Hipersensibilidad emocional: Que los árboles no te impidan ver el bosque

Para algunas personas los pequeños problemas cotidianos se convierten en grandes obstáculos. Reaccionan de manera exagerada ante los contratiempos, se enfadan por pequeños percances y se deprimen por asuntos que los demás catalogarían como intrascendentes. A estas personas les resulta difícil asumir la vida desde una perspectiva más desapegada y objetiva, es como si tuvieran siempre las emociones a flor de piel. De la misma forma, son capaces de detectar las pequeñas señales emocionales que envían los demás, y pueden reconocer antes que nadie el sufrimiento, el dolor o la tristeza, como si tuvieran un sexto sentido muy aguzado. ¿Por qué?
 

La hipersensibilidad emocional puede tener una base genética

 
Investigadores de la Universidad de British Columbia y la Universidad de Toronto piensan que la raíz de la hipersensibilidad emocional puede encontrarse en una variante genética que, asombrosamente, poseen el 50% de las personas caucásicas, aunque también se encuentra en una proporción menor en otras etnias.
 
El gen en cuestión se denomina ADRA2b y su principal función es la de regular la norepinefrina, un neurotransmisor que está vinculado con el estrés y que afecta zonas del cerebro como la amígdala, vinculada a las respuestas emocionales. De hecho, la norepinefrina actúa como una droga aumentando la frecuencia cardíaca y la presión sanguínea, de manera que prepara al organismo para la lucha o la huida.
 
En práctica, la variante de ese gen provoca una mayor activación de las regiones del cerebro vinculadas con elprocesamiento emocional. De hecho, estos investigadores comprobaron que estas personas, no solo reaccionan de manera diferente ante las situaciones sino que desde el primer momento las perciben de una forma diversa.
 

Una cuestión de percepción

 
En el experimento, las personas debían ver una serie de imágenes, algunas eran originales y otras copias a las que se les había añadido un poco de ruido, es decir, no eran perfectas al 100% ya que tenían algunas partes difuminadas o pixeladas.
 
El objetivo de los investigadores era comprobar si las personas eran capaces de notar esos pequeños defectos, por lo que entremezclaron todas las fotos. Así constataron que quienes tenían la variante del gen ADRA2b podían notar esos pequeños detalles ya que se focalizaban en los colores, las formas y los tamaños, más que en la imagen general, al contrario del resto de los participantes.
 
Los investigadores también apreciaron que en estas personas se produjo una mayor activación de la corteza frontal, lo cual indica que su atención y memoria estaban trabajando a máxima capacidad para captar y comparar detalles con mayor precisión. A su vez, se apreció un aumento de la actividad de la amígdala, la estructura vinculada con las respuestas emocionales.
 

La hipersensibilidad emocional: Un arma de doble filo

 
Sin duda, ver el mundo de manera diferente, también nos hará responder de manera distinta. Nuestra percepción matiza nuestras reacciones, sobre todo a nivel emocional. Por eso, las personas que son capaces de fijarse en los detalles suelen ser más sensibles y empáticas ya que captan rápidamente las pequeñas señales de sufrimiento o tensión que muestran los demás y son capaces de adaptar su comportamiento en base a estas, brindando el apoyo necesario. 
 
Sin embargo, esta capacidad es un arma de doble filo ya que al centrarse demasiado en los detalles también corren el riesgo de perder la visión global. Estas personas corren el riesgo de ver los árboles pero no el bosque, lo cual puede llevarles a reaccionar de manera exagerada ante pequeños detalles que para los demás pueden pasar inadvertidos o a los que simplemente no les dan importancia. Por consiguiente, las personas hipersensibles emocionalmente también son más propensas a enfadarse, entristecerse o responder con rabia.
 
La hipersensibilidad emocional puede ser un don, pero también aumenta el riesgo de sufrir problemas como el trastorno de estrés postraumático, la depresión y la ansiedad. La clave radica en ser conscientes de esta manera de ver el mundo y aprender a controlar la primera reacción emocional, intentando analizar la situación en su conjunto.
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¿Hablas dos idiomas? Entonces tienes más materia gris

 
En las últimas décadas nuestra comprensión del bilingüismo ha cambiado mucho. Al principio se pensaba que dominar dos vocabularios provocaría trastornos del lenguaje en los niños. Sin embargo, se ha demostrado que no es así. De hecho, las personas bilingües alcanzan mejores resultados en las tareas que requieren una buena dosis de atención, memoria a corto plazo e inhibición de los impulsos, es lo que en Psicología se conoce como “control ejecutivo”.
 
Se cree que esa “ventaja bilingüe” no solo se debe al aprendizaje de un nuevo idioma sino, sobre todo, al uso sistemático de ambos. Sin embargo, aún hay muchas personas que lo ponen en duda, por lo que neurocientíficos del Georgetown University Medical Center decidieron comprobar si realmente hablar dos idiomas es tan beneficioso para el cerebro.
 
En el experimento comprobaron el volumen de materia gris de personas bilingües y monolingües. Así constataron que, efectivamente, las personas que hablan dos idiomas tienen más materia gris en los lóbulos frontales y parietales, que son las zonas del cerebro involucradas en el control ejecutivo.
 

¿Cuál es la función de la materia gris?

 
La materia gris se encuentra fundamentalmente en la corteza cerebral, la zona más compleja del sistema nervioso. Las células que componen la sustancia gris no tienen mielina, por lo que no pueden transmitir rápidamente los impulsos nerviosos. Su función es otra: procesar la información y facilitar el razonamiento. Por eso, se ha asociado la cantidad de materia gris con la inteligencia y la capacidad para resolver problemas.
 
Sin embargo, lo más interesante es que el volumen de materia gris que existe en el cerebro depende en gran medida de las experiencias que viven las personas a lo largo de su vida. De hecho, un estudio realizado en el University College London había descubierto que los taxistas tienen más materia gris en las áreas del cerebro implicadas en la navegación espacial, lo cual no es extraño ya que por su profesión se ven obligados a usar mucho más estas zonas cerebrales.
 

¿Por qué hablar dos idiomas es tan beneficioso para el cerebro?

 
Estos neurocientíficos se preguntaron si el mayor volumen de materia gris se debía al hecho de hablar dos idiomas o si dependía únicamente del vocabulario aprendido. Para encontrar una respuesta, no se limitaron a analizar el cerebro de personas monolingües y bilingües sino que además trabajaron con personas que dominaban su idioma materno y conocían además el lenguaje de señas. 
 
Así descubrieron que solo quienes hablaban dos idiomas tenían un mayor volumen de materia gris. Estos resultados sugieren que los cambios a nivel cerebral no se deben simplemente a adquirir un vocabulario más extenso sino que dependen del esfuerzo que hace nuestro cerebro a la hora de hablar, ya que se ve obligado a desconectar un idioma para activar el otro, involucrando para ello diferentes áreas.

De hecho, un estudio anterior realizado en la Universidad de Kentucky había demostrado que las personas bilingües son mejores en la multitarea ya que pueden conectarse y desconectarse rápidamente. También son más flexibles y pueden adaptarse con mayor rapidez a los cambios inesperados. Por si fuera poco, se conoce que estas habilidades se conservan en la edad adulta, por lo que aprender un segundo idioma también protege el cerebro de la demencia.

 
Estas investigaciones desvelan que nuestro cerebro tiene una enorme plasticidad y que cambia en dependencia de la estimulación, incluso en la edad adulta. Por tanto, si aún no conoces un segundo idioma, aún estás a tiempo para aprenderlo y, sobre todo, practicarlo 😉
 
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7 cosas que las personas felices NO hacen

En la vida existen situaciones que escapan de nuestro control y pueden causarnos un gran dolor, sumirnos en la tristeza o generar una ira profunda. Nadie lo pone en duda y, antes o después, todos tendremos que experimentar esas vivencias. 
 
Sin embargo, hay personas que se centran solo en esos aspectos, y terminan creyendo que la vida es un rosario de lágrimas. Otras, al contrario, prefieren centrarse en las cosas que sí pueden controlar, prefieren apostar por ser felices o, al menos, intentarlo.
 
Si asumimos esta perspectiva, podemos comprender que ser felices es una decisión personal que debemos tomar todos los días. Y para lograrlo es imprescindible ser conscientes de esos comportamientos y actitudes que terminan amargándonos. 
 

¿Qué diferencia a las personas que apuestan por la felicidad?

 
1. Las personas felices abrazan el cambio. La gente infeliz le teme.
 
Abrazar el cambio es uno de los retos más difíciles que podemos enfrentar en la vida. A la mayoría de las personas les resulta más fácil quedarse a buen reparo en su zona de confort, donde saben perfectamente qué pueden esperar y tienen todo relativamente bajo control. Sin embargo, en esa zona languidece la felicidad porque ser feliz también es vivir experiencias nuevas, atreverse a ir más allá de nuestros límites y evolucionar constantemente. De hecho, la felicidad no está reñida con el miedo y la ansiedad sino que se entrelazan para permitirnos crecer.
 
2. Las personas felices hablan de ideas. La gente infeliz habla de los demás. 
 
Las personas felices se centran en sí mismas, se esfuerzan por clarificar lo que quieren y trazar el camino para alcanzarlo. De hecho, uno de los grandes secretos de la felicidad consiste en abandonar la crítica malsana, la necesidad enfermiza de estar pendientes de la vida de los demás y, sobre todo, la creencia de que somos superiores y podemos convertirnos en jueces de los comportamientos y actitudes ajenas. La gente infeliz, al contrario, se dedica a criticar a los demás, por lo que pierde una energía valiosísima que podría utilizar para mejorar sus vidas.
 
3. Las personas felices asumen la responsabilidad por sus errores. La gente infeliz culpa a los otros.
 
En nuestra sociedad existe la creencia de que los errores son algo negativo, por lo que resulta muy difícil que las personas los asuman de buena gana. Sin embargo, poner la culpa en los demás es el camino más directo a la infelicidad. Al contrario, las personas felices tienen un locus de control interno, por lo que son capaces de asumir la responsabilidad por sus acciones, sin sentir que han fracasado o cargar sobre sus espaldas con el fardo de la culpa. Estas personas comprenden que los errores son oportunidades de aprendizaje y los aprovechan para crecer. De esta forma, cuando se equivocan, en vez de llorar sobre la leche derramada o buscar un culpable, aprenden la lección y siguen adelante, con una caja de herramientas para la vida más completa.
 
4. Las personas felices perdonan. La gente infeliz guarda rencor.
 
Uno de los sentimientos más dañinos que podemos experimentar es el rencor, es como consumirse a fuego lento por voluntad propia. El rencor no solo nos hace infelices sino que además desencadena una serie de reacciones a nivel fisiológico que aumentan nuestra propensión a enfermar. Por eso, las personas felices saben que necesitan perdonar y seguir adelante. De hecho, el perdón es extremadamente liberador ya que nos impide ser prisioneros del pasado y nos permite vivir con plenitud el presente. Si no somos capaces de perdonar, seguiremos siendo prisioneros del rencor, nos ataremos a esa situación que tanto daño nos ha causado y que tanto mal nos sigue haciendo.
 
5. Las personas felices se centran en lo positivo. La gente infeliz solo ve las manchas en el sol.
 
Las personas felices no son optimistas ingenuos, al contrario, pueden llegar a ser muy realistas y son capaces de mantener sus expectativas bajo control. Sin embargo, prefieren centrarse en los aspectos positivos de las situaciones porque saben que así pueden automotivarse y sentirse mejor. Estas personas son conscientes de que el vaso está medio vacío, pero eligen centrarse en el hecho de que también está medio lleno. Al contrario, la gente infeliz se centra en los aspectos negativos de las situaciones, por lo que terminan desarrollando una visión pesimista del mundo que amarga sus días. Estas personas prefieren ver las manchas en el sol, en vez de apreciar el calor y la luz que nos regala. 
 
6. Las personas felices aprovechan las oportunidades. La gente infeliz se queda de brazos cruzados lamentándose.
 
Una de las claves para tener una vida plena y ser felices consiste en aprovechar las oportunidades. Las personas felices lo saben y siempre están dispuestas a tomar en consideración diferentes alternativas. Estas personas saben que pueden equivocarse, pero prefieren arriesgarse que quedarse de brazos cruzados y después arrepentirse por no haber aprovechado la oportunidad. Al contrario, las personas infelices se regodean en su amargura y dejan pasar las oportunidades inventando continuamente excusas para después lamentarse por su “mala suerte”, sin darse cuenta de que son ellas quienes construyen su propio destino.
 
7. Las personas felices siguen sus propios sueños. La gente infeliz se ata a las opiniones de los demás.
 
Las personas felices sueñan como si fueran a vivir eternamente y viven como si fueran a morir mañana. Esto significa que tienen grandes planes para su futuro pero, a la vez, no dejan escapar el aquí y ahora. No posponen su felicidad ni la supeditan a una meta lejana sino que saben aprovechar las pequeñas cosas de su presente que les brindan alegría y satisfacción. Al contrario, la gente infeliz deja que sean los demás quienes dicten sus metas, dependen de sus opiniones y valoraciones. Y ese es el camino más directo hacia la insatisfacción, la amargura y el remordimiento es seguir la senda que han marcado los demás, dependiendo de sus opiniones. La clave de la auténtica felicidad consiste en saber qué necesitamos de verdad y tener el valor suficiente para luchar por ello.
 
Ya lo había dicho Benjamin Franklin: “la felicidad humana no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces en la vida, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días”.
 
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Complejo de inferioridad: Tú más que yo, yo menos que tú

Todos comparamos. De hecho, la comparación es una de las tareas básicas del pensamiento. Cuando somos pequeños aprendemos a conocer el mundo mediante la comparación. Mientras comparamos nos formamos una idea más precisa de lo que nos rodea.
 
Sin embargo, el problema comienza cuando nos comparamos con los demás y realizamos juicios de valor con los que terminamos menospreciándonos. Entonces surge el complejo de inferioridad y nos sentimos más pequeños y miserables que los demás, menos valiosos y capaces que los otros.
 

¿Qué es el complejo de inferioridad?

 
El complejo de inferioridad designa a una persona que tiene una baja autoestima y la sensación permanente de no estar a la altura de los demás.
 
Esta categorización se basa en las ideas de Adler, para el cual existían dos tipos de complejo de inferioridad:
 
– Complejo de inferioridad primario. En este caso el origen se puede rastrear hasta la infancia, cuando el niño experimenta sensaciones de debilidad, indefensión y dependencia. Más tarde esos sentimientos pueden ser reforzados mediante comparaciones negativas con los hermanos, compañeros del colegio o incluso con las parejas románticas.
 
– Complejo de inferioridad secundario. En este caso el origen se encuentra en la adultez y está vinculado a la sensación, a menudo inconsciente, de ser incapaz de alcanzar la seguridad y el éxito. La persona experimenta sentimientos negativos sobre su capacidad y se siente inferior respecto a los demás, a quienes considera personas seguras y exitosas.
 
No obstante, sea cual sea el momento en el que surgió, el complejo de inferioridad se basa en una sobregeneralización, en juicios no racionales sobre nosotros mismos. Esa idea errónea se asienta tanto en nuestra mente que termina influyendo en nuestra vida y en la imagen que tenemos de nosotros mismos.
 

¿Por qué aparece el complejo de inferioridad?

 
La mayoría de las personas que tienen complejo de inferioridad piensan que este se debe a su defecto, a menudo físico, o debido a que no son lo suficientemente competentes en determinados aspectos. Sin embargo, en realidad esa es la excusa.
 
El complejo de inferioridad no surge únicamente por la “diferencia” sino por la incapacidad para gestionar de forma adecuada esa diferencia. No es la diversidad, sino la interpretación que hacemos de esa “diferencia” lo que genera el complejo de inferioridad. De hecho, es posible encontrar a personas que también tienen ese defecto, minusvalía, debilidad o característica especial y no han desarrollado un complejo de inferioridad sino que son seguros de sí.
 
Algunas personas pueden sacarle provecho a ese supuesto “defecto” aprendiendo a ser más resilientes, pero otras se centran en las repercusiones negativas y terminan exacerbando el problema, dejando que este las limite. En este sentido, Henry C. Link afirmó “mientras una persona no lo intenta porque se siente inferior, otra esta ocupada cometiendo errores y mejorando poco a poco”.
 
Obviamente, esa forma de afrontar la “diferencia” depende en gran medida de nuestras creencias, muchas de las cuales fueron transmitidas en la niñez. Por ejemplo, si pensamos que una persona solo puede ser exitosa si ha logrado acumular posesiones y dinero, es probable que nos sintamos fracasados e inferiores si no hemos podido hacerlo. Si pensamos que para ser felices es necesario ser perfectos físicamente, nos obsesionaremos con el aspecto y cualquier pequeño “defecto” puede ser motivo de un complejo de inferioridad.
 
Las personas que han desarrollado un pensamiento blanco y negro, del tipo todo o nada, también son más propensas a subvalorarse ya que no son capaces de apreciar las diferentes tonalidades de la vida. Estas personas, al compararse con los demás, se suelen centrar en lo negativo y casi siempre terminan sintiéndose inadecuadas o en desventaja.
 

El peligro de la sobrecompensación

 
Algunas personas, cuando se sienten inferiores, actúan como si realmente lo fueran, por lo que terminan reafirmando la pobre opinión que tienen de sí mismos. Es una profecía que se autocumple. También suelen aislarse de los demás ya que piensan que todos notarán su “defecto” y se burlarán a sus espaldas. En algunos casos incluso pueden desarrollar miedos o fobias. Se convierten en personas dependientes, que necesitan a alguien más fuerte a su lado que les brinde apoyo emocional permanente.
 
En otros casos, las personas con complejo de inferioridad reaccionan activando inconscientemente un mecanismo de sobrecompensación. Es decir, se esfuerzan por compensar ese “defecto” planteándose una meta prácticamente imposible de alcanzar que les obsesiona y termina provocando más problemas.
 
De hecho, es importante distinguir entre la compensación y la sobrecompensación. La compensación implica simplemente desarrollar algunos recursos para compensar una deficiencia. En este caso la persona es consciente de su problema y trabaja para compensarlo, potenciando otras habilidades y competencias. 
 
La sobrecompensación va un paso más allá, se trata de querer sentirse superior. Las personas que ponen en práctica un mecanismo de sobrecompensación suelen mostrar comportamientos extremos, intentan sobresalir en algunos ámbitos a como dé lugar, proyectando una falsa imagen de seguridad. Por ejemplo, un hombre que tenga un complejo de inferioridad relacionado con su masculinidad, puede reaccionar con actitudes misóginas que devalúan a las mujeres. 
 
Otro problema de la sobrecompensación es que normalmente ocurre a nivel inconsciente. Es decir, la persona no acepta que en la base de esos comportamientos extremos en realidad se esconde un sentimiento de inferioridad. Obviamente, de esta forma termina sumiéndose en un círculo vicioso que no le permite crecer. De hecho, aunque estas personas logren alcanzar ciertos resultados o incluso sobresalgan en determinadas áreas de la vida, nunca llegan a sentirse mejor, porque no superan el complejo de inferioridad que se encuentra en la base.
 

¿Cómo superar el complejo de inferioridad?

 
Repetirse mil veces delante del espejo frases positivas no sirve de nada. De hecho, un estudio realizado por psicólogos de las universidades de California y de Yale indica que las personas que tienen una baja autoestima se sienten peor cuando se repiten frases como “me acepto totalmente” o “tendré éxito”. Y es que no resulta tan fácil engañarse a sí mismo.
 
Superar el complejo de inferioridad demanda un trabajo mucho más profundo a nivel psicológico. 
 
1. Determina en qué te sientes inferior. El primer paso para solucionar un problema consiste en saber que existe, en hacer consciente esa dificultad. Si tienes un complejo, encuentra esa parte de ti que no te gusta.
 
2. Valora el alcance de los daños. El complejo de inferioridad suele comenzar por una deficiencia, debilidad o defecto pero poco a poco se extiende a toda tu personalidad. Valora cómo ha afectado ese sentimiento tu vida. No se trata de buscar razones para deprimirse sino de comprender hasta qué punto ese complejo te ha limitado. 
 
3. Empieza a pensar en términos de diversidad. Ser inferior respecto a algo implica una comparación, en la que a menudo usamos patrones demasiado rígidos. En vez de compararte con los demás, sería conveniente que comenzarás a ver la vida en términos de diversidad. No se trata de ser mejores o peores, sino precisamente de resaltar lo que nos hace únicos y diferentes. 
 
4. Céntrate en lo que puedes mejorar. Llorar sobre la leche derramada es contraproducente. Todos tenemos puntos débiles y limitaciones, si no podemos ir más allá en algunos campos, lo mejor es centrarse en aquellas esferas en las que sí podemos brillar. Por supuesto, no debemos obsesionarnos con ello, para compensar un “defecto”, sino simplemente para encontrar la satisfacción y la felicidad. Recuerda que no tienes que demostrarle nada a nadie, solo tienes que asegurarte de desarrollar las capacidades que te hagan feliz.
 
5. Sé tú mismo. En una sociedad donde todo está estandarizado y homogeneizado, es normal que muchas personas se sientan mal si perciben que son diferentes. Sin embargo, lo que resulta realmente ilógico es pretender ser igual a los demás porque de esta manera estás matando tu identidad e incluso tu valor como persona. Mira dentro de ti, descubre quién eres y atrévete a ser diferente.
 
Por último, recuerda que en realidad no necesitas muchas cosas para ser feliz. Cuando descubres quién eres te darás cuenta de que muchas de las cosas que anhelabas eran superficiales o utópicas. Te darás cuenta de que no necesitas esas cosas para ser feliz porque la felicidad y la satisfacción no provienen de fuera, sino de dentro.
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9 consejos para mejorar la concentración (avalados por la ciencia)

9 consejos para mejorar la concentración (avalados por la ciencia)

Según la Real Academia de la Lengua, la concentración es “la acción y efecto de centrar intensamente la atención en algo”.

Para nuestra vida diaria, es importante aprender a concentrarnos. Tener una buena capacidad de concentración nos ayuda enormemente a ser más efectivos a la hora de realizar cualquier tarea. Las bondades de tener una buena concentración son muchas: aumentan nuestra memoria, nuestra efectividad en la toma de decisiones, nuestra precisión y nuestra agilidad en el reto que tengamos entre manos.

Mejorando la concentración con 9 simples técnicas

Tener una buena concentración está muy ligado a poder retener y recordar mucho mejor. En este sentido, la concentración es una buena virtud para tener una memoria fluida. Si logramos desarrollar la concentración, nuestra memoria también mejorará.

Con este fin, en el artículo de hoy hemos recopilado nueve estrategias y técnicas que pueden ayudarte a mejorar estas capacidades tan útiles para la vida diaria.

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1. Descansa las horas suficientes

Un punto básico:  para poder concentrarnos bien necesitamos estar descansados. Dormir las horas suficientes nos proporcionan la recuperación cerebral y cognitiva necesaria para poder rendir perfectamente al día siguiente. Dormir bien nos proporciona un estado de lucidez en vigilia.

Es un consejo habitual para los estudiantes: el día anterior a un examen, hay que dormir bien. Porque si no se descansa lo suficiente, en el momento del examen vamos a estar dispersos y vamos a tener menos memoria. Durante las horas en que dormimos, el cerebro realiza un “reseteado” de ciertas funciones, preparándonos para que el día siguiente podamos procesar mucho mejor la información y los estímulos. Además, dormir ocho horas es también muy bueno para nuestra memoria a largo plazo.

2. Masca chicle

Puede parecer un poco extraño, pero masticar chicle es bueno para nuestra concentración. Así lo indican distintos estudios científicos: masticar chicle nos ayuda a recordar información en el corto plazo.

Además, puede ser un elemento que nos permita concentrarnos mejor en la tarea que debemos realizar, sobre todo en exámenes y pruebas que precisen de nuestra memoria auditiva y visual.

3. Escribe con papel y bolígrafo

Estamos muy acostumbrados a escribir las cosas en el teclado del ordenador. Es un método de escritura automático y que nos permite muchas cosas positivas, pero no es lo mejor para nuestra concentración ni para nuestra memoria.

Si escribimos a mano, nuestro cerebro hará un esfuerzo superior para concentrarse y recordará más fácilmente los datos y apuntes que salgan de nuestro puño y letra, según ha explicado Lizette Borreli para Medical Daily. Una mejor concentración cuando redactamos las ideas será un apoyo para nuestra memoria a largo plazo. que será capaz de rescatar esos datos días e incluso semanas después. 

4. Gestiona el estrés

¿Eres muy proclive a padecer estrés? Cuando estamos en un estado de tensión vemos muy reducida nuestra capacidad para focalizarnos en algo.

Algunos trucos para gestionar el estrés son tan simples como apretar fuerte el puño o una pelota anti-estrés, durante un minuto. Este acto va a liberar nuestras tensiones por un buen rato. Pero, si sufres un estrés más permanente, lo óptimo será que te pongas manos a la obra para solucionar el problema. Asimismo, es importante que tengamos una buena salud física: mantenerse bien hidratado, realizar deporte a menudo

5. Juega al ajedrez

Si hablamos de aumentar nuestra concentración, el ajedrez es el deporte rey. Este juego nos exige una gran capacidad de concentración para analizar cada situación que se produce en el tablero, tomar decisiones acertadas y anticiparnos a los movimientos del rival. Así lo ha constatado un estudio publicado en Science Direct.

Es una actividad perfecta para desarrollar ambas capacidades, además de nuestra habilidad para el razonamiento lógico y estratégico.

6. Evita distracciones

¿Es un poco obvio, no? Cuando tratamos de concentrarnos en una tarea, es muy buena idea que intentemos evitar que estímulos externos e indeseados nos distraigan. Por ejemplo, si estás estudiando, lo ideal es que lo hagas en silencio, con una luz adecuada, y por supuesto sin el televisor u otra distracción similar de fondo.

Se ha demostrado que el ruido ambiental afecta a nuestro rendimiento si estamos realizando una tarea que requiere concentración (por ejemplo, un examen). Cuando menos ruidoso sea el entorno, más en forma estarán tus habilidades cognitivas.

7. Dibuja mientras estás en clase

Este consejo es bastante contraintuitivo. Cuando estamos asistiendo a una clase magistral o a una conferencia, es buena idea que dibujemos pequeños garabatos en un bloc de notas o cuaderno. Así lo afirma un estudio publicado en la  revista Time.

No es necesario dibujar figuras concretas, cualquier cosa vale. Esto logrará que combatamos el aburrimiento y retendremos mejor aquello dice el profesor.

8. Música de fondo: ¿buena o mala idea?

Escuchar música de fondo cuando estamos enfocados en una tarea puede ser una buena idea. Pero depende de varios factores.

La música tiene la capacidad para estimular nuestra actividad cerebral y cognitiva. Es bastante positivo que, justo antes de empezar a estudiar, escuchemos un poco de música para estimular el cerebro y empezar a ponerlo en marcha. Sin embargo, durante el transcurso de la tarea, es mejor estar en silencio, puesto que la música puede distorsionar la calidad con que retenemos la información. Este efecto negativo de la música hacia nuestra capacidad de atención y concentración  ha sido reportada en varios estudios científicos.

9. Planifica tu rutina

No hay nada que afecte tan negativamente a la concentración como una rutina desorganizada y caótica. Es el noveno punto de la lista, pero seguramente es el más importante.

Hay que planificar y ordenar las prioridades del día a día. Sin contamos con el tiempo necesario para dedicar a cada tarea, evitaremos el estrés, las prisas y los inconvenientes que puedan surgir, y seremos más capaces de dedicar un esfuerzo inteligente y productivo a la tarea.

 

Bertrand RegaderBertrand Regader-Psicólogo educativo | Director de Psicología y Mente Origen: https://psicologiaymente.net