Si tu hijo olvida los deberes en casa, no se los lleves a la escuela

Prácticamente todos los niños han olvidado alguna vez sus deberes sobre la mesa del comedor o en su escritorio. Se supone que un buen padre debería darse cuenta de ello y llevarle los deberes a la escuela, para que el pequeño no se sienta avergonzado delante de sus compañeros o para evitar que la maestra le reprenda.
 
Sin embargo, cada vez hay más voces que se levantan en contra de este hábito para indicarles a los padres que no es necesario que hagan de cartero o que se conviertan en las agendas ambulantes de sus hijos. Maestros y psicólogos apuntan que cuando esos olvidos se repiten y los padres evitan que los niños asuman las consecuencias de sus despistes, en realidad no le están haciendo un favor sino que le hacen daño.


El regalo que implica la adversidad

 
Para la mayoría de los padres palabras como “error” y “fracaso” suelen ser aterradoras, sobre todo si se refieren a sus hijos, pero en realidad ese profundo rechazo es solo una perspectiva que nos ha inculcado la sociedad. El error encierra una oportunidad de aprendizaje muy valiosa que no deberíamos arrebatar a los niños.
 
Cuando los padres rescatan a sus hijos de las consecuencias de sus errores, despistes o malas decisiones, interrumpen el ciclo natural de aprendizaje. Como resultado, los niños no llegan a madurar completamente sino que desarrollan unadependencia emocional que les impide crear su propia caja de herramientas para la vida.
 
De hecho, un estudio desarrollado en la Universidad de Pensilvania descubrió que la habilidad para recuperarnos de la adversidad y perseverar en nuestras metas es fundamental para tener éxito en la vida. La perseverancia a una edad temprana es uno de los mejores indicadores para saber si un niño terminará los estudios universitarios, mucho más que la inteligencia.
 

La hiperpaternidad genera niños frágiles

 
La seguridad y la confianza que transmitan los padres a sus hijos es fundamental para que estos se sientan seguros explorando el mundo y se formen una imagen tranquilizadora del entorno que les rodea. De hecho, una encuesta a nivel nacional realizada por investigadores de la Universidad Estatal de Pensilvania en más de 100.000 estudiantes de bachillerato desveló que el 55% de ellos sufría ansiedad, el 45% depresión y el 43% mostraba signos de un estrés elevado. Uno de cada seis estudiantes encuestados había sido diagnosticado o tratado por estos problemas a lo largo del último año.
 
Una de las causas de estos problemas es la hiperpaternidad, los niños y adolescentes llegan a la escuela sin haber desarrollado adecuadamente la resiliencia, por lo que no son capaces de tolerar la frustración y lidiar con los problemas. A estos niños les resulta difícil poner en perspectiva las cosas y para ellos una mala calificación puede ser un revés demoledor para su autoestima.
 
De hecho, la hiperpaternidad lo que hace es generar dependencia, por lo que terminará minando la confianza de los niños y les robará la posibilidad de tener éxito en el futuro, cuando sus padres no estén a su lado para resolver sus problemas y enmendar sus errores. Este estilo educativo termina generando niños y adolescentes extremadamente frágiles.
 

La trampa de la protección

 
En la actualidad muchos padres caen en lo que podríamos denominar la “trampa de la protección”. Este efecto fue descubierto por psicólogos de la Universidad Estatal de Arizona, quienes analizaron a 70 niños con edades comprendidas entre los 6 y 16 años que estaban siendo tratados por depresión y ansiedad. Descubrieron que algunas de las estrategias que ponían en práctica los padres para lidiar con los problemas emocionales de sus hijos no eran eficaces. Darles cariño, transmitirles afecto y animarles a enfrentar sus miedos funcionaba, pero adoptar una actitud sobreprotectora terminaba acentuando los síntomas depresivos y ansiosos.
 
El problema de la hiperpaternidad es que los padres no solo evitan que sus hijos cometan errores e intentan que no sufran las consecuencias de sus malas decisiones sino que incluso les ahorran esa dosis de miedo positivo. Sin embargo, lo curioso es que mientras más los niños eviten las situaciones que les atemorizan, más miedo tendrán y menos propensos serán a asumir riesgos en el futuro. 
 
Debemos recordar que la infancia es una etapa crucial para que los niños desarrollen esas habilidades que les permitirán lidiar con la adversidad y con las situaciones que les asustan. Si no desarrollan esas capacidades siendo niños, es probable que se conviertan en adultos excesivamente cautelosos, que tienen miedo a salir de su zona de confort, por lo que no serán capaces de vivir plenamente. 
 

¿Cuál es la solución?

 
No se trata de asumir una postura extremista. Si un día tu hijo olvida los deberes en casa, no hay nada de malo en llevárselos a la escuela. Si necesita ayuda con un proyecto, puedes darle una mano y si tiene problemas con algún compañero de colegio, puedes intervenir. Sin embargo, esta no debe ser la norma.

Es imprescindible que los padres sean capaces de darles a sus hijos la libertad necesaria como para que cometan sus propios errores. Así tendrán que asumir las consecuencias de sus actos y, como resultado, se verán obligados a adaptar su comportamiento, reorganizar sus hábitos y aprender del error.

La clave radica en encontrar un justo equilibrio entre la ayuda y la orientación, la protección y la seguridad, con la autonomía y la independencia. Solo así los niños aprenderán a valerse por sí solos y lograrán confiar en sus capacidades. Ese es uno de los mayores regalos que los padres pueden hacerles.

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Lo que lees importa más de lo que crees

La lectura es uno de los mejores hábitos que podemos desarrollar, uno de los mejores regalos que podemos hacernos. De hecho, una buena novela masajea nuestras neuronas. Sin embargo, no vale leer por leer, sumirnos en la lectura de cualquier cosa que caiga en nuestras manos no nos reportará los mismos beneficios, ni a nivel cognitivo ni emocional. Por tanto, es importante que seamos más selectivos a la hora de elegir lo que leemos.
 

Los contenidos “light” no aportan nada

 
Un estudio realizado en la Universidad de Florida ha sido la señal de alarma: ha encontrado que las lecturas de los estudiantes universitarios influyen directamente en su nivel de escritura. Estos psicólogos descubrieron que no solo cuenta la frecuencia con la que leemos sino también la calidad del contenido.
 
En práctica, los jóvenes que leían revistas académicas y literatura escribían con mayor sofistificación y cometían menos errores que quienes se limitaban a leer noticias y contenido web. Como resultado, estos psicólogos han hecho una diferenciación entre la “lectura profunda” y la “lectura light”. 
 
La lectura profunda es lenta y envolvente, rica en detalles sensoriales, emocionales y morales, es una lectura compleja que va más allá de la simple decodificación de las palabras. La lectura profunda se produce cuando el contenido tiene metáforas, alusiones y conceptos complejos, ya sea desde el punto de vista cognitivo o emocional. Cuando una novela es profunda podemos imbuirnos realmente en sus páginas, y promueve la reflexión y la empatía.
 
Sin embargo, la lectura “light” no nos reporta estos beneficios ya que se trata de una lectura veloz a la que se le presta poca atención y que se olvida al cabo de pocos minutos. Estos psicólogos creen que muchas noticias de los diarios, las revistas de entretenimiento y la mayoría de los contenidos intrascendentes que se pueden encontrar en Internet se pueden catalogar como “lectura light” ya que no promueven la reflexión ni generan una implicación emocional.
 

La lectura profunda, una explosión de sensaciones para el cerebro

 
La lectura profunda es una auténtica explosión de sensaciones para nuestro cerebro. De hecho, se ha apreciado que activa diferentes centros cerebrales, que deben trabajar de manera concertada para que podamos entender lo que leemos y vivir en carne propia esas experiencias. La lectura activa el área de Broca, que nos permite percibir el ritmo y la sintaxis, también activa el área de Wernicke, la cual interviene en nuestra percepción de las palabras y su significado, así como el giro angular, que es fundamental para la percepción y el uso del lenguaje. 
 
Por si fuera poco, la lectura profunda activa además otras áreas del cerebro vinculadas con la percepción y las emociones, lo cual indica que no solo estamos comprendiendo lo que leemos sino que estamos viviendo las aventuras a la par de los personajes. Una buena novela es capaz de activar las zonas del cerebro vinculadas con las sensaciones físicas y los sistemas de movimiento, así como el cerebro emocional, el cual nos permite llorar o reír junto con los personajes.
 
Por eso, no es extraño que se haya apreciado que después de que una persona lee una buena novela, aumenta su nivel de empatía, es capaz de comprender mejor las ideas de los demás, aunque sean diferentes de las suyas, y compartir sus estados emocionales.
 
La poesía es un ejemplo de “lectura profunda” muy especial. Hace poco los neurocientíficos comprobaron que todos los materiales escritos activan lo que se denomina “red de lectura”, la cual nos permite comprender el texto, memorizarlo y reflexionar al respecto. 
 
Sin embargo, en comparación con la prosa, la poesía activa áreas del cerebro completamente diferentes, sobre todo cuando se trata de poemas que nos gustan. De hecho, los poemas activaban la corteza cingulada posterior y medial de los lóbulos temporales, las partes del cerebro vinculadas con la introspección, así como algunas regiones específicas del hemisferio derecho, las mismas que responden ante la música. 
 
Por tanto, la próxima vez que vayas dedicarle unos minutos a la lectura, asegúrate de que valga la pena. Elige materiales que te emocionen, te hagan reflexionar, despierten curiosidad o te hagan disfrutar.
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5 ventajas insospechadas de ser el hermano menor

El orden en el que nacemos influye en nuestras características de personalidad. De todos los hermanos, los más pequeños generalmente son señalados como más problemáticos, irresponsables y demandantes de atención. De hecho, a menudo los padres no esperan mucho de los hijos menores y ponen sus esperanzas en sus vástagos mayores. A esto se le suma que durante toda su infancia y parte de la adolescencia son un blanco fácil de las bromas y travesuras de sus hermanos mayores. Sin duda, esto terminará moldeando su personalidad y su forma de reaccionar ante las situaciones.
 
Sin embargo, investigaciones recientes demuestran que los hermanos menores en realidad no son la oveja negra de la familia y pueden tener mucho éxito, un éxito que podría estar determinado en gran medida por las situaciones familiares con las que ha tenido que lidiar durante su infancia. 
 
1. Tienen un espíritu más aventurero
 
A diferencia de los primogénitos, quienes normalmente asumen el rol de líder frente a sus hermanos, los más pequeños se ven obligados a encontrar su propio papel, primero en el seno de la familia y más tarde en la vida. 
 
Lo interesante es que para encontrar su lugar y hacer valer sus talentos, los hermanos más pequeños se ven obligados a experimentar y salir de su zona de confort desde muy temprano. Por eso, es probable que se conviertan en personas más abiertas a las nuevas experiencias, dispuestas a asumir retos y a explorar. 
 
2. Son más simpáticos
 
Eddie Murphy, Stephen Colbert, Jennifer Lawrence y Tina Fey tienen dos cosas en común: son los hermanos más pequeños de la familia y son muy simpáticos. Sin embargo, no se trata de una coincidencia.
 
Un estudio realizado en el Reino Unido desveló que los hermanos menores suelen considerarse más divertidos mientras que los mayores se ven a sí mismos como más serios. Una teoría apunta a que esa capacidad para hacer reír a los demás se debe a que los hermanos más pequeños necesitaban llamar la atención de los padres y los demás miembros de la familia, y es probable que aprendieran a hacerlo a base de simpatía.
 
3. Suelen sentirse más relajados
 
Los hermanos menores suelen abrazar un estilo de vida más relajado y lidian mejor con el estrés, lo cual se debe, al menos en parte, a que los padres han adoptado con ellos un estilo educativo mucho más relajado, muestran una actitudlaissez-faire que no tuvieron con el primer hijo.
 
De hecho, los padres suelen comportarse de forma sobreprotectora con los hijos mayores y les sobrecargan de responsabilidades mientras que asumen un estilo más permisivo con los hijos menores. Esto hace que los pequeños se sientan más libres y puedan asumir la vida desde una perspectiva más relajada.
 
4. Son excelentes en las relaciones interpersonales
 
Los primogénitos suelen ser más asertivos, pero los hermanos más pequeños suelen ser más sociables y amantes de la diversión. Una vez más, esta característica se la deben al hecho de que se vieron obligados a encontrar su papel en la familia, a que han tenido que aprender a gestionar por sí solos diferentes situaciones y hasta se han visto obligados a “manipular” un poco a sus padres.
 
Por eso, los hermanos más pequeños suelen ser muy buenos haciendo amigos y hacen gala de una excelente Inteligencia Interpersonal. De hecho, también tienen un don especial para lograr poner a las personas de su parte, lo cual no es extraño ya que en las peleas con sus hermanos probablemente tuvieron que luchar mucho para convencer a sus padres de que la culpa no era suya.
 
5. Son más creativos
 
Como norma, los hermanos mayores suelen tener un cociente intelectual ligeramente superior, pero sus hermanos más pequeños tienen la ventaja creativa. Los últimos que han llegado a la familia a menudo evitan los caminos que ya han recorrido los hermanos mayores, por lo que necesitan desplegar toda su creatividad.
 
Los más pequeños desarrollan nuevos intereses y conocimientos que no se miden en las pruebas de inteligencia convencionales. Por eso, se ha apreciado que los hijos más pequeños prefieren profesiones más creativas, como el diseño, la arquitectura, la escritura o el arte, mientras que los mayores optan por profesiones más convencionales.
 
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10 cosas condenadas por la sociedad que los padres deben enseñarles a sus hijos

Dicen que los hijos se parecen más a su generación que a sus padres. De hecho, el mundo y la sociedad se empeñan en moldear a los niños para convertirlos en adultos “en serie”, a imagen y semejanza del resto, en un proceso a través del cual les arrebatan parte de su individualidad.

No cabe duda de que todos reflejamos la época que nos tocó vivir y la sociedad en la que hemos crecido. Sin embargo, los padres también pueden poner su granito de arena. Los valores y las actitudes que se aprenden en casa perduran, de una forma u otra, y pueden convertirse en tesoros muy valiosos que guíen a los niños hacia una vida más plena.

 

Las enseñanzas contracorriente que deberías transmitirles a tus hijos

 
1. A ser diferentes. En una sociedad que ensalza la estandarización, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el increíble valor de la diferencia. Que les explicaran que para ser diferentes no es necesario tatuarse, pintarse el pelo de tres colores o colocarse piercings en los sitios más insospechados sino a distinguirse por sus ideas, actitudes y opiniones. Los padres no deberían imponer sus criterios, sino motivar a sus hijos a buscar información y a pensar por sí mismos, deberían instarles a no seguir la tendencia ideológica de turno sino a formarse sus propias ideas, aunque difieran de la masa.
 
2. A respetar a los demás. En una sociedad que marcha a pasos agigantados hacia la deshumanización, me gustaría que los padres fueran capaces de enseñarles a sus hijos que no son el centro del universo y que no pasa nada por compartir el mundo con otros 7.300 millones de personas que tienen sus mismos derechos. Si los niños aprenden desde pequeños que sus decisiones, actitudes y comportamientos pueden matar las ilusiones y los sueños de los demás, se convertirán en adultos más sensibles. Por eso, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tratar a los demás como les gustaría que les trataran. Con eso bastaría para que el mundo de mañana fuese un poco mejor.
 
3. A apasionarse. En una sociedad donde cada vez más personas viven con las cabezas metidas en las pantallas y pasan horas en mundos virtuales, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que el mundo que se puede oler y tocar está esperándoles, al alcance de su mano. Me gustaría que los padres alimentaran la curiosidad innata de los niños hasta convertirla en una auténtica pasión. No importa hacia qué, la botánica o la astrología, basta con que puedan entusiasmarse y vibrar por algo que enriquezca su vida y que esta no se limite simplemente al trabajo o a hacer y desear lo que hacen y desean los demás. Ese sería un regalo extraordinario.
 
4. A luchar por lo que quieren. En una sociedad que crea necesidades ficticias continuamente a través del marketing más agresivo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a establecer sus propias necesidades, a saber cuáles son sus sueños y, sobre todo, a luchar por alcanzarlos. Me gustaría que los padres les dieran las herramientas para no darse por vencidos, que les enseñaran que cada error es un aprendizaje y que los pasos en falso en realidad les acercan a su meta. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a luchar por sus ilusiones, a no dejárselas arrebatar por personas que están demasiado cómodas en su zona de confort y no quieren que los demás crezcan. Solo de esta manera, al final de sus vidas, podrán darse por satisfechos.
 

5. A asumir su responsabilidad. En una sociedad donde la responsabilidad se diluye nivel por nivel y todos la rehuyen como si fuera la peste, porque es más fácil culpar a los demás que hacer examen de conciencia, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tomar las riendas de su vida y asumir la responsabilidad por sus acciones. Me gustaría que les enseñaran que muchas veces, para obtener algo, es necesario hacer sacrificios. También deberían enseñarles a no culpar al destino, a la suerte o a los demás por sus errores, y a pedir perdón cuando se equivocan.

6. A no juzgar a los demás. En una sociedad donde todo está perfectamente etiquetado y catalogado, donde la comparación se convierte en un arma de doble filo, es difícil no emitir juicios de valor. Sin embargo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a no juzgar a los demás, a no creerse superiores y, sobre todo, a no burlarse de ellos. Nadie puede comprender realmente a otra persona hasta que no ha caminado con sus zapatos durante mucho tiempo. Por eso, educar a los niños en la aceptación y la comprensión les enseñará a ser humildes, pero también les preparará para defender sus derechos y no permitir que los demás pasen por encima de ellos.
 

7. A asumir riesgos. En una sociedad que nos ha transmitido la idea errónea de que podemos tener todo lo que deseemos sin renunciar a nada y con el mínimo esfuerzo posible, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que cada decisión siempre implica una renuncia, en uno u otro sentido, porque por cada camino que elegimos, siempre hay un camino que abandonamos. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a aceptar que existe la posibilidad de perder, así dejarán de tenerle miedo al fracaso y podrán asumir nuevos desafíos con la menta abierta y el corazón dispuesto.

8. A ser flexibles. En una sociedad azotada por la rigidez, tanto a nivel político como religioso y de pensamiento, una lacra que provoca continuamente nuevos conflictos, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a ser flexibles, a comprender que todo está en continuo movimiento y que la inmovilidad es tan solo una falsa ilusión. Al enseñarles a ver la vida en movimiento también les animan a abrazar la incertidumbre, a abrirse a los acontecimientos y estar preparados para afrontarlos. De esta forma los niños también aprenderán a priorizar y sabrán cuándo es el momento de cambiar sus metas y redirigir sus esfuerzos en otra dirección. 

 
9. A dar sin pretender nada a cambio. En una sociedad donde la mayoría de las personas piensan que una mano lava la otra y ambas limpian la cara, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a dar sin esperar nada a cambio, por el simple placer que implica ser generosos. No se trata de convertirlos en personas serviles, sino en enseñarles el increíblevalor de la generosidad y de estimular el deseo de compartir. También se trata de enseñarles su valor como personas, para que no se dejen comprar, sobornar ni pretendan pasar por encima de los demás.
 

10. A asumir que la vida no es justa. En una sociedad que muchas veces premia a quien menos lo merece y que destilapositivismo ingenuo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el valor del realismo, que les enseñaran a levantarse cada vez que caen. Educar en la resiliencia significa enseñarles que la vida no siempre será justa, pero a pesar de ello vale la pena seguir avanzando porque esos reveses pueden hacerles más fuertes. De esta forma aprenderán a no lamentarse cada vez que surja un problema sino que pondrán manos a la obra para encontrar una solución.

Por supuesto, el camino no es sencillo y es probable que te equivoques mientras lo recorres pero lo más importante es educar desde la humildad, el respeto y el amor, teniendo en cuenta que una vez que una mente se abre a una nueva idea, jamás vuelve a ser la misma. Por tanto, disfruta de tus hijos e intenta sacar la mejor versión de ellos, esas cualidades que los hacen únicos y especiales.

 

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La disculpa perfecta: Los 3 ingredientes que no pueden faltar

Todos cometemos errores, es parte de la vida y del aprendizaje. Sin embargo, cuando nuestros errores afectan a otras personas, debemos intentar reparar el daño causado, o al menos minimizar sus consencuencias. Entonces entran en juego las disculpas. De hecho, una disculpa a tiempo puede evitar males mayores o, al menos, puede servir para indicarle a la persona que realmente sentimos lo que hemos hecho.
 
Sin embargo, no valen las disculpas por compromiso, esas que son tan comunes en la sociedad actual. Para que una disculpa sea realmente eficaz debe provenir de un arrepentimiento sincero. Desgraciadamente, ese tipo de disculpas son las menos comunes.
 

Una sociedad de disculpas automatizadas

 
Desde pequeños nos enseñaron, o más bien nos obligaron, a disculparnos por nuestros errores. Si hacíamos algo mal, nuestros padres nos pedían que nos disculparamos inmediatamente. De esta forma, a menudo nos disculpábamos sin saber qué habíamos hecho mal.
 
De niños, pedimos muchas disculpas solo porque nuestros padres nos “obligaban” a hacerlo, sin explicarnos dónde nos habíamos equivocado. Por tanto, se trataba de disculpas vacías, en las que no había un auténtico reconocimiento de la falta y mucho menos un sincero arrepentimiento. Como resultado, las disculpas se fueron automatizando.
 
Así, muchas personas han llegado a un punto en el que, sin saber muy bien por qué, piden disculpas. Desde pequeños aprendieron a reconocer las señales de desagrado en los demás, gestos muy sutiles que denotaban molestia, y responden ante estos de forma automática pidiendo disculpas, sin asumir una verdadera responsabilidad y sin siquiera ser conscientes de lo que han hecho para causar esa molestia.
 
Quizá la frase que mejor recoge esta situación es: “Te pido disculpas si algo que dije o hice te molestó”. Sin embargo, esta frase solo denota que aún nos comportamos como niños pequeños. 
 
De hecho, sería mucho más maduro y desarrollador preguntar: “¿Te ha molestado algo de lo que he dicho o hecho?
 
De esta forma podríamos comprender dónde nos equivocamos, evitar ese comportamiento en el futuro y, a la postre, si lo consideramos conveniente, ofrecer una disculpa auténtica, que muestre nuestro arrepentimiento sincero.
 

Las disculpas no son tan eficaces como pensamos 

 
Un estudio desarrollado por psicólogos de la London Business School ha demostrado que recibir una disculpa no es tan eficaz como pensamos. Estos investigadores organizaron un juego en el que le dieron diez euros a cada participante y luego les pidieron que trabajarán en pareja. Si esa persona decidía entregarle el dinero a su pareja, este se triplicaría, entonces la pareja decidiría cuánto devolverle. Sin embargo, todo estaba previsto para que la pareja sólo les devolviera 5 euros, para que el participante se sintiera estafado.
 
A continuación, a la mitad de las personas se les ofreció una disculpa mientras que a la otra mitad les pidieron tan solo que imaginarán que recibían una disculpa. Luego, cada persona debía evaluar cuán eficaz había sido la disculpa, tanto la real como la ficticia. Curiosamente, quienes imaginaron la disculpa, le dieron una puntuación mayor: 5,3 puntos. Sin embargo, quienes recibieron la disculpa real la calificaron con unos escasos 3,5 puntos.
 
Este sencillo experimentó confirmó que solemos sobre estimar el valor de una disculpa. Esto no significa que una disculpa sea ineficaz, pero debemos ser conscientes de que en una sociedad de disculpas automatizadas, estas son tan sólo el primer paso para obtener el perdón. De hecho, si una disculpa es realmente honesta puede devolverle la dignidad a la víctima y salvar al transgresor.
 
No obstante, la mayoría de las personas son mejores buscando excusas o negando su error que disculpándose y asumiendo la responsabilidad. Por eso, no es extraño qué los estudios psicológicos indiquen que algunas excusas pueden terminar irritando a los demás.
 

¿Cuáles son los ingredientes de una disculpa eficaz?

 
Khalil Gibran dijo: “Un hombre debe ser lo suficientemente grande como para admitir sus errores, lo suficientemente inteligente como para aprovecharlos y lo suficientemente fuerte para corregirlos”.
 
Un estudio reciente llevado a cabo en la Universidad Estatal de Ohio ha desvelado que este poeta libanés tenía razón. Los componentes más importantes de una buena excusa, para que ésta sea realmente efectiva, son:
 
– Expresión de arrepentimiento
 
– Explicación de lo que ocurrió mal
 
– Reconocimiento de la responsabilidad
 
– Declaración de arrepentimiento
 
– Oferta para reparar el daño
 
– Pedir que lo olvide
 
Sin embargo, entre estos factores hay tres fundamentales, el más importante es el reconocimiento de la responsabilidad. Básicamente, se trata de reconocer que nos hemos equivocado. Obviamente, para ello primero tenemos que ser conscientes de lo que hemos hecho mal, por lo que no vale una disculpa genérica.
 
El segundo factor más importante consiste en intentar reparar el daño ya que de esta forma la persona comprende que realmente estamos dispuestos a hacer algo para subsanar nuestro error. Este aspecto es una declaración de buena voluntad. 
 
En tercer lugar se encuentra la expresión de arrepentimiento, la cual se entiende como una confirmación de que realmente nos sentimos mal. Y se trata del detalle más difícil de fingir ya que no solo se refiere a nuestras palabras y acciones sino que también incluye nuestras expresiones faciales y la postura, las cuales deben indicar que realmente lo sentimos.
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