No hay malas decisiones sino malas interpretaciones

Una viuda muy trabajadora tenía a su cargo unas jóvenes criadas a las que levantaba todos los días a la hora del canto del gallo para que comenzaran a trabajar.
 
Las jóvenes, cansadas de la rutina y de aquel ritmo de trabajo, decidieron matar al gallo para que la viuda no las levantara tan temprano, pues pensaban que madrugar era la causa de sus males.
 
Sin embargo, después de su vil acción, se dieron cuenta de que solo habían agravado su mal pues a partir de aquel momento la viuda comenzó a levantarlas al oir al panadero empezar su jornada, incluso más temprano que el canto del gallo”.
 
Esta sencilla fábula nos brinda una valiosa enseñanza: la causa de los problemas no siempre es la primera que cruza por nuestra mente, es mejor pensar concienzudamente y no actuar precipitadamente ya que podríamos agravar la dificultad en vez de solucionarla.
 

Los sesgos cognitivos que nos impiden encontrar la verdadera causa de los problemas

 
Si pudiéramos encontrar fácilmente la verdadera causa de nuestros problemas, nos resultaría mucho más fácil resolverlos y no nos estresaríamos tanto. De hecho, cuando nos planteamos las preguntas correctas, ya estamos a mitad del camino para encontrar la solución. El problema es que no funcionamos con la misma lógica que un ordenador y a menudo somos víctima de sesgos cognitivos que limitan nuestra visión.
 
– Percepción selectiva. No vemos el mundo como es, sino como somos. Esto significa que nuestras ilusiones, esperanzas y expectativas influyen en el significado que le atribuimos a las situaciones. Como resultado, obviamos una parte de la realidad y nos concentramos en aquella que nos resulta más cómoda. El problema es que de esta manera no logramos formarnos un cuadro completo de la situación y no podemos tener una visión objetiva que nos acerque a la solución.
 
– Sesgo de confirmación. Se trata de una tendencia a favorecer la información que confirme nuestras propias hipótesis e ideas, sin importar si esa información es verdadera. Al fijarnos solo en lo que confirma nuestras creencias, no se genera una disonancia cognitiva, por lo que no nos vemos obligados a replantearnos nuestra postura. Por eso, a veces solo vemos lo que queremos ver.
 
– Negación de la probabilidad. Nos resulta más difícil tomar decisiones cuando no tenemos certezas. Por eso, tenemos la tendencia a rechazar por completo cualquier probabilidad cuando esta genera aún más incertidumbre, aunque pueda tratarse de una buena opción. En práctica, preferimos tomar decisiones cuyas consecuencias podamos prever, antes que elegir un camino incierto o desconocido.
 
– Sesgo de la responsabilidad externa. Se trata de la tendencia a evadir nuestra responsabilidad y buscar culpables fuera de nosotros, así aliviamos el estrés que pueden generar algunas decisiones. Este sesgo también se refiere a nuestra tendencia a dejar que los demás decidan por nosotros, para no tener que asumir las consecuencias de nuestros actos. De esta forma, no escudriñamos en lo que realmente deseamos o en cuál sería la mejor solución, sino que nos dejamos llevar por las decisiones y criterios de los demás.
 

¿Cómo descubrir la causa de los problemas?

 
La mente humana es muy compleja, a menudo nuestras emociones, creencias y expectativas nos juegan malas pasadas y nos impiden ver la verdadera causa del problema, que en muchas ocasiones se encuentra dentro de nosotros mismos. De hecho, algunos problemas dejarían de ser tan agobiantes si tan solo fuésemos capaces de cambiar nuestra perspectiva de la situación o pudiésemos ver con claridad su causa.
 
1. Tómate el tiempo que necesites. Se dice que el tiempo pone todo en su lugar, de hecho, es un poderoso aliado que nos ayuda a ver las cosas con perspectiva. Por eso, ante un problema, es mejor no precipitarse y dejar que las emociones se asienten. Así podremos vislumbrar con mayor claridad cuál es la causa y qué camino es el más adecuado. Además, durante ese tiempo el inconsciente seguirá trabajando y puede llegar a desvelarnos cosas muy interesantes sobre nosotros mismos, aunque sea a través de los sueños. De hecho, esa es la razón por la cual cuando tenemos un problema, también sufrimos más pesadillas, muchas de las cuales son mensajes en clave del inconsciente.
 
2. Concientiza tus emociones. No es necesario deshacerse de las emociones e ilusiones a la hora de analizar un problema o tomar decisiones. De hecho, estas pueden ser muy útiles e inclinan positivamente la balanza hacia aquello que nos hace sentir mejor. Sin embargo, es importante que seamos consciente de su influencia, que comprendamos hasta qué punto inciden en nuestro juicio.
 
3. Descubre a qué le temes. Detrás de cada problema que nos agobia casi siempre se agazapa un temor. Cuando algo nos quita el sueño es porque genera miedo, y el miedo no es un buen consejero a la hora de buscar causas o tomar decisiones. De hecho, cuando el miedo es muy grande incluso podemos resistirnos a reconocerlo, por lo que la causa del problema permanecerá en la sombra, oculta a nuestra conciencia. Es un mecanismo de defensa con el cual nos protegemos pero que, a la larga, provoca más daño que bien. Por eso, para buscar las causas de un problema, a menudo debemos emprender un viaje de descubrimiento personal. Curiosamente, en el mismo momento en que somos conscientes de ese temor, comenzamos a liberarnos de su influjo.
 
4. Simplifica. Albert Einstein afirmó: “cualquier tonto puede complicar las cosas; hace falta un genio para simplificarlas”. Cuando tenemos un problema, nuestra tendencia es complicarlo aún más, tenemos un don excepcional para el dramatismo y el catastrofismo. Sin embargo, para encontrar la solución y la causa del problema debemos simplificar lo máximo posible. De hecho, deberíamos convertirnos en una especie de jardinero, que va separando poco a poco todas las ramas que impiden ver el tronco. En ese proceso, es importante ser conscientes de que la mayoría de los problemas no tienen una única causa, siempre inciden varios factores. Sin embargo, la clave para solucionarlo consiste en centrarse en la causa principal.
 
5. Ábrete a las posibilidades. Los problemas suelen ofuscarnos, haciéndonos creer que solo existe una vía posible. Sin embargo, si nos abrimos a las oportunidades descubriremos que existen diferentes caminos, algunos incluso pueden ayudarnos a salir de la zona de confort y crecer como persona. Por tanto, ante un problema, es importante valorar todas las causas y soluciones posibles, aunque al inicio puedan parecernos descabelladas. Una buena estrategia consiste en ponernos durante algunos minutos en el lugar de otras personas y preguntarnos qué pensarían y cómo actuarían, así nos resultará más fácil abrir nuestra mente.
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Si tu hijo olvida los deberes en casa, no se los lleves a la escuela

Prácticamente todos los niños han olvidado alguna vez sus deberes sobre la mesa del comedor o en su escritorio. Se supone que un buen padre debería darse cuenta de ello y llevarle los deberes a la escuela, para que el pequeño no se sienta avergonzado delante de sus compañeros o para evitar que la maestra le reprenda.
 
Sin embargo, cada vez hay más voces que se levantan en contra de este hábito para indicarles a los padres que no es necesario que hagan de cartero o que se conviertan en las agendas ambulantes de sus hijos. Maestros y psicólogos apuntan que cuando esos olvidos se repiten y los padres evitan que los niños asuman las consecuencias de sus despistes, en realidad no le están haciendo un favor sino que le hacen daño.


El regalo que implica la adversidad

 
Para la mayoría de los padres palabras como “error” y “fracaso” suelen ser aterradoras, sobre todo si se refieren a sus hijos, pero en realidad ese profundo rechazo es solo una perspectiva que nos ha inculcado la sociedad. El error encierra una oportunidad de aprendizaje muy valiosa que no deberíamos arrebatar a los niños.
 
Cuando los padres rescatan a sus hijos de las consecuencias de sus errores, despistes o malas decisiones, interrumpen el ciclo natural de aprendizaje. Como resultado, los niños no llegan a madurar completamente sino que desarrollan unadependencia emocional que les impide crear su propia caja de herramientas para la vida.
 
De hecho, un estudio desarrollado en la Universidad de Pensilvania descubrió que la habilidad para recuperarnos de la adversidad y perseverar en nuestras metas es fundamental para tener éxito en la vida. La perseverancia a una edad temprana es uno de los mejores indicadores para saber si un niño terminará los estudios universitarios, mucho más que la inteligencia.
 

La hiperpaternidad genera niños frágiles

 
La seguridad y la confianza que transmitan los padres a sus hijos es fundamental para que estos se sientan seguros explorando el mundo y se formen una imagen tranquilizadora del entorno que les rodea. De hecho, una encuesta a nivel nacional realizada por investigadores de la Universidad Estatal de Pensilvania en más de 100.000 estudiantes de bachillerato desveló que el 55% de ellos sufría ansiedad, el 45% depresión y el 43% mostraba signos de un estrés elevado. Uno de cada seis estudiantes encuestados había sido diagnosticado o tratado por estos problemas a lo largo del último año.
 
Una de las causas de estos problemas es la hiperpaternidad, los niños y adolescentes llegan a la escuela sin haber desarrollado adecuadamente la resiliencia, por lo que no son capaces de tolerar la frustración y lidiar con los problemas. A estos niños les resulta difícil poner en perspectiva las cosas y para ellos una mala calificación puede ser un revés demoledor para su autoestima.
 
De hecho, la hiperpaternidad lo que hace es generar dependencia, por lo que terminará minando la confianza de los niños y les robará la posibilidad de tener éxito en el futuro, cuando sus padres no estén a su lado para resolver sus problemas y enmendar sus errores. Este estilo educativo termina generando niños y adolescentes extremadamente frágiles.
 

La trampa de la protección

 
En la actualidad muchos padres caen en lo que podríamos denominar la “trampa de la protección”. Este efecto fue descubierto por psicólogos de la Universidad Estatal de Arizona, quienes analizaron a 70 niños con edades comprendidas entre los 6 y 16 años que estaban siendo tratados por depresión y ansiedad. Descubrieron que algunas de las estrategias que ponían en práctica los padres para lidiar con los problemas emocionales de sus hijos no eran eficaces. Darles cariño, transmitirles afecto y animarles a enfrentar sus miedos funcionaba, pero adoptar una actitud sobreprotectora terminaba acentuando los síntomas depresivos y ansiosos.
 
El problema de la hiperpaternidad es que los padres no solo evitan que sus hijos cometan errores e intentan que no sufran las consecuencias de sus malas decisiones sino que incluso les ahorran esa dosis de miedo positivo. Sin embargo, lo curioso es que mientras más los niños eviten las situaciones que les atemorizan, más miedo tendrán y menos propensos serán a asumir riesgos en el futuro. 
 
Debemos recordar que la infancia es una etapa crucial para que los niños desarrollen esas habilidades que les permitirán lidiar con la adversidad y con las situaciones que les asustan. Si no desarrollan esas capacidades siendo niños, es probable que se conviertan en adultos excesivamente cautelosos, que tienen miedo a salir de su zona de confort, por lo que no serán capaces de vivir plenamente. 
 

¿Cuál es la solución?

 
No se trata de asumir una postura extremista. Si un día tu hijo olvida los deberes en casa, no hay nada de malo en llevárselos a la escuela. Si necesita ayuda con un proyecto, puedes darle una mano y si tiene problemas con algún compañero de colegio, puedes intervenir. Sin embargo, esta no debe ser la norma.

Es imprescindible que los padres sean capaces de darles a sus hijos la libertad necesaria como para que cometan sus propios errores. Así tendrán que asumir las consecuencias de sus actos y, como resultado, se verán obligados a adaptar su comportamiento, reorganizar sus hábitos y aprender del error.

La clave radica en encontrar un justo equilibrio entre la ayuda y la orientación, la protección y la seguridad, con la autonomía y la independencia. Solo así los niños aprenderán a valerse por sí solos y lograrán confiar en sus capacidades. Ese es uno de los mayores regalos que los padres pueden hacerles.

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Las personas que prefieren los gatos son más inteligentes, quienes prefieren los perros más felices

Se dice que el perro es el mejor amigo del hombre. También se dice que el tiempo que pasamos con un gato, nunca es tiempo perdido. Hay buenas razones para amar tanto a los perros como a los gatos pero, aún así, existen personas que se decantan por los perros y los defienden tenazmente. También existen aquellos que prefieren los gatos y no pueden imaginar su vida al lado de un perro. ¿Qué se esconde en la base de esa preferencia? ¿Es posible que estas personas tengan perfiles psicológicos diferentes?
 

Los dueños de los gatos son más inteligentes

 
Un estudio desarrollado en la Carroll University indica que los amantes de los gatos son más inteligentes que quienes prefieren los perros. Estos psicólogos analizaron a 600 estudiantes que preferían los gatos o los perros. Los participantes se sometieron a pruebas de personalidad e inteligencia. Así se pudo apreciar que quienes preferían los gatos solían obtener puntuaciones más altas en las pruebas de inteligencia.
 
Estos psicólogos apuntan que la diferencia se debe a las características de personalidad, así como a las actividades y los pasatiempos de cada persona. En las pruebas pudieron notar que las personas amantes de los perros suelen ser más activas, transmiten más energía y les gusta pasar más tiempo al aire libre. También son personas que suelen seguir las reglas al pie de la letra.
 
Al contrario, los amantes de los gatos suelen ser más introvertidos, sensibles y muestran una mente más abierta. También disfrutan más de la soledad, suelen tener una faceta inconformista y les resulta difícil seguir las reglas. Estas características potencian la creatividad y la inteligencia ya que les ayudan a pensar fuera de los límites.
 
Por supuesto, no se trata de que estos animales potencien ciertas características en detrimento de otras, la clave radica en que elegimos perros o gatos en dependencia de quiénes somos. Por ejemplo, a los amantes de los perros les gusta disfrutar de la compañía incondicional de su mascota mientras que a quienes prefieren los gatos les atrae precisamente la independencia que muestra este animal.
 
Elegimos un perro o un gato en dependencia de quienes somos, del estilo de vida que llevamos y, sobre todo, de las necesidades emocionales que pretendemos satisfacer a través de esa mascota.
 

Los dueños de los perros son más felices

 
En contraposición, un estudio realizado en el Mahattanville College desveló que quienes prefieren los perros son más felices. En esta ocasión los psicólogos analizaron a 263 personas y profundizaron en la relación que mantenían con sus mascotas y la sensación de bienestar.
 
Así descubrieron que quienes tenían perros indicaban sentirse más felices y experimentaban más emociones positivas. También referían sentirse más satisfechos con la vida, en comparación con las personas que tenían gatos en casa. 
 
En ese nivel de felicidad pueden incidir diferentes factores, entre ellos el hecho de que las personas que poseen perros suelen pasar más tiempo al aire libre, normalmente se mantienen más activos físicamente y suelen ser más extrovertidos. 
 
Sin embargo, estos psicólogos también apuntan al hecho de que los perros pueden brindarnos más apoyo emocional que los gatos, lo cual se revertiría en nuestro bienestar. De hecho, se ha demostrado que los perros liberan más oxitocina, la hormona del amor, que los gatos cuando interactúan con sus dueños. 
 
Para comprobarlo, los investigadores tomaron muestras de saliva de 10 perros y 10 gatos, diez minutos antes de una sesión de juego con sus dueños e inmediatamente después de que esta terminara. Los resultados desvelaron que en los perros el nivel de oxitocina había aumentado en un 57,2% mientras que en los gatos solo un 12%. 
 
Esto podría explicar por qué muchas personas establecen una conexión emocional tan especial con los perros, la cual puede generar auténtica felicidad a ambos.
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Terrores nocturnos: pánico durante el sueño

Terrores nocturnos: pánico durante el sueño

Los terrores nocturnos, junto con el sonambulismo, están entre los trastornos del sueño más impactantes. Muy probablemente, además, conozcamos casos destacados de pavor nocturno o incluso hayamos sido protagonistas de uno de estos episodios en algún momento de nuestra vida. Son experiencias que no se olvidan fácilmente: se viven como momentos de mucha perturbación y confusión, y a quien los sufra le pueden parecer eternos (si bien en realidad duran unos pocos minutos). 

Estamos hablando de un estado de parálisis en una situación en la que la consciencia y la inconsciencia se confunden y todo lo que percibimos está empañado por el miedo: los episodios de terror nocturno lo tienen todo para resultar aterradores. Sin embargo, más allá del la carga emocional que acarrea el terror nocturno cada vez que se experimenta, es difícil saber mucho más acerca de este fenómeno. ¿Por qué se produce? ¿Cuál es el origen de estos terrores? ¿Hay algunacausa orgánica o psicológica? ¿Qué dice la ciencia ante esto?

Terrores nocturnos y trastornos del sueño

Hablar de terrores nocturnos es hablar de trastornos del sueño, grupo en el cual se incluyen los primeros. Dentro de la clasificación de los trastorno del sueño se encuentra el grupo de las parasomnias, el cual se divide en tres grupos:

  • Parasomnias del despertar
  • Paransomnias asociadas al sueño REM
  • Otras parasomnias

Los terrores nocturnos se encuentran en el primer grupo. A diferencia del sonambulismo (que también es una alteración del despertar), los terrores nocturnos suelen estar caracterizados por un miedo y terror extremo asociado a la parálisis de la persona que lo sufre, manteniéndola en un importante estado de tensión. Suelen presentarse entre las 2 o 3 primeras horas después que la persona empiece a dormir. 

¿Cuál es la diferencia entre los terrores nocturnos y las pesadillas?

La principal diferencia con las pesadillas es que estas últimas se producen enteramente dentro de la fase REM de sueño y producen un despertar completo. El terror nocturno, sin embargo, es un despertar a medias: somos conscientes de ciertas cosas del mundo de la vigilia, pero no terminamos de ser capaces de independizarnos del sueño y, muy probablemente, cuando termine el episodio seguiremos durmiendo hasta el punto de olvidar lo sucedido.

Velayos (2009) explica que los terrores nocturnos son episodios de lloros y gritos que aparecen de forma repentina durante las frases del sueño profundo, en plena noche. Además, también se expresan en la cara mediante una expresión facial de fuerte terror. Al igual que en el sonambulismo,este trastorno suele presentarse en la niñez, entre la edad de 4 a 7 años, y son menos comunes después de esta edad. En la etapa adulta pueden aparecer en cualquier momento, y a veces es posible que se repitan varios episodios durante una misma noche. Sáez Pérez afirma que durante un episodio de terror nocturno en la niñez se suelen presentar síntomas como abundante sudoración. ritmo cardíaco elevado, confusión y llantos. Esta sintomatología no varía ni en la adolescencia ni la etapa adulta.

Causas de los terrores nocturnos

Poco se sabe acerca de los aspectos neurológicos y fisiológicos de lo que produce los terrores nocturnos. Sin embargo, algunos especialistas de la salud mental creen que existen algunos factores que pueden desencadenar este trastorno, entre los cuales destacan:

Diagnóstico

Para obtener un diagnóstico es recomendable acudir a un profesional de la salud mental para que pueda evaluar el problema a fondo. Cabe señalar que existen otros trastorno con sintomatología muy parecida a la de los de terrores nocturnos y que solo el profesional calificado será capaz de diferenciarlos y dar un diagnostico final. Entre los trastornos con síntomas similares están:

Tratamiento para los terrores nocturnos

La ciencia avanza, pero en lo que se refiere a los orígenes de los trastornos del sueño no se ha podido ofrecer explicaciones acerca de su lógica y funcionamiento. Es un enigma todavía por estudiar, y el terror nocturno no es una excepción a esta norma. A día de hoy no existe un tratamiento específico para los terrores nocturnos. Al igual que con el sonambulismo, ciertos profesionales recomiendan técnicas alternativas como meditación, hipnosis, yoga, etc. Siempre y cuando sirvan de complemento a una intervención psicológica o psiquiátrica.

Origen : web psicología y mente

Autor:

Jonatan Suárez

Jonatan Suárez

Psicólogo clínico

Psicólogo clínico por la Universidad de Guayaquil. Profesor de Psicología laboral y talento humano en la Universidad Tecnológica Empresarial de Guayaquil. Psicólogo encargado en la medición de riesgos psicosociales en Conrilab.

Para recibir, primero debes aprender a soltar

 
Cuenta una antigua leyenda que un famoso científico acudió a la casa de un maestro zen. Al llegar, se presentó enumerando todos los títulos que había alcanzado y lo que había aprendido a lo largo de sus años de estudio.
 
Después le pidió al maestro que le enseñara los secretos de su filosofía. Por toda respuesta, el maestro se limitó a invitarlo a sentarse y le ofreció una taza de té.
 
Aparentemente distraído, sin dar muestras de preocupación, el maestro virtió té en la taza del científico, y siguió echando té aunque la taza ya estaba llena.
 
Perplejo por aquel desliz, el científico le advirtió al maestro que la taza ya estaba llena y que el té se estaba escurriendo por la mesa.
 
El maestro le respondió con tranquilidad:
 
– Exactamente. Usted ya viene con la taza llena, ¿cómo podría aprender algo?
 
Ante la expresión incrédula del científico, el maestro enfatizó:
 
– A menos que vacíe su taza, no podrá aprender nada.
 
Al igual que el científico, a menudo nos aferramos a algunas creencias, hábitos, personas o formas de pensar que nos impiden crecer. Sin embargo, si queremos aprovechar nuevas oportunidades, si queremos recibir los dones que el mundo aún tiene que ofrecernos, primero debemos aprender a soltar. No podemos asir las cosas nuevas si tenemos las manos llenas.
 

Dejar ir es parte de la vida

 
La vida es un cambio continuo, seguir adelante implica que debemos dejar algunas cosas atrás, si no lo hacemos y las acarreamos, solo terminarán siendo un peso inútil que nos impedirá continuar hasta la meta que nos hemos trazado. 
 
Por ejemplo, las personas que se mudan a un nuevo país pero siguen añorando el suyo, repitiendo sus formas de hacer sin aceptar las nuevas costumbres, terminarán siendo infelices. De la misma forma, quien inicia una relación de pareja sin haber olvidado a su ex, terminará condenando esa nueva relación al fracaso.
 
Por supuesto, todas las cosas del pasado no son negativas, algunos recuerdos pueden darnos fuerza en los momentos difíciles y vale la pena conservarlos, pero hay otros lazos emocionales que debemos deshacer, para prepararnos para una nueva etapa. De hecho, en muchos casos soltar no significa renunciar ni olvidar sino simplemente sentirse agradecido por lo vivido y pasar página de manera consciente, eligiendo quedarse con lo bueno y dejando atrás las emociones que no nos aportan nada sino que nos mantienen atascados y hasta nos hacen sentir mal.
 
Lo más interesante es que en la mayoría de los casos no es necesario quemar los puentes detrás de nosotros porque dejar ir no siempre significa cortar definitivamente con una persona o con nuestro pasado, sino hacer las paces con nosotros mismos. Implica reformular nuestras ideas y, sobre todo, nuestras emociones, soltando la añoranza, el miedo, el rencor o el apego excesivo.
 
En otros casos, soltar adquiere una connotación material. De hecho, sin darnos cuenta nos apegamos a muchas cosas que nos brindan una falsa sensación de seguridad. Por eso, un buen ejercicio para aprender a soltar implica deshacerse de todas esas cosas que realmente no necesitamos y que solo ocupan un lugar en nuestro hogar para hacer que no nos sintamos solos.
 

La magia de vaciar la taza de vez en cuando

 
Nuestra sociedad nos impulsa a consumir, y eso significa acaparar cosas e incluso relaciones. Sin embargo, de vez en cuando es necesario vaciar nuestra taza. Cuando lo hacemos de manera consciente ocurre un auténtico milagro porque al romper esos lazos que nos ataban podemos aprovechar realmente las nuevas oportunidades que se nos presentan. Cuando decidimos dejar atrás las cosas que nos limitan, nos estamos dando la oportunidad de ampliar nuestro “yo” hasta universos insospechados.
 
Piensa que si te mantienes atado a una relación de pareja dañina, no podrás conocer a una persona que realmente te complemente y te haga crecer. Si te mantienes atado a tus costumbres, no podrás descubrir nuevas formas de hacer las cosas. Si te aferras a los estereotipos, no podrás disfrutar de las maravillas que aporta la diversidad. Si te aferras al odio y el rencor, no podrás amar plenamente.
 
No olvides que la vida está en constante cambio y solo cuando tienes las manos vacías, podrás aferrar las nuevas oportunidades que se te presentan. 
 
Algunas de las cosas que debemos aprender a dejar ir son:
 
– La necesidad de controlarlo todo, fundamentalmente a las personas que nos rodean. Sé y deja ser. 
 
– La necesidad de tener siempre la razón, porque de esta manera no aprenderemos nada nuevo sino que nos aferraremos a nuestra forma de comprender el mundo.
 
– La necesidad de aferrarse al pasado, porque de esta manera no podremos caminar con paso ligero hacia el futuro.
 
– Los sentimientos dañinos, como el odio, la ira y el rencor, porque nos impedirán amar y disfrutar plenamente del presente.
 
Recuerda que la felicidad siempre es una decisión personal y que la vida está llena de oportunidades increíbles, pero debemos estar preparados para aprovecharlas.
 
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