¿Por qué correr despeja la mente?

¿Sufres un bloqueo creativo? Corre. ¿Estás en una encrucijada y no sabes qué decisión tomar? Corre. ¿Te sientes triste, ansioso o enfadado? Corre. Si quieres despejar la mente, correr no falla.
 
Sin duda, hay algo extraordinario en el balanceo de las manos y el movimiento de los pies, que termina sincronizando y atrapando nuestra mente. De hecho, es difícil correr y seguir autocompadeciéndose o recriminándose. Cuando corremos simplemente alcanzamos un grado diferente de lucidez, logramos concentrarnos en el aquí y ahora, logramosestar plenamente presentes. ¿Por qué?
 

Correr estimula el crecimiento de nuevas neuronas

 
Una buena carrera puede hacer que nos sintamos como nuevos y, de cierta forma, se trata de una sensación que no dista mucho de lo que sucede en realidad. Después de tres décadas de estudio, los neurocientíficos han identificado una relación entre el ejercicio aeróbico y la claridad cognitiva que experimentamos luego.

No obstante, el hallazgo más interesante en este sentido se realizó en el campo de la neurogénesis. Hasta hace poco se pensaba que las neuronas del cerebro morían irremediablemente pero más tarde se descubrió que en realidad en el cerebro se producen nuevas neuronas a lo largo de toda la vida. Y la mejor actividad para potenciar el nacimiento de esas neuronas es precisamente el ejercicio aeróbico de intensidad moderada.

Aún más interesante es que muchas de estas neuronas crecen en el hipocampo, una región del cerebro vinculada al aprendizaje y la memoria. Por tanto, esto podría explicar, al menos en parte, por qué correr potencia la memoria. Sin embargo, la clave para aprovechar sus beneficios radica en correr hasta sudar un poco durante una media de 30 a 40 minutos. Solo así podremos estimular el crecimiento de nuevas neuronas.

 

Aumenta el flujo sanguíneo a los lóbulos frontales

 
Correr también es beneficioso en otros sentidos. De hecho, se han registrado cambios en la actividad de los lóbulos frontales, que tienen un papel protagónico en el control de los estados emocionales y la toma de decisiones. Se ha apreciado que cuando las personas realizan actividad física frecuentemente, hasta llegar a convertirse en un hábito, el flujo sanguíneo hasta esta región del cerebro aumenta. Esa podría ser la auténtica razón por la que después de correr podemos pensar con mayor claridad, concentrarnos mejor, encontrar soluciones y tomar mejores decisiones. 
 
De hecho, como estas zonas también intervienen en la regulación emocional, esa podría ser la explicación por la cual podemos controlar mejor nuestras emociones después de haber corrido. Así lo comprobaron psicólogos de la Universidad de Harvard, quienes hicieron que algunas personas corrieran durante 30 minutos y otros realizaran ejercicios de estiramiento, para después ver un drama.
 
Al terminar la película, todos debían indicar cómo se habían sentido. Quince minutos más tarde y media hora luego, volvieron a indicar su estado de ánimo. Asombrosamente, quienes habían corrido se recuperaron más rápido del golpe emocional inflingido por la película.

Esto nos indica que correr no solo es un hábito saludable sino que contribuye a mantener joven el cerebro y nos permite despejar la mente, aligerando el peso de las emociones negativas y ayudándonos a encontrar nuevas perspectivas.

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Para recibir, primero debes aprender a soltar

 
Cuenta una antigua leyenda que un famoso científico acudió a la casa de un maestro zen. Al llegar, se presentó enumerando todos los títulos que había alcanzado y lo que había aprendido a lo largo de sus años de estudio.
 
Después le pidió al maestro que le enseñara los secretos de su filosofía. Por toda respuesta, el maestro se limitó a invitarlo a sentarse y le ofreció una taza de té.
 
Aparentemente distraído, sin dar muestras de preocupación, el maestro virtió té en la taza del científico, y siguió echando té aunque la taza ya estaba llena.
 
Perplejo por aquel desliz, el científico le advirtió al maestro que la taza ya estaba llena y que el té se estaba escurriendo por la mesa.
 
El maestro le respondió con tranquilidad:
 
– Exactamente. Usted ya viene con la taza llena, ¿cómo podría aprender algo?
 
Ante la expresión incrédula del científico, el maestro enfatizó:
 
– A menos que vacíe su taza, no podrá aprender nada.
 
Al igual que el científico, a menudo nos aferramos a algunas creencias, hábitos, personas o formas de pensar que nos impiden crecer. Sin embargo, si queremos aprovechar nuevas oportunidades, si queremos recibir los dones que el mundo aún tiene que ofrecernos, primero debemos aprender a soltar. No podemos asir las cosas nuevas si tenemos las manos llenas.
 

Dejar ir es parte de la vida

 
La vida es un cambio continuo, seguir adelante implica que debemos dejar algunas cosas atrás, si no lo hacemos y las acarreamos, solo terminarán siendo un peso inútil que nos impedirá continuar hasta la meta que nos hemos trazado. 
 
Por ejemplo, las personas que se mudan a un nuevo país pero siguen añorando el suyo, repitiendo sus formas de hacer sin aceptar las nuevas costumbres, terminarán siendo infelices. De la misma forma, quien inicia una relación de pareja sin haber olvidado a su ex, terminará condenando esa nueva relación al fracaso.
 
Por supuesto, todas las cosas del pasado no son negativas, algunos recuerdos pueden darnos fuerza en los momentos difíciles y vale la pena conservarlos, pero hay otros lazos emocionales que debemos deshacer, para prepararnos para una nueva etapa. De hecho, en muchos casos soltar no significa renunciar ni olvidar sino simplemente sentirse agradecido por lo vivido y pasar página de manera consciente, eligiendo quedarse con lo bueno y dejando atrás las emociones que no nos aportan nada sino que nos mantienen atascados y hasta nos hacen sentir mal.
 
Lo más interesante es que en la mayoría de los casos no es necesario quemar los puentes detrás de nosotros porque dejar ir no siempre significa cortar definitivamente con una persona o con nuestro pasado, sino hacer las paces con nosotros mismos. Implica reformular nuestras ideas y, sobre todo, nuestras emociones, soltando la añoranza, el miedo, el rencor o el apego excesivo.
 
En otros casos, soltar adquiere una connotación material. De hecho, sin darnos cuenta nos apegamos a muchas cosas que nos brindan una falsa sensación de seguridad. Por eso, un buen ejercicio para aprender a soltar implica deshacerse de todas esas cosas que realmente no necesitamos y que solo ocupan un lugar en nuestro hogar para hacer que no nos sintamos solos.
 

La magia de vaciar la taza de vez en cuando

 
Nuestra sociedad nos impulsa a consumir, y eso significa acaparar cosas e incluso relaciones. Sin embargo, de vez en cuando es necesario vaciar nuestra taza. Cuando lo hacemos de manera consciente ocurre un auténtico milagro porque al romper esos lazos que nos ataban podemos aprovechar realmente las nuevas oportunidades que se nos presentan. Cuando decidimos dejar atrás las cosas que nos limitan, nos estamos dando la oportunidad de ampliar nuestro “yo” hasta universos insospechados.
 
Piensa que si te mantienes atado a una relación de pareja dañina, no podrás conocer a una persona que realmente te complemente y te haga crecer. Si te mantienes atado a tus costumbres, no podrás descubrir nuevas formas de hacer las cosas. Si te aferras a los estereotipos, no podrás disfrutar de las maravillas que aporta la diversidad. Si te aferras al odio y el rencor, no podrás amar plenamente.
 
No olvides que la vida está en constante cambio y solo cuando tienes las manos vacías, podrás aferrar las nuevas oportunidades que se te presentan. 
 
Algunas de las cosas que debemos aprender a dejar ir son:
 
– La necesidad de controlarlo todo, fundamentalmente a las personas que nos rodean. Sé y deja ser. 
 
– La necesidad de tener siempre la razón, porque de esta manera no aprenderemos nada nuevo sino que nos aferraremos a nuestra forma de comprender el mundo.
 
– La necesidad de aferrarse al pasado, porque de esta manera no podremos caminar con paso ligero hacia el futuro.
 
– Los sentimientos dañinos, como el odio, la ira y el rencor, porque nos impedirán amar y disfrutar plenamente del presente.
 
Recuerda que la felicidad siempre es una decisión personal y que la vida está llena de oportunidades increíbles, pero debemos estar preparados para aprovecharlas.
 
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Complejo de inferioridad: Tú más que yo, yo menos que tú

Todos comparamos. De hecho, la comparación es una de las tareas básicas del pensamiento. Cuando somos pequeños aprendemos a conocer el mundo mediante la comparación. Mientras comparamos nos formamos una idea más precisa de lo que nos rodea.
 
Sin embargo, el problema comienza cuando nos comparamos con los demás y realizamos juicios de valor con los que terminamos menospreciándonos. Entonces surge el complejo de inferioridad y nos sentimos más pequeños y miserables que los demás, menos valiosos y capaces que los otros.
 

¿Qué es el complejo de inferioridad?

 
El complejo de inferioridad designa a una persona que tiene una baja autoestima y la sensación permanente de no estar a la altura de los demás.
 
Esta categorización se basa en las ideas de Adler, para el cual existían dos tipos de complejo de inferioridad:
 
– Complejo de inferioridad primario. En este caso el origen se puede rastrear hasta la infancia, cuando el niño experimenta sensaciones de debilidad, indefensión y dependencia. Más tarde esos sentimientos pueden ser reforzados mediante comparaciones negativas con los hermanos, compañeros del colegio o incluso con las parejas románticas.
 
– Complejo de inferioridad secundario. En este caso el origen se encuentra en la adultez y está vinculado a la sensación, a menudo inconsciente, de ser incapaz de alcanzar la seguridad y el éxito. La persona experimenta sentimientos negativos sobre su capacidad y se siente inferior respecto a los demás, a quienes considera personas seguras y exitosas.
 
No obstante, sea cual sea el momento en el que surgió, el complejo de inferioridad se basa en una sobregeneralización, en juicios no racionales sobre nosotros mismos. Esa idea errónea se asienta tanto en nuestra mente que termina influyendo en nuestra vida y en la imagen que tenemos de nosotros mismos.
 

¿Por qué aparece el complejo de inferioridad?

 
La mayoría de las personas que tienen complejo de inferioridad piensan que este se debe a su defecto, a menudo físico, o debido a que no son lo suficientemente competentes en determinados aspectos. Sin embargo, en realidad esa es la excusa.
 
El complejo de inferioridad no surge únicamente por la “diferencia” sino por la incapacidad para gestionar de forma adecuada esa diferencia. No es la diversidad, sino la interpretación que hacemos de esa “diferencia” lo que genera el complejo de inferioridad. De hecho, es posible encontrar a personas que también tienen ese defecto, minusvalía, debilidad o característica especial y no han desarrollado un complejo de inferioridad sino que son seguros de sí.
 
Algunas personas pueden sacarle provecho a ese supuesto “defecto” aprendiendo a ser más resilientes, pero otras se centran en las repercusiones negativas y terminan exacerbando el problema, dejando que este las limite. En este sentido, Henry C. Link afirmó “mientras una persona no lo intenta porque se siente inferior, otra esta ocupada cometiendo errores y mejorando poco a poco”.
 
Obviamente, esa forma de afrontar la “diferencia” depende en gran medida de nuestras creencias, muchas de las cuales fueron transmitidas en la niñez. Por ejemplo, si pensamos que una persona solo puede ser exitosa si ha logrado acumular posesiones y dinero, es probable que nos sintamos fracasados e inferiores si no hemos podido hacerlo. Si pensamos que para ser felices es necesario ser perfectos físicamente, nos obsesionaremos con el aspecto y cualquier pequeño “defecto” puede ser motivo de un complejo de inferioridad.
 
Las personas que han desarrollado un pensamiento blanco y negro, del tipo todo o nada, también son más propensas a subvalorarse ya que no son capaces de apreciar las diferentes tonalidades de la vida. Estas personas, al compararse con los demás, se suelen centrar en lo negativo y casi siempre terminan sintiéndose inadecuadas o en desventaja.
 

El peligro de la sobrecompensación

 
Algunas personas, cuando se sienten inferiores, actúan como si realmente lo fueran, por lo que terminan reafirmando la pobre opinión que tienen de sí mismos. Es una profecía que se autocumple. También suelen aislarse de los demás ya que piensan que todos notarán su “defecto” y se burlarán a sus espaldas. En algunos casos incluso pueden desarrollar miedos o fobias. Se convierten en personas dependientes, que necesitan a alguien más fuerte a su lado que les brinde apoyo emocional permanente.
 
En otros casos, las personas con complejo de inferioridad reaccionan activando inconscientemente un mecanismo de sobrecompensación. Es decir, se esfuerzan por compensar ese “defecto” planteándose una meta prácticamente imposible de alcanzar que les obsesiona y termina provocando más problemas.
 
De hecho, es importante distinguir entre la compensación y la sobrecompensación. La compensación implica simplemente desarrollar algunos recursos para compensar una deficiencia. En este caso la persona es consciente de su problema y trabaja para compensarlo, potenciando otras habilidades y competencias. 
 
La sobrecompensación va un paso más allá, se trata de querer sentirse superior. Las personas que ponen en práctica un mecanismo de sobrecompensación suelen mostrar comportamientos extremos, intentan sobresalir en algunos ámbitos a como dé lugar, proyectando una falsa imagen de seguridad. Por ejemplo, un hombre que tenga un complejo de inferioridad relacionado con su masculinidad, puede reaccionar con actitudes misóginas que devalúan a las mujeres. 
 
Otro problema de la sobrecompensación es que normalmente ocurre a nivel inconsciente. Es decir, la persona no acepta que en la base de esos comportamientos extremos en realidad se esconde un sentimiento de inferioridad. Obviamente, de esta forma termina sumiéndose en un círculo vicioso que no le permite crecer. De hecho, aunque estas personas logren alcanzar ciertos resultados o incluso sobresalgan en determinadas áreas de la vida, nunca llegan a sentirse mejor, porque no superan el complejo de inferioridad que se encuentra en la base.
 

¿Cómo superar el complejo de inferioridad?

 
Repetirse mil veces delante del espejo frases positivas no sirve de nada. De hecho, un estudio realizado por psicólogos de las universidades de California y de Yale indica que las personas que tienen una baja autoestima se sienten peor cuando se repiten frases como “me acepto totalmente” o “tendré éxito”. Y es que no resulta tan fácil engañarse a sí mismo.
 
Superar el complejo de inferioridad demanda un trabajo mucho más profundo a nivel psicológico. 
 
1. Determina en qué te sientes inferior. El primer paso para solucionar un problema consiste en saber que existe, en hacer consciente esa dificultad. Si tienes un complejo, encuentra esa parte de ti que no te gusta.
 
2. Valora el alcance de los daños. El complejo de inferioridad suele comenzar por una deficiencia, debilidad o defecto pero poco a poco se extiende a toda tu personalidad. Valora cómo ha afectado ese sentimiento tu vida. No se trata de buscar razones para deprimirse sino de comprender hasta qué punto ese complejo te ha limitado. 
 
3. Empieza a pensar en términos de diversidad. Ser inferior respecto a algo implica una comparación, en la que a menudo usamos patrones demasiado rígidos. En vez de compararte con los demás, sería conveniente que comenzarás a ver la vida en términos de diversidad. No se trata de ser mejores o peores, sino precisamente de resaltar lo que nos hace únicos y diferentes. 
 
4. Céntrate en lo que puedes mejorar. Llorar sobre la leche derramada es contraproducente. Todos tenemos puntos débiles y limitaciones, si no podemos ir más allá en algunos campos, lo mejor es centrarse en aquellas esferas en las que sí podemos brillar. Por supuesto, no debemos obsesionarnos con ello, para compensar un “defecto”, sino simplemente para encontrar la satisfacción y la felicidad. Recuerda que no tienes que demostrarle nada a nadie, solo tienes que asegurarte de desarrollar las capacidades que te hagan feliz.
 
5. Sé tú mismo. En una sociedad donde todo está estandarizado y homogeneizado, es normal que muchas personas se sientan mal si perciben que son diferentes. Sin embargo, lo que resulta realmente ilógico es pretender ser igual a los demás porque de esta manera estás matando tu identidad e incluso tu valor como persona. Mira dentro de ti, descubre quién eres y atrévete a ser diferente.
 
Por último, recuerda que en realidad no necesitas muchas cosas para ser feliz. Cuando descubres quién eres te darás cuenta de que muchas de las cosas que anhelabas eran superficiales o utópicas. Te darás cuenta de que no necesitas esas cosas para ser feliz porque la felicidad y la satisfacción no provienen de fuera, sino de dentro.
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Nadie escapa: Tú también puedes ser una persona tóxica

Un viejo refrán afirma que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el ojo propio. Esta idea viene como anillo al dedo cuando nos referimos a las personas tóxicas. Somos capaces de detectar la manipulación, el engaño, la agresividad y la falta de compromiso de los demás pero cuando se trata de apuntar el dedo sobre nosotros, la vara de medir cambia.
 

Sin embargo, ¿de verdad nosotros nunca hemos esparcido sobre los demás nuestro malhumor, no nos hemos comportado como camiones de basura, no hemos manipulado a alguien para obtener algún beneficio? Es difícil creer que no, simplemente porque las personas perfectas no existen y nos otros también nos equivocamos.

El hecho de que no seamos manipuladores expertos al estilo de Maquiavelo, o que no funcionemos siempre en “modo queja” no significa que en determinados momentos no nos convirtamos en auténticos vampiros emocionales, que incluso sin darse cuenta, le roban la energía a quienes están a su alrededor.

 

Miramos más hacia afuera que hacia adentro

 
Claudio Naranjo, psiquiatra y candidato al Premio Nobel de la Paz, afirmó que “el mal de nuestra cultura es que mira más afuera que adentro”. Y también añadió que “la educación debería enseñarnos a mirar hacia adentro. Pero en vez de eso nos han criado para la ceguera”. 
 
Sin duda, poner la responsabilidad fuera de nosotros es muy cómodo. La culpa es del empleado rígido o del que es demasiado permisivo, del compañero de trabajo incapaz o demasiado eficiente, de la pareja que no nos ama lo suficiente o que nos agobia, de la política o de los apolíticos… Siempre hay un buen culpable, un chivo expiatorio que nos ayude a liberarnos de la responsabilidad.
 
Sin embargo, mirar hacia adentro es mucho más complicado, ante todo, porque significa realizar un examen de conciencia, y lo que encontramos no siempre nos gusta. Estamos profundamente polarizados, aunque no nos damos cuenta, por eso los malos son los demás, y los buenos somos, obviamente, nosotros. Y preferimos obviar cualquier pista que ponga en entredicho esa imagen que hemos construido.
 
Por otra parte, mirar hacia adentro implica empezar a asumir nuestras responsabilidades, lo cual significa que comprendemos que podemos hacer algo, aunque sea pequeño, para mejorar. Y a veces eso, simplemente nos da pereza.
 
El autoconocimiento es un camino largo y duro, pero es importante ser conscientes de lo que uno experimenta, siente y expresa. Al inicio puede doler pero tomar conciencia de la agresividad, el dolor, el miedo o las inseguridades nos convierte en mejores personas.
 

¿Cómo alentamos las relaciones tóxicas?

 
A menudo no nos damos cuenta pero cada vez que asumimos el papel de víctimas, nos estamos negando a tomar cartas en el asunto. Al darle la responsabilidad al otro nos negamos a actuar y, como resultado, elegimos el sufrimiento. Es como si nos entregáramos tranquilamente al verdugo. 
 
En el caso de las relaciones tóxicas es lo mismo. En toda relación existen dos roles, por lo que, de cierta forma, también nosotros somos responsables de cómo nos tratan los demás. Por ejemplo, alimentamos una relación de pareja tóxica cada vez que le damos pruebas a la otra persona de nuestra fidelidad cuando esta se muestra celosa sin sentido. Alimentamos una relación tóxica cada vez que le prestamos una atención excesiva a un amigo victimista, cada vez que nos compadecemos de él sin hacer nada para salir de su estado. Alimentamos una relación tóxica cada vez que cedemos, nos adaptamos o nos mostramos sumisos ante una persona dominante y agresiva.
 
Por supuesto, en algunos casos no podremos cambiar las actitudes y comportamientos de esa persona. Pero podemos decidir si caer o no en su juego.
 

La autotoxicidad también es dañina

 
Hay personas que crean una tormenta en un vaso de agua y después se quejan porque llueve. De hecho, hay quienes cuidan mucho sus relaciones interpersonales y siempre están pendientes de respetar al otro y no dañarles, pero se olvidan de sí mismos. Como resultado, esa toxicidad no se expresa, sino que la guardan dentro de sí.
 
Por eso, también es importante asegurarnos de no expandir esa autotoxicidad. Y te comportas de manera tóxica contigo mismo cuando:
 
– Te quedas al lado de una persona que te menosprecia y te trata mal.
 
– Te recriminas por tus errores o eres demasiado exigente contigo mismo.
 
– No atiendes tus necesidades y no te atreves a pedir lo que deseas.
 
– Ignoras tus emociones y, en vez de comprenderlas, decides reprimirlas.
 
– Solo te centras en lo negativo y adoptas una actitud pesimista.
 
– No reconoces tu valor y dejas que sean los demás quienes te valoren.
 

¿Qué hacer?

 
Quizá no siempre podamos evitar comportarnos de forma tóxica porque llevamos sobre nuestras espaldas demasiados condicionamientos. Sin embargo, podemos hacer conscientes esos comportamientos y pedir disculpas, a los demás o a nosotros mismos, según sea el caso.
 
Mirar hacia adentro siempre vale la pena. Y hacerlo con humildad es aún mejor.
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Familias tóxicas: 4 formas en las que causan trastornos mentales

Familias tóxicas: 4 formas en las que causan trastornos mentales 

Una de las instituciones sociales más importantes son las familias, ya que constituyen el núcleo fundamental de socialización y enculturación de los individuos, especialmente en los primeros años de vida. Esto hace que los psicólogos, que nos encargamos de velar por el bienestar emocional y psicológico de las personas, prestemos mucha atención a las distintas relaciones interpersonales que se desarrollan en el seno de las familias.

Familias que generan problemas mentales

La familia no solo es importante para educar a los niños y fomentar su aprendizaje, sino que también genera una serie de hábitos y dinámicas que son de gran interés por su influencia en los trastornos mentales que pueden generar en alguno de sus miembros. De hecho, la psicología observa y estudia con atención las formas de organizarse en sociedad, y la familia, claro está, es uno de los elementos más importantes.

Hay muchos tipos de familias. Familias numerosas, familias de solo dos integrantes, familias estructuradas, desestructuradas, felices, apáticas, violentas… depende mucho de la personalidad de sus miembros y, cómo no, de las circunstancias. Además, cada familia (en el caso de que haya hijos) tiene sus propios estilos educativos: las hay más democráticas y más autoritarias, las hay más abiertas y liberales y también más cerradas e impermeables. El vínculo familiar que se establece entre padres e hijos es clave e influirá sobremanera en la personalidad, las creencias y la salud mental del niño.

Algunas relaciones familiares disfuncionales basadas en la sobreprotección, el abandono, la violencia o la proyección han sido ampliamente estudiadas por los psicólogos para establecer vínculos entre estas formas de relacionarse y la aparición de algunas enfermedades psicológicas y psiquiátricas.

El tabú de la psicopatología en el núcleo familiar

Cuando los psicólogos tratamos estos conflictos y problemas en las familias, es común que recibamos todo tipo de críticas. Vivimos en una cultura donde la familia es una institución cerrada. Los integrantes de cualquier familia recelan mucho de que una persona externa evalúe e intente cambiar dinámicas y hábitos, porque esto es vivido por los miembros de la familia como una intromisión a su intimidad y a sus valores más arraigados. La familia puede ser disfuncional y estar creando problemas mentales en sus miembros, pero sigue costando mucho realizar terapia sin encontrarnos con reticencias y malas caras.

Hay algunas ideas preconcebidas que distorsionan la labor del terapeuta: “Todo tiene que quedar en familia”, “La familia siempre te querrá bien”, “No importa lo que pase, la familia siempre ha de estar unida”. Son frases e ideas muy enraizadas en nuestra cultura y que, aunque aparentemente nos hablan de unidad y de fraternidad, esconden una mirada desconfiada y recelosa ante cualquiera que pueda aportar un punto de vista objetivo sobre estas dinámicas y relaciones familiares (aunque sea con la noble intención de ayudar).

Esta concepción sobre la familia causa mucho dolor, desazón y desesperanza entre las personas que tienen la sensación de que sus familiares no han estado a la altura de las circunstancias, que no han estado a su lado incondicionalmente y ofreciéndoles apoyo. En casos extremos, como en el de haber sufrido algún tipo de maltrato, las consecuencias negativas para el bienestar emocional pueden ser serias.

No todas las familias son nidos de amor, confianza y afecto. Hay familias en las que se generan situaciones de estrés permanente y en la que uno (o varios) de sus miembros causa malestar y sufrimiento a otro(s) miembros(s). Algunas veces puede ser un daño que se hace sin querer, sin mala intención, y en otras pueden existir factores que realmente llevan al odio y a la violencia, física o verbal. En otros casos, el problema no es tan evidente y está más relacionado con el estilo educativo que emplean los padres o el “contagio” de inseguridades o problemas de unos miembros a otros.

Familias tóxicas y su relación con los trastornos mentales de sus integrantes

No es la intención de este texto señalar los errores de los padres y madres, pero sí nos parece oportuno tratar de aportar luz sobre algunos mitos y malentendidos culturales que causan que algunas familias sean un auténtico desastre. La convivencia dentro de una familia tóxica es absolutamente devastadora para cada uno de sus miembros, y esto tiene consecuencias directas con la aparición de ciertas psicopatologías asociadas a tener que lidiar con altas dosis de presión, estrés y hasta malos tratos.

Vamos a conocer un total de cuatro formas en las que las familias tóxicas contaminan a alguno de sus integrantes, pudiendo llegar a causarle trastornos mentales y conductuales.

1. Etiquetas y roles: Efecto Pigmalión y su nefasta influencia en los hijos

Todos los padres, en alguna ocasión, hemos puesto alguna etiqueta a nuestro hijo. Frases como “el niño es muy movido”, “es vergonzoso” o “tiene mal carácter” son una muestra de sentencias que,aunque los adultos no nos demos cuenta, están causando un fuerte impacto emocional a nuestros hijos. Estas frases, dichas una y mil veces en el entorno familiar, acaban por afectar seriamente a los niños.

Aunque no le queramos dar importancia, estas etiquetas afectan a la identidad del niño, a cómo se percibe y se valora a sí mismo. A pesar de que el niño quizá no sea vergonzoso realmente, oír ese adjetivo repetidamente en las personas de su familia, a las que admira, sientan un precedente sobre cómo debe comportarse o actuar, de acuerdo con las expectativas generadas. Esto es lo que se conoce como profecía autocumplida o Efecto Pigmalión, ya que el rol o la etiqueta que los adultos le han impuesto al niño acaba convirtiéndose en una realidad.

Por eso, poner una etiqueta a un hijo es una forma de contaminar su conducta, inculcándole ciertas ideas esencialistas sobre cómo es o cómo deja de ser. Estas etiquetas, para colmo, son fáciles de propagar y suelen ser repetidas hasta la extenuación por profesores, amistades de la familia y vecinos, enquistándose cada vez más en el entorno cercano del niño, lo cual agrava el problema. 

2. Amores que matan

Muchos padres y madres usan una máxima recurrente que repiten a sus hijos siempre: “nadie te va a querer como te queremos nosotros”. Esta frase, aunque puede tener gran parte de razón, frecuentemente hace que muchas personas que se han sentido poco queridas en su entorno familiar asuman que, de alguna manera, no tienen ningún derecho a sentirse mal, puesto que todo lo que hizo su familia fue “por su bien”. Esto, en casos extremos, puede llevar a que no se denuncien situaciones de abuso o malos tratos.

Hay que empezar a redefinir el amor fraternal de una forma más sana. El amor de una familia es obvio, pero hay amores mal entendidos, amores que matan. Compartir genes con alguien no es motivo para que alguien se crea con el derecho de hacerte daño, manipularte o coaccionarte. Ser pariente de alguien tiene que ver con compartir una carga genética y biológica, pero el vínculo emocional va mucho más allá de eso y el primero no es condición indispensable para el segundo, ni tampoco la causa. Las personas vamos madurando y aprendiendo qué familiares tienen nuestro afecto y cariño, y esto no es algo que venga escrito en el libro de familia. 

Sentar las bases de las relaciones familiares en el respeto es el primer paso hacia una mejor comprensión de nuestras identidades y espacios.

3. Padres sobreprotectores

Una de las tareas más difíciles de los padres a la hora de educar a sus hijos es mantener un equilibrio entre establecer normas y hábitos de comportamiento y amar y consentir a los pequeños de la casa. En este caso los extremos no son nada aconsejables, y mientras que algunos padres pecan de negligentes y desatienden a sus hijos, otros son sobreprotectores y están demasiado encima de ellos.

Este estilo de crianza no es positivo en absoluto, ya que el niño no se enfrenta a situaciones sociales o de riesgo controlado por la sobreprotección que ejercen sobre él sus padres, con lo cual no vive las experiencias necesarias para que pueda madurar y afrontar sus propios retos. Bajo este estilo de aprendizaje, la mayoría niños se vuelven algo más inseguros y parados que los demás. Los niños necesitan explorar su entorno, claro está que contando con el apoyo de una figura de apego como el padre o la madre, pero la sobreprotección puede dañar su aprendizaje y la confianza en sí mismos.

Para que el niño pueda desarrollarse y explorar el mundo que le rodea de forma independiente, es necesario que ofrezcamos soporte y ayuda al niño, pero este apego no debe ser confundido con un excesivo control.

4. Deseos e inseguridades proyectadas en los pequeños de la casa

Ser padre no es solo una gran responsabilidad sino también la obligación de cuidar y educar a un ser humano, en toda su complejidad. Nadie está obligado a tener hijos, en nuestras sociedades es una elección personal que puede depender de múltiples factores, como la estabilidad económica o la capacidad para encontrar una pareja ideal, pero al final también es una decisión que tomamos de forma muy personal.

Si tenemos en cuenta esto, tener hijos se puede planificar y por tanto es preciso que tomemos responsabilidad sobre ello. Los hijos no deben servir como una forma de arreglar problemas de pareja, ni de sentirnos respetados por los demás, y mucho menos una forma de trasladar nuestras frustraciones y deseos incumplidos hacia otra persona.

Todos los padres queremos que nuestro hijo sea el más inteligente de la clase y el mejor en los deportes, pero hay que evitar a toda costa que carguen con la presión de nuestros deseos. Si en tu juventud fuiste un jugador de fútbol de segunda división que no pudiste llegar a ser profesional por una lesión, no fuerces a tu hijo a que tenga que ser profesional del fútbol. Tratar de comparar o presionar a un niño para que sea lo que tú quieras que sea no solo le aboca a una situación de vulnerabilidad emocional, sino que puede mermar su autoestima y coartar el libre desarrollo de su personalidad. Déjale que haga su camino y decida por sí mismo, bríndale tu apoyo y los consejos necesarios, pero no proyectes en él lo que tú hubieras querido ser.

Xavier Molina-Psicólogo social

Fuente: https://psicologiaymente.net