¿Tu perro te echa de menos cuando no estás?

 
Anatole France, un escritor francés y Premio Nobel de Literatura, dijo: “hasta que uno no ha amado a un animal, una parte del alma sigue sin despertar“. Sin duda, la relación que muchas personas establecen con sus mascotas, sobre todo con los perros, es muy especial y profunda. Los perros no solo nos hacen compañía sino que nos muestran un amor incondicional, además de contagiarnos su alegría.

De hecho, uno de los momentos más bonitos es cuando regresamos a casa y nuestra mascota nos recibe abalanzándose sobre nosotros para regalarnos una buena dosis de amor que es capaz de borrar de un plumazo el cansancio acumulado durante la jornada o el malhumor. Por eso, investigadores de la Swedish University of Agricultural Sciences se preguntaron si nuestras mascotas realmente nos echan de menos cuando no estamos en casa y les dejamos solos.

¿Cómo perciben los perros el paso del tiempo?

 
Un grupo de investigadores suecos se preguntaron cómo los perros perciben el paso del tiempo. Para ello, analizaron el comportamiento de 12 perros cuando sus dueños los dejaban solos y más tarde, cuando regresaban. Estos investigadores grabaron a los canes en tres situaciones diferentes: cuando sus dueños los dejaban solos durante 5 minutos, 2 horas y 4 horas. También midieron la frecuencia cardíaca de los animales, así como sus reacciones motoras cuando el dueño regresaba.
 
Los investigadores notaron que los perros no se mostraban particularmente contentos cuando el dueño regresaba al cabo de cinco minutos, pero todo cambiaba cuando habían pasado dos horas. Cuando la separación era más larga y el dueño regresaba, el ritmo cardíaco de las mascotas se aceleraba y daban muestras visibles de alegría. Sin embargo, no se notaron diferencias significativas entre su reacción a las 2 horas y a las 4 horas de ausencia.
 
¿Qué significa esto? Los investigadores afirman que aunque los perros no son plenamente conscientes de cuánto tiempo han pasado solos ya que su percepción del tiempo difiere de la nuestra, sí echan de menos a sus dueños.
 

La rica esfera emocional de los perros

 
Los científicos también han comprobado que, al igual que nosotros, los perros recuerdan mejor los eventos cuando se crea un vínculo emocional. De hecho, cuentan con las mismas estructuras cerebrales en las que se generan las emociones en los seres humanos. Además, poseen las mismas hormonas y están sometidos a los mismos cambios bioquímicos que nosotros experimentamos cuando se producen los cambios emocionales. 
 
Los perros incluso tienen oxitocina, una hormona que en las personas está relacionada con el con amor y el afecto por los demás. De hecho, un estudio realizado en la Universidad de Azabu desveló que los niveles de oxitocina en sangre aumentan cuando los perros interactúan positivamente con sus dueños y se miran a los ojos.

Por tanto, sería lógico pensar que si los canes cuentan más o menos con el mismo sistema nervioso y química cerebral nuestros, sus emociones son similares.

 
Sin embargo, lo cierto es que las emociones no son estáticas sino que se van desarrollando a lo largo de la vida. La Psicología ha demostrado que los bebés y los niños pequeños experimentan una gama más limitada de emociones que los adultos. Solo con el tiempo, las interacciones sociales y una mayor conciencia de sí van apareciendo estados emocionales más complejos.
 
Estos datos son importantes para comprender la vida emocional de los perros ya que las investigaciones indican que nuestros amigos de cuatro patas tienen la Inteligencia Emocional de un niño de dos o tres años.
 
Esto significa que los perros son capaces de experimentar un amplio rango de emociones, que va más allá de la simple tristeza, alegría o miedo. Los perros también pueden estresarse, experimentar asco o satisfacción, enfadarse, sentir amor, ser tímidos o desconfiar de quienes se le acercan e incluso detectar a los mentirosos. De hecho, los dueños de los perros que pasan tiempo con su mascota pueden dar fe de este amplio rango emocional.
 

Los perros que pasan solos mucho tiempo pueden traumarse

 
El hecho de que los perros puedan experimentar diferentes emociones por sus dueños y que les echen de menos también tiene un lado negativo. Un estudio realizado en la Universidad de Bristol grabó a 20 perros que se quedaban solos todos los días mientras sus dueños iban a trabajar. Las imágenes mostraron que los canes no se sentían felices sino que daban señales de un gran estrés y ansiedad.
 
Estos investigadores analizaron 12 camadas que eran dejadas solas y apreciaron que al cabo de un mes la mitad de los cachorros comenzaron a mostrar signos de angustia. Al cabo de un año mostraban comportamientos disruptivos que se pueden comparar con los signos de estrés postraumático en las personas.
 
El principal problema es que los perros no son conscientes de que su dueño regresará, ni sabe cuándo. Por tanto, al ser dejado solo debe lidiar con la sensación de abandono, a la cual se le suma el hecho de que están encerrados entre cuatro paredes. Y esa situación puede ser simplemente demasiado estresante para algunas mascotas.
 

Madres e hijas: El vínculo que sana también destruye

Cada hija lleva dentro de sí a su madre. Es un vínculo que jamás podremos romper. Siempre contendremos algo de nuestras madres, lo queramos o no. Para bien o para mal, somos un pedazo de ellas.
 
Y llega un momento de la vida en el que debemos ser conscientes de cuánto de nosotras se lo debemos a nuestras madres. Debemos conocer cómo nuestras madres han influido en la persona que somos hoy, y cómo siguen haciéndolo. Se trata de un acto de cariño, pero también de valentía y crecimiento personal, ya que las cosas que encontremos no siempre nos gustarán.
 

Un vínculo único que se forma desde el primer momento

 
Christiane Northrup, ginecóloga y obstetra, no pudo expresar mejor ese profundo lazo que nos une desde pequeñas a nuestras madres: “Nuestras células se dividieron y desarrollaron al ritmo de los latidos de su corazón. Nuestra piel, nuestro pelo, corazón, pulmones y huesos fueron alimentados por su sangre, sangre que estaba llena de las sustancias neuroquímicas formadas como respuesta a sus pensamientos, creencias y emociones. Si sentía miedo o ansiedad, o si se sentía muy desgraciada por el embarazo, nuestro cuerpo se enteró de eso; si se sentía segura, feliz y satisfecha, también lo notamos”.
 
Más tarde, cuando nacemos, las madres se encargan de proporcionarnos nuestras primeras experiencias de cariño y sustento. Su poder es tal que no solo nos contagian sus estados de ánimo sino que también pueden hacer que nuestro cerebro crezca. 
 
Un estudio realizado en la Universidad de Washington desveló que los niños que han crecido con madres que les transmitían seguridad y confianza tenían algunas zonas del cerebro más desarrolladas, como el hipocampo. Al contrario, los niños con madres distantes emocionalmente mostraban un desarrollo atrofiado.
 
Sin duda, el vínculo de una madre y su hija es uno de los más íntimos que existen. A través de esa relación aprendemos a amar o a odiar, a confiar o a desconfiar, a entregarnos o a demandar… El problema es que en algunos casos negamos ese lazo, y así nos negamos a nosotras mismas. Si no reconocemos cuánto de nosotras ha sido edificado por nuestras madres, no podremos crecer, nos quedaremos estancadas en la negación.
 

El legado que nos transmiten nuestras madres

 
De vez en cuando me sorprendo hablando como mi madre, usando algunas de las frases que me repitió mil veces durante mi infancia o haciendo ese gesto que delata que pasé muchos años a su lado, aprendiendo a ser yo misma. Y es que aunque nos convirtamos en personas adultas, independientes y autónomas, no podemos deshacernos del influjo que han ejercido nuestras madres.
 
Cualquier mujer lleva consigo las consecuencias de esa relación. Si nuestras madres nos han transmitido mensajes positivos y nos han enseñado a amarnos y respetarnos, sus enseñanzas se convertirán en una valiosa guía emocional que nos acompañará allí donde vayamos.
 
Sin embargo, si hemos tenido madres tóxicas, quizá hemos aprendido actitudes recelosas, controladoras o chantajistas que después reproduciremos en nuestras relaciones con el resto de las personas. Si nuestras madres eran temerosas e inseguras, es probable que tengamos una baja autoestima y que no nos atrevamos a correr riesgos. En esos casos, debemos sanarnos. Y para hacerlo tenemos que ser capaces de comprender cuánto de esos comportamientos y creencias que nos limitan provienen de la relación que mantuvimos con nuestras madres.
 

¿Cómo crecer como persona a partir de la herencia materna?

 
1. Descubre cuánto de ti, pertenece a tu madre. La mejor manera para descubrir las creencias, estereotipos o valores que te ha inculcado tu madre consiste precisamente en bajar la guardia y dejar de pensar en ello, aunque parezca un contrasentido. En algún momento te sorprenderás diciendo frases que no son tuyas, sino que pertenecen a tu infancia o adolescencia. Profundiza en su mensaje de fondo porque es probable que muchas de esas ideas te las haya transmitido tu madre y ahora las estás repitiendo, dejando que determinen tus decisiones.
 
2. Valora si esas ideas te ayudan. Es probable que algunas de esas ideas te reafirmen como persona en los momentos más difíciles. Por ejemplo, ante un problema, puedes repetirte una frase que tu madre te dijo mil veces cuando pequeña, como por ejemplo: “no te preocupes, después de la tormenta siempre sale el sol”. En esos casos, esas frases te ayudarán a enfrentar las dificultades. Sin embargo, si esas ideas te conducen a menospreciarte, te limitan o te desmotivan, es hora de que asumas que no son tuyas: son opiniones sembradas en tu mente por otra persona.
 
3. Sana las heridas emocionales. Una idea desadaptativa que te limita casi siempre se alimenta de un conflicto que no has resuelto. Por eso, es importante que detectes esas partes de la relación con tu madre que no aceptas y que requieren un proceso de curación. Arrastrar esos problemas, fingiendo que no existen, no te permitirá crecer. Afronta los conflictos, perdona y pasa página. En ocasiones todo lo que necesitamos es hacer las paces con las rarezas y dificultades con las que nos tocó vivir. Es probable que haya sido difícil y que aún arrastres las consecuencias, pero esos problemas también te han convertido en la persona que eres hoy, así que intenta comprender cómo te han permitido crecer.
 
4. Elige quedarte con lo positivo. Es probable que en la relación con tu madre también hayas pasado por alto muchos aspectos positivos. De hecho, es usual que a medida que maduramos vayamos valorando en su justa medida los sacrificios que han hecho por nosotros y los cuidados que nos prodigaron. Todas las relaciones atraviesan por periodos difíciles, siempre hay discusiones y desencuentros. Después de todo, sois dos personas distintas. Sin embargo, no dejes que esos problemas rompan un lazo único. Céntrate en todas las cosas positivas de vuestro vínculo. Recuerda que todos tenemos luces y sombras, pero podemos decidir si queremos centrarnos en los errores o apreciar los aciertos.

Recuerda que el mejor homenaje que puedes hacerle a una madre es reconocer cómo te ha ayudado a crecer y a convertirte en la persona que eres hoy.

5 errores nefastos que cometen los padres al elogiar a sus hijos

Todos los padres quieren que sus hijos crezcan sanos y felices. También quieren que tengan una buena autoestima y que sean resilientes. Sin embargo, en muchos casos las estrategias que utilizan son contraproducentes. De hecho, nuestra tendencia a elogiar a los niños puede ser muy dañina, a menos que sepamos cómo hacerlo.
 
Psicólogos de la Iowa State University y la Case Western Reserve University han encontrado que, al contrario de lo que creemos, cuando los elogios se convierten en una necesidad constante de afirmación, no alimentan una autoestima infantil sana sino que potencian la aparición de características narcisistas. Los elogios inadecuados terminan contribuyendo a la formación de niños demasiado preocupados por sí mismos, en vez de desarrollar pequeños capaces, seguros y empáticos.
 

Los tipos de elogios que los padres deben evitar

 
1. Elogiar de forma desmesurada y sin sustancia
 
Sin darse cuenta, muchos padres ofrecen elogios desmesurados para el logro que ha alcanzado el niño. Por ejemplo, hay quienes pueden pasarse todo el camino a casa alabando al pequeño por un buen tiro al cesto o por un gol en el partido. Los elogios desmesurados a menudo incluyen palabras como “excepcional”, “perfecto” y “mejor”. Sin embargo, lo cierto es que esos elogios excesivos no dan buenos frutos.
 
De hecho, se ha apreciado que los niños que tienen una baja autoestima se sienten incómodos con los elogios excesivos y prefieren una alabanza más concreta. En este sentido, un estudio realizado por psicólogos de la Universidad de Utrecht desveló que un 25% de los elogios que los padres destinan a sus hijos son desmesurados. Otra investigación realizada en la Universidad de Stanford descubrió que cuando los padres utilizan elogios que implican una comparación social, como por ejemplo: “eres el mejor de tu clase o de tu equipo”, los niños desarrollan una motivación más extrínseca y se centran en las recompensas, más que preocuparse porque el trabajo esté bien hecho. 
 
Antídoto: Un elogio dirigido al trabajo duro realizado, a la práctica, el tiempo de estudio y el esfuerzo. Se trata de elogiar las características que nos interesan desarrollar, como la perseverancia y la dedicación. Por tanto, la próxima vez, quizá un sencillo: “¡Buen trabajo!” acompañado de una sonrisa o un abrazo, podría bastar.
 
2. Elogiar las capacidades naturales
 
Es normal que los padres se emocionen si su pequeño marca más goles que nadie o si su hija muestra un talento musical excepcional para su edad. Como resultado, elogios del tipo: “eres un gran futbolista”, “eres una excelente artista” o “eres el mejor” se convierten en pan cotidiano.
 
Sin embargo, una vez más, estos elogios se dirigen a resaltar las características erróneas. De hecho, no podemos olvidar que en muchos deportes y expresiones artísticas los niños son elegidos por sus capacidades naturales, como puede ser la coordinación motriz, la rapidez, el buen oído o la voz. No obstante, estas capacidades no son suficientes para labrarse una carrera, lo que realmente marca la diferencia es la persistencia y la dedicación. No es la primera vez que niños con grandes dotes en el mundo de la actuación o el fútbol, por ejemplo, no llegan lejos debido a sus decisiones erróneas, mientras que otras personas, menos dotadas, hacen carrera debido a su perseverancia.
 
Lo peor de todo es que este tipo de elogios terminan afectando a los niños ya que, si tienen esa capacidad de forma natural, piensan que no es necesario esforzarse demasiado. De hecho, un estudio realizado por psicólogos de la Universidad de Columbia desveló que los niños que recibían este tipo de alabanzas eran menos propensos a elegir retos difíciles ya que tenían miedo a fallar, lo cual les puede conducir a estancarse.
 
Antídoto: Dirigir el elogio en la acción, más que en la capacidad. Una vez más, céntrate en su afán de superación y en el trabajo duro porque esas son las cosas que el niño realmente puede controlar y en las que necesita ser motivado.
 
3. Convertir los elogios en etiquetas
 
No existe nada más limitante que las etiquetas, incluso si son “positivas”. Las etiquetas, por principio, reducen nuestra personalidad a unas pocas características. De hecho, muchos padres, cada vez que elogian a sus hijos, utilizan las mismas palabras, con las cuales crean una etiqueta. De esta forma, los niños crecen pensando que son solo “un atleta” o “un artista”. Sin embargo, si queremos que nuestros hijos se desarrollen plenamente, no es conveniente restringir su “yo” a estas capacidades.
 
Sin darse cuenta, con este tipo de elogios los padres están dirigiendo la atención de sus hijos a esas capacidades, haciéndoles notar que son solo eso y que probablemente tendrán éxito en la vida solo por ello. De esta forma, limitan considerablemente su universo de intereses y posibilidades. 
 
Antídoto: Evitar el uso de etiquetas en los elogios e intentar ampliar el universo de los pequeños, haciéndoles ver todas sus potencialidades. Se trata de que sea el niño quien elija lo que realmente le gusta e interesa.
 
4. Transformar los elogios en vergüenza
 
En muchos casos, los padres comienzan elogiando una actitud o tarea que el niño ha realizado, para terminar añadiendo una reprimenda al final de su discurso. Por ejemplo: “Es agradable caminar por tu habitación sin ver esos juguetes por doquier. Me alegra que hayas puesto un poco de orden. Si no fueras tan desorganizado, tu habitación siempre luciría así”. De esta forma, lo que comenzó siendo un elogio a la organización, termina generando la sensación de vergüenza en el niño. La adición de un “te lo dije” le roba al elogio todos los sentimientos positivos que se pretendían despertar.
 
Cuando añadimos al final del elogio una frase de este tipo, el pequeño se queda con un mal sabor en la boca y la alabanza no consigue reforzar el comportamiento positivo, todo lo contrario, transmite la idea de que, haga lo que haga, los padres no se sentirán satisfechos. Por tanto, termina generando una sensación de desesperanza y derrotismo, y no es extraño que el niño asuma una actitud defensiva y desafiante.
 
Antídoto: Centrarse en el esfuerzo realizado, en la solución al problema, más que en las dificultades que este pudo causar. Por supuesto, no se trata de obviar las consecuencias de los problemas, sino de asegurarse de que el elogio cumple su cometido: hacer que el niño se sienta bien y reforzar un comportamiento positivo. 
 
5. Añadir presión al elogio
 
Los elogios deben tener el objetivo de motivar a los niños, no deben añadir más presión. Sin embargo, a menudo los padres cometen el error de convertir los elogios en una fuente de ansiedad. Por ejemplo, algunos padres dicen: “Lo has hecho muy bien, la próxima vez deberás hacerlo mejor” o “Has estado genial, la próxima vez no espero menos de ti”.
 
El problema es que de esta forma siembran en el niño la semilla del miedo al fracaso. El pequeño se ve obligado a cargar sobre sus hombros las expectativas de los padres, y estas a veces son tan grandes que simplemente terminan doblando las frágiles rodillas infantiles. Debemos tener en cuenta que motivar no es presionar y que los niños necesitan ser felices, no ser los mejores.
 
Antídoto: Elogiar el resultado actual, sin hacer referencia al futuro, para no añadir una presión adicional. Es importante que el niño comprenda que le quieres independientemente de sus logros o errores. De esta forma no le convertirás en una persona dependiente de la valoración de los demás.
 
BONUS: Debemos tener en mente que cuando elogiamos demasiado a los niños, y lo hacemos mal, estos terminarán creyendo que la recompensa es más importante que la experiencia en sí. Por tanto, terminarán desarrollando una motivación extrínseca, no se esforzarán porque la tarea quede bien sino por recibir el elogio o la recompensa al final. Por otra parte, elogiarles continuamente puede generar confusión, haciéndoles creer que si no reciben una alabanza de los demás, es porque lo han hecho mal.

10 frases para calmar a un niño ansioso

La ansiedad forma parte del desarrollo normal de los niños. A algunos pequeños les preocupan los cambios, como la entrada al jardín de la infancia o al colegio, y experimentan una gran ansiedad cuando este momento se acerca. Otras veces sus temores son menos concretos o provienen de su fantasía, como el miedo a la oscuridad o a los monstruos. Sin embargo, esos miedos, aunque sean irracionales, también les generan ansiedad.
 
Experimentar cierto nivel de ansiedad es normal, pero también es importante ponerle coto para que no se continúe desarrollando porque si no lo hacemos, terminaremos criando a niños miedosos y aprehensivos. La estrategia paracombatir la ansiedad infantil no consiste en restarle importancia o negarla, sino en validar su existencia y enseñarle al niño a gestionar esas sensaciones.
 

¿Cómo transmitirles seguridad y serenidad a los niños rápidamente?

 
1. “Te amo. Estás a salvo.” La ansiedad nos hace sentir inseguros, en nuestro cerebro se activa inmediatamente una señal de alarma. Por eso, cuando notes los primeros signos de ansiedad en tu hijo, abrázale y hazle saber que está seguro. De esta forma su cerebro se tranquilizará y la ansiedad remitirá. Si es necesario, quédate un rato a su lado.
 
2. “¿Qué es lo peor que puede pasar?” La ansiedad es, básicamente, un estado de expectación negativa. La persona cree que pasará algo malo, aunque no puede decir con precisión qué será. Por eso, es conveniente ayudarle al niño a identificar sus peores miedos y pesadillas. Cuando se dé cuenta de que se trata tan solo de una sensación pero en realidad no tiene nada que temer, la ansiedad se disolverá. También puedes ayudarle a buscar una solución en caso de que se verifique el peor escenario posible. Tener un guión estructurado que les permita saber cómo desenvolverse alivia considerablemente la ansiedad.
 
3. “Vamos a contar hasta…” A medida que concientizamos la ansiedad, esta crece. Mientras más nos fijamos en las palpitaciones, el nerviosismo o la angustia, más se incrementan estos síntomas. Por eso, una buena estrategia para calmar a los niños ansiosos consiste en desviar su atención de la ansiedad. Para lograrlo, puedes pedirle que cuente el número de personas con relojes que ve pasar si estáis en una consulta o que cuente los árboles si estáis de viaje por carretera. La idea es centrar su atención en cualquier otra cosa que lo mantenga distraído.
 
4. “Dibuja cómo te sientes.” Se ha demostrado que dibujar, colorear o simplemente garabatear sobre un papel tiene un increíble efecto calmante. Puedes aprovechar esta actividad como una técnica para calmar la ansiedad de tu hijo. Por otra parte, dibujar es aún más eficaz en los niños pequeños ya que así pueden expresar las emociones que les resulta difícil poner en palabras debido a que aún tienen un vocabulario muy limitado y su Inteligencia Emocional no está muy desarrollada.
 
5. “Somos un equipo inseparable.” En muchos casos los niños pequeños se sienten ansiosos por miedo al abandono, sobre todo cuando sufren lo que se conoce como “ansiedad de separación”. Sin embargo, a medida que crecen y concientizan las expectativas que los padres han puesto sobre ellos, estas también les generan ansiedad. Por eso, es importante que asegures a tu hijo y aproveches cualquier momento para confirmarle que sois un equipo y que siempre puede contar contigo, independientemente de sus errores. Así se sentirá más tranquilo y sabrá que sus padres son un refugio seguro.
 
6. “Respira profundamente.” Nunca es demasiado temprano para enseñarle a tu hijo una técnica de respiración. Cuando sufrimos ansiedad nuestro pulso se acelera y la respiración se hace entrecortada, el cerebro capta esos cambios y activa el modo lucha/huída porque cree que estamos en peligro. Respirar profundamente contribuye a que estos cambios fisiológicos vuelvan a la normalidad y el cerebro comprenda que ha sido una falsa alarma y que todo está bien.
 
7. “¿Te acuerdas cuando…?” A menudo la ansiedad nubla nuestro raciocinio y borra de un plumazo nuestra memoria porque solo podemos pensar en lo mal que lo estamos pasando. Sin embargo, es probable que en el pasado hayamos pasado por momentos peores. Por eso, es recomendable recordarles esos momentos a los niños ansiosos. Recuérdale, por ejemplo, aquella vez que fue al dentista y lo bien que se portó, o lo bien que lidió con el primer día de colegio, a pesar de su nerviosismo. De esa manera el niño recuperará el control y la seguridad en sí mismo.
 
8. “Avísame cuando hayan pasado dos minutos.” La ansiedad se alimenta de la ansiedad. Por eso, una de las estrategias más eficaces para eliminarla consiste en desvirtuar la atención de las sensaciones que estamos experimentando. Pídele a tu hijo que se fije en el movimiento del reloj, hasta que pasen dos minutos. El movimiento de las manecillas del reloj tiene un efecto casi hipnótico que ayuda a relajar la mente.
 
9. “A veces las preocupaciones son buenas.” Muchas personas que sufren ansiedad se sienten mal porque no aceptan esas sensaciones, las catalogan como negativas e inadecuadas y quieren escapar de ellas. Por supuesto, sabemos que estas sensaciones no son muy agradables, pero están ahí por una razón y no debemos negarlas ni resistirnos a ellas. Por eso, en vez de minimizar los sentimientos de tu hijo, valídalos y explícale que en ocasiones las preocupaciones son buenas, pero que en otros casos simplemente son excesivas. Dile que para evitar sentirse así, lo mejor que puede hacer es buscar soluciones y establecer planes de acción. De esta manera mueves el centro de atención de la preocupación que genera ansiedad a la solución, que brinda seguridad.
 
10. “Yo también he pasado por eso.” Cuando experimentamos ansiedad nos sentimos agobiados, saturados por nuestros propios pensamientos, como si estos nos atraparan. Para salir de ese bucle, puedes intentar que el niño se ponga en tu lugar. Cuéntale aquella vez en la que tú también sentiste miedo y ansiedad. De esta forma no solo estás captando su atención para que deje de fijarse en sus síntomas sino que también estarás transmitiéndole la idea de que no está solo y que lo que experimenta es algo normal con lo que todos tenemos que lidiar.

Los 4 excesos de la educación moderna que trastornan a los niños

Cuando nuestros abuelos eran pequeños, tenían solo un abrigo para el invierno. ¡Solo uno! En aquella época de vacas flacas, incluso tener un abrigo se consideraba un lujo. Por eso, los niños lo cuidaban como un bien precioso. En aquellos tiempos se solía tener lo mínimo indispensable. Y los niños eran conscientes del valor y la importancia de sus cosas.
 
Mucha agua ha corrido bajo el puente desde entonces y nos hemos convertido en personas más sofisticadas. Nos gusta tener muchas opciones e intentamos que nuestros hijos tengan todo lo que desean y, si es posible, mucho más. Sin embargo, no nos damos cuante de que al mimarles excesivamente contribuimos a crear un ambiente en el que pueden proliferar los trastornos mentales.
 
De hecho, se ha demostrado que un exceso de estrés durante la infancia aumenta las probabilidades de que los niños desarrollen problemas psicológicos. Así, un niño sistemático puede ser empujado a desarrollar un comportamiento obsesivo y un pequeño soñador puede perder su capacidad para concentrarse.
 
En este sentido, Kim Payne, profesor y orientador estadounidense, llevó a cabo un experimento muy interesante en el cual simplificaron la vida de los niños diagnosticados con un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad. Al cabo de tan solo cuatro meses, el 68% de estos pequeños habían pasado de ser disfuncionales a ser clínicamente funcionales. Además, mostraron un aumento del 37% en sus aptitudes académicas y cognitivas, un efecto que no pudo igualar el medicamento más prescrito para este trastorno, el Ritalin.
 
Estos resultados son, en parte, extremadamente reveladores y, por otra parte, también son ligeramente atemorizantes ya que nos hace preguntarnos si realmente les estamos proporcionando a nuestros hijos un entorno sano desde el punto de vista mental y emocional. 
 
¿Qué estamos haciendo mal y cómo podemos arreglarlo?
 

¿Cuando mucho se convierte en demasiado?

 
A inicios de su carrera, este profesor trabajó como voluntario en los campos de refugiados, donde tuvo que lidiar con niños que sufrían estrés posttraumático. Payne apreció que estos niños se mostraban nerviosos, hiperactivos y continuamente expectantes, como si algo malo fuera a pasar de un momento a otro. También eran extremadamente cautelosos ante la novedad, como si hubieran perdido esa curiosidad innata de los niños.
 
Años más tarde, Payne apreció que muchos de los niños que necesitaban su ayuda mostraban los mismos comportamientos que los pequeños que provenían de países en guerra. Sin embargo, lo extraño es que estos niños vivían en Inglaterra, por lo que su entorno era completamente seguro. Entonces, ¿por qué mostaran síntomas típicos del estrés postraumático?
 
Payne piensa que aunque los niños de nuestra sociedad están seguros desde el punto de vista físico, mentalmente están viviendo en un entorno similar al que se produce en las zonas de conflictos armados, como si su vida peligrara. Estar expuestos a demasiados estímulos provoca un estrés que se va acumulando y obliga a los niños a desarrollar estrategias para sentirse a salvo. 
 
De hecho, los niños de hoy están expuestos a un flujo constante de información que no son capaces de procesar. Se ven obligados a crecer deprisa ya que los adultos colocan demasiadas expectativas sobre ellos, haciendo que asuman roles que en realidad no les corresponden. De esta manera, el inmaduro cerebro de los niños es incapaz de seguir el ritmo que impone la nueva educación, y se produce un gran estrés, con las consecuencias negativas que este provoca.
 

Los cuatro pilares del exceso

 
Como padres, normalmente queremos darle lo mejor a nuestros hijos. Y pensamos que si un poco está bien, más será mejor. Por eso, ponemos en práctica un modelo de hiperpaternidad, nos hemos convertido en padres helicóptero que obligan a sus hijos a participar en una infinidad de actividades que, supuestamente, les preparan para la vida. 
 
Por si no fuera suficiente, llenamos sus habitaciones de libros, dispositivos y juguetes. De hecho, se estima que los niños occidentales tienen, como media, 150 juguetes. Es demasiado, y cuando es demasiado, los niños se sienten abrumados. Como resultado, juegan de manera superficial, pierden el interés fácilmente por los juguetes y por su entorno y no desarrollan su imaginación.
 
Por eso, Payne afirma que los cuatro pilares del exceso sobre los cuales se erige la educación actual de los niños son:
 
1. Demasiadas cosas
 
2. Demasiadas opciones
 
3. Demasiada información
 
4. Demasiada velocidad
 
Cuando los niños son abrumados de esta forma, no tienen tiempo para explorar, reflexionar y liberar las tensiones cotidianas. Demasiadas opciones terminan erosionando su libertad y les roba la oportunidad de aburrirse, que es fundamental para estimular la creatividad y el aprendizaje por descubrimiento.
 
Poco a poco, la sociedad ha ido erosionando la maravilla que implica la infancia, hasta tal punto que algunos psicólogos se refieren a este fenómeno como “la guerra contra la infancia”. Basta pensar que en las dos últimas décadas los niños han perdido una media de 12 horas semanales de tiempo libre. Incluso los colegios y las guarderías han asumido una orientación más académica. 
 
Sin embargo, un estudio realizado en la Universidad de Texas ha desvelado que cuando los niños juegan deportes bien estructurados se convierten en adultos menos creativos, en comparación con los pequeños que han tenido mucho tiempo libre para jugar. De hecho, los psicólogos han notado que la forma de jugar moderna genera ansiedad y depresión. Obviamente, no se trata solo del juego más o menos estructurado sino también de la falta de tiempo.
 

Simplificar la infancia 

 
La mejor manera de proteger la infancia de los niños es decir “no” a las pautas que la sociedad pretende imponer. Se trata de dejar que los niños sean simplemente eso, niños. La vía para proteger el equilibrio mental y emocional de los niños consiste en educar en la simplicidad. Para lograrlo es necesario:
 
– No atiborrarles de actividades extraescolares que, a la larga, probablemente no le servirán de mucho.
 
– Dejarles tiempo libre para que jueguen, preferentemente con otros pequeños o con juguetes que puedan estimular su creatividad, no con juegos estructurados.
 
– Pasar tiempo de calidad con ellos, es el mejor regalo que pueden hacerles los padres.
 
– Crear un espacio de tranquilidad en sus vidas donde puedan refugiarse del caos cotidiano y aliviar el estrés.
 
– Asegurarse de que duermen lo suficiente y descansan.

– Reducir la cantidad de información, asegurándose de que esta sea comprensible y adecuada a su edad, lo cual implica hacer un uso más racional de la tecnología.

 
– Simplificar su entorno, apostando por menos juguetes y cerciorándose de que estos estimulan realmente su fantasía.
 
– Disminuir las expectativas sobre su desempeño, dejándoles que sean simplemente niños.

Recuerda que los niños tienen toda la vida por delante para ser adultos, mientras tanto, deja que sean niños y disfruten de su infancia.