Niños Orquídea: Hipersensibles al estilo educativo de los padres, para bien o para mal

Hay niños que prácticamente desde que nacen dan muestras de una gran sensibilidad ante los cambios que ocurren a su alrededor, reaccionan con mayor intensidad ante los sonidos, notan el más mínimo cambio en su alimentación e incluso se alteran o se tranquilizan según el estado de ánimo de sus padres. Otros, al contrario, se muestran menos vulnerables y parecen lidiar mejor con los cambios que ocurren en su entorno, como si estos no hicieran mella en ellos.
 
Precisamente, hace ya una década psicólogos de la Universidad de California propusieron un concepto muy interesante sobre la forma de reaccionar de los niños ante la educación que reciben. Afirmaron que existen niños que son como las orquídeas: se marchitan como respuesta a una infancia difícil pero prosperan en un ambiente positivo. En el extremo opuesto se encuentran niños más parecidos a los dientes de león, a quienes los vaivenes del camino les afectan menos y muestran una actitud más resiliente.
 

Niños orquídea, almas más sensibles

 
Desde entonces, los psicólogos han comenzado a perfilar la teoría de la “Sensibilidad Biológica al Contexto”, según la cual, el temperamento de los niños es un factor fundamental que determina cómo reaccionarán ante diferentes estilos educativos. De hecho, se ha apreciado que existen niños que reaccionan de manera más negativa ante los estímulos del medio, mostrando más miedo e irritabilidad, mientras que otros logran controlar mejor sus reacciones y se muestran más abiertos y dispuestos a explorar.
 
Hace poco un grupo de psicólogos de la Universidad de Utrecht confirmaron esta teoría a través de un metaánalisis en el que recopilaron los resultados de 84 estudios que involucraron a 6.153 niños. Evaluaron el temperamento infantil, el estilo educativo de los padres y el desarrollo de los niños teniendo en cuenta diferentes indicadores, desde los problemas de conducta hasta el desempeño académico. 
 
Así concluyeron que, efectivamente, hay niños que son particularmente sensibles desde una edad muy temprana ante el estilo educativo que se utiliza con ellos. Estos pequeños generalmente son catalogados por sus padres y profesores como “niños difíciles” ya que suelen tener las emociones a flor de piel y reaccionan con mayor intensidad ante los problemas y conflictos. 
 

Un gen que se activa, para bien o para mal

 
La idea de que existen niños especialmente vulnerables ante el estrés no es nueva. Sin embargo, la perspectiva positiva que encierra la teoría de los “niños orquídea” sí es novedosa ya que también demuestra que esos pequeños pueden “florecer” y lograr grandes cosas si reciben una educación sensible y desarrolladora.
 
Una posible explicación a este fenómeno radicaría en los genes. Por eso, genetistas de la Virginia Commonwealth University se han dedicado a investigar la influencia del gen CHRM2, el cual está relacionado con la dependencia al alcohol, las conductas disruptivas en la adolescencia y el comportamiento disocial en la juventud. Además, los receptores químicos de ese gen en particular están vinculados a funciones cerebrales como el aprendizaje y la memoria.
 
Estos investigadores tomaron muestras del ADN de 400 niños y niñas en edad preescolar para analizar las variaciones en este gen. Al inicio del estudio los niños no tenían problemas de conducta, por lo que se les dio un seguimiento anual hasta que cumplieron los 17 años, analizando sus comportamientos y el estilo educativo de los padres. 

¿Qué pasaría si en vez de castigar a los niños, les enseñáramos a meditar?

 
Cuando los niños se portan mal, se les castiga. Así se hace en el hogar y así se hace en los colegios. Así se ha hecho desde siempre y así se sigue haciendo. Sin embargo, si queremos que las cosas cambien, si queremos que la sociedad mejore, quizá deberíamos cambiar nuestra forma de educar. 
 
Y eso es precisamente lo que se ha propuesto la escuela primaria estadounidense “Robert W. Coleman”, sus maestros no castigan a los niños sino que les proponen algo diametralmente diferente: meditar.
 
El centro educativo, que se encuentra en Baltimore, ha creado una “Sala Mindful”, donde acuden todos los niños, también aquellos que han tenido comportamientos disruptivos. Una vez allí, en vez de reprenderles, se les anima a respirar y meditar, a reencontrar la calma, tranquilizarse y reflexionar sobre lo ocurrido. 
 
Este proyecto fue creado en conjunto con “Holistic Life Foundation”, una fundación que ha pasado más de una década ofreciendo programas extraescolares holísticos para los niños. De hecho, su director afirma que aunque puede parecer imposible que los niños se sienten a meditar en silencio, lo hacen sin dificultades. 
 
Por otra parte, el director del colegio afirma que desde que han puesto en marcha este proyecto, los estudiantes han mejorado mucho su comportamiento y ya no ha sido necesario recurrir a los castigos o a las suspensiones escolares.
 

Los increíbles beneficios de la meditación mindfulness para los niños

 
La meditación mindfulness existe desde hace miles de años, aunque solo ahora el mundo occidental está redescubriendo sus beneficios. De hecho, está técnica ya se ha introducido en muchas terapias psicológicas y poco a poco también va ganando terreno en la educación.
 
Se ha comprobado que este tipo de meditación mejora la atención, por lo que es ideal para los niños con déficit de atención e hiperactividad. También reduce el estrés, fomenta la empatía y potencia el autocontrol emocional, por lo que se recomienda en los niños que sufren un trastorno oposicionista desafiante o que muestran conductas agresivas.
 
Esto se debe a que la meditación mindfulness provoca cambios a nivel cerebral, sobre todo en las regiones vinculadas con la atención, el procesamiento de la información sensorial, el pensamiento y la toma de decisiones.

En un estudio realizado en la Universidad de Harvard se apreció que estas áreas de la corteza cerebral muestran un engrosamiento cuando se practica la meditación mindfulness, el cual se suele alcanzar de manera natural solo con el paso de los años. Esto significa que algunas zonas del cerebro se desarrollan más rápido cuando se medita, por lo que es una herramienta muy poderosa para estimular la maduración cerebral en los niños.

 
Por otra parte, un metaanálisis realizado por psicólogos de la Universidad de Chicago que incluyó los datos de 270.034 niños de 213 escuelas en las que habían puesto en marcha programas de meditación mindfulness, llegó a la conclusión de que esta técnica no solo mejoraba sus habilidades sociales y emocionales sino también su desempeño académico, en una media de 11 puntos.

Estos resultados no son casuales. De hecho, se ha comprobado que la meditación mindfulness también incrementa la densidad de materia gris en el hipocampo, una zona estrechamente vinculada con la memoria y el aprendizaje. Por tanto, no es extraño que los niños que aprenden a meditar también mejoren su aprendizaje.

 

Meditación midnfulness: El antídoto para el estrés que genera la vida moderna

 
La meditación mindfulness no es simplemente una técnica, no implica sentar a los niños a meditar durante un rato y después olvidarse del asunto, implica asumir un estilo de vida diferente y comprender que los niños necesitan ser felices, no ser los mejores, que necesitan jugar y tener un ritmo de vida más relajado, en vez de sentirse presionados constantemente por obtener buenas calificaciones.

Por eso, la meditación puede convertirse en una especie de antídoto contra muchos de los problemas modernos. Los padres y maestros pueden usarla para:

– Enseñarles a mantenerse calmados, en vez de perder el control

– Enseñarles a estar plenamente presentes, en vez de tener la mente en otra parte

 
– Enseñarles a disfrutar de las pequeñas cosas, en vez de apostar únicamente por la tecnología
 
– Enseñarles a ser empáticos y compasivos, en vez de distantes y egoístas
 
– Enseñarles a mirar dentro de sí, para que sean más conscientes y responsables, en vez de dejar que miren continuamente hacia afuera en busca de culpables
 
– Enseñarles a bajar el ritmo cada vez que sea necesario, en vez de empujarles a perseguir el “éxito” 
 

3 ejercicios para desarrollar una actitud mindfulness en los niños

Para desarrollar una actitud mindfulness en los niños, es importante que los adultos sean pacientes y perseverantes. Cuando se trata de niños pequeños, de 4 o 5 años, tan solo 5 minutos al día de “meditación” serán suficientes. Cuando sean mayores podéis dedicarle a esta actividad unos 15 minutos al día.

 
Se recomienda ponerla en práctica siempre a la misma hora, al menos tres días a la semana y en un lugar tranquilo, donde no os interrumpan. La idea es proponer la actividad bajo una perspectiva interesante y divertida. También es importante pedirle al niño que cuente sus sensaciones al terminar el ejercicio. Obviamente, es fundamental no juzgarle porque todas las experiencias son válidas. De hecho, es normal que algunos días esté más disperso y desconcentrado que otros, no se le debe criticar ni reprender.

1. Técnica “Los Astronautas”

 
El objetivo de esta técnica es que los niños aprendan a concentrarse en el momento presente, con todos sus sentidos. Para lograrlo, le dirás que vais a jugar a ser astronautas que visitan otros planetas. Él será el terrícola y tú el extraterrestre.

A continuación, dale una fruta y pídele que la experimente con todos los sentidos, como si nunca la hubiese visto. Es importante que no se le escapen los detalles porque su misión intergaláctica consiste en describirle esa fruta a un extraterrestre que no sabe qué es y quiere replicarla en su planeta. 

 
2. Técnica “Parte Meteorológico”
 
En este caso, el objetivo es potenciar la conciencia emocional del niño, haciendo que gane en introspección. Solo tenéis que sentaros y cerrar los ojos, para descubrir cómo os sentís en ese momento. Al principio puedes ayudarle preguntándole “¿Qué tiempo está haciendo allí dentro?” Si se siente relajado y tranquilo puede decir que brilla el sol, si está preocupado puede indicar que hay nubes y si se siente muy tenso, que está a punto de caer un chaparrón.
 
La idea es que observe el “tiempo” que hace en su interior, desde una postura desapegada. Aprovecha para explicarle que los estados de ánimo cambian como el tiempo y que no tiene sentido aferrarse a ellos. Debe aprender a observar, comprenderlos y dejarlos pasar. Verás que a medida que practicáis, el niño irá añadiendo más detalles a su “tiempo” interior, lo cual es sinónimo de que está ampliando su conciencia emocional.
 
3. Técnica “Como una Rana”
 
El objetivo de esta técnica es lograr que el niño aprenda a respirar profundamente y comience a dar los primeros pasos en la meditación mindfulnes. Puedes empezar explicándole que imitaréis a la rana, un animal que puede dar grandes saltos pero también puede quedarse muy quieta, observando lo que sucede a su alrededor, sin reaccionar de inmediato. 
 
Pídele que respire como la rana, tomando lentamente el aire por la nariz mientras infla la barriga y soltándolo muy suavemente por la boca, mientras se desinfla. Así sentados, la rana no se deja arrastrar por las miles de ideas que cruzan por su mente sino que se concentra en el movimiento de su barriga mientras respira. De esta forma le enseñas autocontrol y, de paso, le ayudas a respirar adecuadamente, no de forma entrecortada, como solemos hacer.
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10 cosas condenadas por la sociedad que los padres deben enseñarles a sus hijos

Dicen que los hijos se parecen más a su generación que a sus padres. De hecho, el mundo y la sociedad se empeñan en moldear a los niños para convertirlos en adultos “en serie”, a imagen y semejanza del resto, en un proceso a través del cual les arrebatan parte de su individualidad.

No cabe duda de que todos reflejamos la época que nos tocó vivir y la sociedad en la que hemos crecido. Sin embargo, los padres también pueden poner su granito de arena. Los valores y las actitudes que se aprenden en casa perduran, de una forma u otra, y pueden convertirse en tesoros muy valiosos que guíen a los niños hacia una vida más plena.

 

Las enseñanzas contracorriente que deberías transmitirles a tus hijos

 
1. A ser diferentes. En una sociedad que ensalza la estandarización, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el increíble valor de la diferencia. Que les explicaran que para ser diferentes no es necesario tatuarse, pintarse el pelo de tres colores o colocarse piercings en los sitios más insospechados sino a distinguirse por sus ideas, actitudes y opiniones. Los padres no deberían imponer sus criterios, sino motivar a sus hijos a buscar información y a pensar por sí mismos, deberían instarles a no seguir la tendencia ideológica de turno sino a formarse sus propias ideas, aunque difieran de la masa.
 
2. A respetar a los demás. En una sociedad que marcha a pasos agigantados hacia la deshumanización, me gustaría que los padres fueran capaces de enseñarles a sus hijos que no son el centro del universo y que no pasa nada por compartir el mundo con otros 7.300 millones de personas que tienen sus mismos derechos. Si los niños aprenden desde pequeños que sus decisiones, actitudes y comportamientos pueden matar las ilusiones y los sueños de los demás, se convertirán en adultos más sensibles. Por eso, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tratar a los demás como les gustaría que les trataran. Con eso bastaría para que el mundo de mañana fuese un poco mejor.
 
3. A apasionarse. En una sociedad donde cada vez más personas viven con las cabezas metidas en las pantallas y pasan horas en mundos virtuales, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que el mundo que se puede oler y tocar está esperándoles, al alcance de su mano. Me gustaría que los padres alimentaran la curiosidad innata de los niños hasta convertirla en una auténtica pasión. No importa hacia qué, la botánica o la astrología, basta con que puedan entusiasmarse y vibrar por algo que enriquezca su vida y que esta no se limite simplemente al trabajo o a hacer y desear lo que hacen y desean los demás. Ese sería un regalo extraordinario.
 
4. A luchar por lo que quieren. En una sociedad que crea necesidades ficticias continuamente a través del marketing más agresivo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a establecer sus propias necesidades, a saber cuáles son sus sueños y, sobre todo, a luchar por alcanzarlos. Me gustaría que los padres les dieran las herramientas para no darse por vencidos, que les enseñaran que cada error es un aprendizaje y que los pasos en falso en realidad les acercan a su meta. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a luchar por sus ilusiones, a no dejárselas arrebatar por personas que están demasiado cómodas en su zona de confort y no quieren que los demás crezcan. Solo de esta manera, al final de sus vidas, podrán darse por satisfechos.
 

5. A asumir su responsabilidad. En una sociedad donde la responsabilidad se diluye nivel por nivel y todos la rehuyen como si fuera la peste, porque es más fácil culpar a los demás que hacer examen de conciencia, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tomar las riendas de su vida y asumir la responsabilidad por sus acciones. Me gustaría que les enseñaran que muchas veces, para obtener algo, es necesario hacer sacrificios. También deberían enseñarles a no culpar al destino, a la suerte o a los demás por sus errores, y a pedir perdón cuando se equivocan.

6. A no juzgar a los demás. En una sociedad donde todo está perfectamente etiquetado y catalogado, donde la comparación se convierte en un arma de doble filo, es difícil no emitir juicios de valor. Sin embargo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a no juzgar a los demás, a no creerse superiores y, sobre todo, a no burlarse de ellos. Nadie puede comprender realmente a otra persona hasta que no ha caminado con sus zapatos durante mucho tiempo. Por eso, educar a los niños en la aceptación y la comprensión les enseñará a ser humildes, pero también les preparará para defender sus derechos y no permitir que los demás pasen por encima de ellos.
 

7. A asumir riesgos. En una sociedad que nos ha transmitido la idea errónea de que podemos tener todo lo que deseemos sin renunciar a nada y con el mínimo esfuerzo posible, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que cada decisión siempre implica una renuncia, en uno u otro sentido, porque por cada camino que elegimos, siempre hay un camino que abandonamos. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a aceptar que existe la posibilidad de perder, así dejarán de tenerle miedo al fracaso y podrán asumir nuevos desafíos con la menta abierta y el corazón dispuesto.

8. A ser flexibles. En una sociedad azotada por la rigidez, tanto a nivel político como religioso y de pensamiento, una lacra que provoca continuamente nuevos conflictos, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a ser flexibles, a comprender que todo está en continuo movimiento y que la inmovilidad es tan solo una falsa ilusión. Al enseñarles a ver la vida en movimiento también les animan a abrazar la incertidumbre, a abrirse a los acontecimientos y estar preparados para afrontarlos. De esta forma los niños también aprenderán a priorizar y sabrán cuándo es el momento de cambiar sus metas y redirigir sus esfuerzos en otra dirección. 

 
9. A dar sin pretender nada a cambio. En una sociedad donde la mayoría de las personas piensan que una mano lava la otra y ambas limpian la cara, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a dar sin esperar nada a cambio, por el simple placer que implica ser generosos. No se trata de convertirlos en personas serviles, sino en enseñarles el increíblevalor de la generosidad y de estimular el deseo de compartir. También se trata de enseñarles su valor como personas, para que no se dejen comprar, sobornar ni pretendan pasar por encima de los demás.
 

10. A asumir que la vida no es justa. En una sociedad que muchas veces premia a quien menos lo merece y que destilapositivismo ingenuo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el valor del realismo, que les enseñaran a levantarse cada vez que caen. Educar en la resiliencia significa enseñarles que la vida no siempre será justa, pero a pesar de ello vale la pena seguir avanzando porque esos reveses pueden hacerles más fuertes. De esta forma aprenderán a no lamentarse cada vez que surja un problema sino que pondrán manos a la obra para encontrar una solución.

Por supuesto, el camino no es sencillo y es probable que te equivoques mientras lo recorres pero lo más importante es educar desde la humildad, el respeto y el amor, teniendo en cuenta que una vez que una mente se abre a una nueva idea, jamás vuelve a ser la misma. Por tanto, disfruta de tus hijos e intenta sacar la mejor versión de ellos, esas cualidades que los hacen únicos y especiales.

 

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Detrás de tu desorden puede esconderse un genio creativo

Vivimos en un mundo bastante predecible. Casi todo se encuentra perfectamente embalado y sistematizado. Y la sociedad se encarga de perpetuar la organización, en todos los sentidos de la palabra.
 
De hecho, en Occidente amamos el orden y la simetría. Esa pasión se desvela, por ejemplo, en nuestros jardines y construcciones, perfectamente simétricos. Sin embargo, en la cultural oriental la simetría no es tan importante porque son conscientes de que es algo raro en la naturaleza. En el budismo se enseña a aceptar y abrazar el caos, como parte inherente del universo. 
 
Desde esta perspectiva, el orden y la simetría en realidad son una ilusión. Una ilusión que nos permite darle cierto sentido al mundo, eliminar en cierta medida el caos y asirnos a un poco de certidumbre. Por eso, en nuestra sociedad a menudo las personas desorganizadas son estigmatizadas, creemos que se trata de gente apática, perezosa o incluso desequilibrada. Pero no es así, o al menos no siempre.
 

Tres ideas fundamentales sobre el desorden y el caos que debemos entender

 
1. El caos no implica, necesariamente, ausencia de orden
 
Solemos pensar que el caos es la ausencia de orden. Sin embargo, José Saramago rompió con este estereotipo al afirmar: “el caos es un orden aún por descifrar”. De hecho, el orden y el desorden pueden ser conceptos muy relativos.
 
Un escritorio aparentemente desordenado, por ejemplo, puede esconder un sistema de priorización y acceso muy eficaz. En estos escritorios normalmente las cosas más urgentes se encuentran más cerca de la persona y en la parte superior, por lo que esta no las puede ignorar. En otras palabras, el hecho de que no entendamos la forma de las personas de organizar su flujo de trabajo, no significa que exista desorden.
 
2. Un poco de desorganización potencia la creatividad
 
Un estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Minnesota descubrió que los ambientes saturados de cosas en realidad estimulan la creatividad. En uno de los experimentos estos psicólogos les pidieron a los participantes que encontraran nuevas maneras de utilizar una pelota de ping pong. A la mitad de ellos se les hizo pasar a una habitación ordenada, y al resto a una habitación desordenada. Ambos grupos presentaron la misma cantidad de ideas, pero las más originales provinieron de las personas que estuvieron dentro de la habitación desordenada. 
 
Todo parece indicar que, quizá tener un poco de desorden a nuestro alrededor nos recuerda que el mundo no es tan estructurado y preciso como pensamos y que romper las reglas y pensar de manera diferente no es malo. Así, el cerebro tendría vía libre para realizar nuevas asociaciones y encontrar ideas poco convencionales, es como si el desorden nos alentara a dejar de ejercer ese férreo control sobre nuestro pensamiento, dejando que fluyan nuevas ideas.
 
3. El desorden solo indica que existen prioridades diferentes
 
Hace tan solo unos años salieron a la luz las imágenes que tomó el fotógrafo Ralph Morse de la casa de Albert Einstein, justo después de que este muriera. Una de ellas asombró al mundo: el desorden que había en su despacho.

Por supuesto, Einstein no ha sido el único genio creativo que trabajaba rodeado de desorden, Mark Twain lo superaba, por ejemplo. Y es que a menudo el desorden no es más que una expresión de personas a las que no les preocupa seguir el status quo, se trata de personas que valoran la espontaneidad y que son capaces de captar el cuadro completo, sin preocuparse por los detalles. Estas personas prefieren invertir su tiempo en otras tareas, en vez de preocuparse por poner orden a su alrededor.

 

Un perfecto caos organizado

 
Por supuesto, este artículo no es una oda al desorden, aunque lo parezca :) Y tampoco significa que todas las personas desorganizadas puedan llegar a ser genios creativos. Detrás del desorden también se puede esconder la pereza y la falta de disciplina.
 
De hecho, no se trata de permitir que todos los aspectos de nuestras vidas se suman en el caos más absoluto. La organización también puede ser necesaria, conveniente e incluso hermosa. La clave radica en encontrar un orden caótico, o un caos organizado, que nos permita desarrollar al máximo nuestro potencial.

Cuando los niños ríen aprenden más y mejor

La educación es una cosa seria. O al menos eso pensamos. Por eso en la mayoría de las escuelas los niños deben estar debidamente sentados en sus pupitres, serios y atentos a la lección que se está impartiendo. Sin embargo, quizá nos estamos equivocando, o no lo estamos haciendo tan bien como deberíamos. Quizá el aprendizaje debe ser algo más divertido, quizá entre dato y dato no vendría mal una sonrisa.
 

Reír es una cosa seria, sobre todo para los niños pequeños

 
Hace poco un equipo de psicólogos franceses de la Université Paris Ouest Nanterre La Défense descubrieron que el humor, además de ser una excelente medicina para el alma y el cuerpo, también contribuye a que los niños pequeños aprendan nuevas tareas.
 
Estos psicólogos idearon un experimento muy sencillo para evaluar si el uso del humor podría beneficiar la capacidad de aprendizaje de los niños. Trabajaron con pequeños de 18 meses. Primero estos niños se limitaban a observar a un adulto que estaba intentando agarrar un juguete lejos de su alcance, valiéndose de una herramienta.
 
En un grupo el adulto se limitó a jugar con el juguete cuando lo tuvo en su poder pero en el otro grupo el adulto arrojó el juguete inmediatamente al suelo haciendo muecas cómicas, lo que hizo que la mitad de los niños se rieran. Luego, se instó a los niños a que alcanzaran el juguete ellos mismos. 
 
Se pudo apreciar el 93,7% de los niños que se habían reído de las travesuras de los adultos eran capaces de repetir la acción por sí mismos, usando la herramienta adecuadamente para alcanzar el juguete. Sin embargo, solo el 25% de los pequeños que no rieron o que formaban parte del grupo de control en el que no hubo ninguna situación hilarante fueron capaces de alcanzar el juguete, lo cual demuestra que muy pocos aprendieron a usar la herramienta.
 

¿Por qué la risa estimula el aprendizaje?

 
Es probable que la explicación se encuentre en el cerebro. De hecho, las emociones positivas, como la risa, aumentan los niveles de dopamina en el cerebro, activando el sistema de recompensa. Esto significa que la risa nos ayuda a motivarnos, lo cual tiene un efecto positivo en el aprendizaje.
 
De hecho, también se ha apreciado que la risa potencia la memoria facilitando la integración de la nueva información ya que hace que esta sea más memorable. Los adultos solemos recordar mejor los detalles de aquellas noticias que nos han presentado de forma hilarante, en comparación con la misma noticia leída en la prensa convencional.
 
Un experimento realizado en la Sam Houston State University en estudiantes universitarios comprobó este hecho. Los jóvenes podían recordar mejor los datos estadísticos y el material de estudio cuando en la conferencia el profesor incluía el sentido del humor.
 
No obstante, más allá de su efecto a nivel cerebral, el sentido del humor también es útil para el aprendizaje ya que contribuye a crear un ambiente más distendido, restándole tensión y ansiedad al momento de la lección. Además, hay pocas cosas más eficaces para captar la atención que el sentido del humor.
 

Los bebés aprenden el sentido del humor de sus padres

 
Enseñar de manera divertida no es una tarea exclusiva de los profesores, los padres también tienen su cuota de responsabilidad. Así lo demuestra un estudio llevado a cabo en la Universidad de New Hampshire en el que se desveló que entre los seis meses y el año de vida los pequeños aprenden lo que es divertido y lo que no observando la reacción de sus padres.
 
En práctica, a partir de los 6 meses los bebés comienzan a mirar a sus padres en la búsqueda de pistas sobre cómo reaccionar ante diferentes situaciones, para saber si se trata de una amenaza o pueden estar tranquilos. 
 
A partir de ese momento los padres se convierten en una fuente de información emocional para sus hijos, son una especie de asesores del sentido del humor, por lo que al año de vida, si los padres ríen a menudo y enfrentan el mal tiempo con una sonrisa en los labios, es probable que sus hijos ya hayan aprendido a reaccionar de la misma manera.
 

Todo con moderación

 
Por supuesto, no se trata de convertir las escuelas en aulas para comediantes. De hecho, el exceso de humor puede interferir con el aprendizaje convirtiéndose en una distracción innecesaria que hace que los niños pierdan el hilo del contenido y no sean capaces de separar lo esencial de lo intrascendente.
 
Sin embargo, cuando el humor se utiliza en su justa medida es una herramienta excelente para convertir el aprendizaje en una experiencia realmente agradable.