​Los 5 problemas de las rupturas amorosas, y cómo afrontarlos

​Los 5 problemas de las rupturas amorosas, y cómo afrontarlos
 

Las rupturas amorosas son, con frecuencia, un drama. Se ve cómo la historia de amor que se había vivido llega a su fin, y eso no solo hace que cambie nuestra perspectiva acerca de cómo va a ser nuestro futuro, sino que también hace que nos replanteemos cuál ha sido la verdadera naturaleza de la relación de pareja que hemos compartido con la otra persona.

Desde luego, el impacto emocional que supone romper con la pareja puede llegar a abrumar; es una especie de pared de nuevos sentimientos que nos golpea casi de repente, si somos nosotros quienes decidimos cortar, o en un instante, si es la otra persona la que corta con nosotros. Sin embargo, eso no significa que no se puedan reconocer varios retos y problemas (tanto psicológicos como materiales) a afrontar en una ruptura de pareja.

Recuperarse de una ruptura afrontando sus problemas

Coger este golpe a nuestras emociones e ir reconociendo en él diferentes problemas relativamente separados los unos de los otros puede ser de ayuda a la hora de recuperarse de una ruptura. 

Veamos cuáles son algunos de estos retos que implican las rupturas sentimentales, y cómo afrontarlos para poder seguir adelante con nuestras vidas.

1. La ruptura afecta a la autoimagen

Verse a uno mismo tan afectado por la ruptura amorosa puede dañar la autoimagen. A fin de cuentas, durante un periodo que puede durar días o semanas, notamos cómo nos transformamos en una persona más vulnerable emocionalmente, con mayor propensión al llanto y, en ocasiones, más aislada y sola.

Si se está acostumbrado a convivir con una autoestima que nos devuelve una visión muy idealizada de nosotros mismos (y relacionada con los valores y características más valoradas por nuestra cultura, que tienden a tener en alta estima la dureza del carácter y la autonomía) esta experiencia puede hacernos daño también en este sentido.

El camino para superar esto es ir aprendiendo a aceptar esta vertiente de nuestra personalidad como algo propio y humano, algo que también nos define. Reconciliarse con nuestra cara más emocional es esencial.

2. La amistad con la otra persona puede perderse

Las rupturas de pareja también cuestan porque nos fuerzan a plantearnos un dilema doloroso:¿cómo relacionarnos con la otra persona de ahora en adelante?

La indecisión entre no saber si cortar definitivamente el contacto o mantener un trato amigable se agrava por el hecho de no saber si seremos capaces de llevar a cabo cualquiera de estas dos opciones. Y, por supuesto, a eso le tenemos que añadir que tenemos que respetar las decisiones a las que llegue la ex-pareja en ese aspecto.

Lo recomendable es que, por defecto, después de un breve periodo en el que no se mantiene el contacto, se vuelva a tener un cierto contacto semanal con la otra persona (si los dos están de acuerdo) y decidir cómo va a proseguir la relación dependiendo de lo que experimente cada persona. De este modo no estaremos sujetos a convenciones sociales y haremos que la relación con esta persona se adapte a lo que honestamente siente cada uno.

Artículo relacionado: “6 problemas y 6 ventajas de volver con tu ex-pareja”

3. Aparece mucho tiempo que rellenar con algo

Una de las cosas que hace que las rupturas de pareja sean dolorosas es que se rompe la rutina a la que estábamos acostumbrados. Si la ruptura es total y no mantenemos el contacto con la ex-pareja, el sentimiento de soledad puede llegar a dominar buena parte de nuestro día a día a no ser que hagamos algo al respecto.

Una de las claves para mitigar este problema y caminar poco a poco hacia la normalización de la propia soltería es obligarse a socializar con otras personas, incluso si eso resulta incómodo para nosotros. Para ello es bueno apoyarse en las amistades, pero no necesariamente se tiene que depender de ellas: la cuestión es salir de la zona de confort y perder el miedo a entablar nuevas conversaciones con nuevas personas. Si no nos auto-obligamos, es muy posible que nos mantengamos durante mucho tiempo en un estado de inactividad en el que se mezclan la melancolía, el aburrimiento y, quizás, las conductas obsesivas.

Encontrar nuevas aficiones también es muy positivo, pero hay que intentar que estas no nos aíslen cada vez más.

4. Los amigos mutuos también podrían perderse

Si la relación de pareja ha durado lo suficiente y ha estado conectada a una vida social más o menos rica, lo más probable es que ambos miembros hayan llegado a estrechar lazos con amigos mutuos, de la pareja y de uno mismo. Cortar con la relación puede poner en jaque estos lazos si se opta por la incomunicación total o parcial con la otra persona. Sin embargo, merece la pena valorar que muchas de estas amistades tienen valor por sí mismas, y no solo dentro de la comunidad formada alrededor de la relación de la que hemos salido.

Como siempre, aquí la comunicación y la honestidad son indispensables. Pero también tenemos que auto-examinarnos y preguntarnos si lo que realmente es conservar una amistad o tener un canal de comunicación con la ex-pareja.

5. La mejora puede percibirse como algo malo

En la mayoría de los casos, la tristeza relacionada con la ruptura amorosa tiende a ir desapareciendo con el paso del tiempo. Esto parece algo bueno, y en muchos casos lo es, pero también puede tener doble filo, ya que nos hace preguntarnos por lo que realmente significó la relación de pareja por la que hemos pasado.

Si percibimos que nos hemos recuperado “excesivamente rápido” de la ruptura, esto nos puede hacer sentirnos mal, al no ver una manera de ver lo significativa que fue esta relación, y creer que se ha perdido el tiempo o que se ha vivido una mentira. Se trata de un tipo de dolor muy sutil, relacionado con las crisis existenciales.

No hay un modo simple de afrontar este reto que se nos plantea a la hora de echar la vista atrás y reformular lo que vivimos durante el tiempo en el que se convivió con la otra persona: cada cual ha de encontrar una manera de reconciliarse con su pasado. Y esto es malo y bueno a la vez.

 
Arturo Torres
Arturo Torres Psicólogo web original: psicologiaymente.com

Licenciado en Sociología por la Universitat Autónoma de Barcelona.

Graduado en Psicología por la Universitat de Barcelona.

Posgrado en comunicación política y Máster en Psicología social.

Medio cerebro hace guardia cuando duermes en una cama ajena

La mayoría de las personas, cuando está de viaje, se lamenta porque no logra dormir bien. No importa si hemos elegido una confortable habitación de hotel o la tranquila casa de un familiar, dormir en una cama ajena nos resulta complicado, al menos hasta que nos acostumbremos. De hecho, aunque logremos dormir, al otro día nos despertamos con una pesada sensación de modorra y cansancio, la cual se debe a que no pudimos descansar lo suficiente. 
 
Ahora investigadores del Instituto de Tecnología de Georgia han descubierto cuál es la causa de este problema. Todo parece indicar que cuando dormimos en una cama extraña, fuera de casa, uno de nuestros hemisferios permanece alerta, sin desconectarse por completo, para vigilar y protegernos de los posibles peligros que pueden acecharnos en un entorno desconocido.
 

El Efecto de la Primera Noche

 
Los investigadores reclutaron a 35 personas jóvenes y monitorizaron su actividad cerebral mientras dormían en el laboratorio utilizando técnicas avanzadas de neuroimagen. Estos neurocientíficos hicieron que las personas escucharan un pitido en el oído derecho, que normalmente las despertaba. Sin embargo, las personas no notaban ese mismo pitido emitido cuando este se transmitía en el oído izquierdo. Esto nos indica que un hemisferio se mantiene alerta, mientras que el otro se desconecta.
 
Estos resultados apuntan que durante la fase de sueño profundo, el hemisferio izquierdo no estaba completamente desconectado. De hecho, no es la primera vez que se documenta este tipo de asimetrías cerebrales. Se conoce que algunos animales, como los delfines, son capaces de descansar desconectando alternativamente cada lado de su cerebro. De esta forma, mientras un hemisferio se desconecta, el otro toma las riendas y se encarga de vigilar.
 
Este experimento desveló otro dato curioso: este fenómeno solo se aprecia durante la primera noche. Una vez que las personas se acostumbran a la nueva cama y al entorno, logran dormir plácidamente y ambos hemisferios se desconectan. Es lo que se conoce como el Efecto de la Primera Noche.
 

¿Por qué el hemisferio izquierdo no se desconecta?

 
Los investigadores piensan que se trata de una estrategia evolutiva ya que hace siglos, dormirse por completo podía suponer un peligro enorme. Por tanto, se trataría de una herencia de nuestros ancestros, una especie de sexto sentido nocturno que se activa cuando estamos en una cama ajena, en un entorno que no nos resulta familiar.
 
Además, en el experimento se ha demostrado que ese “vigilante nocturno” realmente es eficaz ya que ante la presencia de señales auditivas inusuales, el hemisferio izquierdo daba la señal de alarma para que la persona despertara y se pusiera a salvo del supuesto peligro.
 
¿Por qué es el hemisferio izquierdo el encargado de vigilar nuestro sueño?
 
Los neurocientíficos creen que la explicación se encuentra en la red neuronal por defecto, la cual recluta una serie de regiones del cerebro para que este siga trabajando cuando no somos plenamente conscientes, como cuando dormimos, estamos anestesiados o dejamos que la mente divague libremente. Esta red se encargaría de asegurar que estamos listos para reaccionar ante determinados estímulos.
 
Y se conoce que las conexiones del hemisferio izquierdo con la red neuronal por defecto son más fuertes que las que establece el hemisferio derecho, razón por la cual es comprensible que este permanezca alerta, ya que sería más eficaz para despertarnos en caso de peligro. 
 

¿Cómo evitar el efecto de la primera noche?

 
Los investigadores apuntan que este efecto no se puede evitar del todo, pero existen algunos trucos para intentar engañar al cerebro y lograr que baje la guardia. Por ejemplo, puedes llevar tu almohada, una fragancia que te recuerde el olor del hogar y, si viajas mucho, intentar elegir habitaciones similares, para que cada vez no vivas esa sensación de novedad que tanto alarma al cerebro.

Quienes lloran con las películas son más fuertes emocionalmente

Hay personas que lloran fácilmente con las películas, otras se avergüenzan de mostrar esas emociones, sobre todo los hombres, porque piensan que las lágrimas les hacen más débiles. Sin embargo, lo cierto es que llorar con un filme no es una señal de debilidad sino todo lo contrario, indica que estas personas son más fuertes emocionalmente.
 
En realidad, no hay nada de vergonzoso en llorar. Llorar es humano e indica simplemente una emoción, que puede ser tristeza, nostalgia o incluso felicidad o ira. De hecho, llorar durante una película es un indicador de empatía. Y las personas empáticas también suelen ser más exitosas a nivel social. 


Lloramos con las películas porque somos empáticos

 
Cuando los personajes de una película están bien representados, podemos ponernos en su piel y ver la realidad a través de sus ojos. De hecho, estudios realizados con neuroimagen funcional han desvelado que nuestro cerebro prácticamente se conecta con el del personaje con el que nos sentimos identificados, hasta tal punto que se activan las mismas áreas cerebrales que necesitaríamos para realizar las tareas que le vemos hacer en la película, como caminar, saltar o aplaudir, por ejemplo.

Esta capacidad también nos permite comprender su situación y puntos de vista, así como experimentar sus mismos estados emocionales. Obviamente, la empatía está estrechamente vinculada con la forma en que está estructurado nuestro cerebro, sobre todo con las neuronas espejo, que son las principales encargadas de que podamos ponernos en la piel de los demás.

 
Por otra parte, cuando vemos películas con un elevado contenido emocional nuestro cerebro también libera oxitocina, un neurotransmisor muy potente que nos ayuda a conectarnos con otras personas y nos permite ser más empáticos, amables, confiables y desinteresados. Así lo ha demostrado una investigación muy interesante llevada a cabo en laClaremont Graduate School
 
En este experimento, los psicólogos les pidieron a los participantes que vieran un vídeo del Hospital Infantil de St. Jude. La mitad de las personas vieron un segmento del vídeo en el que aparecía un padre hablando del cáncer terminal de su hijo pequeño. La otra mitad vio un segmento donde el niño y el padre visitaban el zoológico y no se hacía mención a la enfermedad.
 
Como era de esperar, el segmento en el que aparecía el padre hablando del cáncer de su hijo generó una respuesta emocional más alta: los participantes mostraron un aumento de un 47% de sus niveles de oxitocina en sangre.
 
A continuación, cada participante debía tomar una serie de decisiones relacionadas con el dinero y otras personas. Los resultados mostraron que quienes vieron el vídeo de contenido más emocional eran más generosos con los desconocidos y eran más propensos a donar dinero para la caridad. Por si fuera poco, quienes donaron el dinero también reportaron sentirse más felices. 
 
Esto significa que la empatía, y las conductas que esta desencadena, como llorar cuando nos identificamos con los personajes de una película, en realidad no es una debilidad sino todo lo contrario, es una capacidad que nos permite conectar con los demás y que, a la larga, nos convertirá en personas más fuertes y felices.
 
De hecho, la empatía es uno de los caminos que nos conduce a la resiliencia. Cuando somos capaces de comprender a los otros, nuestro universo emocional se expande. De cierta forma, vivir esas experiencias a través de los demás nos ayuda a ser más fuertes y nos prepara emocionalmente para cuando tengamos que atravesar momentos similares.
 
La incapacidad para ponerse en el lugar de los demás es una desventaja social, mientras que la sensibilidad emocional, la capacidad para comprender a los otros y para experimentar sus emociones, nos permite ampliar nuestro horizonte emocional, convirtiéndonos en personas más fuertes. 
 

Llorar también mejora el estado de ánimo

 
Si necesitas más razones para no reprimir tu llanto durante una película, he aquí otro estudio, esta vez desarrollado por psicólogos de la Universidad de Tilburg, en el que se apreció que los filmes tristes realmente puede mejorar nuestro estado de ánimo, pero solo si le damos rienda suelta a las lágrimas.
 
Estos psicólogos estudiaron el efecto emocional del llanto en 60 participantes mientras miraban una película y descubrieron que las personas solían sentirse mejor después de haber llorado. Al principio se sentían tristes, después recobraban el equilibrio y luego mejoraba considerablemente su estado de ánimo, un efecto positivo que se mantuvo durante unos 90 minutos.
 
De hecho, solo quienes lloraron reportaron sentirse mejor. Quienes reprimieron sus emociones se sintieron peor después de ver la película. Y es que las lágrimas tienen un efecto catártico, que a la larga mejora nuestro estado de ánimo ya que nos hace sentir más relajados, reduciendo la frecuencia cardíaca y respiratoria. 
 
Por tanto, la próxima vez que veas una película y tengas ganas de llorar, hazle caso a la poeta uruguaya Sara de Ibáñez: “Voy a llorar sin prisa. Voy a llorar hasta olvidar el llanto y lograr la sonrisa”.

Intenta controlar tus emociones y estas te controlarán a ti

Rememora la última vez que experimentaste una emoción desagradable, que querías eliminar a toda costa. Puede ser cualquier tipo de sensación, desde la vergüenza hasta el enfado o la tristeza. Intenta recordar cuál fue tu primera reacción para lidiar con esa emoción. Es probable que hayas sentido una necesidad imperiosa de que esa sensación desapareciera, que te hayas sentido inadecuado y que hayas pensado que algo no andaba bien. Por tanto, es probable que hayas querido detener inmediatamente esa sensación, diciéndote que no debes sentirte así.

Sin embargo, si la emoción era realmente intensa, es probable que esa estrategia no haya servido para nada. De hecho, se ha demostrado que intentar luchar o controlar las emociones y pensamientos solo sirve para centrar la atención en estas y hacerlas crecer. Mientras más luchas por controlarlas, más las fortaleces y, por tanto, ellas terminan controlándote.

El problema de base es que la sociedad nos ha enseñado que existen emociones “negativas” que no debemos sentir. Por tanto, cuando las experimentamos nos sentimos incómodos, y queremos recuperar el control. Por eso, en muchas ocasiones lo que más nos incomoda no es la emoción en sí, sino la sensación de incomodidad que esta despierta porque pensamos que es “inaceptable”.

La fábula que nos muestra el verdadero peso de las emociones “negativas”

En la región de Annapurna vivía un joven que quería encontrar la paz espiritual. Sin embargo, a pesar de que vivía en un monasterio budista, las jornadas para él eran largas y negras. Un día, mientras regresaba al monasterio, decidió confesarle a su maestro aquel dolor que llevaba por dentro, del que se sentía profundamente avergonzado.

– Maestro, últimamente me siento muy agotado. La culpa y la ira son mis acompañantes perennes. ¿Qué hago?

El maestro le miró, como toda respuesta, tomó una pluma y la depositó en la mano del joven.

– ¿Cuánto pesa esta pluma?

El joven pensó unos segundos y respondió:

– Aproximadamente 2 gramos.

Entonces el maestro le pidió que extendiera el brazo y sostuviera la pluma mientras él buscaba un libro que le ayudase a lidiar con los problemas que experimentaba. Le explicó que, si quería, podía cambiar de idea sobre el peso de la pluma.

El joven no le comprendió pero hizo lo que decía su maestro. Pasados 30 minutos, el brazo comenzó a flaquearle y al cabo de una hora, pensaba que no iba a poder sostener más la pluma. Cuando el maestro regresó, volvió a preguntarle:

– ¿Cuánto pesa esa pluma?

– Al principio pensé que era muy ligera pero con el paso del tiempo se fue volviendo cada vez más pesada y ahora me parece que sostengo un pedazo de plomo.

El maestro sonrió y le explicó:

– Las emociones “negativas” son como esa pluma: si las experimentas y las sueltas no pesan nada. Pero si las sostienes durante mucho tiempo se convierten en una losa sobre tu corazón.

No pienses en osos blancos

En 1987 psicólogos de la Trinity University reclutaron a un grupo de personas para realizar un experimento aparentemente muy sencillo: no debían pensar en un oso blanco. Cada vez que pensaran en ello, debían hacer sonar una campana.

Pasado ese periodo de supresión consciente, los investigadores les pidieron a las personas que pensaran en lo que quisieran, incluyendo un oso blanco. Una vez más, cuando la imagen del oso blanco rondara su mente, debían hacer sonar una campana.

Sin embargo, a otro grupo de participantes también se les habló del oso blanco, pero no se les pidió que intentaran suprimir ese pensamiento. Curiosamente, los psicólogos descubrieron que las personas que debían suprimir la imagen del oso blanco, eran precisamente las que más pensaban en ello.

¿Por qué?

El problema es que para no pensar en algo, activamos un mecanismo de vigilancia interno que nos ayude a detectar el pensamiento o imagen en cuestión que queremos evitar. Ese mecanismo, contradictoriamente, solo sirve para activar los pensamientos que deseábamos evitar.

Este fenómeno no solo se aplica a los pensamientos sino también a los sentimientos y emociones. De hecho, es particularmente evidente cuando sentimos vergüenza. Mientras más pensamos en la vergüenza que sentimos, más se acrecienta esta y más intensas son sus expresiones fisiológicas.

Cuando pensamos “estoy nervioso, tengo que controlarlo o todos lo notarán”, esa sensación de nerviosismo se acrecentará. Comenzarán a sudarnos las manos, nos ruborizaremos y quizá hasta comencemos a tartamudear o nos bloqueemos completamente.

Solemos pensar que esos síntomas están desatados por la emoción, pero en realidad se intensifican por la importancia que le damos a esa emoción, por la valencia negativa que le conferimos. No es simplemente la emoción, sino nuestros pensamientos y el análisis que hacemos de nuestra reacción, lo que desata esos síntomas indeseados.

Lo que se resiste, persiste

Imagina que las emociones que te hacen sentir incómodo son como un mal amigo. Es probable que ese amigo te haya ayudado a resolver algunos problemas, pero generalmente dedica la mayor parte de su tiempo a criticarte. Obviamente, tu primera reacción es desembarazarte de él, pero cuando intentas hacerlo, este se da cuenta y te lo hecha en cara, diciéndote que eres una mala persona. En este punto, es probable que te enfades y discutas con él, hasta que la situación se os escape de las manos.

Eso es exactamente lo que ocurre cuando pretendemos controlar las emociones, sobre todo las que catalogamos como negativas. Y el problema es aún mayor porque, de cierta forma, les tememos a esas emociones, porque pensamos que dicen algo negativo sobre nosotros como personas, y así les damos poder.

El problema que subyace a nuestro deseo de control es que este en realidad implica reprimir, significa que no aceptamos algo… y lo que no aceptamos, podemos ocultarlo, pero continúa existiendo. De esta forma, las emociones terminan controlando tu vida, terminas sintiéndote bien o mal en dependencia de lo que encuentres a tu paso, terminas siendo una persona eminentemente reactiva, sin ningún control sobre tu felicidad, subida permanentemente a una montaña rusa emocional.

¿Cuál es la solución?

Desde hace varios años, en la Psicología se ha comenzado a hablar de la gestión emocional. Se trata de una perspectiva diferente que nos enseña a aceptar la existencia de las emociones, sin juzgarlas ni emitir juicios. Simplemente aprendemos a detectarlas, las notamos y las dejamos ir. Existen diferentes técnicas, como “Las hojas del río”, que tienen este cometido.

El secreto radica en que, al no catalogarlas como negativas ni rechazarlas, las emociones pierden su fuerza y te liberas de su influjo. Si no te resistes, las emociones se irán como llegaron.

Depuración Emocional: ¿Cómo deshacerte de las emociones tóxicas?

Bolas estados emocionales

El concepto de depuración nos resulta familiar. Somos conscientes de que las toxinas se pueden acumular en nuestro organismo y, con el paso de los años, incluso puede provocar daños a los órganos o a las células, afectando su funcionamiento. Por eso, cada vez nos preocupamos más por lo que comemos y nos informamos sobre las sustancias añadidas que pueden contener los alimentos.

 
Sin embargo, la toxicidad no es un fenómeno que se limita al plano físico, también existe una toxicidad mental. Cuando todos los días acumulamos tensión y estrés, cuando mantenemos estilos de afrontamiento negativos, cuando alimentamos las preocupaciones sin fundamento y cuando nos regodearnos en los estados emocionales negativos, estamos generando y manteniendo patrones relacionales y de pensamiento tóxicos, que terminarán pasándonos factura. Por eso, también es importante que de vez en cuando recurramos a la depuración emocional.
 

Las 5 emociones más tóxicas que acumulamos día tras día 

 
Ante todo, es importante ser conscientes de que las emociones no son positivas o negativas en sí mismas. Las emociones son simplemente una reacción y, como tal, nos indican algo. El problema surge cuando no somos capaces de manejarlas y se convierten en estados emocionales permanentes. Entonces tienen un efecto acumulativo que llega a ser altamente tóxico para nuestra salud mental.
 
1. Ira. La ira tiene un lado positivo ya que es una emoción que nos infunde la fuerza que necesitamos para protegernos y sobrevivir. Sin embargo, es particularmente negativa cuando se convierte en nuestra forma de reaccionar habitual. De hecho, ¿sabías que la ira aumenta hasta en un 75% el riesgo de sufrir un infarto? La ira es una emoción que mantiene nuestro cuerpo en continua ebullición, que nos impide encontrar la paz y la tranquilidad que necesitamos.
 
2. Resentimiento. El resentimiento es la incapacidad para perdonar, para pasar página. Cuando experimentamos resentimiento nos quedamos atados a un hecho del pasado, al cual le conferimos tal importancia que sigue determinando nuestra conducta presente y continúa provocando un dolor a nivel emocional. Si alimentamos ese resentimiento, con pensamientos recriminatorios, este crecerá hasta quitarnos la paz por completo, nos convertiremos en personas amargadas y permanentemente enfadadas con el mundo.
 
3. Culpa. La culpa es una de las emociones más negativas que existe porque no permite avanzar sino que nos sume en un círculo vicioso de lamentaciones y auto-reproches. Cuando damos rienda a los pensamientos negativos sobre nuestras capacidades, cuando nos autocompadecemos sintiendo lástima o cuando sacamos conclusiones completamente fuera de contexto, que nos convierten en los únicos culpables, estamos alimentando unas emociones que pueden llevarnos al punto del colapso nervioso.
 
4. Insatisfacción. Cierto grado de insatisfacción puede ser positivo ya que nos empuja a cambiar y mejorar. Sin embargo, cuando la insatisfacción se convierte en un estado crónico, cuando no hallamos placer en nada y nada nos satisface, perdemos la capacidad de disfrutar de la vida. En ese momento, la desesperanza puede sentar casa. Cuando una persona se centra siempre en lo que le falta, pierde la capacidad para disfrutar del presente y, por tanto, se le escapa la vida entre las manos. 
 
5. Miedo. El miedo es una emoción que nos alerta ante un peligro y nos mantiene a salvo. No obstante, cuando se convierte en una respuesta común ante las situaciones más disímiles, se convierte en un obstáculo que nos impide avanzar y limita nuestras potencialidades. Hay personas que le tienen miedo a la vida, que no se atreven a dar un paso por temor a fracasar, en esos casos, el temor se convierte en una limitación que nos impide disfrutar plenamente y nos mantiene en un eterno estado de zozobra.
 

El proceso de depuración emocional

El proceso de depuración emocional es muy simple. No se trata de bucear en el pasado y ni siquiera es necesario buscar las causas o los detonantes de determinadas emociones porque el objetivo es hallar un estado de paz interior dejando ir las emociones que se han acumulado por diversos motivos. En el proceso de depuración emocional simplemente te conviertes en un observador consciente de las emociones que experimentas.

– Concientizar las emociones. La vida cotidiana es tan agitada que a menudo simplemente vamos acumulando emociones, sin darnos cuenta de ello. Obviamente, hay algunas que hacen más daño que otras, que se enquistan en el inconsciente. Por eso, el primer paso de la depuración emocional consiste en detectar esas emociones. Para ello, no es necesario adoptar una postura especial o estar en un lugar tranquilo, simplemente debes prestarle atención a tus reacciones. ¿Sueles reaccionar con enojo ante la mayoría de las situaciones? ¿Te sientes permanentemente insatisfecho? ¿Experimentas culpa o resentimiento?

Si te ayuda, incluso puedes llevar un diario emocional, un cuaderno en el que apuntes las emociones que has experimentado a lo largo del día y donde también indiques su intensidad. Te asombrará descubrir cuántas emociones negativas experimentas a diario. Lo interesante es que ese proceso de búsqueda y etiquetación de las emociones ya es de por sí terapéutico ya que al mirar dentro de ti y reflexionar sobre lo que estás sintiendo,  le restas impacto a la emoción.

 
– Experimentar las emociones. Nuestra sociedad no nos ha enseñado a manejar las emociones sino a ocultarlas y negarlas. Sin embargo, la depuración emocional implica experimentar las emociones que nos están dañando. De esta forma, aprendemos a no temerles, a sentirnos relativamente cómodos con ellas, a asumirlas como propias y, como resultado, le restamos parte de su impacto.

En este paso es recomendable concentrarse en una emoción a la vez, utilizando la técnica de visualización “las hojas del río”, gracias a la cual no solo aprenderás a vivenciar la emoción sino también a dejarla ir. En este sentido, un estudio particularmente interesante realizado en la Universidad de Harvard desveló que cuando experimentamos experiencias dolorosas que no hemos asumido, se activan zonas como la amígdala, el núcleo del miedo, y la corteza visual. Sin embargo, cuando las personas han procesado la experiencia, se produce una mayor activación en el área de Broca, lo cual significa que la vivencia se ha transformado en una experiencia narrativa que deja de causar dolor y sufrimiento.
 
Por eso, experimentar las emociones y etiquetarlas, nos ayuda a asumirlas y restarles su impacto negativo. Lo ideal es que hagamos ese proceso de búsqueda interior una vez al día, o al menos una vez a la semana. Recuerda que la dieta “emocional” es tan importante como la dieta alimentaria porque las emociones negativas, cuando se acumulan, pueden hacer mucho daño, tanto a nivel psicológico como físico.