8 lecciones para la vida que los niños pueden enseñarles a los adultos

 
Siempre pensamos que somos los adultos quienes debemos guiar a los niños, tomarles de la mano para ayudarles a recorrer el camino de la vida y enseñarles todo lo que no saben. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en las enseñanzas que los niños nos pueden ofrecer. Y tampoco nos detenemos a pensar en las cosas que nuestras enseñanzas les arrebatan a los niños, cosas que también son muy valiosas para enfrentar la vida. De hecho, el escritor británico Ken Robinson afirmó: “La educación es la culpable, casi siempre, de desviar a la gente de sus talentos“.
 

Volver a ser niños implica conectar con nuestra esencia

 
1. Piensa en cada día como en un nuevo comienzo

¿No es agradable pensar en el día que comienza como en una nueva oportunidad en vez de sentirnos abatidos o agobiados apenas abrimos los ojos? Para los niños, cada día implica la posibilidad de vivir una aventura, de descubrir algo, de ser felices. Los niños no llevan equipaje de un día para otro, y nosotros deberíamos aprender a contagiarnos de ese espíritu porque es una sensación increíble que solo puede hacernos bien.

 
2. Busca motivos para sonreír

Charlie Chaplin dijo que “un día sin reír es un día perdido”. Sin embargo, muchos adultos prácticamente han olvidado qué se siente al reír a carcajadas. En realidad, hay mil motivos para sonreír, solo que no los vemos porque estamos demasiado ensimismados en nuestras preocupaciones y problemas. Los niños, al contrario, echan a volar su imaginación y le encuentran el matiz simpático a las situaciones cotidianas. Reaprender a enfrentar la vida con sentido del humor es uno de los mayores regalos que puedes hacerte, tu equilibrio emocional te lo agradecerá.

3. Sé el héroe de tu vida

Nora Ephron dijo que “todos deberíamos ser el héroe de nuestra vida, no la víctima”. De hecho, cuando los niños cuentan una historia son proactivos, siempre asumen el papel de héroes. Sin embargo, a medida que crecemos nos volvemos más reactivos, en vez de tomar las riendas nos dejamos llevar y nos ponemos cada vez más a merced de las circunstancias. Así, terminamos minimizando nuestros logros y comenzamos a culpar al destino asumiendo el papel de víctimas. No obstante, si de verdad quieres vivir sin arrepentimientos, la clave radica en ser el protagonista de tu vida, no verla como si fueras un espectador o un actor secundario.

 
4. Muestra tus cicatrices con orgullo

Cuando un niño se rompe un hueso, todos le firman el yeso y se convierte en la estrella de la clase. Si se corta, enseña la cicatriz con orgullo, como si fuera un trofeo de guerra. Sin embargo, cuando crecemos comenzamos a esconder nuestras heridas emocionales, nos avergonzamos de ellas. No nos damos cuenta de que un amor no correspondido, la pérdida de una persona amada o un fracaso en un proyecto son señales de que hemos vivido y nos hemos atrevido a intentarlo. Por tanto, no debemos esconder nuestro dolor, tristeza, desasosiego sino compartirlos con las personas cercanas. Las cicatrices no son signos de debilidad sino señal de fortaleza y resiliencia, son una historia que contar, no algo vergonzoso que se deba ocultar.
 
5. Atrévete a probar cosas nuevas

Andre Gide dijo que “el hombre no puede descubrir nuevos océanos si no tiene el valor de perder la vista de la orilla”. Los niños no tienen miedo a enfrentarse a lo desconocido porque no están llenos de prejuicios y temores como los adultos. Los pequeños buscan con entusiasmo lo nuevo, y lo disfrutan plenamente porque la novedad estimula sus sentidos y su mente. Los adultos piensan que están bien en su zona de confort y les atemoriza salir de sus límites, pero lo cierto es que su cerebro necesita la novedad tanto como el cerebro infantil porque solo cuando dan un paso fuera de lo que conocen, solo cuando exploran nuevos territorios, logran crecer. 

 
6. Disfruta los pequeños placeres

Disfruta de las pequeñas cosas porque un día puedes mirar hacia atrás y darte cuenta de que esas eran las cosas grandes”, dijo Robert Brault. Los niños lo saben, son capaces de entusiasmarse ante una flor aparentemente insignificante, disfrutan del tacto de la arena de la playa, se inspiran con un arcoíris, se alegran cuando pueden jugar bajo la lluvia… Los adultos también tenemos todos esos pequeños milagros al alcance de la mano, pero como hemos dejado de apreciarlos, también dejamos de disfrutarlos.

7. Cuestiona todo, y a todos

Los niños no se dan por satisfechos con tanta facilidad, quieren llegar al fondo de las cosas y cuestionan todo, incluso las cosas que los adultos dan por sentadas. De hecho, su “¿por qué?” es una de las herramientas más valiosas que tienen a su disposición, no solo para descubrir y entender el mundo sino también para desarrollar una actitud crítica y autodeterminada. Los adultos dejamos de plantearnos ese tipo de preguntas y simplemente comenzamos a aceptar lo que la sociedad nos dice. En ese mismo momento nuestro pensamiento comienza a marchitarse y nos convertirmos en autómatas. Sin embargo, volver a cuestionarse todo, como si fuéramos niños pero ahora con los ojos de un adulto, te abrirá nuevas puertas que ni siquiera sospechabas que existían.

 
7. Confía en tu brújula interior de la felicidad

Los niños tienen un sentido especial para la felicidad, saben perfectamente qué les hace felices y no dudan en buscar con fruición esa agradable sensación. A medida que crecemos acallamos ese sentido, lo sacrificamos en el altar del deber. Los otros, esas personas que ya se han resignado a no ser felices, nos dicen que es egoísta, utópico o inútil pensar en términos de felicidad. Sin embargo, deberíamos reencontrar ese sentido perdido para hacer cada día lo que creemos correcto, lo que nos gusta, cuando nos apetece y a nuestro propio ritmo.

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No esperes tenerlo todo para disfrutar de la vida, ya tienes la vida para disfrutar de todo

De pequeños disfrutábamos enormemente de la vida. Prácticamente cualquier cosa era una fiesta, una oportunidad para descubrir, crecer, divertirse… Sin embargo, con el paso de los años sacrificamos la felicidad en el altar del deber. Nos enseñaron que debíamos aplicarnos más, esforzarnos más, ir siempre más allá… Nos dijeron que si nos dábamos por satisfechos con lo que teníamos éramos conformistas…
 
Nos inculcaron la idea de que no valemos por lo que somos sino por lo que logramos. De esta manera aprendimos a plantearnos objetivos, y a centrarnos en ellos, a no desfallecer hasta alcanzarlos. Y así la vida, sin darnos cuenta, se ha convertido en una especie de salón donde exponer nuestros trofeos. Nos hemos convertido en las víctimas perfectas del virus que ataca a nuestra sociedad: el conclusionismo.
 
Existe un test muy sencillo para saber si tú también has caído en sus garras: imagina que conoces a una persona en la calle y debes explicarle quién eres. Esa persona tiene apenas medio minuto, así que tienes que elegir sabiamente tus palabras para lograr que se forme una imagen lo más precisa posible de ti. ¿Qué le dirías? Piénsalo un momento.
 
Si le indicas tu profesión y las cosas que has logrado en la vida, es probable que seas víctima del conclusionismo. Sin duda, las cosas que has logrado forman parte de ti, pero son tu pasado, no son tu presente y, sobre todo, no son tú.
 
Tú eres mucho más, eres tus pasiones, tus sueños, tus ilusiones, tus planes para el futuro, las cosas que te gustan y las que no, aquello en lo que crees, lo que amas, lo que te hace vibrar, lo que te entusiasma y también lo que odias, lo que rechazas y lo que te disgusta.
 

¿Por qué el conclusionismo es tan peligroso?

 
El conclusionismo es la tendencia a poner la vida en pausa hasta que alcancemos determinados resultados o logremos ciertos objetivos. Es la tendencia a pensar que estaremos mejor o que seremos más felices cuando logremos algo, que siempre está en el futuro.
 
Obviamente, el conclusionismo encierra una trampa mortal ya que en realidad es imposible poner la vida en pausa, el tiempo sigue pasando, inexorablemente, aunque nosotros no lo aprovechemos ni disfrutemos de la vida, aunque nos mintamos diciéndonos que mañana será mejor porque cuando hayamos logrado eso que tanto ansiamos seremos más felices, estaremos más relajados o podremos permitirnos ciertos “lujos”.
 
Sin embargo, lo cierto es que no es necesario tenerlo todo para disfrutar de la vida, porque ya tenemos la vida para disfrutar de todo. No hay ninguna razón para aplazar la felicidad, la alegría, el placer o la relajación más que la creencia, o más bien la urgencia, que sentimos de terminar algo.
 
Esta creencia corresponde a la visión de la vida como si fuera una escalera que debemos subir, donde cada peldaño es un objetivo cumplido. Obviamente, la sociedad está estructurada de tal manera que confirma esta imagen, basta pensar en los diferentes diplomas que vamos obteniendo a medida que avanzamos de nivel en la escuela. Sin embargo, a menudo lo que recordamos de esos años es a aquel profesor genial, a los amigos o cómo nos divertíamos. Por tanto, es comprensible que nos preguntemos si realmente estamos enfocando bien la vida.


La vida es eso que pasa mientras estamos ocupados haciendo otros planes

 
El concepto que tengas de la vida determinará cómo vivas y, sobre todo, con qué espíritu enfrentarás las diferentes situaciones que encontrarás a tu paso. No se trata de una idea meramente filosófica sino que tiene implicaciones muy prácticas para la vida cotidiana.

Particularmente, me gusta pensar en la vida como un río que fluye constantemente y en la que muchos proyectos, objetivos y metas se van yuxtaponiendo, aunque todos terminan siendo arrastrados por la corriente, formando parte de nuestro pasado. Eso significa que la vida no es una carrera hacia la meta, no es una competencia para ver quién ha logrado más méritos sino un fluir de experiencias, algunas veces agradables, otras no tanto, pero siempre valiosas.

 
Quien no entiende la diferencia corre el riesgo de vivir apresurado, siempre a la espera de los “años buenos”, que probablemente nunca llegarán, porque están transcurriendo justo ahora. La buena noticia es que eres tú quién decide cómo afrontarlos: en una carrera angustiosa hacia una meta inexistente o en un suave fluir en el que cada experiencia cuenta.
 
Una reflexión de Charles Chaplin es particularmente iluminadora:
 
“Cuando me amé de verdad comprendí que, en cualquier circunstancia, yo estaba en el lugar correcto, en la hora correcta y en el momento exacto, entonces pude relajarme.
 
Hoy sé que eso tiene un nombre… Autoestima
 
Cuando me amé de verdad, dejé de desear que mi vida fuera diferente y comencé a aceptar todo lo que acontece y contribuye a mi crecimiento.
 
Eso se llama… Madurez
 
Cuando me amé de verdad, dejé de temer al tiempo libre y desistí de hacer grandes planes, abandoné los mega-proyectos de futuro. Hoy hago lo que encuentro correcto, lo que me gusta, cuando quiero y a mi propio ritmo.
 
Hoy sé que eso es… Simplicidad
 
Cuando me amé de verdad, desistí de quedarme reviviendo el pasado y preocupándome por el futuro. Ahora, me mantengo en el presente, que es donde la vida acontece.
 
Hoy vivo un día a la vez. Y eso se llama… Plenitud

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Enséñales a los niños cómo pensar, no qué pensar

Un maestro sufí tenía la costumbre de contar una parábola al terminar cada lección, pero los alumnos no siempre entendían el mensaje de la misma.

– Maestro – le dijo en tono desafiante uno de sus estudiantes un día -, siempre nos haces un cuento pero nunca nos explicas su significado más profundo.

– Pido perdón por haber realizado esas acciones – se disculpó el maestro-, permíteme que para reparar mi error, te brinde mi rico durazno.

– Gracias maestro.

– Sin embargo, quisiera agradecerte como mereces. ¿Me permites pelarte el durazno?

– Sí, muchas gracias – se sorprendió el alumno, halagado por el gentil ofrecimiento del maestro.

– ¿Te gustaría que, ya que tengo el cuchillo en la mano, te lo corte en trozos para que te sea más cómodo?

– Me encantaría, pero no quisiera abusar de su generosidad, maestro.

– No es un abuso si yo te lo ofrezco. Sólo deseo complacerte en todo lo que buenamente pueda. Permíteme que también te lo mastique antes de dártelo.

– ¡No maestro, no me gustaría que hicieras eso! – se quejó sorprendido y contrariado el discípulo.

El maestro hizo una pausa, sonrió y le dijo:

– Si yo les explicara el sentido de cada uno de los cuentos a mis alumnos, sería como darles a comer fruta masticada.

Desgraciadamente, muchos maestros y padres piensan que es mejor darles a los niños las frutas perfectamente cortadas y masticadas. De hecho, la sociedad y las escuelas están estructuradas de tal forma que se enfocan más en la transmisión de conocimientos, de verdades más o menos absolutas, que en enseñarles a los niños a pensar por su cuenta y sacar sus propias conclusiones.

Los padres, educados en este esquema, también lo repiten en casa ya que todos tenemos la tendencia a reproducir con nuestros hijos las pautas educativas que utilizaron con nosotros, aunque no siempre somos conscientes de ello. 

Sin embargo, enseñarle a un niño a creer a ciegas en supuestas verdades sin cuestionarlas, enseñarles lo que deben pensar implica arrebatarles una de sus capacidades más valiosas: la capacidad para autodeterminarse.

Educar no es crear sino ayudar a los niños a crearse a sí mismos

La autodeterminación es la garantía de que, elijamos lo que elijamos, seremos nosotros los protagonistas de nuestras vidas. Podremos equivocarnos. De hecho, es muy probable que lo hagamos, pero aprenderemos del error y seguiremos adelante, enriqueciendo nuestro kit de herramientas para la vida.

Desde el punto de vista cognitivo, no existe nada más desafiante que los problemas y los errores ya que estos no solo demandan esfuerzo sino también un proceso de cambio o adaptación. Cuando nos enfrentamos a un problema se ponen en marcha todos nuestros recursos cognitivos y, a menudo, esa solución implica una reorganización del esquema mental.

Por eso, si en vez de darles verdades absolutas a los niños les planteamos desafíos para que piensen, estaremos potenciando la capacidad para observar, reflexionar y tomar decisiones. Si enseñamos a los niños a aceptar sin pensar, esa información no será significativa, no producirá un cambio importante en su cerebro sino que simplemente se almacenará en algún lugar de su memoria, donde poco a poco se irá difuminando.

Al contrario, cuando pensamos para solucionar un problema o intentamos comprender en qué nos equivocamos se produce una reestructuración que da lugar al crecimiento. Cuando los niños se acostumbran a pensar, a cuestionar la realidad y a buscar soluciones por sí mismos, comienzan a confiar en sus capacidades y enfrentan la vida con mayor seguridad y menos miedos.

Los niños deben encontrar su propia manera de hacer las cosas, deben conferirle sentido a su mundo e ir formando su núcleo de valores. 


¿Cómo lograrlo?

Una serie de experimentos desarrollados en la década de 1970 en la Universidad de Rochester nos brinda alguna pistas. Estos psicólogos trabajaron con diferentes grupos de personas y descubrieron que las recompensas pueden mejorar hasta cierto punto la motivación y la eficacia cuando se trata de tareas repetitivas y aburridas pero pueden llegar a ser contraproducentes cuando se trata de lidiar con problemas que demandan la reflexión y el pensamiento creativo. 

Curiosamente, las personas que no recibían premios externos obtenían mejores resultados en la resolución de problemas complejos. De hecho, en algunos casos esas recompensas hacían que las personas buscaran atajos y asumieran comportamientos poco éticos ya que el objetivo dejaba de ser solucionar el problema, para convertirse en obtener la recompensa.

Estos resultados llevaron al psicólogo Edward L. Deci a postular su Teoría de la Autodeterminación, según la cual para motivar a las personas y a los niños a que den lo mejor de sí, no es necesario recurrir a recompensas externas sino tan solo brindar un entorno adecuado que cumpla con estos tres requisitos:

  1. Sentir que tenemos cierto grado de competencia, de manera que la tarea no genere una frustración y una ansiedad exageradas.
  1. Disfrutar de cierto grado de autonomía, de manera que podamos buscar nuevas soluciones e implementarlas, sintiendo que tenemos el control.
  1. Mantener una interacción con los demás, para sentirnos apoyados y conectados.

Por último, os animo a disfrutar de este corto de Pixar, que se refiere precisamente a la importancia de dejar que los niños encuentren su propio camino y no darles respuestas y soluciones predeterminadas.

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¿Qué revela el recuerdo más antiguo de la infancia de ti?

¿Cuál es tu primer recuerdo de la infancia? ¿Te has preguntado alguna vez por qué es ese recuerdo y no otro?
 
Las investigaciones indican que los primeros recuerdos de la mayoría de las personas datan de los tres años y medio, antes de ese tiempo se produce lo que se conoce como “amnesia infantil“. Sin embargo, estudios más recientes realizados con niños sugieren que sus primeros recuerdos probablemente son más antiguos pero que al crecer los vamos olvidando y nuestras primeras experiencias provienen de los seis años.
 

Dime de qué cultura eres y te diré cuál es tu primer recuerdo

 
Los recuerdos tempranos varían mucho en cuanto al contenido: podemos recordar ese juego que tanto nos gustaba, aquella vez en que nos hicimos daño o cuando nos mudamos. Sin embargo, lo curioso es que esas primeras memorias están profundamente mediatizadas por la cultura.
 
Un estudio muy interesante realizado en la Memorial University of Newfoundland desveló que los niños canadienses eran más propensos a recordar sus primeras experiencias de juego solitario y las transiciones personales, como cuando comenzaron el colegio o se mudaron de casa. Al contrario, los niños chinos solían recordar más las interacciones familiares y escolares. Obviamente, el entorno en el que crecemos determina la importancia que le daremos a unas u otras experiencias, en dependencia de los valores que se promueven.
 

¿Por qué recordamos algunas experiencias y no otras?

 
Aún no se sabe a ciencia cierta por qué algunas experiencias ocupan un lugar especial en nuestra memoria mientras otras se borran. No obstante, no queda duda de que los recuerdos más tempranos de la infancia que tienen los adultos se refieren a acontecimientos con un gran significado emocional, algunos son eventos negativos, como los accidentes y las lesiones sufridas, otros son experiencias felices como un día de fiesta o de excursión. 
 
De hecho, las investigaciones más recientes indican que nuestros primeros recuerdos podrían no ser experiencias al azar sino que reflejan los detalles más significativos de nuestra infancia o incluso representan una parte de nosotros que nos interesa conservar. Por eso, se afirma que más allá del impacto emocional, para que una experiencia se consolide y perdure en nuestra memoria es fundamental que tenga cierta coherencia.
 
Esto significa que una experiencia será más memorable en la misma medida en que creamos que es más importante para nuestra vida. Por ejemplo, un hombre de negocios puede recordar la primera vez que habló delante de su clase mientras que una activista por los derechos de los animales puede recordar una experiencia de la infancia con los animales que le haya marcado e inspirado.
 
Por tanto, en realidad esos primeros recuerdos autobiográficos no se deben simplemente al azar y no se limitan a reflejar el camino que hemos recorrido en nuestras vidas sino que también indican en quién nos hemos convertido. Esas primeras memorias no solo son un reflejo de la influencia del contexto cultural y social en el que crecimos sino que también indican el impacto emocional que tuvo nuestra infancia.
 
Además, esos recuerdos también se convierten en la materia prima que utilizamos para configurar nuestra identidad, nuestro “yo”. La persona que somos se debe, al menos en parte, a los acontecimientos que nos moldearon, a cómo los enfrentamos e incluso a cómo elegimos recordarlos ya que la memoria no es una copia fidedigna de lo ocurrido sino que se reinventa continuamente.
 
Por consiguiente, muchos de los recuerdos de nuestra infancia en realidad son datos que decidimos retener, ya sea de forma consciente o inconsciente, porque son importantes para comprender quiénes somos y por qué estamos en este punto de nuestra vida. Esos recuerdos le dan sentido al “yo” que hemos construido, ayudándonos a atar los cabos sueltos y a reafirmar nuestra identidad.
 
Por una parte, esos recuerdos son positivos ya que nos permiten mantener cierta coherencia, pero también pueden convertirse en obstáculos que nos impidan crecer, sobre todo cuando se trata de memorias traumáticas. En esos casos, debemos tener presente que no podemos regresar y reescribir nuestra infancia, pero podemos elegir con qué recuerdos nos quedamos. Por supuesto, no se trata de intentar borrarlos pero sí de revalorar su impacto emocional. El pasado nos ayuda a entendernos, pero no tiene por qué definirnos y, sobre todo, no tiene por qué escribir nuestro futuro.web original:http://www.rinconpsicologia.com/

La paradoja humana: Perder la salud por ganar dinero y perder el dinero para recuperar la salud

Lo que más me sorprende es el ser humano. Sacrifica su salud para poder ganar dinero. Y luego sacrifica su dinero para poder recuperar su salud. Está tan ansioso por su futuro que no disfruta del presente y, como resultado, no vive en el presente ni en el futuro. Vive como si nunca fuera a morir y muere como si nunca hubiera vivido”.
 
Esta cita se le atribuye al Dalai Lama, aunque todo parece indicar que en realidad no es suya. Sin embargo, sea quien sea el autor, encierra una enorme verdad que olvidamos a menudo y solo recordamos cuando ya es demasiado tarde.
 

¿Cómo perdimos la perspectiva en el camino?

 
Cuando somos pequeños tenemos una especie de radar para la felicidad. Sabemos qué nos hace felices, cosas muy sencillas, como estar con nuestros padres, correr, comer algo que nos guste, descubrir un sitio nuevo… 
 
Sin embargo, a medida que crecemos la sociedad nos va alejando de esas cosas que tanto disfrutábamos. Así, nos vemos obligados a dedicarle cada vez más tiempo a actividades que no nos agradan tanto, mientras vemos cómo el tiempo que antes dedicábamos a lo que nos hacía felices se reduce.
 
Poco a poco, la sociedad nos va imponiendo sus propios objetivos. Nos va transmitiendo la idea de que para ser personas valiosas no basta con ser únicos y disfrutar de esa unicidad en el respeto a los otros sino que es necesario sacar buenas calificaciones y, más tarde, obtener un buen trabajo que pueda satisfacer unas necesidades materiales en continuo aumento. 
 
De esta forma terminamos perdiendo la conexión con nuestro “yo” más profundo, olvidamos lo que antes nos hacía felices y comenzamos a pensar que solo podremos ser felices si somos exitosos, si cumplimos con esos objetivos y seguimos los patrones que ha dictado la sociedad.
 
Como resultado, trabajamos cada vez más, aunque ese trabajo no nos guste ni nos satisfaga, haciendo que cada día se convierta en una tortura que no solo nos arrebata una dosis de bienestar psicológico sino también de salud. Por eso, no es extraño que al cabo de los años terminemos enfermando, y necesitemos emplear todo el dinero que hemos ahorrado para intentar recuperar la salud, a menudo sin lograrlo.
 

Descansar, el nuevo pecado capital

 
Solemos caer en esta paradoja porque damos por descontado nuestra salud, al menos mientras la tenemos, por lo que cada día tensamos un poco más la cuerda, hasta que llega un punto en el que se rompe.
 
También contribuye el hecho de que la sociedad afirme constantemente, sobre todo a través de los mensajes publicitarios, que no podemos parar, que es necesario seguir adelante. Este mensaje crea un sentido de culpa en las personas que simplemente necesitan apartarse del carril rápido y descansar un poco en el arcén para recuperar fuerzas.
 
De esta forma la industria farmacéutica, que alcanza ganancias multimillonarias ya que, como media, por cada dólar invertido obtiene 1.000 de beneficio, nos vende medicamentos que no necesitaríamos si simplemente nos detuviésemos un poco y descansáramos o si cambiáramos nuestro estilo de vida.
 

¿Cuál es la solución? 3 preguntas para reflexionar

 
La clave radica en hacer un alto y adoptar una distancia psicológica. Es obvio que todos necesitamos satisfacer ciertas necesidades básicas, y para lograrlo debemos estar inmersos en la sociedad y la economía global, las cuales intentarán imponer sus reglas.
 
Sin embargo, lo cierto es que la mayoría de las personas no trabaja simplemente para satisfacer sus necesidades básicas sino que va mucho más allá, trabaja para comprar cosas que le han hecho creer que les harán felices o para alcanzar determinadas metas que, en teoría, son deseables, como el éxito y la admiración.
 
En esa carrera las personas pierden a sus amigos, su familia y su salud. Y lo peor de todo es que se dan cuenta cuando ya es demasiado tarde. Algunas preguntas que te ayudarán a reflexionar para no caer en esa trampa mortal son:
 
– ¿Cuánto tiempo de tu vida estarías dispuesto a pagar por ese nuevo producto? Recuerda que cada cosa que compras no vale dinero, sino tiempo de tu vida: el tiempo que has empleado en obtener ese dinero. Por tanto, pregúntate si de verdad quieres gastar tu tiempo en eso.
 
– ¿Es realmente necesario? Muchas de las cosas que hacemos o compramos no son realmente necesarias, nos han hecho creer que lo son, pero no es así. No es necesario tener el último modelo de smartphone y quizá ni siquiera es necesario trabajar tantas horas al día, basta con cambiar nuestro estilo de vida y nuestras prioridades.
 
– ¿Es esta la vida que quiero dentro de 20 años? Imagínate dentro de 10 o 20 años, ¿la vida que llevas ahora es la vida que quieres mantener? Si sigues ese estilo de vida, ¿cómo te ves dentro de una o dos décadas? Recuerda que el futuro se comienza a construir desde el presente, así que si no cambias hoy, es inútil esperar un futuro diferente.

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