5 ventajas insospechadas de ser el hermano menor

El orden en el que nacemos influye en nuestras características de personalidad. De todos los hermanos, los más pequeños generalmente son señalados como más problemáticos, irresponsables y demandantes de atención. De hecho, a menudo los padres no esperan mucho de los hijos menores y ponen sus esperanzas en sus vástagos mayores. A esto se le suma que durante toda su infancia y parte de la adolescencia son un blanco fácil de las bromas y travesuras de sus hermanos mayores. Sin duda, esto terminará moldeando su personalidad y su forma de reaccionar ante las situaciones.
 
Sin embargo, investigaciones recientes demuestran que los hermanos menores en realidad no son la oveja negra de la familia y pueden tener mucho éxito, un éxito que podría estar determinado en gran medida por las situaciones familiares con las que ha tenido que lidiar durante su infancia. 
 
1. Tienen un espíritu más aventurero
 
A diferencia de los primogénitos, quienes normalmente asumen el rol de líder frente a sus hermanos, los más pequeños se ven obligados a encontrar su propio papel, primero en el seno de la familia y más tarde en la vida. 
 
Lo interesante es que para encontrar su lugar y hacer valer sus talentos, los hermanos más pequeños se ven obligados a experimentar y salir de su zona de confort desde muy temprano. Por eso, es probable que se conviertan en personas más abiertas a las nuevas experiencias, dispuestas a asumir retos y a explorar. 
 
2. Son más simpáticos
 
Eddie Murphy, Stephen Colbert, Jennifer Lawrence y Tina Fey tienen dos cosas en común: son los hermanos más pequeños de la familia y son muy simpáticos. Sin embargo, no se trata de una coincidencia.
 
Un estudio realizado en el Reino Unido desveló que los hermanos menores suelen considerarse más divertidos mientras que los mayores se ven a sí mismos como más serios. Una teoría apunta a que esa capacidad para hacer reír a los demás se debe a que los hermanos más pequeños necesitaban llamar la atención de los padres y los demás miembros de la familia, y es probable que aprendieran a hacerlo a base de simpatía.
 
3. Suelen sentirse más relajados
 
Los hermanos menores suelen abrazar un estilo de vida más relajado y lidian mejor con el estrés, lo cual se debe, al menos en parte, a que los padres han adoptado con ellos un estilo educativo mucho más relajado, muestran una actitudlaissez-faire que no tuvieron con el primer hijo.
 
De hecho, los padres suelen comportarse de forma sobreprotectora con los hijos mayores y les sobrecargan de responsabilidades mientras que asumen un estilo más permisivo con los hijos menores. Esto hace que los pequeños se sientan más libres y puedan asumir la vida desde una perspectiva más relajada.
 
4. Son excelentes en las relaciones interpersonales
 
Los primogénitos suelen ser más asertivos, pero los hermanos más pequeños suelen ser más sociables y amantes de la diversión. Una vez más, esta característica se la deben al hecho de que se vieron obligados a encontrar su papel en la familia, a que han tenido que aprender a gestionar por sí solos diferentes situaciones y hasta se han visto obligados a “manipular” un poco a sus padres.
 
Por eso, los hermanos más pequeños suelen ser muy buenos haciendo amigos y hacen gala de una excelente Inteligencia Interpersonal. De hecho, también tienen un don especial para lograr poner a las personas de su parte, lo cual no es extraño ya que en las peleas con sus hermanos probablemente tuvieron que luchar mucho para convencer a sus padres de que la culpa no era suya.
 
5. Son más creativos
 
Como norma, los hermanos mayores suelen tener un cociente intelectual ligeramente superior, pero sus hermanos más pequeños tienen la ventaja creativa. Los últimos que han llegado a la familia a menudo evitan los caminos que ya han recorrido los hermanos mayores, por lo que necesitan desplegar toda su creatividad.
 
Los más pequeños desarrollan nuevos intereses y conocimientos que no se miden en las pruebas de inteligencia convencionales. Por eso, se ha apreciado que los hijos más pequeños prefieren profesiones más creativas, como el diseño, la arquitectura, la escritura o el arte, mientras que los mayores optan por profesiones más convencionales.
 
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Los amigos, una “morfina natural” contra el dolor

Los buenos amigos no solo comparten las risas sino también los malos momentos. Son esas personas que están a nuestro lado cuando más lo necesitamos y nos prestan su hombro para llorar. No obstante, ahora un nuevo estudio llevado a cabo por psicólogos de la Universidad de Oxford indica que el papel de las amistades es mucho más importante de lo que pensábamos ya que, en práctica, son una especie de “analgésico” natural que nos protege del dolor.
 

El experimento de la “posición incómoda”

 
Estos investigadores reclutaron a 101 jóvenes y les pidieron que llenaran un cuestionario sobre sus características de personalidad y relaciones sociales, en el que no solo se indagaba sobre el número de amigos sino también sobre cuánto tiempo pasaban juntos y con qué frecuencia. 
 
Posteriormente, estas personas se sometieron a una prueba del dolor que consistía en mantenerse en una posición incómoda durante el mayor tiempo posible. Obviamente, con el paso de los minutos los participantes comenzaron a experimentar los primeros calambres y luego llegó el dolor.
 
Así los investigadores descubrieron que quienes soportaban mejor el dolor también eran aquellos que tenían más amigos.
 

Nuestro cerebro está programado para ser sociables

 
Los neurocientíficos creen que nuestro cerebro está genéticamente programado para ser sociables. No podía ser de otra forma si nuestros antepasados querían sobrevivir ya que en aquel ambiente hostil era muy difícil que una persona pudiese defenderse por sí sola de los peligros que le acechaban.
 
El mecanismo elegido por la naturaleza para asegurarse de que seamos sociables es el sistema opioide endógeno, en particular la β-endorfina, que desempeña un papel esencial en las relaciones interpersonales.
 
Según la teoría del apego social, el sistema opioide endógeno es fundamental para establecer y mantener los lazos con otras personas. Este sistema se encarga de mantener la motivación social y desempeña un rol esencial en la atribución de valores positivos a las interacciones con los demás. En otras palabras, se encarga de que valoremos positivamente las relaciones interpersonales y nos motiva a establecer nuevos vínculos.
 
Sin embargo, la β-endorfina no solo nos motiva a relacionarnos sino que también genera una sensación de bienestar y tiene una potentísima acción analgésica. Además, se conoce que este neuropéptido tiene una gran afinidad con el receptor μ-opioide. La estrecha relación entre el sistema opioide y el dopaminérgico es lo que hace que las relaciones sociales sean recompensadas de forma natural.
 
De hecho, hace poco neurocientíficos de la Universidad de California descubrieron que cuando a una persona se le suministra naltrexona, un medicamento que bloquea la acción del receptor μ-opioide, disminuye su interés por las relaciones sociales y su satisfacción con las mismas. También se ha apreciado que en los trastornos en los que se encuentran afectadas las relaciones sociales, como el autismo, existe una disfunción del sistema opioide endógeno.
 

Los amigos, una medicina para el alma y el cuerpo

 
Los neurocientíficos creen que si el sistema opioide se encarga de que seamos más sociables, sería lógico suponer que si mantenemos una vida social gratificante, tenemos muchos amigos y pasamos tiempo de calidad con ellos, estaremos estimulando de forma natural la producción de β-endorfina, un analgésico que ha demostrado ser mucho más potente que la morfina que se suministra como medicamento.
 
Por consiguiente, asegúrate de crear a tu alrededor una buena red de apoyo social. Cuida a esas personas que se exponen para sostenerte con sus lazos cuando estás a punto de caer por un precipicio. Esos amigos que te apoyan y, aunque son plenamente conscientes del riesgo que corren por ti, no se espantan. Ese tipo de amigos son la mejor medicina para el alma y el cuerpo. Jamás los dejes ir.
 
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10 cosas condenadas por la sociedad que los padres deben enseñarles a sus hijos

Dicen que los hijos se parecen más a su generación que a sus padres. De hecho, el mundo y la sociedad se empeñan en moldear a los niños para convertirlos en adultos “en serie”, a imagen y semejanza del resto, en un proceso a través del cual les arrebatan parte de su individualidad.

No cabe duda de que todos reflejamos la época que nos tocó vivir y la sociedad en la que hemos crecido. Sin embargo, los padres también pueden poner su granito de arena. Los valores y las actitudes que se aprenden en casa perduran, de una forma u otra, y pueden convertirse en tesoros muy valiosos que guíen a los niños hacia una vida más plena.

 

Las enseñanzas contracorriente que deberías transmitirles a tus hijos

 
1. A ser diferentes. En una sociedad que ensalza la estandarización, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el increíble valor de la diferencia. Que les explicaran que para ser diferentes no es necesario tatuarse, pintarse el pelo de tres colores o colocarse piercings en los sitios más insospechados sino a distinguirse por sus ideas, actitudes y opiniones. Los padres no deberían imponer sus criterios, sino motivar a sus hijos a buscar información y a pensar por sí mismos, deberían instarles a no seguir la tendencia ideológica de turno sino a formarse sus propias ideas, aunque difieran de la masa.
 
2. A respetar a los demás. En una sociedad que marcha a pasos agigantados hacia la deshumanización, me gustaría que los padres fueran capaces de enseñarles a sus hijos que no son el centro del universo y que no pasa nada por compartir el mundo con otros 7.300 millones de personas que tienen sus mismos derechos. Si los niños aprenden desde pequeños que sus decisiones, actitudes y comportamientos pueden matar las ilusiones y los sueños de los demás, se convertirán en adultos más sensibles. Por eso, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tratar a los demás como les gustaría que les trataran. Con eso bastaría para que el mundo de mañana fuese un poco mejor.
 
3. A apasionarse. En una sociedad donde cada vez más personas viven con las cabezas metidas en las pantallas y pasan horas en mundos virtuales, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que el mundo que se puede oler y tocar está esperándoles, al alcance de su mano. Me gustaría que los padres alimentaran la curiosidad innata de los niños hasta convertirla en una auténtica pasión. No importa hacia qué, la botánica o la astrología, basta con que puedan entusiasmarse y vibrar por algo que enriquezca su vida y que esta no se limite simplemente al trabajo o a hacer y desear lo que hacen y desean los demás. Ese sería un regalo extraordinario.
 
4. A luchar por lo que quieren. En una sociedad que crea necesidades ficticias continuamente a través del marketing más agresivo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a establecer sus propias necesidades, a saber cuáles son sus sueños y, sobre todo, a luchar por alcanzarlos. Me gustaría que los padres les dieran las herramientas para no darse por vencidos, que les enseñaran que cada error es un aprendizaje y que los pasos en falso en realidad les acercan a su meta. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a luchar por sus ilusiones, a no dejárselas arrebatar por personas que están demasiado cómodas en su zona de confort y no quieren que los demás crezcan. Solo de esta manera, al final de sus vidas, podrán darse por satisfechos.
 

5. A asumir su responsabilidad. En una sociedad donde la responsabilidad se diluye nivel por nivel y todos la rehuyen como si fuera la peste, porque es más fácil culpar a los demás que hacer examen de conciencia, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tomar las riendas de su vida y asumir la responsabilidad por sus acciones. Me gustaría que les enseñaran que muchas veces, para obtener algo, es necesario hacer sacrificios. También deberían enseñarles a no culpar al destino, a la suerte o a los demás por sus errores, y a pedir perdón cuando se equivocan.

6. A no juzgar a los demás. En una sociedad donde todo está perfectamente etiquetado y catalogado, donde la comparación se convierte en un arma de doble filo, es difícil no emitir juicios de valor. Sin embargo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a no juzgar a los demás, a no creerse superiores y, sobre todo, a no burlarse de ellos. Nadie puede comprender realmente a otra persona hasta que no ha caminado con sus zapatos durante mucho tiempo. Por eso, educar a los niños en la aceptación y la comprensión les enseñará a ser humildes, pero también les preparará para defender sus derechos y no permitir que los demás pasen por encima de ellos.
 

7. A asumir riesgos. En una sociedad que nos ha transmitido la idea errónea de que podemos tener todo lo que deseemos sin renunciar a nada y con el mínimo esfuerzo posible, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que cada decisión siempre implica una renuncia, en uno u otro sentido, porque por cada camino que elegimos, siempre hay un camino que abandonamos. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a aceptar que existe la posibilidad de perder, así dejarán de tenerle miedo al fracaso y podrán asumir nuevos desafíos con la menta abierta y el corazón dispuesto.

8. A ser flexibles. En una sociedad azotada por la rigidez, tanto a nivel político como religioso y de pensamiento, una lacra que provoca continuamente nuevos conflictos, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a ser flexibles, a comprender que todo está en continuo movimiento y que la inmovilidad es tan solo una falsa ilusión. Al enseñarles a ver la vida en movimiento también les animan a abrazar la incertidumbre, a abrirse a los acontecimientos y estar preparados para afrontarlos. De esta forma los niños también aprenderán a priorizar y sabrán cuándo es el momento de cambiar sus metas y redirigir sus esfuerzos en otra dirección. 

 
9. A dar sin pretender nada a cambio. En una sociedad donde la mayoría de las personas piensan que una mano lava la otra y ambas limpian la cara, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a dar sin esperar nada a cambio, por el simple placer que implica ser generosos. No se trata de convertirlos en personas serviles, sino en enseñarles el increíblevalor de la generosidad y de estimular el deseo de compartir. También se trata de enseñarles su valor como personas, para que no se dejen comprar, sobornar ni pretendan pasar por encima de los demás.
 

10. A asumir que la vida no es justa. En una sociedad que muchas veces premia a quien menos lo merece y que destilapositivismo ingenuo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el valor del realismo, que les enseñaran a levantarse cada vez que caen. Educar en la resiliencia significa enseñarles que la vida no siempre será justa, pero a pesar de ello vale la pena seguir avanzando porque esos reveses pueden hacerles más fuertes. De esta forma aprenderán a no lamentarse cada vez que surja un problema sino que pondrán manos a la obra para encontrar una solución.

Por supuesto, el camino no es sencillo y es probable que te equivoques mientras lo recorres pero lo más importante es educar desde la humildad, el respeto y el amor, teniendo en cuenta que una vez que una mente se abre a una nueva idea, jamás vuelve a ser la misma. Por tanto, disfruta de tus hijos e intenta sacar la mejor versión de ellos, esas cualidades que los hacen únicos y especiales.

 

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​¿Por qué algunos niños pueden ser capaces de matar?

 ​¿Por qué algunos niños pueden ser capaces de matar?
 

José Rabadán, tenía 16 años y mató a sus padres y a su hermana, disminuida psíquica, con una katana, porque pensó que de esa forma podría hacer su vida tranquilo. Raquel e Iria, de 17 y 16, mataron a una compañera de clase porque querían descubrir lo que se sentía al matar y hacerse conocidas.

Javier Rosado, de 21 años, junto con un amigo de 17, mató a un transeúnte seleccionado al azar. “El Nano”, de 13 años mató de una pedrada a un amigo de 10, porque éste último le había insultado. Antonio Molina, de 14 años arrojó a su hermanastra de 6 por una tubería de distribución de agua donde murió asfixiada, porque sentía celos de ella. Enrique Cornejo y Antonio Aguilar, de 16 años ambos, violaron y apuñalaron a un niño de 11.

Niños asesinos: datos y explicación desde la Psicología

A pesar de que cada caso es único y cada autor tuvo motivos distintos para llevarlos a cabo, todos tienen elementos comunes: los crímenes fueron cometidos por menores de edad y tuvieron lugar en España.

Por supuesto, los mencionados no son los únicos casos de asesinatos llevados a cabo por menores que han ocurrido en el país, existen más, aunque estos han pasado a la historia por la violencia ejercida y las motivaciones de los autores.

¿Por qué un menor de edad comete un crimen de esta magnitud?

Resulta escalofriante pensar que desde una edad tan temprana,  los menores pueden llegar a cometer actos de tal violencia, como la manifestada en los casos expuestos anteriormente y la pregunta que nos hacemos ante estos hechos es: ¿Cómo puede llegar un menor a experimentar tales actos de violencia?

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Evidencias científicas: desde la personalidad hasta los conflictos emocionales

Los expertos que estudian estos fenómenos violentos alegan diversas causas. Echeburúa relata dos posibles hipótesis al respecto, una de ellas defiende una impulsividad extrema causada por un daño cerebral que afecta a los mecanismos que regulan la conducta y, la otra, hace referencia a una vulnerabilidad de tipo biológico o psicológico.

Por su parte, el profesor de la Universitat de Barcelona  Antonio Andrés Pueyo alude a factores de personalidad y de oportunidad. Este autor defiende que en determinadas situaciones emocionales se desencadenan una serie de actos violentos que pueden acabar en un homicidio sin que haya mediado previamente el deseo de matar. Otras teorías afirman que los predictores que explican la violencia en general, también son explicativos para los casos en que se llega al asesinato u homicidio. 

Algunos de estos factores serían: factores perinatales,  estilos educativos y de crianza muy rígidos o permisivos, no haber desarrollado un buen apego en la primera infancia, bajo autocontrol, bajo rendimiento académico, vivir en zonas conflictivas, tener actitudes antisociales, haber sido víctimas de maltrato o abusos sexuales en la infancia, consumo de alcohol y drogas y problemas o trastornos psicológicos, como por ejemplo son: el trastorno de personalidad antisocial o la psicopatía.

Trastornos psicológicos de fondo

En estos últimos, los problemas psicológicos se apoyan otras corrientes teóricas que afirman quelos trastornos psicológicos son los factores que marcan la diferencia entre quienes matan y aquellos que no lo hacen a pesar de estar expuestos a los mismos factores de riesgo (Farrington, 2012).

Otros factores que también han sido objeto de observación son el temperamento de los menores, el desarrollo moral, la autoestima, y la ausencia de empatía, aunque no debe olvidarse, que una adecuada y correcta educación puede minimizar los efectos nocivos que el ambiente y la predisposición genética puedan tener en el menor y reducir de este modo la predisposición a cometer actos violentos.

Dato: 54% de los menores homicidas sufren un desorden de personalidad

Un estudio llevado a cabo en España con niños y adolescentes condenados por homicidio, arroja datos muy reveladores con respecto a este tema: un 54% de aquellos que habían cometido un homicidio padecía un trastorno de la personalidad o conducta antisocial, un 4% había cometido el asesinato bajo los efectos de un brote psicótico y el 42% restante, eran chicos y chicas normales que vivían en familias aparentemente normalizadas.

La conclusión a este fenómeno, como puede observarse, no es clara y la literatura que encontramos al respecto es variada y alude a varios factores que convergen y desencadenan en un hecho de violencia extrema, como el homicidio. Por lo que no podemos hablar aisladamente de oportunidad para el crimen, factores psicológicos, genéticos o ambientales, sino de la confluencia de ellos. Y siempre tener presente, al igual que concluía Heide que los menores asesinos tienden a tener una historia previa de delitos o conductas antisociales.

Nuria Guzmán RamírezNuria Guzmán Ramírez-Psicóloga web origen: psiologiaymente

9 consejos para mejorar la concentración (avalados por la ciencia)

9 consejos para mejorar la concentración (avalados por la ciencia)

Según la Real Academia de la Lengua, la concentración es “la acción y efecto de centrar intensamente la atención en algo”.

Para nuestra vida diaria, es importante aprender a concentrarnos. Tener una buena capacidad de concentración nos ayuda enormemente a ser más efectivos a la hora de realizar cualquier tarea. Las bondades de tener una buena concentración son muchas: aumentan nuestra memoria, nuestra efectividad en la toma de decisiones, nuestra precisión y nuestra agilidad en el reto que tengamos entre manos.

Mejorando la concentración con 9 simples técnicas

Tener una buena concentración está muy ligado a poder retener y recordar mucho mejor. En este sentido, la concentración es una buena virtud para tener una memoria fluida. Si logramos desarrollar la concentración, nuestra memoria también mejorará.

Con este fin, en el artículo de hoy hemos recopilado nueve estrategias y técnicas que pueden ayudarte a mejorar estas capacidades tan útiles para la vida diaria.

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1. Descansa las horas suficientes

Un punto básico:  para poder concentrarnos bien necesitamos estar descansados. Dormir las horas suficientes nos proporcionan la recuperación cerebral y cognitiva necesaria para poder rendir perfectamente al día siguiente. Dormir bien nos proporciona un estado de lucidez en vigilia.

Es un consejo habitual para los estudiantes: el día anterior a un examen, hay que dormir bien. Porque si no se descansa lo suficiente, en el momento del examen vamos a estar dispersos y vamos a tener menos memoria. Durante las horas en que dormimos, el cerebro realiza un “reseteado” de ciertas funciones, preparándonos para que el día siguiente podamos procesar mucho mejor la información y los estímulos. Además, dormir ocho horas es también muy bueno para nuestra memoria a largo plazo.

2. Masca chicle

Puede parecer un poco extraño, pero masticar chicle es bueno para nuestra concentración. Así lo indican distintos estudios científicos: masticar chicle nos ayuda a recordar información en el corto plazo.

Además, puede ser un elemento que nos permita concentrarnos mejor en la tarea que debemos realizar, sobre todo en exámenes y pruebas que precisen de nuestra memoria auditiva y visual.

3. Escribe con papel y bolígrafo

Estamos muy acostumbrados a escribir las cosas en el teclado del ordenador. Es un método de escritura automático y que nos permite muchas cosas positivas, pero no es lo mejor para nuestra concentración ni para nuestra memoria.

Si escribimos a mano, nuestro cerebro hará un esfuerzo superior para concentrarse y recordará más fácilmente los datos y apuntes que salgan de nuestro puño y letra, según ha explicado Lizette Borreli para Medical Daily. Una mejor concentración cuando redactamos las ideas será un apoyo para nuestra memoria a largo plazo. que será capaz de rescatar esos datos días e incluso semanas después. 

4. Gestiona el estrés

¿Eres muy proclive a padecer estrés? Cuando estamos en un estado de tensión vemos muy reducida nuestra capacidad para focalizarnos en algo.

Algunos trucos para gestionar el estrés son tan simples como apretar fuerte el puño o una pelota anti-estrés, durante un minuto. Este acto va a liberar nuestras tensiones por un buen rato. Pero, si sufres un estrés más permanente, lo óptimo será que te pongas manos a la obra para solucionar el problema. Asimismo, es importante que tengamos una buena salud física: mantenerse bien hidratado, realizar deporte a menudo

5. Juega al ajedrez

Si hablamos de aumentar nuestra concentración, el ajedrez es el deporte rey. Este juego nos exige una gran capacidad de concentración para analizar cada situación que se produce en el tablero, tomar decisiones acertadas y anticiparnos a los movimientos del rival. Así lo ha constatado un estudio publicado en Science Direct.

Es una actividad perfecta para desarrollar ambas capacidades, además de nuestra habilidad para el razonamiento lógico y estratégico.

6. Evita distracciones

¿Es un poco obvio, no? Cuando tratamos de concentrarnos en una tarea, es muy buena idea que intentemos evitar que estímulos externos e indeseados nos distraigan. Por ejemplo, si estás estudiando, lo ideal es que lo hagas en silencio, con una luz adecuada, y por supuesto sin el televisor u otra distracción similar de fondo.

Se ha demostrado que el ruido ambiental afecta a nuestro rendimiento si estamos realizando una tarea que requiere concentración (por ejemplo, un examen). Cuando menos ruidoso sea el entorno, más en forma estarán tus habilidades cognitivas.

7. Dibuja mientras estás en clase

Este consejo es bastante contraintuitivo. Cuando estamos asistiendo a una clase magistral o a una conferencia, es buena idea que dibujemos pequeños garabatos en un bloc de notas o cuaderno. Así lo afirma un estudio publicado en la  revista Time.

No es necesario dibujar figuras concretas, cualquier cosa vale. Esto logrará que combatamos el aburrimiento y retendremos mejor aquello dice el profesor.

8. Música de fondo: ¿buena o mala idea?

Escuchar música de fondo cuando estamos enfocados en una tarea puede ser una buena idea. Pero depende de varios factores.

La música tiene la capacidad para estimular nuestra actividad cerebral y cognitiva. Es bastante positivo que, justo antes de empezar a estudiar, escuchemos un poco de música para estimular el cerebro y empezar a ponerlo en marcha. Sin embargo, durante el transcurso de la tarea, es mejor estar en silencio, puesto que la música puede distorsionar la calidad con que retenemos la información. Este efecto negativo de la música hacia nuestra capacidad de atención y concentración  ha sido reportada en varios estudios científicos.

9. Planifica tu rutina

No hay nada que afecte tan negativamente a la concentración como una rutina desorganizada y caótica. Es el noveno punto de la lista, pero seguramente es el más importante.

Hay que planificar y ordenar las prioridades del día a día. Sin contamos con el tiempo necesario para dedicar a cada tarea, evitaremos el estrés, las prisas y los inconvenientes que puedan surgir, y seremos más capaces de dedicar un esfuerzo inteligente y productivo a la tarea.

 

Bertrand RegaderBertrand Regader-Psicólogo educativo | Director de Psicología y Mente Origen: https://psicologiaymente.net