Los amigos, una “morfina natural” contra el dolor

Los buenos amigos no solo comparten las risas sino también los malos momentos. Son esas personas que están a nuestro lado cuando más lo necesitamos y nos prestan su hombro para llorar. No obstante, ahora un nuevo estudio llevado a cabo por psicólogos de la Universidad de Oxford indica que el papel de las amistades es mucho más importante de lo que pensábamos ya que, en práctica, son una especie de “analgésico” natural que nos protege del dolor.
 

El experimento de la “posición incómoda”

 
Estos investigadores reclutaron a 101 jóvenes y les pidieron que llenaran un cuestionario sobre sus características de personalidad y relaciones sociales, en el que no solo se indagaba sobre el número de amigos sino también sobre cuánto tiempo pasaban juntos y con qué frecuencia. 
 
Posteriormente, estas personas se sometieron a una prueba del dolor que consistía en mantenerse en una posición incómoda durante el mayor tiempo posible. Obviamente, con el paso de los minutos los participantes comenzaron a experimentar los primeros calambres y luego llegó el dolor.
 
Así los investigadores descubrieron que quienes soportaban mejor el dolor también eran aquellos que tenían más amigos.
 

Nuestro cerebro está programado para ser sociables

 
Los neurocientíficos creen que nuestro cerebro está genéticamente programado para ser sociables. No podía ser de otra forma si nuestros antepasados querían sobrevivir ya que en aquel ambiente hostil era muy difícil que una persona pudiese defenderse por sí sola de los peligros que le acechaban.
 
El mecanismo elegido por la naturaleza para asegurarse de que seamos sociables es el sistema opioide endógeno, en particular la β-endorfina, que desempeña un papel esencial en las relaciones interpersonales.
 
Según la teoría del apego social, el sistema opioide endógeno es fundamental para establecer y mantener los lazos con otras personas. Este sistema se encarga de mantener la motivación social y desempeña un rol esencial en la atribución de valores positivos a las interacciones con los demás. En otras palabras, se encarga de que valoremos positivamente las relaciones interpersonales y nos motiva a establecer nuevos vínculos.
 
Sin embargo, la β-endorfina no solo nos motiva a relacionarnos sino que también genera una sensación de bienestar y tiene una potentísima acción analgésica. Además, se conoce que este neuropéptido tiene una gran afinidad con el receptor μ-opioide. La estrecha relación entre el sistema opioide y el dopaminérgico es lo que hace que las relaciones sociales sean recompensadas de forma natural.
 
De hecho, hace poco neurocientíficos de la Universidad de California descubrieron que cuando a una persona se le suministra naltrexona, un medicamento que bloquea la acción del receptor μ-opioide, disminuye su interés por las relaciones sociales y su satisfacción con las mismas. También se ha apreciado que en los trastornos en los que se encuentran afectadas las relaciones sociales, como el autismo, existe una disfunción del sistema opioide endógeno.
 

Los amigos, una medicina para el alma y el cuerpo

 
Los neurocientíficos creen que si el sistema opioide se encarga de que seamos más sociables, sería lógico suponer que si mantenemos una vida social gratificante, tenemos muchos amigos y pasamos tiempo de calidad con ellos, estaremos estimulando de forma natural la producción de β-endorfina, un analgésico que ha demostrado ser mucho más potente que la morfina que se suministra como medicamento.
 
Por consiguiente, asegúrate de crear a tu alrededor una buena red de apoyo social. Cuida a esas personas que se exponen para sostenerte con sus lazos cuando estás a punto de caer por un precipicio. Esos amigos que te apoyan y, aunque son plenamente conscientes del riesgo que corren por ti, no se espantan. Ese tipo de amigos son la mejor medicina para el alma y el cuerpo. Jamás los dejes ir.
 
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La disculpa perfecta: Los 3 ingredientes que no pueden faltar

Todos cometemos errores, es parte de la vida y del aprendizaje. Sin embargo, cuando nuestros errores afectan a otras personas, debemos intentar reparar el daño causado, o al menos minimizar sus consencuencias. Entonces entran en juego las disculpas. De hecho, una disculpa a tiempo puede evitar males mayores o, al menos, puede servir para indicarle a la persona que realmente sentimos lo que hemos hecho.
 
Sin embargo, no valen las disculpas por compromiso, esas que son tan comunes en la sociedad actual. Para que una disculpa sea realmente eficaz debe provenir de un arrepentimiento sincero. Desgraciadamente, ese tipo de disculpas son las menos comunes.
 

Una sociedad de disculpas automatizadas

 
Desde pequeños nos enseñaron, o más bien nos obligaron, a disculparnos por nuestros errores. Si hacíamos algo mal, nuestros padres nos pedían que nos disculparamos inmediatamente. De esta forma, a menudo nos disculpábamos sin saber qué habíamos hecho mal.
 
De niños, pedimos muchas disculpas solo porque nuestros padres nos “obligaban” a hacerlo, sin explicarnos dónde nos habíamos equivocado. Por tanto, se trataba de disculpas vacías, en las que no había un auténtico reconocimiento de la falta y mucho menos un sincero arrepentimiento. Como resultado, las disculpas se fueron automatizando.
 
Así, muchas personas han llegado a un punto en el que, sin saber muy bien por qué, piden disculpas. Desde pequeños aprendieron a reconocer las señales de desagrado en los demás, gestos muy sutiles que denotaban molestia, y responden ante estos de forma automática pidiendo disculpas, sin asumir una verdadera responsabilidad y sin siquiera ser conscientes de lo que han hecho para causar esa molestia.
 
Quizá la frase que mejor recoge esta situación es: “Te pido disculpas si algo que dije o hice te molestó”. Sin embargo, esta frase solo denota que aún nos comportamos como niños pequeños. 
 
De hecho, sería mucho más maduro y desarrollador preguntar: “¿Te ha molestado algo de lo que he dicho o hecho?
 
De esta forma podríamos comprender dónde nos equivocamos, evitar ese comportamiento en el futuro y, a la postre, si lo consideramos conveniente, ofrecer una disculpa auténtica, que muestre nuestro arrepentimiento sincero.
 

Las disculpas no son tan eficaces como pensamos 

 
Un estudio desarrollado por psicólogos de la London Business School ha demostrado que recibir una disculpa no es tan eficaz como pensamos. Estos investigadores organizaron un juego en el que le dieron diez euros a cada participante y luego les pidieron que trabajarán en pareja. Si esa persona decidía entregarle el dinero a su pareja, este se triplicaría, entonces la pareja decidiría cuánto devolverle. Sin embargo, todo estaba previsto para que la pareja sólo les devolviera 5 euros, para que el participante se sintiera estafado.
 
A continuación, a la mitad de las personas se les ofreció una disculpa mientras que a la otra mitad les pidieron tan solo que imaginarán que recibían una disculpa. Luego, cada persona debía evaluar cuán eficaz había sido la disculpa, tanto la real como la ficticia. Curiosamente, quienes imaginaron la disculpa, le dieron una puntuación mayor: 5,3 puntos. Sin embargo, quienes recibieron la disculpa real la calificaron con unos escasos 3,5 puntos.
 
Este sencillo experimentó confirmó que solemos sobre estimar el valor de una disculpa. Esto no significa que una disculpa sea ineficaz, pero debemos ser conscientes de que en una sociedad de disculpas automatizadas, estas son tan sólo el primer paso para obtener el perdón. De hecho, si una disculpa es realmente honesta puede devolverle la dignidad a la víctima y salvar al transgresor.
 
No obstante, la mayoría de las personas son mejores buscando excusas o negando su error que disculpándose y asumiendo la responsabilidad. Por eso, no es extraño qué los estudios psicológicos indiquen que algunas excusas pueden terminar irritando a los demás.
 

¿Cuáles son los ingredientes de una disculpa eficaz?

 
Khalil Gibran dijo: “Un hombre debe ser lo suficientemente grande como para admitir sus errores, lo suficientemente inteligente como para aprovecharlos y lo suficientemente fuerte para corregirlos”.
 
Un estudio reciente llevado a cabo en la Universidad Estatal de Ohio ha desvelado que este poeta libanés tenía razón. Los componentes más importantes de una buena excusa, para que ésta sea realmente efectiva, son:
 
– Expresión de arrepentimiento
 
– Explicación de lo que ocurrió mal
 
– Reconocimiento de la responsabilidad
 
– Declaración de arrepentimiento
 
– Oferta para reparar el daño
 
– Pedir que lo olvide
 
Sin embargo, entre estos factores hay tres fundamentales, el más importante es el reconocimiento de la responsabilidad. Básicamente, se trata de reconocer que nos hemos equivocado. Obviamente, para ello primero tenemos que ser conscientes de lo que hemos hecho mal, por lo que no vale una disculpa genérica.
 
El segundo factor más importante consiste en intentar reparar el daño ya que de esta forma la persona comprende que realmente estamos dispuestos a hacer algo para subsanar nuestro error. Este aspecto es una declaración de buena voluntad. 
 
En tercer lugar se encuentra la expresión de arrepentimiento, la cual se entiende como una confirmación de que realmente nos sentimos mal. Y se trata del detalle más difícil de fingir ya que no solo se refiere a nuestras palabras y acciones sino que también incluye nuestras expresiones faciales y la postura, las cuales deben indicar que realmente lo sentimos.
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Di lo que te molesta cuando te moleste, no esperes a que sea demasiado tarde

Normalmente, cuando algo me molesta, irrita o daña, lo digo inmediatamente. Expresar esa incomodidad me permite liberarme de ella, al menos en parte. Al contrario, si lo callo, termino sintiéndome doblemente molesta. 
 
Obviamente, todas las personas no reaccionan de la misma manera. Hay quienes prefieren callar. Sin embargo, lo cierto es que el mejor momento para indicar que algo te molesta es ahora mismo. Si esperas, quizá será demasiado tarde y termines recriminándote por lo que no dijiste o dejaste de hacer, encerrándote en un bucle de pensamientos recursivos que te harán daño.
 

¿Por qué es importante expresar nuestra incomodidad inmediatamente?

 
– Porque nadie debe hacernos sentir mal. Si alguien traspasa nuestros límites y nos hace sentir mal, no debemos permitir que siga ocurriendo. De hecho, cuanto antes tomemos cartas en el asunto mejor porque así no echaremos leña al fuego de las emociones negativas. Recuerda que nadie puede hacerte daño sin tu consentimiento, no se lo des.
 
– Porque es importante hacer valer nuestros derechos. Todos tenemos unos derechos elementales, y los demás no deben pisotearlos. Si una persona nos ignora sin motivo, se comporta de manera agresiva o nos humilla, tenemos el derecho a detenerla.
 
– Porque es la forma más rápida de solucionar un problema. Un refrán antiguo dice que “cuando se cae el burro, se le dan los palos”. Cuando indicamos un comportamiento que nos incomoda, el asunto normalmente no tiene mayor trascendencia, se soluciona y termina ahí. Al contrario, si callamos pero seguimos ofendidos, seguiremos acarreando ese problema con nosotros.
 
Recuerda que todo aquello que nos molesta y callamos termina acumulándose en nuestro interior. Si en una relación tragamos un trago amargo detrás de otro, la rabia y la frustración terminarán estallando en el momento más inapropiado y nos harán decir o hacer cosas de las que nos arrepintamos. 
 

La capacidad de autoafirmarse sin herir a los demás

 
La asertividad es una capacidad que nos permite autoafirmarnos sin dañar a los demás. Cuando somos asertivos logramos defender nuestros derechos y expresar lo que sentimos sin herir los sentimientos de las personas que nos rodean. Se trata de defender nuestro espacio, respetando a la vez el espacio ajeno.
 
El principal problema es que cuando algo nos molesta, inmediatamente nos irritamos, nos enfadamos o nos sentimos frustrados. Entonces dejamos que sean esas emociones las que hablen por nosotros y, al reclamar nuestros derechos, terminamos agrediendo a los demás. En vez de autoafirmarnos, terminamos atacando. Y ese no es el objetivo.
 
Por eso, cuando algo nos molesta, irrita o daña, debemos intentar ser lo más asertivos posible. Da un paso atrás, metafóricamente hablando, e intenta desligarte de tus emociones y convertirte en un observador externo. Solo entonces puedes expresar lo que no te gusta.
 
Por ejemplo, puedes decir: “No me gusta que me grites, me hace sentir incómodo. Creo que nos entenderíamos mejor si bajases la voz”. De esta manera no solo expresas tu incomodidad sino que también brindas una solución.
 
Cuando te conduces con ecuanimidad, la otra persona se da cuenta de que ha traspasado ciertos límites. De hecho, es probable que lo haya hecho sin darse cuenta. Pero si te irritas y le gritas, solo lograrás que la situación degenere rápidamente.
 

5 reglas para expresar lo que te incomoda

 
1. Usa expresiones que denoten tu forma de sentir, como “quiero”, “me gusta” o “me siento”. De esta forma logras establecer un vínculo emocional más profundo con la otra persona. Por ejemplo, en vez de decir: “estoy harto de que me grites”, puedes decir: “no me gusta que me grites, cuando lo haces me siento mal”.
 
2. Reconoce lo positivo de tu interlocutor. No se trata de elogiarle porque sí, pero puedes resaltar alguna cualidad positiva, así lograrás que sea más receptivo a tu mensaje. Por ejemplo, puedes decirle: “Normalmente eres una persona muy tranquila, pero ahora me estás gritando”.
 
3. No uses reproches, ironías ni desprecios. Si quieres que los demás respeten tus derechos, también tú debes respetarlos. Eso significa que debemos tratar a los otros como nos gustarían que nos trataran. No recurras a la humillación, las recriminaciones y el sarcasmo para herir a tu interlocutor. Son golpes bajos que no te hacen mejor persona y no conducen a ninguna parte.
 
4. Sé conciso. Muchas personas tienen miedo a perder la aprobación de los demás, por lo que terminan dando vueltas sobre el asunto y, al final, no logran su cometido. Si algo te molesta, preocupa o inquieta, clarifícalo inmediatamente. No tengas miedo a expresar tu opinión. De hecho, es mejor que seas directo para que no des pie a malos entendidos. Por ejemplo, en vez de decir: “siempre te comportas así” puedes ser más específico: “me molesta que me grites”. Recuerda que no se trata de atacar a la persona sino de señalar un comportamiento o actitud que no te agrada.
 
5. Brinda una solución. En muchas ocasiones expresamos cómo nos sentimos pero no somos capaces de vislumbrar una vía de escape, por lo que el problema se queda en un callejón sin salida. De hecho, debemos tener en cuenta que es probable que nuestro interlocutor también se sienta agobiado o frustrado. Por eso, cada vez que indiquemos algo que nos molesta, sería conveniente proponer una solución, indicar otra forma de hacer las cosas. Por ejemplo, puedes decir: “No me gusta que me grites. Te propongo dar un paseo y hablar tranquilamente”.

​10 creencias tóxicas que pueden destruir una relación

 

Cuidado con algunos prejuicios, porque podrían perjudicar tu relación amorosa.

​10 creencias tóxicas que pueden destruir una relación
 
 

En las relaciones de pareja es fundamental sentar las bases materiales para que esta vida en común se pueda desarrollar: elegir un buen piso, hacer cuadrar los horarios de trabajo, repartirse bien las responsabilidades, etc. 

Sin embargo, no es menos cierto que para que la relación llegue a buen puerto es necesario, además de rodearse de objetos y hábitos que permitan apoyarse mutuamente, desarrollar una buena sintonía a nivel psicológico. O lo que es lo mismo, desechar todas las ideas y creencias tóxicas relacionadas con cómo debe ser vivida la vida en común, el papel de cada miembro de la pareja y las intenciones de la otra persona que la mueven a estar con nosotros.

A continuación indico algunas de estas creencias tóxicas, para que a partir de la autorreflexión puedan ser reconocidas y cuestionadas por aquellas personas que las puedan tener aún sin darse cuenta en un inicio.

1. Amor es propiedad

La creencia que lleva a los problemas de celos. Entender que la pareja forma parte de uno mismo sólo sirve para atentar contra su individualidad. Ejemplo: “son las diez de la noche y aún no me ha llamado”.

2. La culpa es suya

Una relación es algo bidireccional, pero hay personas que, cuando aparecen ciertos problemas típicos de la vida en común, culpan a la pareja automáticamente. Esto ocurre porque acostumbra a ser más fácil culpar de algo a un elemento externo a nosotros que buscar en nuestra conducta aspectos que hayan podido desencadenar en conflicto, o que reflexionar sobre si todo se basa en un simple malentendido. En este sentido, cuidado con las personalidades que tienden al victimismo.

3. La lectura de la mente

A veces, una relación de pareja puede confundirse con el conocimiento absoluto de lo que piensa la otra persona. Cuando entendemos que el comportamiento de nuestra pareja es básicamente muy predecible, tenderemos a atribuirle intenciones de manera cada vez más peregrina, hasta llegar al punto de acercarnos al pensamiento paranoico y sospechar constantemente sobre lo que quiere. Ejemplo: “quiere sacar a pasear al perro para estar menos tiempo conmigo”.

4. La lectura de la mente inversa

Como la anterior, pero basada en lo que la otra persona debería saber sobre nosotros y a la práctica demuestra no saber. La creencia de que el amor confiere una especie de poder telepático parece absurda, pero no es rara de encontrar y de tanto en tanto ofrece unas escenas estereotípicas llenas de reproches del estilo: “no sé, tú sabrás” o “haz lo que quieras, ya conoces mi opinión”.

5. La otra persona es mejor que nosotros

El simple hecho de dar por supuesto que la otra persona es más valiosa que uno mismo introduce una asimetría en la relación. Una asimetría que al principio es ficticia y existe sólo en nuestra imaginación, pero que pronto puede transformarse en una descompensación real, en una profecía autocumplida. Por ejemplo, es frecuente acostumbrarse a hacer sacrificios deliberados y muy costosos por el bien de la otra persona, algo que puede hacer que la otra persona se acostumbre a tener un trato especial y a liderar la relación en todos los ámbitos.

6. Tengo que demostrar cosas

Esta creencia está muy relacionada con la anterior. En resumidas cuentas, se trata de la idea de que la relación tiene que mantenerse viva a partir de acciones totalmente planeadas en las que ofrecemos la mejor faceta de nosotros mismos. Se trata de algo parecido a una prolongación indefinida de la etapa de pretender causar una buena primera impresión, y que puede llegar a perdurar hasta años después de estar casados. Esta creencia tóxica atenta frontalmente contra cualquier muestra de espontaneidad en la vida de pareja.

7. La creencia en el superorganismo

Esta puede resumirse en creer que la vida en pareja es algo parecido al culmen de la vida de una persona, una etapa en la que se pierde la propia individualidad y se pasa a formar parte de una entidad más grande, tal y como una oruga se transformaría en una mariposa. El problema de esto es que, por un lado, favorece el aislamiento y el alejamiento de familiares y amigos, y por el otro, esta unión con la otra persona no deja de ser ficticia, con lo cual esta idea no se corresponde con la realidad.

8. Mi pareja me define

Esta creencia puede llegar a ser tóxica si se toma al pie de la letra, ya que tiene el poder de autocumplirse a costa de nuestra propia identidad. Las personas que adoptan una versión extrema de esta creencia cambian de aficiones, de personalidad e incluso de su manera de hablar en función de con quién están saliendo. Las consecuencias negativas de esto tienen que ver con la pérdida de nuestra capacidad de reivindicarnos a nosotros mismos como personas con criterio propio, pero también genera problemas que se sitúan sobre todo en el plano social, ya que las personas que nos conocen pueden ver en esto una especie de fraude.

9. La necesidad del drama

Como a veces se entiende que la relación con la pareja tiene que ser más intensa que nuestras relaciones con el resto de personas, esto puede extrapolarse también al terreno de los conflictos cotidianos. Es posible que se sobredimensiones auténticas minucias, como el hecho de que el regalo que nos ha hecho la pareja no case del todo con nuestros gustos.

10. Da igual lo que haga, es mi pareja

Esta creencia se basa en la idea de que la relación de pareja es, en esencia, una especie de licencia o contrato indefinido. Mientras la relación tenga la etiqueta de “relación de pareja”, los dos involucrados (aunque normalmente solo nosotros) están legitimados para hacer lo que quiera, sin necesidad de tener en consideración los pactos y las responsabilidades acordadas.

Algunas conclusiones…

Por supuesto, la manera en la que he expuesto aquí estas creencias es caricaturesca, para mostrar así claramente las implicaciones destructivas de las líneas de pensamientos y conclusiones precipitadas a las que pueden dar origen. 

En la vida real estas ideas aparecen bastante más disfrazadas, y casi siempre ni siquiera se ha reparado en su existencia de tan básicas y simples que son. La tarea de descubrirlas y afrontarlas también puede ser uno de esos retos que pueden ser emprendidos conjuntamente y que hacen que la vida en común sea más intensa.

Arturo Torres-Psicólogo

Para ser feliz, hay que aprender a ignorar

 

En algunos casos, alejarnos de las personas conflictivas no es una cuestión de comodidad, sino de equilibrio mental. Es cierto que no existen personas enteramente “malas” ni completamente “buenas”. Pensar asi sería extremadamente reduccionista. No obstante, existen personas cuya forma de ser y comportarse simplemente no se complementa con la nuestra y mantener una relación estrecha con ellas solo puede hacernos daño porque sus actitudes nos desequilibran, bloquean o nos impiden realizarnos plenamente como personas.
 
Hay relaciones que, aunque nos aporten determinadas cosas positivas, cuando las colocamos en una balanza, terminan causando más daño que bien. Se trata de relaciones tóxicas que contaminan nuestra vida y terminan contagiándonos emociones negativas que no necesitamos.
 
Desgraciadamente, en la mayoría de los casos esas personas no están dispuestas a cambiar, por lo que solo nos queda una salida: ignorarlas, o más bien, aprender a ignorar algunas de sus actitudes. Porque no tiene sentido sacrificar nuestro bienestar emocional solo para mantener a flote una relación que nos está causando daño.
 

¿Qué debemos aprender a ignorar?

 
1. Las críticas destructivas. Las críticas son positivas, siempre y cuando tengan un objetivo constructivo y nos ayuden a reparar un error o a crecer. Sin embargo, hay personas que solo critican por el placer de criticar y causarle daño a los demás. Si queremos blindar nuestra autoestima, debemos aprender a ignorar esas críticas. Una vez que has detectado a una persona así, que solo hace críticas destructivas, deja de preocuparte por lo que piense sobre ti. Después de todo, sus opiniones no te permitirán crecer sino que tan solo servirán para desestabilizarte.
 
2. Las comparaciones inútiles. Todos tenemos una tendencia innata a comparar. De hecho, se trata de una de las operaciones básicas del pensamiento, gracias a la cual podemos sacar conclusiones. Sin embargo, hay personas que recurren a las comparaciones para manipularnos emocionalmente. Se trata de gente que nunca está satisfecha y siempre compara nuestras decisiones, comportamientos o actitudes con otros, para hacernos quedar mal. Obviamente, si conoces a alguien que siempre menosprecia tus logros, es conveniente que aprendas a hacer oídos sordos de sus opiniones.
 
3. Las preocupaciones sin fundamento. Todos nos preocupamos, pero hay personas que son verdaderos profesionales a la hora de buscar motivos para preocuparse. Se trata de gente que siempre tiene un problema para cada solución, que se centran en los aspectos negativos y siempre están avizorando catástrofes o desgracias. Obviamente, no necesitamos a alguien así en nuestra vida. No se trata de adoptar un optimismo ingenuo que no nos llevará a ninguna parte, pero rodearse de personas que solo ven lo negativo terminará deprimiéndonos y descorazonándonos, sumiéndonos en un estado en el que solo esperamos lo peor. Por tanto, es mejor aprender a ignorar ese tipo de vaticinios.
 
4. Las inseguridades innecesarias. Hay personas que van por la vida como si fueran expertos de todo. Siempre tienen algo que opinar y se encargan de minimizar nuestra opinión, haciéndonos sentir insignificantes. Esas personas generan una profunda inseguridad, que termina socavando nuestra autoconfianza y nos pueden sumir en un estado de bloqueo emocional que nos impida cumplir nuestros sueños. Por eso, procura ignorar ese tipo de comentarios y actitudes, sobre todo cuando no tienen en su base un conocimiento profundo de la situación y no sirven para ayudarte a construir el proyecto que te estás planteando.
 
5. Las culpas erróneas. Hay personas que ven la paja en el ojo ajeno pero no son capaces de percibir la viga en su propio ojo. Esta gente a menudo recurre a la sensación de culpa para manipularnos, haciendo que nos sintamos realmente mal con nosotros mismos, hasta el punto que pueden convertirnos en sus esclavos porque nuestro estado de ánimo y decisiones quedan sometidas a sus deseos. Se trata de gente que reclama continuamente y que jamás está satisfecha. Obviamente, es fundamental aprender a ignorar esos intentos de echarnos la culpa, para no caer en su red.

¿Qué consigues cuando aprendes a ignorar las actitudes dañinas?

 
Cuando aprendes a ignorar todas esas actitudes, te das cuenta de que puedes escuchar tu diálogo interior con más fuerza, que logras conectar con tu “yo” más profundo, para descubrir qué es lo que quieres realmente. Cuando dejas de preocuparte tanto por lo que piensan los demás de ti, comienzas a descubrir lo que de verdad te apasiona.
 
A la vez, te llenas de una energía que no conocías, porque las actitudes de estas personas reclamaban gran parte de tus recursos psicológicos, unos recursos limitados que ahora puedes dedicar a ti mismo, a crecer como persona y a seguir tus sueños.