Si tu hijo olvida los deberes en casa, no se los lleves a la escuela

Prácticamente todos los niños han olvidado alguna vez sus deberes sobre la mesa del comedor o en su escritorio. Se supone que un buen padre debería darse cuenta de ello y llevarle los deberes a la escuela, para que el pequeño no se sienta avergonzado delante de sus compañeros o para evitar que la maestra le reprenda.
 
Sin embargo, cada vez hay más voces que se levantan en contra de este hábito para indicarles a los padres que no es necesario que hagan de cartero o que se conviertan en las agendas ambulantes de sus hijos. Maestros y psicólogos apuntan que cuando esos olvidos se repiten y los padres evitan que los niños asuman las consecuencias de sus despistes, en realidad no le están haciendo un favor sino que le hacen daño.


El regalo que implica la adversidad

 
Para la mayoría de los padres palabras como “error” y “fracaso” suelen ser aterradoras, sobre todo si se refieren a sus hijos, pero en realidad ese profundo rechazo es solo una perspectiva que nos ha inculcado la sociedad. El error encierra una oportunidad de aprendizaje muy valiosa que no deberíamos arrebatar a los niños.
 
Cuando los padres rescatan a sus hijos de las consecuencias de sus errores, despistes o malas decisiones, interrumpen el ciclo natural de aprendizaje. Como resultado, los niños no llegan a madurar completamente sino que desarrollan unadependencia emocional que les impide crear su propia caja de herramientas para la vida.
 
De hecho, un estudio desarrollado en la Universidad de Pensilvania descubrió que la habilidad para recuperarnos de la adversidad y perseverar en nuestras metas es fundamental para tener éxito en la vida. La perseverancia a una edad temprana es uno de los mejores indicadores para saber si un niño terminará los estudios universitarios, mucho más que la inteligencia.
 

La hiperpaternidad genera niños frágiles

 
La seguridad y la confianza que transmitan los padres a sus hijos es fundamental para que estos se sientan seguros explorando el mundo y se formen una imagen tranquilizadora del entorno que les rodea. De hecho, una encuesta a nivel nacional realizada por investigadores de la Universidad Estatal de Pensilvania en más de 100.000 estudiantes de bachillerato desveló que el 55% de ellos sufría ansiedad, el 45% depresión y el 43% mostraba signos de un estrés elevado. Uno de cada seis estudiantes encuestados había sido diagnosticado o tratado por estos problemas a lo largo del último año.
 
Una de las causas de estos problemas es la hiperpaternidad, los niños y adolescentes llegan a la escuela sin haber desarrollado adecuadamente la resiliencia, por lo que no son capaces de tolerar la frustración y lidiar con los problemas. A estos niños les resulta difícil poner en perspectiva las cosas y para ellos una mala calificación puede ser un revés demoledor para su autoestima.
 
De hecho, la hiperpaternidad lo que hace es generar dependencia, por lo que terminará minando la confianza de los niños y les robará la posibilidad de tener éxito en el futuro, cuando sus padres no estén a su lado para resolver sus problemas y enmendar sus errores. Este estilo educativo termina generando niños y adolescentes extremadamente frágiles.
 

La trampa de la protección

 
En la actualidad muchos padres caen en lo que podríamos denominar la “trampa de la protección”. Este efecto fue descubierto por psicólogos de la Universidad Estatal de Arizona, quienes analizaron a 70 niños con edades comprendidas entre los 6 y 16 años que estaban siendo tratados por depresión y ansiedad. Descubrieron que algunas de las estrategias que ponían en práctica los padres para lidiar con los problemas emocionales de sus hijos no eran eficaces. Darles cariño, transmitirles afecto y animarles a enfrentar sus miedos funcionaba, pero adoptar una actitud sobreprotectora terminaba acentuando los síntomas depresivos y ansiosos.
 
El problema de la hiperpaternidad es que los padres no solo evitan que sus hijos cometan errores e intentan que no sufran las consecuencias de sus malas decisiones sino que incluso les ahorran esa dosis de miedo positivo. Sin embargo, lo curioso es que mientras más los niños eviten las situaciones que les atemorizan, más miedo tendrán y menos propensos serán a asumir riesgos en el futuro. 
 
Debemos recordar que la infancia es una etapa crucial para que los niños desarrollen esas habilidades que les permitirán lidiar con la adversidad y con las situaciones que les asustan. Si no desarrollan esas capacidades siendo niños, es probable que se conviertan en adultos excesivamente cautelosos, que tienen miedo a salir de su zona de confort, por lo que no serán capaces de vivir plenamente. 
 

¿Cuál es la solución?

 
No se trata de asumir una postura extremista. Si un día tu hijo olvida los deberes en casa, no hay nada de malo en llevárselos a la escuela. Si necesita ayuda con un proyecto, puedes darle una mano y si tiene problemas con algún compañero de colegio, puedes intervenir. Sin embargo, esta no debe ser la norma.

Es imprescindible que los padres sean capaces de darles a sus hijos la libertad necesaria como para que cometan sus propios errores. Así tendrán que asumir las consecuencias de sus actos y, como resultado, se verán obligados a adaptar su comportamiento, reorganizar sus hábitos y aprender del error.

La clave radica en encontrar un justo equilibrio entre la ayuda y la orientación, la protección y la seguridad, con la autonomía y la independencia. Solo así los niños aprenderán a valerse por sí solos y lograrán confiar en sus capacidades. Ese es uno de los mayores regalos que los padres pueden hacerles.

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Para recibir, primero debes aprender a soltar

 
Cuenta una antigua leyenda que un famoso científico acudió a la casa de un maestro zen. Al llegar, se presentó enumerando todos los títulos que había alcanzado y lo que había aprendido a lo largo de sus años de estudio.
 
Después le pidió al maestro que le enseñara los secretos de su filosofía. Por toda respuesta, el maestro se limitó a invitarlo a sentarse y le ofreció una taza de té.
 
Aparentemente distraído, sin dar muestras de preocupación, el maestro virtió té en la taza del científico, y siguió echando té aunque la taza ya estaba llena.
 
Perplejo por aquel desliz, el científico le advirtió al maestro que la taza ya estaba llena y que el té se estaba escurriendo por la mesa.
 
El maestro le respondió con tranquilidad:
 
– Exactamente. Usted ya viene con la taza llena, ¿cómo podría aprender algo?
 
Ante la expresión incrédula del científico, el maestro enfatizó:
 
– A menos que vacíe su taza, no podrá aprender nada.
 
Al igual que el científico, a menudo nos aferramos a algunas creencias, hábitos, personas o formas de pensar que nos impiden crecer. Sin embargo, si queremos aprovechar nuevas oportunidades, si queremos recibir los dones que el mundo aún tiene que ofrecernos, primero debemos aprender a soltar. No podemos asir las cosas nuevas si tenemos las manos llenas.
 

Dejar ir es parte de la vida

 
La vida es un cambio continuo, seguir adelante implica que debemos dejar algunas cosas atrás, si no lo hacemos y las acarreamos, solo terminarán siendo un peso inútil que nos impedirá continuar hasta la meta que nos hemos trazado. 
 
Por ejemplo, las personas que se mudan a un nuevo país pero siguen añorando el suyo, repitiendo sus formas de hacer sin aceptar las nuevas costumbres, terminarán siendo infelices. De la misma forma, quien inicia una relación de pareja sin haber olvidado a su ex, terminará condenando esa nueva relación al fracaso.
 
Por supuesto, todas las cosas del pasado no son negativas, algunos recuerdos pueden darnos fuerza en los momentos difíciles y vale la pena conservarlos, pero hay otros lazos emocionales que debemos deshacer, para prepararnos para una nueva etapa. De hecho, en muchos casos soltar no significa renunciar ni olvidar sino simplemente sentirse agradecido por lo vivido y pasar página de manera consciente, eligiendo quedarse con lo bueno y dejando atrás las emociones que no nos aportan nada sino que nos mantienen atascados y hasta nos hacen sentir mal.
 
Lo más interesante es que en la mayoría de los casos no es necesario quemar los puentes detrás de nosotros porque dejar ir no siempre significa cortar definitivamente con una persona o con nuestro pasado, sino hacer las paces con nosotros mismos. Implica reformular nuestras ideas y, sobre todo, nuestras emociones, soltando la añoranza, el miedo, el rencor o el apego excesivo.
 
En otros casos, soltar adquiere una connotación material. De hecho, sin darnos cuenta nos apegamos a muchas cosas que nos brindan una falsa sensación de seguridad. Por eso, un buen ejercicio para aprender a soltar implica deshacerse de todas esas cosas que realmente no necesitamos y que solo ocupan un lugar en nuestro hogar para hacer que no nos sintamos solos.
 

La magia de vaciar la taza de vez en cuando

 
Nuestra sociedad nos impulsa a consumir, y eso significa acaparar cosas e incluso relaciones. Sin embargo, de vez en cuando es necesario vaciar nuestra taza. Cuando lo hacemos de manera consciente ocurre un auténtico milagro porque al romper esos lazos que nos ataban podemos aprovechar realmente las nuevas oportunidades que se nos presentan. Cuando decidimos dejar atrás las cosas que nos limitan, nos estamos dando la oportunidad de ampliar nuestro “yo” hasta universos insospechados.
 
Piensa que si te mantienes atado a una relación de pareja dañina, no podrás conocer a una persona que realmente te complemente y te haga crecer. Si te mantienes atado a tus costumbres, no podrás descubrir nuevas formas de hacer las cosas. Si te aferras a los estereotipos, no podrás disfrutar de las maravillas que aporta la diversidad. Si te aferras al odio y el rencor, no podrás amar plenamente.
 
No olvides que la vida está en constante cambio y solo cuando tienes las manos vacías, podrás aferrar las nuevas oportunidades que se te presentan. 
 
Algunas de las cosas que debemos aprender a dejar ir son:
 
– La necesidad de controlarlo todo, fundamentalmente a las personas que nos rodean. Sé y deja ser. 
 
– La necesidad de tener siempre la razón, porque de esta manera no aprenderemos nada nuevo sino que nos aferraremos a nuestra forma de comprender el mundo.
 
– La necesidad de aferrarse al pasado, porque de esta manera no podremos caminar con paso ligero hacia el futuro.
 
– Los sentimientos dañinos, como el odio, la ira y el rencor, porque nos impedirán amar y disfrutar plenamente del presente.
 
Recuerda que la felicidad siempre es una decisión personal y que la vida está llena de oportunidades increíbles, pero debemos estar preparados para aprovecharlas.
 
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La actitud de los padres que predice el éxito de sus hijos 3 décadas más tarde

No es la estimulación temprana, la disciplina y ni siquiera los buenos hábitos de estudio los predictores más fiables del éxito académico de los niños sino algo mucho más sencillo que, afortunadamente, los padres no tienen que aprender en ningún manual. Lo que predice los logros académicos y las competencias sociales de los niños es el cuidado sensible.
 
Desgraciadamente, en una sociedad obsesionada con el éxito y la competitividad, los niños están obligados a abandonar la infancia demasiado pronto. Las expectativas que ponemos sobre sus hombros a menudo son demasiado pesadas para sus frágiles rodillas. Cuando los padres se preocupan porque sus hijos sean los mejores, cuando llenan su agenda de actividades extraescolares que les “prepararán para la vida” y matan su imaginación a golpe de responsabilidades excesivas, les arrebatan lo más valioso que tiene un niño: su infancia. 
 
Y lo peor de todo es que se ha demostrado que una educación académica temprana no mejora los resultados de los niños a largo plazo.
 

¿Qué es el cuidado sensible?

 
Cuidar a un niño no significa simplemente arroparlo, alimentarlo y mantenerlo al seguro. Estas son necesidades básicas para la supervivencia pero no bastan para que un niño sea feliz y desarrolle satisfactoriamente su esfera emocional.
 
La calidad del cuidado infantil se refiere a los comportamientos y estrategias que ponen en práctica los padres para cuidar, proteger y estimular el crecimiento de sus hijos. Los psicólogos han analizado miles de relaciones entre las madres y sus bebés, para individuar las características imprescindibles del cuidado sensible, ese que verdaderamente potencia el desarrollo afectivo y cognitivo de los niños.
 
– Aceptación. No solo implica una aceptación incondicional sino también sentimientos de amor, ternura, protección y goce compartido. De hecho, aunque no son capaces de explicarlos, los niños perciben estos sentimientos desde muy pequeños, al igual que perciben el rechazo, la rabia, el resentimiento o la irritación de sus padres. 
 
– Cooperación. Significa que los padres deben ser capaces de conectar emocionalmente con su hijo, considerándolo como una persona autónoma y activa, aunque se trate solo de un bebé. Los padres validan y respetan los deseos y sentimientos del niño, no consideran que sus hijos son de su propiedad ni los controlan o castigan según sus propias expectativas y deseos.
 
– Accesibilidad. Es la disponibilidad física y psicológica de los padres para satisfacer las necesidades de su hijo y priorizarlas. Implica cercanía y contacto físico, pero también una disponibilidad emocional y la capacidad de mostrar gusto por estar y compartir con el pequeño. Estos padres no son distantes emocionalmente ni dejan que sus hijos crezcan en manos de la tecnología.
 
– Sensibilidad. Se refiere a la habilidad de los padres para estar atentos a las señales del bebé, interpretarlas adecuadamente y responder de forma rápida. En esta “comunicación”, al inicio no verbal, el niño no solo recibe validación sino que también aprende a conectar emocionalmente con los demás. 
 
En práctica, los padres que ponen en práctica un cuidado sensible son aquellos que captan las necesidades de sus hijos y responden de forma rápida y adecuada a ellas. Estos padres respetan a sus hijos, son capaces de adoptar su punto de vista y establecen una relación positiva con ellos, proporcionándoles la seguridad y la confianza que necesitan para que exploren el mundo y se desarrollen.
 
Una característica fundamental de estos padres es que no solo son capaces de comprender y validar los estados emocionales de sus hijos sino que además se ajustan al momento evolutivo. Esto significa que no violentan el desarrollo ni pretenden que sus hijos crezcan más deprisa, dándoles responsabilidades o llenándoles de tareas que no son adecuadas para ese momento de sus vidas.
 

El estudio que demostró la importancia de la sensibilidad en el cuidado de los niños

 
Psicólogos de las universidades de Delaware y Minnesota analizaron a 243 niños que habían nacido en la pobreza, en riesgo de exclusión social. Les dieron seguimiento desde que nacieron hasta que cumplieron los 32 años. Durante los primeros 3 años de vida, observaron atentamente cómo los padres se relacionaban con sus hijos.
 
A medida que pasaba el tiempo, los niños, que después se convirtieron en adolescentes y luego en jóvenes, se fueron sometiendo a una serie de pruebas en las que se evaluaba su nivel de adaptación social, además de tener en cuenta las opiniones de los profesores y sus resultados académicos.
 
Los resultados mostraron que incluso a los 30 años, las diferencias en el cuidado que habían recibido durante su infancia tenía un profundo impacto. Estos investigadores están convencidos de que las experiencias infantiles, sobre todo durante los primeros años de vida, tienen un papel crucial en las habilidades intelectuales y sociales que desarrollaremos a lo largo de la vida.
 
De hecho, es en esa etapa cuando se desarrolla el tipo de apego, el cual nos convertirá en personas seguras, abiertas a las nuevas experiencias y estables emocionalmente o, al contrario, nos transformará en personas más rígidas, con miedos y dependencias. Obviamente, esta actitud permeará todas las esferas de nuestra vida, desde nuestras relaciones con los demás hasta la imagen que tengamos de nosotros mismos e incluso el éxito que tengamos en nuestra vida profesional.
 
Esto nos indica que es el amor y la sensibilidad durante los primeros años de la vida, no el exceso de actividades extraescolares o la presión por mejorar, son los aspectos que marcan una diferencia significativa en la vida de los niños. 
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​¿Por qué algunos niños pueden ser capaces de matar?

 ​¿Por qué algunos niños pueden ser capaces de matar?
 

José Rabadán, tenía 16 años y mató a sus padres y a su hermana, disminuida psíquica, con una katana, porque pensó que de esa forma podría hacer su vida tranquilo. Raquel e Iria, de 17 y 16, mataron a una compañera de clase porque querían descubrir lo que se sentía al matar y hacerse conocidas.

Javier Rosado, de 21 años, junto con un amigo de 17, mató a un transeúnte seleccionado al azar. “El Nano”, de 13 años mató de una pedrada a un amigo de 10, porque éste último le había insultado. Antonio Molina, de 14 años arrojó a su hermanastra de 6 por una tubería de distribución de agua donde murió asfixiada, porque sentía celos de ella. Enrique Cornejo y Antonio Aguilar, de 16 años ambos, violaron y apuñalaron a un niño de 11.

Niños asesinos: datos y explicación desde la Psicología

A pesar de que cada caso es único y cada autor tuvo motivos distintos para llevarlos a cabo, todos tienen elementos comunes: los crímenes fueron cometidos por menores de edad y tuvieron lugar en España.

Por supuesto, los mencionados no son los únicos casos de asesinatos llevados a cabo por menores que han ocurrido en el país, existen más, aunque estos han pasado a la historia por la violencia ejercida y las motivaciones de los autores.

¿Por qué un menor de edad comete un crimen de esta magnitud?

Resulta escalofriante pensar que desde una edad tan temprana,  los menores pueden llegar a cometer actos de tal violencia, como la manifestada en los casos expuestos anteriormente y la pregunta que nos hacemos ante estos hechos es: ¿Cómo puede llegar un menor a experimentar tales actos de violencia?

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Evidencias científicas: desde la personalidad hasta los conflictos emocionales

Los expertos que estudian estos fenómenos violentos alegan diversas causas. Echeburúa relata dos posibles hipótesis al respecto, una de ellas defiende una impulsividad extrema causada por un daño cerebral que afecta a los mecanismos que regulan la conducta y, la otra, hace referencia a una vulnerabilidad de tipo biológico o psicológico.

Por su parte, el profesor de la Universitat de Barcelona  Antonio Andrés Pueyo alude a factores de personalidad y de oportunidad. Este autor defiende que en determinadas situaciones emocionales se desencadenan una serie de actos violentos que pueden acabar en un homicidio sin que haya mediado previamente el deseo de matar. Otras teorías afirman que los predictores que explican la violencia en general, también son explicativos para los casos en que se llega al asesinato u homicidio. 

Algunos de estos factores serían: factores perinatales,  estilos educativos y de crianza muy rígidos o permisivos, no haber desarrollado un buen apego en la primera infancia, bajo autocontrol, bajo rendimiento académico, vivir en zonas conflictivas, tener actitudes antisociales, haber sido víctimas de maltrato o abusos sexuales en la infancia, consumo de alcohol y drogas y problemas o trastornos psicológicos, como por ejemplo son: el trastorno de personalidad antisocial o la psicopatía.

Trastornos psicológicos de fondo

En estos últimos, los problemas psicológicos se apoyan otras corrientes teóricas que afirman quelos trastornos psicológicos son los factores que marcan la diferencia entre quienes matan y aquellos que no lo hacen a pesar de estar expuestos a los mismos factores de riesgo (Farrington, 2012).

Otros factores que también han sido objeto de observación son el temperamento de los menores, el desarrollo moral, la autoestima, y la ausencia de empatía, aunque no debe olvidarse, que una adecuada y correcta educación puede minimizar los efectos nocivos que el ambiente y la predisposición genética puedan tener en el menor y reducir de este modo la predisposición a cometer actos violentos.

Dato: 54% de los menores homicidas sufren un desorden de personalidad

Un estudio llevado a cabo en España con niños y adolescentes condenados por homicidio, arroja datos muy reveladores con respecto a este tema: un 54% de aquellos que habían cometido un homicidio padecía un trastorno de la personalidad o conducta antisocial, un 4% había cometido el asesinato bajo los efectos de un brote psicótico y el 42% restante, eran chicos y chicas normales que vivían en familias aparentemente normalizadas.

La conclusión a este fenómeno, como puede observarse, no es clara y la literatura que encontramos al respecto es variada y alude a varios factores que convergen y desencadenan en un hecho de violencia extrema, como el homicidio. Por lo que no podemos hablar aisladamente de oportunidad para el crimen, factores psicológicos, genéticos o ambientales, sino de la confluencia de ellos. Y siempre tener presente, al igual que concluía Heide que los menores asesinos tienden a tener una historia previa de delitos o conductas antisociales.

Nuria Guzmán RamírezNuria Guzmán Ramírez-Psicóloga web origen: psiologiaymente

Un niño sano debe jugar, alborotar y… ¡ensuciarse mucho!

A menudo los adultos deseamos que los niños estén quietos, que sean pacientes, que se entretengan sin juguetes a golpe de imaginación y que se mantengan limpios cuando salen a jugar. 
 
Sin embargo, la infancia no es eso. Los niños necesitan moverse, explorar, vivir aventuras, descubrir nuevos mundos… Y mientras lo hacen es normal que alboroten y se ensucien. De hecho, no es algo negativo y mucho menos patológico, es sinónimo de un niño sano y feliz.
 

Ensuciarse es divertido y estimula al aprendizaje

 
Cuando los adultos ven a un niño con las manos y la ropa llena de tierra o de comida, piensan que no sabe comportarse y hasta puede que se pregunten: “¿Cómo los padres permiten que su hijo haga algo así? ¡No le han enseñado modales!
 
A la mayoría de las personas no les pasa por la mente que ese niño está explorando y aprendiendo, que está conociendo el mundo que le rodea a través de sus sentidos. Que los niños no solo aprenden mirando sino también tocando y oliendo, y que ese aprendizaje es una de las experiencias más enriquecedoras que pueden vivir en su infancia.
 
Cuando los pequeños tienen la oportunidad de jugar con agua, arena, tierra, pintura, gelatina o harina, aprenden a través del tacto, y las sensaciones que experimentan son muy agradables ya que todo representa un descubrimiento excitante que estimula sus conexiones neuronales.
 
Dejar que se ensucien les permite experimentar con diferentes materiales y texturas. Estos juegos, en los que no hay reglas ni una manera “correcta” de jugar, estimulan la curiosidad natural de los niños y les ayudan a desarrollar una actitud más abierta ante las experiencias.
 
De hecho, un estudio realizado en De Montfort University desveló que los niños pequeños a los que se les permite manipular la comida desarrollan una actitud más abierta ante los nuevos sabores, por lo que terminan siguiendo una dieta más variada.
 
Por otra parte, psicólogos de la Universidad de Iowa también descubrieron que “jugar” con la comida tiene un efecto positivo en el aprendizaje. Estos investigadores analizaron a 72 niños y descubrieron que a los 16 meses de edad los pequeños a los que se les permitía tocar, oler e incluso tirar la comida habían aprendido antes las palabras relacionadas con estos alimentos y sus propiedades. 
 
De hecho, se ha apreciado que los niños pequeños pueden identificar objetos sólidos con bastante facilidad, como una taza o una manzana, debido a que su tamaño y forma no varían. Sin embargo, los líquidos y las sustancias pastosas y pegajosas son más difíciles de identificar. Sin embargo, cuando a los pequeños se les dejaba manipular esas sustancias, aprendían a reconocerlas y a nombrarlas antes.
 
Por tanto, dejar que los niños se ensucien no solo es divertido para ellos y estimula una actitud más abierta ante la vida sino que también potencia el aprendizaje.
 

Los niños que crecen en ambientes demasiado limpios enferman más

 
Jugar con la tierra, la arena, el barro y los animales no solo es beneficioso para el desarrollo cognitivo y emocional de los niños sino que también es saludable. Los científicos han demostrado que la frase de las abuelas “deja que coma tierra para que coja defensas” es razonable, mientras que el exceso de higiene es perjudicial.
 
Es obvio que ningún padre quiere que sus hijos se enfermen, pero estar unos minutos más con la ropa manchada de pintura, los zapatos con tierra o las manos llenas de masa no es el fin del mundo. Al contrario, es probable que los niños se sientan más felices y que su sistema inmunitario se active.
 
De hecho, no es extraño que en los últimos años hayan aumentado tanto las enfermedades autoinmunes, las alergias y otras patologías relacionadas con el sistema inmunitario, sobre todo en los países occidentales. Los científicos se preguntan si estos problemas se deben a que los niños ya no están expuestos a muchos agentes patógenos, de manera que su sistema inmunitario no termina de madurar por completo y se vuelve híper reactivo.
 
Esta teoría se conoce como la “hipótesis higienista” y afirma que crecer en ambientes excesivamente limpios, como los hogares urbanos donde no hay animales y muy pocos microorganismos, interfiere en la maduración de los mecanismos de defensa naturales, aumentando el riesgo a enfermar. Ahora un estudio llevado a cabo por un equipo internacional de científicos ha confirmado esta hipótesis.
 
Estos investigadores analizaron la microbiota intestinal; es decir, las comunidades de microorganismos que viven en el tracto digestivo, de 222 niños que nacieron y viven en Finlandia, Estonia (donde las enfermedades inmunes de aparición temprana son muy frecuentes) y Karelia (una república de la Federación Rusa donde los trastornos relacionados con el sistema inmunitario son menos comunes).
 
Los científicos analizaron los hábitos alimenticios, la salud y las costumbres de estos niños durante sus primeros 36 meses de vida. Así descubrieron que en la microbiota de los niños de Finlandia y Estonia predominaban las bacteroides, mientras que en la de los niños rusos había más bifidobacterias. 
 
Los investigadores afirman que la presencia de bacteroides en el tracto digestivo humano es un fenómeno reciente, vinculado al estilo de vida occidental, y que estas bacterias, lejos de activar la respuesta inmunitaria, la reduce. De hecho, apreciaron que la microbiota compuesta en su mayoría por las bacteroides era más “silenciosa”; es decir, menos activa desde el punto de vista inmunitario. 
 
Por tanto, ese exceso de higiene, dirigido a proteger a los niños, en realidad tiene el efecto contrario y hace que enfermen con mayor frecuencia, promoviendo la aparición de patologías que pueden acompañarles durante el resto de su vida.
 

Niños melindrosos y límites a la hora de jugar

 
Vale aclarar que a algunos niños les puede resultar desagradable el contacto con algunas sustancias. Por ejemplo, algunos niños pueden sentirse incómodos al tocar el barro o la arena. No debemos obligarles sino dejar que exploren a su propio ritmo y que elijan con qué prefieren jugar.

Por supuesto, no se trata de caer en los extremos exponiendo a los pequeños a riesgos innecesarios o permitiendo que ensucien la casa cada vez que les apetece. Se puede establecer un horario y un lugar para ese tipo de juegos.

 
Lo más importante es que los padres comprendan que dejar que los niños corran libres y exploren su entorno es saludable para su desarrollo psicológico y físico. No debemos apresar a los niños en el mundo de los adultos sino potenciar el juego libre, su capacidad de asombro y dejarles libertad para que exploren su entorno con los cinco sentidos, si así lo desean.