Niños Orquídea: Hipersensibles al estilo educativo de los padres, para bien o para mal

Hay niños que prácticamente desde que nacen dan muestras de una gran sensibilidad ante los cambios que ocurren a su alrededor, reaccionan con mayor intensidad ante los sonidos, notan el más mínimo cambio en su alimentación e incluso se alteran o se tranquilizan según el estado de ánimo de sus padres. Otros, al contrario, se muestran menos vulnerables y parecen lidiar mejor con los cambios que ocurren en su entorno, como si estos no hicieran mella en ellos.
 
Precisamente, hace ya una década psicólogos de la Universidad de California propusieron un concepto muy interesante sobre la forma de reaccionar de los niños ante la educación que reciben. Afirmaron que existen niños que son como las orquídeas: se marchitan como respuesta a una infancia difícil pero prosperan en un ambiente positivo. En el extremo opuesto se encuentran niños más parecidos a los dientes de león, a quienes los vaivenes del camino les afectan menos y muestran una actitud más resiliente.
 

Niños orquídea, almas más sensibles

 
Desde entonces, los psicólogos han comenzado a perfilar la teoría de la “Sensibilidad Biológica al Contexto”, según la cual, el temperamento de los niños es un factor fundamental que determina cómo reaccionarán ante diferentes estilos educativos. De hecho, se ha apreciado que existen niños que reaccionan de manera más negativa ante los estímulos del medio, mostrando más miedo e irritabilidad, mientras que otros logran controlar mejor sus reacciones y se muestran más abiertos y dispuestos a explorar.
 
Hace poco un grupo de psicólogos de la Universidad de Utrecht confirmaron esta teoría a través de un metaánalisis en el que recopilaron los resultados de 84 estudios que involucraron a 6.153 niños. Evaluaron el temperamento infantil, el estilo educativo de los padres y el desarrollo de los niños teniendo en cuenta diferentes indicadores, desde los problemas de conducta hasta el desempeño académico. 
 
Así concluyeron que, efectivamente, hay niños que son particularmente sensibles desde una edad muy temprana ante el estilo educativo que se utiliza con ellos. Estos pequeños generalmente son catalogados por sus padres y profesores como “niños difíciles” ya que suelen tener las emociones a flor de piel y reaccionan con mayor intensidad ante los problemas y conflictos. 
 

Un gen que se activa, para bien o para mal

 
La idea de que existen niños especialmente vulnerables ante el estrés no es nueva. Sin embargo, la perspectiva positiva que encierra la teoría de los “niños orquídea” sí es novedosa ya que también demuestra que esos pequeños pueden “florecer” y lograr grandes cosas si reciben una educación sensible y desarrolladora.
 
Una posible explicación a este fenómeno radicaría en los genes. Por eso, genetistas de la Virginia Commonwealth University se han dedicado a investigar la influencia del gen CHRM2, el cual está relacionado con la dependencia al alcohol, las conductas disruptivas en la adolescencia y el comportamiento disocial en la juventud. Además, los receptores químicos de ese gen en particular están vinculados a funciones cerebrales como el aprendizaje y la memoria.
 
Estos investigadores tomaron muestras del ADN de 400 niños y niñas en edad preescolar para analizar las variaciones en este gen. Al inicio del estudio los niños no tenían problemas de conducta, por lo que se les dio un seguimiento anual hasta que cumplieron los 17 años, analizando sus comportamientos y el estilo educativo de los padres. 

¿Qué pasaría si en vez de castigar a los niños, les enseñáramos a meditar?

 
Cuando los niños se portan mal, se les castiga. Así se hace en el hogar y así se hace en los colegios. Así se ha hecho desde siempre y así se sigue haciendo. Sin embargo, si queremos que las cosas cambien, si queremos que la sociedad mejore, quizá deberíamos cambiar nuestra forma de educar. 
 
Y eso es precisamente lo que se ha propuesto la escuela primaria estadounidense “Robert W. Coleman”, sus maestros no castigan a los niños sino que les proponen algo diametralmente diferente: meditar.
 
El centro educativo, que se encuentra en Baltimore, ha creado una “Sala Mindful”, donde acuden todos los niños, también aquellos que han tenido comportamientos disruptivos. Una vez allí, en vez de reprenderles, se les anima a respirar y meditar, a reencontrar la calma, tranquilizarse y reflexionar sobre lo ocurrido. 
 
Este proyecto fue creado en conjunto con “Holistic Life Foundation”, una fundación que ha pasado más de una década ofreciendo programas extraescolares holísticos para los niños. De hecho, su director afirma que aunque puede parecer imposible que los niños se sienten a meditar en silencio, lo hacen sin dificultades. 
 
Por otra parte, el director del colegio afirma que desde que han puesto en marcha este proyecto, los estudiantes han mejorado mucho su comportamiento y ya no ha sido necesario recurrir a los castigos o a las suspensiones escolares.
 

Los increíbles beneficios de la meditación mindfulness para los niños

 
La meditación mindfulness existe desde hace miles de años, aunque solo ahora el mundo occidental está redescubriendo sus beneficios. De hecho, está técnica ya se ha introducido en muchas terapias psicológicas y poco a poco también va ganando terreno en la educación.
 
Se ha comprobado que este tipo de meditación mejora la atención, por lo que es ideal para los niños con déficit de atención e hiperactividad. También reduce el estrés, fomenta la empatía y potencia el autocontrol emocional, por lo que se recomienda en los niños que sufren un trastorno oposicionista desafiante o que muestran conductas agresivas.
 
Esto se debe a que la meditación mindfulness provoca cambios a nivel cerebral, sobre todo en las regiones vinculadas con la atención, el procesamiento de la información sensorial, el pensamiento y la toma de decisiones.

En un estudio realizado en la Universidad de Harvard se apreció que estas áreas de la corteza cerebral muestran un engrosamiento cuando se practica la meditación mindfulness, el cual se suele alcanzar de manera natural solo con el paso de los años. Esto significa que algunas zonas del cerebro se desarrollan más rápido cuando se medita, por lo que es una herramienta muy poderosa para estimular la maduración cerebral en los niños.

 
Por otra parte, un metaanálisis realizado por psicólogos de la Universidad de Chicago que incluyó los datos de 270.034 niños de 213 escuelas en las que habían puesto en marcha programas de meditación mindfulness, llegó a la conclusión de que esta técnica no solo mejoraba sus habilidades sociales y emocionales sino también su desempeño académico, en una media de 11 puntos.

Estos resultados no son casuales. De hecho, se ha comprobado que la meditación mindfulness también incrementa la densidad de materia gris en el hipocampo, una zona estrechamente vinculada con la memoria y el aprendizaje. Por tanto, no es extraño que los niños que aprenden a meditar también mejoren su aprendizaje.

 

Meditación midnfulness: El antídoto para el estrés que genera la vida moderna

 
La meditación mindfulness no es simplemente una técnica, no implica sentar a los niños a meditar durante un rato y después olvidarse del asunto, implica asumir un estilo de vida diferente y comprender que los niños necesitan ser felices, no ser los mejores, que necesitan jugar y tener un ritmo de vida más relajado, en vez de sentirse presionados constantemente por obtener buenas calificaciones.

Por eso, la meditación puede convertirse en una especie de antídoto contra muchos de los problemas modernos. Los padres y maestros pueden usarla para:

– Enseñarles a mantenerse calmados, en vez de perder el control

– Enseñarles a estar plenamente presentes, en vez de tener la mente en otra parte

 
– Enseñarles a disfrutar de las pequeñas cosas, en vez de apostar únicamente por la tecnología
 
– Enseñarles a ser empáticos y compasivos, en vez de distantes y egoístas
 
– Enseñarles a mirar dentro de sí, para que sean más conscientes y responsables, en vez de dejar que miren continuamente hacia afuera en busca de culpables
 
– Enseñarles a bajar el ritmo cada vez que sea necesario, en vez de empujarles a perseguir el “éxito” 
 

3 ejercicios para desarrollar una actitud mindfulness en los niños

Para desarrollar una actitud mindfulness en los niños, es importante que los adultos sean pacientes y perseverantes. Cuando se trata de niños pequeños, de 4 o 5 años, tan solo 5 minutos al día de “meditación” serán suficientes. Cuando sean mayores podéis dedicarle a esta actividad unos 15 minutos al día.

 
Se recomienda ponerla en práctica siempre a la misma hora, al menos tres días a la semana y en un lugar tranquilo, donde no os interrumpan. La idea es proponer la actividad bajo una perspectiva interesante y divertida. También es importante pedirle al niño que cuente sus sensaciones al terminar el ejercicio. Obviamente, es fundamental no juzgarle porque todas las experiencias son válidas. De hecho, es normal que algunos días esté más disperso y desconcentrado que otros, no se le debe criticar ni reprender.

1. Técnica “Los Astronautas”

 
El objetivo de esta técnica es que los niños aprendan a concentrarse en el momento presente, con todos sus sentidos. Para lograrlo, le dirás que vais a jugar a ser astronautas que visitan otros planetas. Él será el terrícola y tú el extraterrestre.

A continuación, dale una fruta y pídele que la experimente con todos los sentidos, como si nunca la hubiese visto. Es importante que no se le escapen los detalles porque su misión intergaláctica consiste en describirle esa fruta a un extraterrestre que no sabe qué es y quiere replicarla en su planeta. 

 
2. Técnica “Parte Meteorológico”
 
En este caso, el objetivo es potenciar la conciencia emocional del niño, haciendo que gane en introspección. Solo tenéis que sentaros y cerrar los ojos, para descubrir cómo os sentís en ese momento. Al principio puedes ayudarle preguntándole “¿Qué tiempo está haciendo allí dentro?” Si se siente relajado y tranquilo puede decir que brilla el sol, si está preocupado puede indicar que hay nubes y si se siente muy tenso, que está a punto de caer un chaparrón.
 
La idea es que observe el “tiempo” que hace en su interior, desde una postura desapegada. Aprovecha para explicarle que los estados de ánimo cambian como el tiempo y que no tiene sentido aferrarse a ellos. Debe aprender a observar, comprenderlos y dejarlos pasar. Verás que a medida que practicáis, el niño irá añadiendo más detalles a su “tiempo” interior, lo cual es sinónimo de que está ampliando su conciencia emocional.
 
3. Técnica “Como una Rana”
 
El objetivo de esta técnica es lograr que el niño aprenda a respirar profundamente y comience a dar los primeros pasos en la meditación mindfulnes. Puedes empezar explicándole que imitaréis a la rana, un animal que puede dar grandes saltos pero también puede quedarse muy quieta, observando lo que sucede a su alrededor, sin reaccionar de inmediato. 
 
Pídele que respire como la rana, tomando lentamente el aire por la nariz mientras infla la barriga y soltándolo muy suavemente por la boca, mientras se desinfla. Así sentados, la rana no se deja arrastrar por las miles de ideas que cruzan por su mente sino que se concentra en el movimiento de su barriga mientras respira. De esta forma le enseñas autocontrol y, de paso, le ayudas a respirar adecuadamente, no de forma entrecortada, como solemos hacer.
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5 actitudes cotidianas con las que “matamos” la intuición infantil

 
El instinto, la intuición, o lo que algunos llaman sexto sentido, es un regalo maravilloso. Sin embargo, en vez de desarrollarlo, lo vamos perdiendo a medida que abrazamos la racionalidad y la lógica. Al disolverse, dejamos de percibir una parte del mundo, una parte muy importante que puede ayudarnos a desenvolvernos mejor en nuestras relaciones interpersonales o incluso puede salvarnos la vida en una situación de peligro.
 
De hecho, ese sexto sentido nos ayuda a detectar las microseñales de ansiedad, ira, tristeza o alegría que envían las otras personas y que nos permiten regular nuestro comportamiento. Sin embargo, todo parece indicar que no somos muy hábiles detectando esas microexpresiones porque confiamos más en la lógica que en nuestro instinto.
 
Así lo demuestra un estudio llevado a cabo en la Göteborg University en el que les pidieron a 60 adultos que intentaran descubrir cuándo los niños mentían. Los participantes vieron una serie de vídeos en los que aparecían diferentes niños contando un hecho que, aparentemente, les había ocurrido. Sin embargo, la mayoría de los adultos no fueron capaces de discernir las historias verdaderas de las falsas.
 
¿Por qué?
 
Los psicólogos descubrieron que el problema era que los participantes utilizaban estrategias racionales para detectar las mentiras, como pensar que la falta de detalles en las historias era una señal de simulación. Curiosamente, los niños eran muy prolijos en sus historias y daban detalles muy vívidos incluso cuando mentían. Al basarse en la racionalidad, en vez de recurrir a la intuición, los adultos no eran capaces de detectar las microexpresiones y los pequeños detalles que desvelan una mentira.
 
No obstante, la intuición infantil está muy desarrollada. En un estudio llevado a cabo en la Universidad de Ottawa les pidieron a 60 niños de seis años que vieran pequeños vídeos en los que aparecía un actor riendo de verdad o fingiendo la sonrisa. Asombrosamente, los niños podían detectar en la mayoría de los casos las diferencias entre una sonrisa falsa y una genuina, incluso con más acierto que los niños mayores.
 
La buena noticia es que ese sexto sentido les puede ayudar a mantenerse a salvo de las personas potencialmente peligrosas y, sin duda, les convertirá en adultos más sensibles emocionalmente. La mala noticia es que los adultos nos encargamos de sacrificar la intuición infantil en el altar de la racionalidad, aunque solemos hacerlo sin darnos cuenta, simplemente porque reproducimos los estereotipos y las actitudes con las que fuimos criados.

Pequeñas enseñanzas que debilitan la intuición de los niños

 
1. Obligarles a abrazar o besar a las personas
 
Es común ver a padres que obligan a sus hijos a darle un abrazo o besar a personas a las que no les gustaría acercarse. Muchos lo hacen para enseñarles a ser amables. Sin embargo, lo cierto es que no deberíamos obligar a los niños a abrazar o besar a una persona que no le agrada. En primer lugar, por respeto, ya que aunque son niños, tienen el derecho de decidir cómo demostrar su afecto, según su carácter, preferencias y estado de ánimo. De hecho, para los adultos un abrazo y un beso suelen ser simples convenciones sociales, pero para los niños es un acto íntimo y una profunda muestra de afecto. 
 
En segundo lugar, obligar a los niños a darle un abrazo o un beso a una persona, significa acallar su instinto. Si al pequeño no le apetece acercarse a esa persona, es simplemente porque no le entusiasma la idea del contacto físico, lo cual no es un problema, todo lo contrario. Los niños suelen tener un gran instinto sobre las personas que le rodean, por lo que debemos enseñarles a confiar en esta capacidad y dejarles que guarden distancia de aquellos con quienes no se sienten cómodos, al menos hasta que se ganen su confianza.
 
Por supuesto, esto no significa que dejemos que los niños se conviertan en ermitaños. Sin embargo, si no les apetece dar un abrazo o un beso, un apretón de manos o un simple saludo debe bastar. Para demostrar educación no es necesario besar o abrazar, un simple “buenos días” o un “hasta luego” son suficientes.
 
2. Enseñarles que los adultos siempre tienen la razón
 
Normalmente los padres les enseñan a los niños a respetar a todos los adultos, incluso hay quienes se encargan de decir que los adultos siempre tienen la razón. Sin embargo, se trata de una enseñanza que puede convertirse en un arma de doble filo ya que son precisamente los adultos quienes más daño pueden hacerle a un niño. 
 
Enseñarle a un pequeño que los adultos siempre deben estar a cargo de la situación y que es poco respetuoso no escucharles o hacerles caso, implica lacerar su instinto. Los niños que han crecido con este patrón correrán un mayor riesgo de sufrir abusos de los adultos sin decir nada ya que piensan que deben someterse a su voluntad, que es lo correcto.
 
En cambio, a los niños se les debe enseñar que todas las personas merecen respeto, no solo los adultos, sino también los otros pequeños e incluso los animales. Pero también se les debe decir que si se sienten incómodos o su instinto les avisa de que hay algún peligro, no están obligados a obedecer y deberían contarle lo ocurrido a sus padres.
 
3. Decirles que siempre les protegeremos
 
Los padres desearían mantener siempre a salvo a sus hijos, protegerles del peligro y evitar cualquier problema. Sin embargo, se trata de una misión imposible. De hecho, ni siquiera es una pretensión sana ya que los niños deben aprender a defenderse solos y deben cometer sus propios errores ya que solo así desarrollan la resiliencia infantil.
 
Por eso, decirles que siempre les mantendremos a salvo equivale a generar un falso sentido de la seguridad, es como lanzarlos a una selva sin un kit de protección que pueda usar para sobrevivir en ese entorno tan inhóspito. El problema es que al sentir esa falsa sensación de seguridad, el instinto se anestesia y no se activará cuando sea necesario. 
 
Por supuesto, esto no significa que no debamos tranquilizar al niño cuando tiene miedo ni implica que debamos exponerlo a peligros innecesarios, pero la principal tarea de los padres no es proteger eternamente a sus hijos sino enseñarles a protegerse por sí mismos.

4. Minimizar sus temores
 
Algunos padres, con el objetivo de tranquilizar a sus hijos, minimizan sus temores o incluso hacen caso omiso de ellos. Les dicen frases como “son tonterías, no debes tener miedo” o “ya eres grande para temerle a la oscuridad“. Sin embargo, estas frases no cumplen su objetivo, no calman al niño, al contrario, se convierten en una barrera entre el pequeño y sus padres. El niño se siente incomprendido y aprende a ocultar sus miedos.
 
Por otra parte, el miedo es una emoción completamente natural que no se debe desestimar ya que tiene un valor defensivo. Cuando catalogamos el miedo como algo negativo, el niño se avergüenza de sentirlo y poco a poco va acallando su instinto, que es precisamente el encargado de advertirle de los peligros o de las situaciones desconocidas que podrían entrañar cierto riesgo.
 
Por eso, en vez de minimizar sus temores, deberíamos validarlos. Vale aclarar que no se trata de alimentar el miedo, sino de compartir su preocupación y sus emociones, explicarle de dónde provienen y aprovechar esa oportunidad para enseñarle a vencer ese temor.
 
5. Llenar su agenda sin dejarles tiempo libre
 
La intuición no solo nos alerta del peligro, también nos indica aquellas cosas que nos hacen sentir bien. De hecho, el instinto nos señala, entre todas las opciones posibles, aquellas que nos harán más felices, las que mejor nos complementa y satisface. Desgraciadamente, perdemos muy pronto ese sexto sentido para la felicidad, a medida que dejamos de lado lo que nos agrada para involucrarnos en actividades de conveniencia. Perdemos la capacidad para saber lo que nos hace felices cada vez que en lugar de un “me gusta” colocamos un “debo”.
 
Por eso, llenar la agenda infantil con actividades extraescolares o tareas perfectamente estructuradas impuestas por los adultos, sin dejar espacio para el juego libre, también significa lastrar el instinto y subordinarlo cada vez más a los convencionalismos sociales. Esa es la razón por la cual muchas personas, que han perdido el contacto con su “yo” más profundo, se dejan llevar por lo que desean los demás, sin saber qué es lo que realmente desean ellas o les hace felices.
 

¿Qué es realmente la intuición?

 
Para comprender cómo funciona la intuición, es importante saber que en el cerebro existen dos sistemas: uno emocional y otro racional. El sistema intuitivo se basa en nuestras experiencias, en lo que nos han legado nuestros antepasados a través de los genes y en las emociones que experimentamos. El segundo sistema es lógico y funciona de manera más lenta ya que nos permite evaluar las diferentes opciones y tomar una decisión más racional.
 
El sistema intuitivo es el que nos alerta de un posible peligro, pero también el que nos señala las cosas que nos resultan agradables y generan una sensación de bienestar. Obviamente, es fundamental que ambos sistemas se complementen y trabajen en equilibrio. De hecho, puede ser tan negativo tomar decisiones basándose solo en el instinto como decidir únicamente desde la racionalidad.
 
Por eso, es tarea de los padres y los educadores fomentar la confianza de los niños en su instinto, en ese sexto sentido para el peligro y la felicidad, y a la vez, enseñarles a evaluar esas intuiciones desde la lógica, para encontrarles un sentido y tomar la mejor decisión posible.
 
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10 cosas condenadas por la sociedad que los padres deben enseñarles a sus hijos

Dicen que los hijos se parecen más a su generación que a sus padres. De hecho, el mundo y la sociedad se empeñan en moldear a los niños para convertirlos en adultos “en serie”, a imagen y semejanza del resto, en un proceso a través del cual les arrebatan parte de su individualidad.

No cabe duda de que todos reflejamos la época que nos tocó vivir y la sociedad en la que hemos crecido. Sin embargo, los padres también pueden poner su granito de arena. Los valores y las actitudes que se aprenden en casa perduran, de una forma u otra, y pueden convertirse en tesoros muy valiosos que guíen a los niños hacia una vida más plena.

 

Las enseñanzas contracorriente que deberías transmitirles a tus hijos

 
1. A ser diferentes. En una sociedad que ensalza la estandarización, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el increíble valor de la diferencia. Que les explicaran que para ser diferentes no es necesario tatuarse, pintarse el pelo de tres colores o colocarse piercings en los sitios más insospechados sino a distinguirse por sus ideas, actitudes y opiniones. Los padres no deberían imponer sus criterios, sino motivar a sus hijos a buscar información y a pensar por sí mismos, deberían instarles a no seguir la tendencia ideológica de turno sino a formarse sus propias ideas, aunque difieran de la masa.
 
2. A respetar a los demás. En una sociedad que marcha a pasos agigantados hacia la deshumanización, me gustaría que los padres fueran capaces de enseñarles a sus hijos que no son el centro del universo y que no pasa nada por compartir el mundo con otros 7.300 millones de personas que tienen sus mismos derechos. Si los niños aprenden desde pequeños que sus decisiones, actitudes y comportamientos pueden matar las ilusiones y los sueños de los demás, se convertirán en adultos más sensibles. Por eso, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tratar a los demás como les gustaría que les trataran. Con eso bastaría para que el mundo de mañana fuese un poco mejor.
 
3. A apasionarse. En una sociedad donde cada vez más personas viven con las cabezas metidas en las pantallas y pasan horas en mundos virtuales, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que el mundo que se puede oler y tocar está esperándoles, al alcance de su mano. Me gustaría que los padres alimentaran la curiosidad innata de los niños hasta convertirla en una auténtica pasión. No importa hacia qué, la botánica o la astrología, basta con que puedan entusiasmarse y vibrar por algo que enriquezca su vida y que esta no se limite simplemente al trabajo o a hacer y desear lo que hacen y desean los demás. Ese sería un regalo extraordinario.
 
4. A luchar por lo que quieren. En una sociedad que crea necesidades ficticias continuamente a través del marketing más agresivo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a establecer sus propias necesidades, a saber cuáles son sus sueños y, sobre todo, a luchar por alcanzarlos. Me gustaría que los padres les dieran las herramientas para no darse por vencidos, que les enseñaran que cada error es un aprendizaje y que los pasos en falso en realidad les acercan a su meta. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a luchar por sus ilusiones, a no dejárselas arrebatar por personas que están demasiado cómodas en su zona de confort y no quieren que los demás crezcan. Solo de esta manera, al final de sus vidas, podrán darse por satisfechos.
 

5. A asumir su responsabilidad. En una sociedad donde la responsabilidad se diluye nivel por nivel y todos la rehuyen como si fuera la peste, porque es más fácil culpar a los demás que hacer examen de conciencia, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tomar las riendas de su vida y asumir la responsabilidad por sus acciones. Me gustaría que les enseñaran que muchas veces, para obtener algo, es necesario hacer sacrificios. También deberían enseñarles a no culpar al destino, a la suerte o a los demás por sus errores, y a pedir perdón cuando se equivocan.

6. A no juzgar a los demás. En una sociedad donde todo está perfectamente etiquetado y catalogado, donde la comparación se convierte en un arma de doble filo, es difícil no emitir juicios de valor. Sin embargo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a no juzgar a los demás, a no creerse superiores y, sobre todo, a no burlarse de ellos. Nadie puede comprender realmente a otra persona hasta que no ha caminado con sus zapatos durante mucho tiempo. Por eso, educar a los niños en la aceptación y la comprensión les enseñará a ser humildes, pero también les preparará para defender sus derechos y no permitir que los demás pasen por encima de ellos.
 

7. A asumir riesgos. En una sociedad que nos ha transmitido la idea errónea de que podemos tener todo lo que deseemos sin renunciar a nada y con el mínimo esfuerzo posible, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que cada decisión siempre implica una renuncia, en uno u otro sentido, porque por cada camino que elegimos, siempre hay un camino que abandonamos. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a aceptar que existe la posibilidad de perder, así dejarán de tenerle miedo al fracaso y podrán asumir nuevos desafíos con la menta abierta y el corazón dispuesto.

8. A ser flexibles. En una sociedad azotada por la rigidez, tanto a nivel político como religioso y de pensamiento, una lacra que provoca continuamente nuevos conflictos, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a ser flexibles, a comprender que todo está en continuo movimiento y que la inmovilidad es tan solo una falsa ilusión. Al enseñarles a ver la vida en movimiento también les animan a abrazar la incertidumbre, a abrirse a los acontecimientos y estar preparados para afrontarlos. De esta forma los niños también aprenderán a priorizar y sabrán cuándo es el momento de cambiar sus metas y redirigir sus esfuerzos en otra dirección. 

 
9. A dar sin pretender nada a cambio. En una sociedad donde la mayoría de las personas piensan que una mano lava la otra y ambas limpian la cara, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a dar sin esperar nada a cambio, por el simple placer que implica ser generosos. No se trata de convertirlos en personas serviles, sino en enseñarles el increíblevalor de la generosidad y de estimular el deseo de compartir. También se trata de enseñarles su valor como personas, para que no se dejen comprar, sobornar ni pretendan pasar por encima de los demás.
 

10. A asumir que la vida no es justa. En una sociedad que muchas veces premia a quien menos lo merece y que destilapositivismo ingenuo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el valor del realismo, que les enseñaran a levantarse cada vez que caen. Educar en la resiliencia significa enseñarles que la vida no siempre será justa, pero a pesar de ello vale la pena seguir avanzando porque esos reveses pueden hacerles más fuertes. De esta forma aprenderán a no lamentarse cada vez que surja un problema sino que pondrán manos a la obra para encontrar una solución.

Por supuesto, el camino no es sencillo y es probable que te equivoques mientras lo recorres pero lo más importante es educar desde la humildad, el respeto y el amor, teniendo en cuenta que una vez que una mente se abre a una nueva idea, jamás vuelve a ser la misma. Por tanto, disfruta de tus hijos e intenta sacar la mejor versión de ellos, esas cualidades que los hacen únicos y especiales.

 

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​¿Por qué algunos niños pueden ser capaces de matar?

 ​¿Por qué algunos niños pueden ser capaces de matar?
 

José Rabadán, tenía 16 años y mató a sus padres y a su hermana, disminuida psíquica, con una katana, porque pensó que de esa forma podría hacer su vida tranquilo. Raquel e Iria, de 17 y 16, mataron a una compañera de clase porque querían descubrir lo que se sentía al matar y hacerse conocidas.

Javier Rosado, de 21 años, junto con un amigo de 17, mató a un transeúnte seleccionado al azar. “El Nano”, de 13 años mató de una pedrada a un amigo de 10, porque éste último le había insultado. Antonio Molina, de 14 años arrojó a su hermanastra de 6 por una tubería de distribución de agua donde murió asfixiada, porque sentía celos de ella. Enrique Cornejo y Antonio Aguilar, de 16 años ambos, violaron y apuñalaron a un niño de 11.

Niños asesinos: datos y explicación desde la Psicología

A pesar de que cada caso es único y cada autor tuvo motivos distintos para llevarlos a cabo, todos tienen elementos comunes: los crímenes fueron cometidos por menores de edad y tuvieron lugar en España.

Por supuesto, los mencionados no son los únicos casos de asesinatos llevados a cabo por menores que han ocurrido en el país, existen más, aunque estos han pasado a la historia por la violencia ejercida y las motivaciones de los autores.

¿Por qué un menor de edad comete un crimen de esta magnitud?

Resulta escalofriante pensar que desde una edad tan temprana,  los menores pueden llegar a cometer actos de tal violencia, como la manifestada en los casos expuestos anteriormente y la pregunta que nos hacemos ante estos hechos es: ¿Cómo puede llegar un menor a experimentar tales actos de violencia?

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Evidencias científicas: desde la personalidad hasta los conflictos emocionales

Los expertos que estudian estos fenómenos violentos alegan diversas causas. Echeburúa relata dos posibles hipótesis al respecto, una de ellas defiende una impulsividad extrema causada por un daño cerebral que afecta a los mecanismos que regulan la conducta y, la otra, hace referencia a una vulnerabilidad de tipo biológico o psicológico.

Por su parte, el profesor de la Universitat de Barcelona  Antonio Andrés Pueyo alude a factores de personalidad y de oportunidad. Este autor defiende que en determinadas situaciones emocionales se desencadenan una serie de actos violentos que pueden acabar en un homicidio sin que haya mediado previamente el deseo de matar. Otras teorías afirman que los predictores que explican la violencia en general, también son explicativos para los casos en que se llega al asesinato u homicidio. 

Algunos de estos factores serían: factores perinatales,  estilos educativos y de crianza muy rígidos o permisivos, no haber desarrollado un buen apego en la primera infancia, bajo autocontrol, bajo rendimiento académico, vivir en zonas conflictivas, tener actitudes antisociales, haber sido víctimas de maltrato o abusos sexuales en la infancia, consumo de alcohol y drogas y problemas o trastornos psicológicos, como por ejemplo son: el trastorno de personalidad antisocial o la psicopatía.

Trastornos psicológicos de fondo

En estos últimos, los problemas psicológicos se apoyan otras corrientes teóricas que afirman quelos trastornos psicológicos son los factores que marcan la diferencia entre quienes matan y aquellos que no lo hacen a pesar de estar expuestos a los mismos factores de riesgo (Farrington, 2012).

Otros factores que también han sido objeto de observación son el temperamento de los menores, el desarrollo moral, la autoestima, y la ausencia de empatía, aunque no debe olvidarse, que una adecuada y correcta educación puede minimizar los efectos nocivos que el ambiente y la predisposición genética puedan tener en el menor y reducir de este modo la predisposición a cometer actos violentos.

Dato: 54% de los menores homicidas sufren un desorden de personalidad

Un estudio llevado a cabo en España con niños y adolescentes condenados por homicidio, arroja datos muy reveladores con respecto a este tema: un 54% de aquellos que habían cometido un homicidio padecía un trastorno de la personalidad o conducta antisocial, un 4% había cometido el asesinato bajo los efectos de un brote psicótico y el 42% restante, eran chicos y chicas normales que vivían en familias aparentemente normalizadas.

La conclusión a este fenómeno, como puede observarse, no es clara y la literatura que encontramos al respecto es variada y alude a varios factores que convergen y desencadenan en un hecho de violencia extrema, como el homicidio. Por lo que no podemos hablar aisladamente de oportunidad para el crimen, factores psicológicos, genéticos o ambientales, sino de la confluencia de ellos. Y siempre tener presente, al igual que concluía Heide que los menores asesinos tienden a tener una historia previa de delitos o conductas antisociales.

Nuria Guzmán RamírezNuria Guzmán Ramírez-Psicóloga web origen: psiologiaymente