojado” y “miedo”. 
 
Lo interesante fue que algunas personas usaban palabras diferentes que les permitían profundizar en lo que estaban sintiendo, o incluso recurrían a frases y símiles que les ayudaban a precisar aún más cómo se sentían, como por ejemplo: “me siento miserable” o “me siento frágil como un cristal“.
 
En un primer momento, se pensó que estas personas tan solo eran capaces de reconocer con mayor precisión sus emociones, pero lo cierto es que se trataba de algo mucho más complejo e importante. La clave radica en que el cerebro convierte las emociones en algo muy real, en un abrir y cerrar de ojos y sin que seamos conscientes de ello, por lo que las personas que son capaces de manejar diferentes conceptos emocionales también son capaces de experimentar emociones “a medida” para cada situación.
 
Por eso, la granularidad emocional tiene una influencia tan grande en nuestro bienestar y salud. En práctica, le brinda a nuestro cerebro herramientas más precisas con las cuales gestionar los diferentes retos que nos depara la vida.
 

Calibrar las emociones permite encontrar mejores soluciones

 
Imagina que no soportas a tu jefe pero, aún así, debes ir todos los días a trabajar. Cada vez que te levantas te embarga una sensación desagradable de malestar y odio que te hace sentir cada vez peor.
 
Sin embargo, has sido tú quien ha creado esa vaga sensación de malestar pues tu cerebro no se limita simplemente a reaccionar ante lo que sucede sino que también regula de manera proactiva la energía que tu cuerpo necesita para responder ante las demandas del medio, y lo hace sobre la base de las experiencias pasadas y la lectura que haces de la situación. De esta forma, el cerebro puede saber la cantidad de cortisol o adrenalina que se debe producir para ayudarte a escapar del peligro que presupone para ti cierta situación.
 
Obviamente, para que el cerebro genere la activación necesaria y pueda mantener cierto equilibrio, es necesario que conozca con precisión la emoción que estamos experimentando. Por eso, la granularidad emocional permite ahorrar recursos, evitando que se desencadene una activación innecesaria. Al contrario, experimentar estados emocionales difusos puede dar lugar a un “mal calibrado” de las emociones, lo que se convierte en terreno fértil para la enfermedad.
 
La granularidad emocional le permite al cerebro construir una emoción más específica y dosificada, lo que implica reaccionar de manera más adaptativa en dependencia de lo que ocurre y sientes. De esta manera, en vez de sentirte mal todos los días a la hora de ir al trabajo, puedes pensar que en realidad tu jefe te hace sentir agobiado, impotente, menospreciado, humillado o insatisfecho, y así podrás trazar una estrategia más eficaz para lidiar con esa situación y salir de ese círculo vicioso.
 
Al desarrollar la granularidad emocional dejas de ser un espectador pasivo de tu vida y asumes las riendas. Así evitas las descargas innecesarias de cortisol y adrenalina, que tan dañinas son. 
 

¿Es posible desarrollar la granularidad emocional?

 
La buena noticia es que la granularidad emocional es una habilidad, por lo que es posible desarrollarla. El primer pasoconsiste en ampliar el vocabulario emocional ya que de esta forma tendrás un abanico más amplio de conceptos con los cuales catalogar lo que estás sintiendo.
 
El segundo paso es aumentar la conciencia emocional, o sea, aprender a escuchar tus emociones y profundizar en ellas. Considera que las emociones son como una madeja, que tendrás que ir desenredando poco a poco. Si nunca lo has hecho, al inicio puede ser difícil, pero con un poco de paciencia podrás ir perfilando mejor cómo te sientes. 
 
Recuerda que mientras más grande sea tu caja de herramientas para la vida, mejor tu cerebro podrá lidiar con las situaciones y más pequeña será la factura emocional que te pasarán los problemas. Es un cambio que vale la pena.
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Lo que robamos a los niños al ‘encarcelarlos’ en casa

Los hijos se han convertido en trofeos para sus padres y, como todo trofeo que se precie, deben estar a buen recaudo, preferentemente entre las cuatro paredes de casa, donde supuestamente estarán seguros. De hecho, la tendencia a encerrar a los niños en el hogar para protegerles de los peligros que les acechan allá “afuera” es cada vez más preocupante.
 

Los niños pasan menos tiempo al aire libre que los presos

 
Un estudio realizado recientemente ha desvelado que la mayoría de los niños pasa menos tiempo al aire libre que los reos en las cárceles. Esta investigación analizó los hábitos de 12.000 familias con hijos de entre 5 y 12 años y descubrió que a lo largo de diez países, los niños solo pasaban una media de 30 minutos al día jugando al aire libre.
 
Este estudio también desveló que en Estados Unidos casi la mitad de los niños y niñas en edad preescolar no salen a jugar fuera de casa todos los días. En el Reino Unido la realidad no es muy diferente: el 64% de los niños sale a jugar fuera de casa menos de una vez a la semana y el 20% nunca se ha subido a un árbol. 
 
Curiosamente, los investigadores no encontraron ninguna relación entre el tiempo que los niños pasaban fuera de casa jugando y los ingresos económicos del hogar o la percepción de la familia sobre la seguridad del barrio. Esto significa que se trata de una tendencia generalizada que va mucho más allá del nivel socioeconómico. El problema de base es mucho más sencillo: la mayoría de los padres no quieren que sus hijos se suban a los árboles, persigan ranas, se ensucien con el barro o jueguen solos con otros niños. 
 
Para poner estos datos en perspectiva, basta pensar que los internos de las prisiones de máxima seguridad de Estados Unidos salen al patio al menos dos horas al día. Es un derecho. Al igual que debería serlo para los niños. Pero los padres y las escuelas se lo están arrebatando, y pretenden que los pequeños ocupen ese tiempo con las pantallas.
 
De hecho, si les preguntamos a las personas de más de 40 años cuáles son sus mejores recuerdos de la infancia, la mayoría se referirán al juego y la diversión al aire libre. Sin embargo, muchos de los niños de hoy no tendrán esos recuerdos, o al menos no podrán darle forma a tantas memorias de ese tipo. En la actualidad solo el 21% de los niños sale a jugar todos los días al aire libre, aunque al 71% de sus padres sí se les permitía. 
 

¿Por qué es tan importante que los niños jueguen al aire libre con sus coetáneos?

 
Existe un sinfín de buenas razones para que los niños pasen tiempo jugando al aire libre, preferentemente con sus coetáneos.
 
1. Aprenden a tomar decisiones, resolver problemas, autocontrolarse y seguir las reglas. El juego al aire libre, sin la supervisión de los adultos, es un excelente maestro para que los niños vayan aprendiendo a resolver los problemas que se presentan. De hecho, si quieren ser aceptados por el resto del grupo, también se verán obligados a controlar algunos de sus comportamientos y a seguir las reglas pactadas.
 
A medida que los niños negocian con sus coetáneos van aprendiendo a controlarse, tomar decisiones y resolver sus propios problemas. Se trata de habilidades fundamentales que les enseñan que ellos tienen el control de sus vidas, una sensación de empoderamiento que les protege de la ansiedad y la depresión, trastornos muy difundidos que suelen ser el resultado de la sensación de falta de control sobre la vida.
 
2. Aprenden a manejar sus emociones, incluyendo la ira y el miedo. En el juego al aire libre, sin la supervisión de los padres, a menudo los niños se meten en situaciones complicadas, tanto desde el punto de vista físico como social. Si quieren salir airosos, deben aprender a controlar sus emociones. Por ejemplo, es probable que la primera vez que un niño tenga que subirse a un árbol sienta miedo, pero muy pronto lo dominará, sobre todo si está delante de sus amigos. 
 
De esta forma ese niño aprenderá a regular sus emociones y a tomar el mando. Aprenderá que hay situaciones que dan miedo pero que ese temor se puede vencer sin necesidad de sentirse ansioso o abrumado porque en realidad no hay ningún peligro. Este “entrenamiento emocional” natural le permitirá ir creando un arsenal de herramientas psicológicas que le serán muy útiles en su vida futura.
 
3. Aprenden a ser más creativos. Cuando los niños juegan fuera de casa se sienten más libres, por eso suelen apostar por juegos no estructurados que estimulan su fantasía, creatividad e inteligencia. Imaginar castillos en el aire, criaturas mágicas o convertir la rama de un árbol en una espada estimula las conexiones neurales y potencia el desarrollo del cerebro, sobre todo del hemisferio derecho. 
 
Por otra parte, los juegos al aire libre les permiten explorar el mundo que les rodea y hacer nuevos descubrimientos sorprendentes. Las cosas que encuentran a su paso estimulan constantemente su fantasía ya que no son juguetes diseñados para un fin preciso, sino que pueden tener mil usos diferentes en función de cuánto dejen volar su imaginación. Por eso, los niños que pasan más tiempo en la naturaleza suelen fijarse más en los detalles y aprenden muy pronto a apreciar los pequeños placeres de la vida. 
 
4. Aprenden a ser independientes y responsables. Cuando los niños están lejos de sus padres y estos no pueden fungir como mediadores ni resolver los problemas en su lugar, deben aprender a encontrar soluciones por sí solos. Esto significa que deberán valorar diferentes alternativas, probar distintas soluciones y quizá equivocarse, hasta que encuentren la respuesta que necesitan.
 
De esta manera los niños aprenden a ser autónomos e independientes, van tomando las riendas de su vida y desarrollan una mayor responsabilidad pues poco a poco van comprendiendo que sus decisiones tienen consecuencias, y que estas dependen casi exclusivamente de ellos. Así se formará un adulto consciente y seguro de sí.
 
5. Aprenden a apasionarse y a desarrollar intereses propios. En la escuela los niños no suelen elegir las actividades en las que se involucran, deben seguir a la letra el plan de estudios. Además, en muchas ocasiones se esfuerzan solo por alcanzar una buena calificación, un trofeo o una alabanza, pero no porque les interese realmente la actividad.
 
Al contrario, el juego libre es una oportunidad única para que los niños exploren sus intereses, sin ningún tipo de presión social. En este caso, los niños pueden abandonar la actividad cuando se aburran, porque el objetivo final no es alcanzar un resultado sino disfrutar de lo que hace. De esta forma los niños aprenden a apasionarse por lo que hacen, buscan sus pasiones y comprenden que más allá de los resultados, lo importante es disfrutar del proceso. Así escapan de las garras del “conclusionismo“.
 
6. Aprenden a hacer amigos y a llevarse bien con los demás. El juego social es una forma natural de hacer amigos y aprender a relacionarse con los demás de una manera justa. De hecho, como el juego es una actividad voluntaria y los niños pueden abandonarlos en cualquier momento si se sienten incómodos, muy pronto los pequeños comprenden que para divertirse necesitan a sus compañeros de juego y tratan de limar las asperezas que puedan surgir para seguir jugando.
 
Por eso el juego, sin la supervisión de los adultos, les permite a los niños entrenar sus habilidades sociales, desarrollar la sensibilidad y la empatía. Los pequeños aprenden muy pronto a detectar las emociones de los demás y a responder en consecuencia, modulando sus actitudes y comportamientos. De esta forma se estimula su inteligencia social, que es fundamental para tener éxito en la vida e incluso para evitar el acoso escolar.
 
7. Aprenden a ser felices. El juego no es solo una actividad desarrolladora sino que es una fuente de felicidad, satisfacción y bienestar. La mayoría de los niños se sienten felices jugando al aire libre con sus amigos. Cuando corren, juegan y están en contacto directo con la naturaleza sus sentidos se estimulan, lo cual genera sensaciones muy placenteras.
 
Por otra parte, este tipo de juegos les ayuda a liberar energía y, a la larga, genera una agradable sensación de tranquilidad. De hecho, un estudio llevado a cabo en la Universidad de Cornell desveló que los niños que vivían en grandes ciudades y no solían estar en contacto con la naturaleza tenían niveles más elevados de estrés y ansiedad, en comparación con los pequeños que vivían en entornos rurales y salían a jugar a menudo, quienes también eran más resilientes ante la adversidad.
 
Por tanto, no les robemos a los pequeños estas increíbles experiencias, que son también una valiosa oportunidad para crecer. No olvidemos que los niños deben jugar, salir a la calle y ensuciarse, esa libertad les convertirá en adultos más seguros y felices.
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