No por mucho criticar, cambia el otro más temprano

La crítica no siempre es positiva, hay críticas que esconden resentimiento, frustración y hasta una dosis de envidia. Sin embargo, hay otras críticas, las críticas constructivas, que pueden ayudar a crecer o a enmendar errores. 
 
No obstante, para que una crítica sea bien recibida y produzca un cambio positivo en la persona, no solo debe ser sincera, verídica y con buenas intenciones sino que también se debe expresar de la manera adecuada y en el momento justo. Si alguno de estos ingredientes falla, es probable que la crítica sea recibida con recelo y no cumplirá su cometido.

Por eso, a la hora de realizar una crítica, es importante que seamos conscientes de que no por mucho criticar, cambia el otro más temprano, aunque tengamos razón.

 

La frustración de la persona que critica

 
A menudo la persona que critica sabe que tiene razón, por lo que insiste en su punto de vista. Sin embargo, cuando nota que la otra parte no es receptiva, o al menos no tanto como desearía, comienza a sentirse frustrada.
 
Sin embargo, el problema radica en que cuando la crítica se repite suele convertirse en reproche, de manera que quien critica termina acumulando frustración y tensión, que después descarga en el otro. Obviamente, cuando aparecen los reproches la persona pierde el control y no se da cuenta de que ha entrado en una espiral negativa. En este punto la crítica comienza a ser destructiva, se transforma en esa gota que cae continuamente y que termina por desbordar el vaso.

 
La persona que critica no se da cuenta de que está insistiendo en la dirección errónea, de que aunque tenga razón y quiera ayudar al otro, sus palabras, actitud o simplemente su insistencia, están siendo contraproducentes.

El enfado de quien es criticado

 
Por otra parte, la persona que es criticada suele percibir esas palabras como un ataque y se pone a la defensiva. Obviamente, ese estado mental no le permite vislumbrar cuánto puede haber de cierto en la crítica. Como resultado, esa persona puede sentirse vulnerable, culpable o enfadada, pero es bastante improbable que se sienta propensa al cambio.
 
Tampoco se le puede culpar porque los reproches suelen ser repetitivos y tienen una enorme carga emocional que termina siendo difícil de soportar. Además, a menudo se convierten en generalizaciones erróneas que solo expresan resentimiento.
 
Algunos ejemplos comunes de reproches que una vez pudieron ser críticas constructivas son: “Siempre haces lo mismo”, “A estas alturas ya deberías saberlo” o “¿No piensas cambiar nunca?” Esos reproches se pueden acompañar de palabras hirientes que producen heridas emocionalesmuy difíciles de reparar.
 

Molesta y desgasta pero no propicia el cambio

 
Al final, las críticas repetidas bajo forma de reproches simplemente acaban desgastando la relación, sin resolver nada. Cuanto más critica una parte, más se cierra la otra, haciendo que la comunicación sea cada vez más difícil.
 
En cierto punto, cada cual comienza a vivir en su mente. Quien critica piensa que el otro no tiene en cuenta sus opiniones y necesidades, y se lamenta por ello. Quien es criticado piensa que el otro no le estima lo suficiente y no le comprende, y se siente mal por ello.
 

¿Cómo salir de ese círculo vicioso?

 
Ante todo, es importante que asumas tu grado de responsabilidad. Si quieres que una persona tenga en cuenta tu opinión, debes plantearla de manera respetuosa, sin herir al otro ni intentar imponer tu punto de vista.
 
Si esa persona no te escucha a la primera, puedes repetir tu crítica, pero asegurándote de que no se convierta en un reproche. Dí lo que piensas sin emitir juicios de valor, expresa cómo te hace sentir ese comportamiento o actitud y brinda una posible solución.
 
He aquí los 5 puntos fundamentales de una crítica constructiva:
 
1. Ve directo al punto, no lances indirectas. En muchas ocasiones las personas se ven obligadas a repetir la crítica simplemente porque no se atreven a decir abiertamente lo que piensan y lanzan indirectas, con la esperanza de que el otro las capte. Sin embargo, de esta forma solo se genera malestar. Si algo te molesta, te hace sentir mal o crees que necesita ser cambiado, dilo de manera clara, directa y asertiva.

2. Expresa tus sentimientos y hazte responsable por tus emociones. A veces las críticas son percibidas como ataques, por lo que una excelente estrategia para lograr que la otra persona sea más receptiva consiste en conectar emocionalmente. Y para ello, debes expresar cómo te sientes. Por ejemplo, en vez de decir: “me sacas de quicio”, una frase con la que culpas al otro, puedes decir: “cuando llegas tarde, me pongo nervioso”, de manera que distribuyes la responsabilidad y enfatizas en el aspecto que te gustaría cambiar.
 
3. Concretiza, no generalices. Nadie puede cambiar por completo, sería pedirle peras al olmo. Por eso, si dices algo como “eres insoportable”, la otra persona no sabrá cómo reaccionar ni qué esperas de ella. Al contrario, la clave radica en ser lo más específico posible. Por ejemplo, puedes decir: “En estos días he notado que estás enojado, ¿te pasa algo?”.
 
4. Céntrate en el presente, no rebusques en el pasado. El pasado es pasado, no podemos cambiarlo y, si bien puede servir como un punto de apoyo, la crítica será mejor recibida si se centra en el presente o mira el futuro en vez de rebuscar en los errores del ayer. Por tanto, en vez de decir: “siempre llegas tarde”, puedes decir “me gustaría que no volvieras a llegar tarde. ¿Crees que puedes hacerlo?”. 
 
5. Sé amable. Aunque a veces resulta difícil controlar las emociones, es importante evitar la ironía en las críticas y usar el tono adecuado. A veces un simple “por favor”, “lo siento” o “gracias” pueden predisponer positivamente a la otra persona a escuchar lo que tienes que decir.

Por último, recuerda que la otra persona es libre de decidir si aceptar o no tú crítica. Una vez que te has cerciorado de que ha comprendido qué desearía que cambie y por qué, debes dejarle espacio para que reflexione y tome una decisión. Insistir no servirá de mucho.

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Conciencia Emocional: Las emociones que no gestionas, te controlan

Todos experimentamos emociones, pero no todos somos capaces de reconocerlas y ponerles nombre. De hecho, ¿sabías que se han llegado a catalogar unas 250 emociones y sentimientos? Entre la tristeza y la alegría, entre sentirnos mal o bien, existe un amplio abanico emocional en el que deberíamos profundizar. 
 
Si no somos capaces de reconocer nuestras emociones y sentimientos, si no encontramos sus causas y no comprendemos cómo impactan en nuestros comportamientos y decisiones, no podremos gestionarlos adecuadamente y terminaremos viviendo en una montaña rusa emocional. Por eso es tan importante desarrollar la conciencia emocional.
 

Bruma emocional: Los peligros que entraña no distinguir las emociones

 
Un estudio muy interesante realizado por psicólogos de la Universidad de Michigan reveló que las personas que sufren depresión tienen una característica en común: no distinguen con precisión las diferencias entre las emociones negativas que experimentan, como la tristeza, la culpa, la ira y la frustración. Esto podría explicar, al menos en parte, por qué la depresión es tan difícil de superar.
 
Para llegar a estas conclusiones los investigadores les pidieron a personas sanas y a personas que padecían depresión que reportaran sus emociones en momentos concretos a lo largo de una semana. Así descubrieron que a las personas deprimidas les resultaba muy difícil distinguir entre las diferentes emociones negativas.
 
Estas personas estarían sumidas en una especie de “bruma emocional”, la cual se genera cuando no somos capaces de distinguir las emociones y etiquetarlas. El problema es que ese estado puede agravar estados como la depresión o la ansiedad. De hecho, es difícil mejorar nuestra vida si no sabemos exactamente cómo nos sentimos sobre algunos de sus aspectos.
 
Por ejemplo, ¿te imaginas qué difícil sería saber cuándo ha llegado el momento de llenar el tanque de combustible si no tuvieras ese indicador en el salpicadero del coche? Algo similar ocurre con nuestro estado emocional, no podemos mejorar o utilizar las emociones a nuestro favor si no sabemos cómo nos sentimos y por qué.
 

¿Qué sucede en el cerebro cuando etiquetamos una emoción?

 
Un estudio llevado a cabo en la UCLA desveló qué ocurre en nuestro cerebro cuando etiquetamos las emociones negativas. Estos neurocientíficos les pidieron a un grupo de participantes que vieran imágenes en las que aparecían rostros enfadados o con miedo. 
 
Esas imágenes incrementaban la actividad en la amígdala, una región del cerebro íntimamente vinculada con las emociones que actúa como una alarma cuando detecta un posible peligro y desencadena una serie de cambios fisiológicos que nos preparan para huir o atacar. De hecho, se ha apreciado que la amígdala responde intensamente incluso ante imágenes subliminales, que nuestra conciencia no capta.
 
En este punto, los investigadores se preguntaron si el simple hecho de etiquetar esas emociones podría atenuarlas y disminuir el nivel de activación de la amígdala. A continuación, les pidieron a los participantes que identificaran las emociones que estaban viendo. Los resultados fueron asombrosos: casi inmediatamente la actividad de la amígdala comenzó a disminuir, mientras se activaba la corteza prefrontal ventrolateral, una zona vinculada con el pensamiento, la inhibición del comportamiento y el procesamiento racional de las emociones.
 
En práctica, lo que sucede es que cuando etiquetamos lo que sentimos nos vemos obligados a activar la parte más racional del cerebro. Esa zona echa una especie de “freno de mano”, evitando que las emociones tomen el control. Al entender lo que nos ocurre, el impacto emocional negativo disminuye y hace que las emociones sean menos dolorosas.
 

Un programa para desarrollar la conciencia emocional

 
La conciencia emocional es la capacidad para reconocer nuestras emociones, identificarlas y ponerles un nombre. Esto significa, ante todo, la posibilidad de experimentar y reconocer múltiples emociones, sentimientos y estados de ánimo. También implica que la persona domina un vocabulario emocional suficientemente rico que le permita expresar exactamente lo que siente. 
 
Sin embargo, la conciencia emocional no se limita a reconocer y etiquetar las emociones sino que también significa comprender cómo impactan en nuestros comportamientos y pensamientos. Además, implica saber qué estamos sintiendo y por qué, encontrar la causa de esos estados y, sobre todo, aprender a usarlos a nuestro favor.
 
No nacemos con una conciencia emocional, esta se va desarrollando poco a poco, a medida que vamos experimentando nuevas emociones y los adultos que nos rodean nos ayudan a etiquetarlas y gestionarlas. Desgraciadamente, en muchos casos ese aprendizaje no se produce y la conciencia emocional se atrofia. Eso no significa que la persona no sea capaz de experimentar muchísimas emociones y sentimientos, sino que no es capaz de reconocerlos y, por ende, le resulta mucho más complicado gestionarlos.
 
La buena noticia es que la conciencia emocional se puede potenciar en cualquier etapa de la vida. De hecho, ese es precisamente uno de los objetivos del programa “Conciencia Emocional”diseñado por la Escuela Europea de Coaching, que comenzará el próximo mes de noviembre en Madrid. 
 
Este programa, concebido como un entrenamiento vivencial de carácter eminentemente práctico, está dirigido tanto a los psicólogos, coaches, profesores y trabajadores sociales como a todas las personas que quieran desarrollar sus capacidades emocionales.
 
A lo largo de 9 sesiones los participantes podrán profundizar en el universo emocional a través de herramientas que facilitan el descubrimiento, la experimentación, la profundización y la gestión de las emociones.
 
El programa, que ha llevado más de dos años de desarrollo y cuenta con un experimentado equipo multidisciplinar, concibe las emociones como nuestras aliadas, y pretende que aprendamos a identificarlas, comprender su mensaje y utilizarlas para reencontrar el equilibrio, tanto a nivel físico como psicológico. ¿Te apuntas?
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¿Por qué tenemos la sensación de caer en los sueños?

El sueño debería ser uno de los momentos más relajantes del día. Nos metemos en la cama, nos sentimos cada vez más cómodos y vamos perdiendo la conexión con lo que nos rodea para abandonarnos en los brazos de Morfeo. Sin embargo, a veces, justo antes de quedarnos completamente dormidos, tenemos la sensación de que nos caemos y nos recorre una especie de movimiento espasmódico. 
 
Se trata de un pequeño sobresalto, como cuando caminamos y nos equivocamos al pisar porque hemos calculado mal la distancia. Aunque se trata de un fenómeno normal, muchas personas pueden asustarse o incluso experimentar pánico. De hecho, en los casos extremos, cuando la sacudida hípnica es muy violenta o rápida, la persona se despierta por completo y no logra conciliar el sueño.
 

La sacudida hípnica: ¿Un legado de nuestros antepasados?

 
La sensación de que nos caemos cuando estamos durmiendo se cataloga dentro de lo que se denomina “sacudida hípnica”, y en algunos casos incluso puede estar acompañada de una alucinación visual, lo cual la hace aún más desconcertantes. Se estima que el 70% de las personas experimenta esa sensación con relativa frecuencia cuando está a punto de dormirse, aunque muchos no lo recuerdan.
 
Generalmente ese sobresalto ocurre cuando los músculos, casi siempre los de las piernas, se contraen muy rápido de manera involuntaria, algo similar a lo que ocurre cuando sufrimos un tirón o un espasmo muscular. 
 
Una de las teorías que intenta explicar este fenómeno recurre al punto de vista evolutivo. Según esta perspectiva, los movimientos y sensaciones que provocan ese despertar brusco nos servirían para vigilar por última vez nuestro entorno, para cerciorarnos de que estamos en un sitio realmente seguro. Así nos ayudan a evitar que nos quedemos profundamente dormidos en un lugar peligroso, simplemente porque nos haya vencido el cansancio. 
 
Por otra parte, según los evolucionistas, la sacudida hípnica también le servía a nuestros antepasados para que comprobasen la estabilidad de la posición que habían adquirido para dormir. En práctica, era un mecanismo ancestral para asegurarnos de que teníamos un punto de apoyo lo suficientemente sólido y estable antes de dormirnos por completo, para no hacernos daño.
 
Sin embargo, en los últimos tiempos, con los avances en el campo de las Neurociencias, otra teoría ha cobrado relevancia y busca la explicación de la sacudida hípnica en el cerebro.
 

El cerebro no termina de desconectarse por completo

 
Los neurocientíficos, por su parte, consideran que esos movimientos son simplemente un signo de que nuestro sistema fisiológico está cediendo al sueño. De hecho, cuando dormimos, por precaución, se produce una parálisis corporal, denominada “parálisis del sueño”. Durante la fase de sueño REM, que es la más profunda, cuando soñamos el cerebro se “desconecta” de los principales grupos musculares, para que no podamos imitar los movimientos que realizamos en el sueño y no nos hagamos daño.
 
De esta forma, la sensación de caer y esos movimientos espasmódicos serían una señal de que estamos pasando del control muscular activo a un estado de relajación total.

Sin embargo, también existen algunos factores que pueden aumentar las posibilidades de padecer esas sacudidas hípnicas o sentirlas de forma más intensa. 

 
– No tener un horario regular de sueño o irse a la cama excesivamente cansados. 
 
– Consumo excesivo de sustancias estimulantes, como el café, sobre todo al terminar el día, así como realizar actividad física intensa durante la noche.
 
– Interferencia de estímulos externos como las luces o un sonido cuando estamos a punto de entrar en la fase más profunda del sueño. 
 
En todos estos casos, lo que sucede es que nuestro sueño se interrumpe, se desarrolla un patrón irregular que implica que el organismo entra en la fase REM antes de estar preparado, lo cual puede provocar esa sensación de sacudida o de que estamos cayendo. De hecho, se ha apreciado que la sacudida hípnica es más común cuando la persona se duerme rápidamente. En práctica, nuestro cuerpo se duerme tan rápido que el cerebro no es capaz de seguir su ritmo y pasar a través de las diferentes fases del sueño, de manera que se produce una especie de “cortocircuito”.
 
Como colofón, se debe aclarar que si bien la sacudida hípnica es un fenómeno natural del sueño, que suele ir menguando con la edad, puede llegar a ser una molestia, ya sea para la persona que lo sufre o para quien duerme a su lado. En esos casos, es recomendable consultar a un especialista del sueño ya que podría tratarse de otro trastorno, como la apnea del sueño o el síndrome de las piernas inquietas.
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¿Qué pasaría si en vez de castigar a los niños, les enseñáramos a meditar?

 
Cuando los niños se portan mal, se les castiga. Así se hace en el hogar y así se hace en los colegios. Así se ha hecho desde siempre y así se sigue haciendo. Sin embargo, si queremos que las cosas cambien, si queremos que la sociedad mejore, quizá deberíamos cambiar nuestra forma de educar. 
 
Y eso es precisamente lo que se ha propuesto la escuela primaria estadounidense “Robert W. Coleman”, sus maestros no castigan a los niños sino que les proponen algo diametralmente diferente: meditar.
 
El centro educativo, que se encuentra en Baltimore, ha creado una “Sala Mindful”, donde acuden todos los niños, también aquellos que han tenido comportamientos disruptivos. Una vez allí, en vez de reprenderles, se les anima a respirar y meditar, a reencontrar la calma, tranquilizarse y reflexionar sobre lo ocurrido. 
 
Este proyecto fue creado en conjunto con “Holistic Life Foundation”, una fundación que ha pasado más de una década ofreciendo programas extraescolares holísticos para los niños. De hecho, su director afirma que aunque puede parecer imposible que los niños se sienten a meditar en silencio, lo hacen sin dificultades. 
 
Por otra parte, el director del colegio afirma que desde que han puesto en marcha este proyecto, los estudiantes han mejorado mucho su comportamiento y ya no ha sido necesario recurrir a los castigos o a las suspensiones escolares.
 

Los increíbles beneficios de la meditación mindfulness para los niños

 
La meditación mindfulness existe desde hace miles de años, aunque solo ahora el mundo occidental está redescubriendo sus beneficios. De hecho, está técnica ya se ha introducido en muchas terapias psicológicas y poco a poco también va ganando terreno en la educación.
 
Se ha comprobado que este tipo de meditación mejora la atención, por lo que es ideal para los niños con déficit de atención e hiperactividad. También reduce el estrés, fomenta la empatía y potencia el autocontrol emocional, por lo que se recomienda en los niños que sufren un trastorno oposicionista desafiante o que muestran conductas agresivas.
 
Esto se debe a que la meditación mindfulness provoca cambios a nivel cerebral, sobre todo en las regiones vinculadas con la atención, el procesamiento de la información sensorial, el pensamiento y la toma de decisiones.

En un estudio realizado en la Universidad de Harvard se apreció que estas áreas de la corteza cerebral muestran un engrosamiento cuando se practica la meditación mindfulness, el cual se suele alcanzar de manera natural solo con el paso de los años. Esto significa que algunas zonas del cerebro se desarrollan más rápido cuando se medita, por lo que es una herramienta muy poderosa para estimular la maduración cerebral en los niños.

 
Por otra parte, un metaanálisis realizado por psicólogos de la Universidad de Chicago que incluyó los datos de 270.034 niños de 213 escuelas en las que habían puesto en marcha programas de meditación mindfulness, llegó a la conclusión de que esta técnica no solo mejoraba sus habilidades sociales y emocionales sino también su desempeño académico, en una media de 11 puntos.

Estos resultados no son casuales. De hecho, se ha comprobado que la meditación mindfulness también incrementa la densidad de materia gris en el hipocampo, una zona estrechamente vinculada con la memoria y el aprendizaje. Por tanto, no es extraño que los niños que aprenden a meditar también mejoren su aprendizaje.

 

Meditación midnfulness: El antídoto para el estrés que genera la vida moderna

 
La meditación mindfulness no es simplemente una técnica, no implica sentar a los niños a meditar durante un rato y después olvidarse del asunto, implica asumir un estilo de vida diferente y comprender que los niños necesitan ser felices, no ser los mejores, que necesitan jugar y tener un ritmo de vida más relajado, en vez de sentirse presionados constantemente por obtener buenas calificaciones.

Por eso, la meditación puede convertirse en una especie de antídoto contra muchos de los problemas modernos. Los padres y maestros pueden usarla para:

– Enseñarles a mantenerse calmados, en vez de perder el control

– Enseñarles a estar plenamente presentes, en vez de tener la mente en otra parte

 
– Enseñarles a disfrutar de las pequeñas cosas, en vez de apostar únicamente por la tecnología
 
– Enseñarles a ser empáticos y compasivos, en vez de distantes y egoístas
 
– Enseñarles a mirar dentro de sí, para que sean más conscientes y responsables, en vez de dejar que miren continuamente hacia afuera en busca de culpables
 
– Enseñarles a bajar el ritmo cada vez que sea necesario, en vez de empujarles a perseguir el “éxito” 
 

3 ejercicios para desarrollar una actitud mindfulness en los niños

Para desarrollar una actitud mindfulness en los niños, es importante que los adultos sean pacientes y perseverantes. Cuando se trata de niños pequeños, de 4 o 5 años, tan solo 5 minutos al día de “meditación” serán suficientes. Cuando sean mayores podéis dedicarle a esta actividad unos 15 minutos al día.

 
Se recomienda ponerla en práctica siempre a la misma hora, al menos tres días a la semana y en un lugar tranquilo, donde no os interrumpan. La idea es proponer la actividad bajo una perspectiva interesante y divertida. También es importante pedirle al niño que cuente sus sensaciones al terminar el ejercicio. Obviamente, es fundamental no juzgarle porque todas las experiencias son válidas. De hecho, es normal que algunos días esté más disperso y desconcentrado que otros, no se le debe criticar ni reprender.

1. Técnica “Los Astronautas”

 
El objetivo de esta técnica es que los niños aprendan a concentrarse en el momento presente, con todos sus sentidos. Para lograrlo, le dirás que vais a jugar a ser astronautas que visitan otros planetas. Él será el terrícola y tú el extraterrestre.

A continuación, dale una fruta y pídele que la experimente con todos los sentidos, como si nunca la hubiese visto. Es importante que no se le escapen los detalles porque su misión intergaláctica consiste en describirle esa fruta a un extraterrestre que no sabe qué es y quiere replicarla en su planeta. 

 
2. Técnica “Parte Meteorológico”
 
En este caso, el objetivo es potenciar la conciencia emocional del niño, haciendo que gane en introspección. Solo tenéis que sentaros y cerrar los ojos, para descubrir cómo os sentís en ese momento. Al principio puedes ayudarle preguntándole “¿Qué tiempo está haciendo allí dentro?” Si se siente relajado y tranquilo puede decir que brilla el sol, si está preocupado puede indicar que hay nubes y si se siente muy tenso, que está a punto de caer un chaparrón.
 
La idea es que observe el “tiempo” que hace en su interior, desde una postura desapegada. Aprovecha para explicarle que los estados de ánimo cambian como el tiempo y que no tiene sentido aferrarse a ellos. Debe aprender a observar, comprenderlos y dejarlos pasar. Verás que a medida que practicáis, el niño irá añadiendo más detalles a su “tiempo” interior, lo cual es sinónimo de que está ampliando su conciencia emocional.
 
3. Técnica “Como una Rana”
 
El objetivo de esta técnica es lograr que el niño aprenda a respirar profundamente y comience a dar los primeros pasos en la meditación mindfulnes. Puedes empezar explicándole que imitaréis a la rana, un animal que puede dar grandes saltos pero también puede quedarse muy quieta, observando lo que sucede a su alrededor, sin reaccionar de inmediato. 
 
Pídele que respire como la rana, tomando lentamente el aire por la nariz mientras infla la barriga y soltándolo muy suavemente por la boca, mientras se desinfla. Así sentados, la rana no se deja arrastrar por las miles de ideas que cruzan por su mente sino que se concentra en el movimiento de su barriga mientras respira. De esta forma le enseñas autocontrol y, de paso, le ayudas a respirar adecuadamente, no de forma entrecortada, como solemos hacer.
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Los conflictos de pareja son más dañinos que fumar o tener el colesterol alto

Las relaciones interpersonales son nuestra mayor fuente de satisfacción, y también de problemas. La relación de pareja, en especial, se convierte en fuente de enormes alegrías y representa un apoyo inmenso en los momentos difíciles pero cuando se convierte en una relación conflictiva genera grandes preocupaciones que, a la larga, no solo afectan nuestro equilibrio psicológico sino también nuestra salud, aumentando el riesgo de que padezcamos enfermedades graves. 
 

Si tu pareja es feliz, serás más saludable

 
En 1858, un epidemiólogo británico llamado William Farr se dedicó a estudiar lo que denominó la “condición conyugal” de los franceses. Dividió a la población en tres categorías: casados, solteros y viudos. Luego revisó los registros de nacimiento, defunción y matrimonio, así como las tasas de mortalidad. Concluyó que, al menos en aquella época, las personas casadas tenían vidas más largas y saludables.
 
Hace poco, psicólogos de la Universidad Estatal de Michigan publicaron un estudio que fue el resultado de seis años de investigación. Durante ese tiempo, les dieron seguimiento a 1.981 parejas y descubrieron que la felicidad de su media naranja estaba relacionada con la salud del compañero. Es decir, si tu pareja es feliz, tienes más probabilidades de tener buena salud.
 
Por supuesto, no son los únicos estudios que han puesto de relieve la relación entre la salud y la satisfacción con la vida en pareja. De hecho, también se ha apreciado que, como regla general, las personas casadas son menos propensas a tener que pasar por un quirófano, morir debido a un cáncer y tienen un riesgo menor de desarrollar demencia.
 
Sin duda, cuando tenemos una pareja, sobre todo si existe una buena relación, recibimos más apoyo y, por supuesto, nos enfrentamos a menos estrés ya que compartimos el peso de los problemas. Sin embargo, el simple hecho de tener una pareja no mejora nuestra salud. Cada vez más estudios apuntan que cuando la relación de pareja es tormentosa y conflictiva, el equilibrio psicológico y la salud de sus miembros se deteriora rápidamente.
 

Cuando la relación de pareja mata

 
Investigadores de la Universidad Estatal de Michigan analizaron los datos de 1.200 personas de más de 50 años, indagaron en sus hábitos de vida, como fumar, midieron sus indicadores de salud, como el colesterol, y evaluaron la calidad de su matrimonio. Así descubrieron que los conflictos en la relación de pareja eran la antesala de los problemas cardiovasculares, en algunos casos eran un predictor mucho más fiable que fumar o tener el colesterol elevado. Curiosamente, las mujeres sufrían más este efecto negativo que los hombres. Por eso, se ha llegado a afirmar que los conflictos de pareja pueden ser más dañinos para el corazón que fumar o tener el colesterol elevado.
 
Otros estudios epidemiológicos también sugieren que un matrimonio infeliz aumenta el riesgo de sufrir ataques cardíacos y enfermedades cardiovasculares. De hecho, una investigación realizada en unas 300 mujeres suecas encontró que el riesgo de sufrir un infarto se multiplica por 3 cuando existen conflictos en el matrimonio. Curiosamente, el estrés generado por el trabajo no representaba un riesgo tan elevado para la salud.

¿Por qué los conflictos de pareja son tan dañinos? ¿Cuál es su impacto en nuestro organismo?

 
Para encontrar la explicación debemos remontarnos a una serie de investigaciones realizadas por investigadores de la Universidad Estatal de Ohio. En una de ellas, reclutaron a 76 mujeres, la mitad casadas y la otra mitad divorciadas o a punto de separarse. A través de exámenes de sangre, descubrieron que quienes mantenían una relación de pareja difícil o seguían atadas emocionalmente a una relación complicada, mostraban una respuesta más débil del sistema inmunitario.
 
Estos investigadores fueron un paso más allá, para averiguar qué sucede en nuestro organismo durante una pelea con nuestra pareja. Así, reclutaron a 42 parejas casadas y aparentemente felices. El experimento se desarrolló en dos fases, el primer día la pareja habló durante media hora sobre temas que estimulaban las actitudes de apoyo. Otro día, hablaron sobre temas que generaban tensión y conflictos. Mientras hablaban, en sus brazos se crearon pequeñas ampollas mediante un dispositivo especial. 
 
El objetivo era ver si el apoyo o la incomprensión afectaban los tiempos de recuperación. Y así fue. Cuando las parejas discutieron, las heridas tardaron un día más en sanar, en comparación con aquellas que se produjeron durante una conversación agradable. Además, las heridas de las parejas que mostraron niveles especialmente elevados de hostilidad mientras discutían tardaron dos días más en sanar, en comparación con quienes se mostraron menos hostiles.
 
Estos datos sugieren que el estrés que experimentamos durante una discusión de pareja puede llegar a ser muy elevado, el cual terminará provocando una serie de cambios en nuestro organismo que, si se mantienen a largo plazo, nos pasarán una elevada factura, tanto en el plano físico como psicológico.
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