En la mente de la persona deprimida: 5 insights fascinantes

Cerebro con engranajes
Las personas deprimidas a menudo se sienten indefensas, sin esperanza, sin valor y creen que sus vidas están fuera de control. Sin duda, se trata de una condición compleja, que significa mucho más que simplemente “estar tristes” o sentir que la vida no tiene sentido. De hecho, se ha demostrado que algunas zonas del cerebro de estas personas están profundamente afectadas por la depresión y funcionan de manera diferente. Por eso, para ayudar a una persona deprimida, el primer paso es comprender realmente qué le sucede, entender cómo funciona su mente.
 
1. Incapacidad para establecer objetivos específicos
 
Las personas deprimidas tienen una tendencia a la sobregeneralización y a pensar de forma abstracta. Ejemplo de ellos son frases como «todo es lo mismo” o “ya nada me importa«. De hecho, un estudio realizado en la Universidad de Liverpool ha puesto de manifiesto que las personas deprimidas suelen plantearse objetivos de carácter más general y abstractos. Esto también significa que les resulta más difícil llevarlos a la práctica ya que sus metas no son muy precisas ni fácilmente cuantificables. De esta forma, es más probable que se vean atrapados en un círculo de ilusiones rotas y expectativas irreales.
 
2. Problemas de memoria
 
Uno de los síntomas menos conocidos de la depresión, pero también uno de los más negativos, son los problemas de memoria. Se ha podido apreciar que las personas que padecen depresión durante años, terminan desarrollando dificultades en la memoria declarativa, que es la que se encarga de recordar hechos específicos, como los nombres o los lugares. De hecho, un estudio particularmente interesante realizado en la Brigham Young University descubrió que las personas deprimidas pierden la capacidad para diferenciar las experiencias similares. Y es que la depresión desdibuja la memoria.
 
3. Dificultad para recordar los buenos tiempos
 
La mayoría de las personas no tienen dificultades para rememorar los buenos tiempos. De hecho, se trata de un recurso que podemos utilizar cuando estamos desmotivados, tristes o melancólicos. Sin embargo, esta tarea puede ser complicada para las personas deprimidas ya que suelen centrarse en las dificultades y hechos negativos, más que en los buenos momentos. Esto se debe al hecho de que los pensamientos depresivos, cuando se dejan libres, simplemente atraen otras ideas depresivas, formando un círculo vicioso de negatividad del cual es difícil salir.
 
4. Realismo depresivo
 
Un estudio particularmente interesante realizado en la Kent State University desveló un hecho sorprendente: las personas deprimidas tienen una visión más realista del mundo. De hecho, el resto de las personas sufren una especie de “optimismo adaptativo”, el cual les permite ver la vida desde un prisma más positivo. Sin embargo, las personas deprimidas no tienen ese prisma por lo que pueden evaluar su propio desempeño con mayor precisión e incluso son capaces de prever con mayor fiabilidad algunas situaciones del futuro. Sin embargo, lo que a primera vista puede parecer un don, en realidad les sume aún más en la depresión.
 
5. Más dolor físico
 
Para colmo de males, cuando una persona está deprimida, experimenta un nivel mayor de dolor físico. Así lo comprobó un experimento realizado por investigadores de la Universidad de Oxford. En el estudio se pudo apreciar que cuando se provocaba un estado de ánimo negativo, marcado por la tristeza, el cerebro de las personas reaccionaban con mayor intensidad ante el dolor y ellos mismos reconocían que encontraban estos estímulos más desagradables y más difíciles de soportar.
 
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Curar la depresión con Yoga

Los casos de depresión están aumentando. Según la Organización Mundial de la Salud, la depresión junto con las enfermedades cardiovasculares, serán las enfermedades más comunes en un futuro cercano. De hecho, se estima que entre el 8% y el 15% de las personas sufrirán un cuadro de depresión en algún momento a lo largo de su vida. Sin duda, se trata de datos alarmantes que se ven confirmados por el aumento en las ventas de antidepresivos y ansiolíticos, que en la actualidad se han convertido en los medicamentos más vendidos.
 
Esta situación nos ayuda a tomar conciencia de una enfermedad que se infiltra cada vez más en nuestras vidas, que nos toca directamente o que afecta a las personas que nos rodean. Los diferentes tipos de depresión que se pueden catalogar como patológicas, la depresión reactiva, la depresión secundaria y la depresión endógena, en muchos casos necesitan tratamiento farmacológico y, a menudo, la cura consiste en tomar antidepresivos. Sin embargo, lo cierto es que cuando se trata de curar la depresión, los mejores resultados se obtienen vinculando la ayuda psicológica a la terapia farmacológica, ya que esta última no brinda una solución a largo plazo pues no ataca el problema de raíz.
 

Los efectos del Yoga en las personas deprimidas

 
En los últimos años se han desarrollado diferentes estudios cuyo objetivo es encontrar soluciones alternativas al uso de medicamentos, para evitar sus efectos secundarios. En este sentido, una de las líneas de investigación más prometedoras para curar la depresión se centra en analizar los efectos del Yoga. Estas investigaciones confirman que la practica regular del Yoga puede ayudar a las personas que sufren de este trastorno a fortalecer su capacidad para lidiar con los síntomas depresivos.
 
En particular, un estudio realizado en el National Institute of Mental Health and Neurosciences de Bangalore afirma que practicar las Asana, unas posiciones de Yoga, reduce significativamente los niveles de cortisol y adrenalina, las hormonas del estrés, ayudando a recuperar un estado de relajación y promoviendo la aceptación de los sentimientos negativos producidos por ataques de pánico y los episodios de depresión. Según estos científicos, la aceptación es la clave para la curación, razón por la cual el Yoga puede ser un buen aliado.
 
Otro estudio de 2007 realizado en la Universidad de California involucró a 27 mujeres y 10 hombres con depresión mayor en remisión, los cuales se sometieron a 20 sesiones de Yoga. Al terminar el estudio, los investigadores registraron una reducción significativa del nivel de depresión y ansiedad. De hecho, todos los participantes mostraron una mejoría significativa en su estado de ánimo después de practicar Yoga
 
Por supuesto, el Yoga no representa la solución definitiva para curar la depresión, cada persona puede experimentar resultados diferentes, pero los beneficios de esta disciplina se han demostrado ampliamente. De hecho, algunos neurocientíficos indican que el Yoga actúa de manera similar a los fármacos, ya que tiene un efecto directo sobre los neurotransmisores. 
 

La ciencia confirma que el Yoga reduce la depresión

 
Un estudio particularmente interesante que confirma los efectos del Yoga en la depresión fue publicado en la Indian Journal of Psychiatry e involucró a 60 cuidadores profesionales que se ocupaban de pacientes con déficits neurológicos graves y que, al estar en contacto con personas que sufrían, comenzaban a desarrollar ellos mismos síntomas deansiedad y depresión.
 
A la mitad del grupo se le dio la oportunidad de practicar el Yoga durante 45 minutos al día durante un mes, siguiendo una secuencia particular: canto OM, ejercicios de respiración de Yoga, práctica de ciertas asanas, 15 minutos de Yoga Nidra, 10 minutos de Pranayama Yoga y al final repetir sílabas según la metodología Pranava Japa. 
 
Los resultados fueron sorprendentes: el grupo que había practicado Yoga mostró una mejoría significativa en su estado psicofísico. De hecho, mostraron una disminución significativa de los niveles de ansiedad y depresión.
 
En realidad, lo que estos estudios demuestran es que la práctica regular de una de las disciplinas del Yoga puede contribuir a desarrollar la conciencia de nuestro estado de ánimo y, en particular, proporcionarnos un enfoque diferente ante la enfermedad. Por eso, aunque el Yoga por sí solo probablemente no baste para curar una depresión grave, es una herramienta muy valiosa que puede aliviar los síntomas y acelerar la sanación, tanto a nivel mental como fisiológico.
 
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¿Te molesta usar cierta ropa? Quizá sufres «defensividad táctil»

Hay personas para quienes ponerse cierta ropa es una auténtica tortura. El mayor problema suele ser la textura de la tela, cuyo contacto sobre la piel se vuelve, literalmente, insoportable. En otros casos el problema radica en las costuras, aunque no sean particularmente gruesas, o el contacto de las etiquetas con la piel. La ropa nueva también puede ser muy desagradable porque su tela es “demasiado dura”. Estas personas refieren que cierta ropa les causa picor, ardor o les araña la piel.
 
Esa hipersensibilidad no es algo nuevo para ellos, de hecho, son así desde que tienen uso de razón. De niños, tenían que batallar constantemente con sus padres, que no entendían por qué se mostraban reacios a usar ciertas prendas y, en cambio, se aficionaban a otras, que querían usar siempre, en cualquier circunstancia u ocasión.
 
También tenían que soportar las recriminaciones ya que necesitaban más tiempo del habitual para vestirse. Estas personas necesitan cambiarse varias veces de ropa hasta encontrar las prendas con las que se «sintieran bien”. Sin embargo, lo cierto es que no se trata de un capricho sino de una condición especial denominada «defensividad táctil». 
 

Defensividad sensorial: Cuando los estímulos comunes causan irritación

 
La defensividad sensorial es una reacción negativa, normalmente desproporcionada e inusual, ante las sensaciones que genera una textura, un sonido, un sabor o incluso un olor. Existen diferentes tipos de defensividad sensorial, una de las más extendidas y problemáticas es la defensividad táctil.
 
Estas personas reaccionan de manera exagerada ante el contacto con cosas comunes, como pueden ser determinados tejidos de la ropa (fundamentalmente las fibras sintéticas) y ciertas texturas, sobre todo las cremas. También les puede molestar el sudor y se sienten muy incómodas cuando tienen las manos o los cabellos sucios. En otros casos, el simple hecho de que el chorro de agua sea más fuerte de lo habitual, puede resultar incómodo o incluso doloroso.
 
Estas personas también suelen evitar actos tan cotidianos como un simple apretón de manos o un beso. De hecho, les suele disgustar el contacto corporal, sobre todo si se trata de desconocidos, por lo que a menudo evitan las aglomeraciones o usar el transporte público, para no tener roces con otras personas. 
 
Este tipo de estímulos genera una reacción visceral de rechazo, que resulta muy difícil de controlar. De hecho, debemos tener en cuenta que el tacto es un sentido que no solo nos permite identificar diferentes objetos sino que desempeña un papel esencial en nuestro sistema de protección ante el medio. Por tanto, cuando percibimos una textura “extraña”, se desencadena una respuesta de excitación a nivel de sistema nervioso central similar a la reacción que se produce cuando estamos en peligro.
 
Esa es la razón por la que las personas que padecen defensividad táctil reaccionan de manera desproporcionada ante ciertas texturas y estímulos: estos activan una reacción de lucha/huida. En la práctica, esa reacción se traduce en una necesidad inmediata e imperiosa de apartarse lo más rápido posible del estímulo desagradable.
 

¿A qué se debe la defensividad táctil?

 
El término “defensividad sensorial” fue acuñado en 1979, aunque lo cierto es que esta condición no se ha investigado mucho. La teoría más extendida afirma que tiene un componente genético, ya que la mayoría de estas personas muestran los primeros signos de hiperreactividad desde edades muy tempranas.
 
No obstante, como ocurre en los trastornos psicológicos, el medio casi siempre actúa como un detonante. De hecho, se ha apreciado que el 80% de quienes sufren defensividad sensorial han estado sometidos a algún tipo de trauma físico, ya sea un nacimiento estresante, un accidente o una situación de abuso. Aunque las personas no guardan un recuerdo de lo sucedido, ese evento fue el detonante de la distorsión sensorial. 
 
El hecho de que los padres no comprendan esa hipersensibilidad y consideren que se trata de un mero capricho del niño, también puede agudizar el problema. Por ejemplo, si los padres obligan al pequeño a usar ropa con una textura «desagradable» o a besar a las personas cuando no quiere hacerlo, es probable que la asociación negativa se fortalezca y el pequeño desarrolle un rechazo aún mayor que recrudezca los síntomas. 
 
En cualquier caso, la defensividad táctil sería una falta de inhibición en el sistema de entrada sensorial, lo cual provoca esa reacción defensiva. En práctica, es como si el sistema nervioso de estas personas, específicamente los receptores táctiles, no pudieran calibrar adecuadamente la información que proviene del medio. Como resultado, un simple roce puede generar una sensación de presión, dolor o calor que puede llegar a ser muy desagradable.
 
Un estudio llevado a cabo en la Universidad de California confirma de cierta forma esta teoría ya que se apreció que laspersonas altamente sensibles procesan la información de manera diferente. En su cerebro, las áreas de procesamiento cortical vinculadas con la atención y el procesamiento perceptual muestran una activación mayor de lo habitual ante todo tipo de estímulos. Esto significa que, efectivamente, esos estímulos son percibidos con mayor intensidad y, por ende, pueden provocar un mayor rechazo.
 

El pesado legado de la defensividad táctil

 
La defensividad táctil puede ser vivida tan solo una molestia que la persona puede controlar o puede llegar a ser un problema severo e incontrolable. En cualquier caso, la persona suele sentirse rara, sobre todo porque no comprende qué le sucede y por qué reacciona de esa manera pues es plenamente consciente de que su respuesta es exagerada e inusual. Por otra parte, también tiene que lidiar con la incomprensión de los demás.
 
A esto se le suma que la persona hipersensible se ve abrumada continuamente por estímulos que para los demás pasan desapercibidos. No solo tiene que lidiar con esos estímulos molestos sino también controlar su reacción. Como resultado, al final del día se siente agotada, abrumada y profundamente irritable. Ese estado no solo le pasa una elevada factura emocional sino que también afecta sus relaciones interpersonales.
 

Todo no es negativo: Podrías ser una persona más creativa

 
Aunque la defensividad táctil tiene su lado oscuro, también puede llegar a ser un don. De hecho, diferentes estudios han desvelado que el cerebro de las personas más creativas funciona de manera distinta. En práctica, su cerebro está más abierto a los estímulos, funciona con una atención atípica. ¿Qué significa esto?
 
Tenemos un sistema de entrada sensorial que nos permite eliminar todos esos estímulos innecesarios, para que nuestro cerebro no se sobresature. Sin embargo, el cerebro de las personas más creativas no filtra bien los estímulos irrelevantes, es como si tuviera una entrada sensorial con “fugas”.
 
Lo que a primera vista podría parecer un problema, en realidad es una bendición ya que esas “fugas” les permiten integrar ideas fuera del foco de atención y generar soluciones más creativas. Por tanto, si bien es cierto que la defensividad táctil puede causarte algunos problemas, también puedes sacarle partido dejando que las sensaciones te inunden.
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La sencillez convierte a una persona común en un ser excepcional

Tenemos grandes sueños y proyectos ambiciosos, pero eso no significa que no podamos abrazar la sencillez. Sin embargo, en un mundo donde las personas parecen valer por lo que tienen, en vez de por lo que son, donde a menudo importan más las apariencias que la esencia, es fácil caer en las redes de la soberbia, la vanidad y la presunción. 
 
Aún así, no hay mejor adorno para nuestra alma que la humildad. De hecho, la sencillez es el lenguaje del corazón, es una forma de expresión directa que no necesita de artificios y que nos permite conectar con los demás desde nuestra esencia, siendo 100% auténticos.
 

Los riesgos que entrañan el orgullo y la soberbia

 
Una rana se preguntaba cómo podía alejarse del clima frío del invierno. Unos gansos le sugirieron que emigrara con ellos, pero el problema era que la rana no sabía volar.
 
– Déjenmelo a mí -dijo la rana-. Tengo un cerebro asombroso. 
 
Luego pidió a dos gansos que la ayudaran a recoger una caña fuerte, cada uno sosteniéndola por un extremo. La rana pensaba agarrarse a la caña por la boca. 
 
Cuando el invierno estaba a punto de llegar, los gansos y la rana comenzaron su travesía. Sin embargo, no habían volado mucho cuando pasaron por una pequeña ciudad, y los habitantes salieron para ver el inusitado espectáculo. 
 
Alguien preguntó: «¿A quién se le ocurrió una idea tan brillante?”
 
La rana se sintió tan orgullosa que exclamó:
 
– ¡A mí!
 
En el preciso momento en que abrió la boca, se soltó de la caña y cayó al vacío.
 
Al igual que la rana de la historia, el orgullo nos puede llevar a tomar malas decisiones, sin reflexionar sobre las consecuencias. De hecho, su principal arma es que nos convence de que nuestra forma de pensar es correcta y de que todos los demás están equivocados. Pensamos que solo nuestras ideas son brillantes y sensatas, por lo que no le damos cabida a nuevas formas de ver las cosas y terminamos anquilosándonos. 
 
El orgullo y la soberbia hacen que nos encerremos en lo que hemos aprendido, convirtiéndonos en nuestros propios carceleros. Así lo confirma un estudio realizado en la Universidad de Cornell. Estos psicólogos les presentaron a 100 personas una lista de términos y descubrieron que quienes se calificaban como expertos en la materia, no solo no eran capaces de reconocer términos ficticios, que los investigadores habían inventado para despistarlos, sino que incluso afirmaban saber todo sobre esos conceptos. Al contrario, las personas que adoptaban una actitud más humilde y no pretendían ser expertos, mostraban su escepticismo sobre esos términos «dudosos» y reconocían no saber nada sobre ellos.

Este estudio nos demuestra que a veces nuestro ego nos ciega y nos impide aprovechar las oportunidades para crecer y aprender algo nuevo. Nos demuestra que si no levantamos los ojos, creeremos que somos el punto más alto.

 

7 beneficios de la humildad y la sencillez que nos convertirán en mejores personas

 
1. Nos permite tener más flexibilidad mental. Si adoptamos una actitud humilde, nos convertiremos en aprendices eternos. Esto significa que siempre estaremos dispuestos a escuchar nuevas ideas y cambiar las nuestras. De esta forma logramos crecer, porque no nos apegamos a nuestras ideas o formas de hacer las cosas sino que nos mantenemos abiertos al cambio. De hecho, a medida que cultivamos la modestia, nos resulta más fácil aprender de las equivocaciones y comprendemos que los errores son necesarios para crecer y evolucionar.
 
2. Nos libera emocionalmente. Pretender que sabemos todo puede llegar a ser agotador. Por eso, abrazar la humildad y la sencillez suele ser liberador. Cuando reconocemos nuestros errores y limitaciones no estamos mostrando nuestra debilidad sino todo lo contrario, demostramos que somos personas seguras de sí mismas, personas que se conocen bien y que no tienen miedo a reconocer que han fallado o que necesitan ayuda. La humildad enaltece, la soberbia achica.
 
3. Nos ayuda a valorar los pequeños detalles. El orgullo siempre quiere más, nunca se da por satisfecho. Al contrario, la humildad se conforma y encuentra la felicidad en lo que tiene. La sencillez nos permite fijarnos en los pequeños detalles y encontrar la belleza en ellos, nos permite sentirnos agradecidos por esas cosas que adornan nuestra vida y que antes no valorábamos adecuadamente pues las dábamos por sentadas. Por eso, abrazar la humildad nos permite ser felices ahora mismo, nos ayuda a sentirnos agradecidos y satisfechos con lo que somos y lo que hemos alcanzado.
 
4. Nos permite conectar desde nuestra esencia. La sencillez también implica deshacerse de las máscaras sociales que normalmente usamos en nuestras relaciones interpersonales. La magia radica en que cuando nos deshacemos de la necesidad de impresionar, logramos mostrarnos tal cual somos, y eso nos permite establecer un vínculo emocional más profundo con las personas que nos rodean. De esta manera, logramos desarrollar relaciones más auténticas, sólidas y duraderas.
 
5. Nos permite encontrar la serenidad. Es curioso, pero a medida que abrazamos la humildad, nos abandona la necesidad de discutir, imponer nuestra opinión o tener la razón. Cuando no necesitamos que nuestro ego prevalezca, nos abrimos a otros puntos de vista y encontramos la serenidad incluso cuando las creencias y opiniones de los demás son opuestas a las nuestras. Esta nueva forma de abordar las relaciones interpersonales nos aporta una gran serenidad.
 
6. Nos ayuda a ser más empáticos. Solo cuando dejamos ir el orgullo y la soberbia, cuando dejamos de alimentar nuestro ego, somos capaces de salir de nuestra perspectiva y ponernos realmente en la piel de los demás. Por eso, el camino hacia la sencillez también nos ayuda a ser más comprensivos y empáticos. Eso significa que podemos comprender a una persona, que podemos compartir sus preocupaciones y experimentar sus sentimientos, aunque no estemos de acuerdo con su forma de pensar. 
 
7. Nos hace la vida más fácil. Cuando finalmente nos damos cuenta de que menos es más, de repente nuestro mundo se hace mucho más sencillo. Nos percatamos de que muchas de las cosas que creíamos necesitar, en realidad no son necesarias para ser felices. Entonces podemos centrarnos en lo que realmente nos importa, redirigir nuestros esfuerzos hacia esas cosas que nos hacen felices y nos llenan, esas cosas que realmente le dan sentido a nuestra vida, en vez de quitárselo.

Recuerda siempre la frase del escritor argentino Ernesto Sábato: «Para ser humilde se necesita grandeza«.

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¿Por qué no podemos dejar de pensar: “que habría pasado si…”?

¿Qué habría pasado si te hubieras levantado un poco más temprano y no hubieses perdido el autobús? ¿Qué habría pasado si te hubieras atrevido a hablar con esa persona tan interesante con la que te cruzaste? ¿Qué habría pasado si no hubieses roto con tu pareja? ¿Y si le hubieses dicho a tu jefe lo que realmente pensabas?
 
Nos hacemos este tipo de preguntas constantemente. ¿Qué habría pasado si, en vez de tomar este camino, hubiésemos tomado otro? Entonces las posibilidades que se abren ante nosotros son prácticamente infinitas. De hecho, somos conscientes de que se trata de una especie de juego mental, de fantasía, pero aún así no podemos dejar de preguntarnos “qué habría pasado si…”

Las situaciones que disparan estos pensamientos

 
1. Escenario “casi”. Se trata de una sensación que probablemente conoces: todo parecía marchar bien, hasta que en cierto punto algo se torció. Entonces no puedes dejar de preguntarte qué habría pasado si hubieses hecho algo diferente en algún punto del camino.
 
Por ejemplo, si pierdes un vuelo porque llegaste con varias horas de retraso, es obvio que no habrá mucho que hacer, no hay mucho espacio para realizar este tipo de conjeturas. En ese caso solo te preocuparás por remediar el problema. Sin embargo, si llegas con apenas un minuto de retraso y te cierran las puertas prácticamente delante de tus ojos, no podrás dejar de preguntarte qué habría pasado si te hubieses levantado tan solo 5 minutos más temprano, si no hubiese habido ese atasco en la carretera o si no te hubieses detenido a tomar esa taza de café.
 
Se trata de una sensación particularmente dolorosa ya que has estado a punto de lograr lo que deseabas, pero la oportunidad se te escapó por muy poco. Por eso, no puedes dejar de preguntarte qué hiciste mal y qué podías haber hecho mejor para que eso no pasara.
 
2. Escenario anormal. Se refiere a un escenario bastante improbable o raro, algo que normalmente no sucede. En ese caso, tampoco podemos dejar de preguntarnos qué habría pasado si las cosas hubiesen discurrido con normalidad.
 
Por ejemplo, imagina que un día te ves obligado a ir al trabajo por una ruta diferente y justo delante de ti ocurre un accidente que te deja atascado durante una hora, haciendo que pierdas una reunión importante para tu carrera. Las probabilidades de que cerraran la calle por la que normalmente conduces y de que ocurriera un accidente en la vía que has tomado justo un día importante son escasas, pero aún así ocurrieron.

Cuando vives situaciones inusuales, es difícil que no te martirices pensando qué habría pasado si las cosas hubiesen ocurrido como siempre, si no hubieses tenido todos esos contratiempos. De hecho, incluso es probable que pienses que se trata de una «señal del destino».

 

¿Por qué tenemos la tendencia a imaginar caminos que nunca tomamos?

 
Nos preguntamos continuamente qué habría pasado si hubiésemos tomado otro camino para encontrarle un sentido a nuestra vida, a lo que nos está ocurriendo. Curiosamente, al imaginar otros escenarios posibles, logramos comprender mejor nuestra realidad.
 
En este sentido, un estudio llevado a cabo en la Universidad de Ohio desveló que solemos usar esta forma de pensamiento en dependencia de la situación en la que nos encontremos. Podemos imaginar que las cosas podrían haber ido peor o mejor, según el contexto.
 
Estos psicólogos descubrieron que cuando las personas saben que no volverán a tener una segunda oportunidad para hacer las cosas de otra manera, intentan darse ánimos pensando que todo podía haber ido aún peor, es una forma de consolación para ayudarnos a aceptar lo ocurrido. Sin embargo, si tenemos una segunda oportunidad, tendremos la tendencia a pensar que las cosas podrían haber ido mucho mejor, de esta manera nos motivamos a volver a intentarlo y a mejorar nuestro desempeño.
 

El lado oscuro de imaginar escenarios ficticios

 
Aún así, debemos estar atentos a este mecanismo ya que no siempre lo usamos para levantarnos la moral. De hecho, si nos preguntamos continuamente «qué habría pasado si…» corremos el riesgo de empezar a vivir en un mundo de fantasía y sentirnos profundamente insatisfechos con nuestra vida. Al regresar a la realidad, podemos sentirnos culpables y frustrados, lo cual no nos servirá de mucho.

La tendencia a pensar continuamente en lo que podría haber pasado puede ser el reflejo de una profunda insatisfacción con la realidad o de decisiones pasadas que no hemos aceptado por completo. De hecho, seremos más propensos a pensar de esta forma si en el pasado hemos tomado decisiones impulsados por los demás o por las circunstancias, decisiones que no provinieron de nuestro interior y de la que no nos sentíamos seguros.

Pensar en todos los escenarios posibles puede ser un ejercicio mental inocuo pero en cierto punto del camino, debemos aprender a dejar ir algunas cosas, de lo contrario esos pensamientos se convertirán en resentimiento, culpabilidad y arrepentimiento. Y eso no nos servirá de nada.

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