5 actitudes cotidianas con las que “matamos” la intuición infantil

 
El instinto, la intuición, o lo que algunos llaman sexto sentido, es un regalo maravilloso. Sin embargo, en vez de desarrollarlo, lo vamos perdiendo a medida que abrazamos la racionalidad y la lógica. Al disolverse, dejamos de percibir una parte del mundo, una parte muy importante que puede ayudarnos a desenvolvernos mejor en nuestras relaciones interpersonales o incluso puede salvarnos la vida en una situación de peligro.
 
De hecho, ese sexto sentido nos ayuda a detectar las microseñales de ansiedad, ira, tristeza o alegría que envían las otras personas y que nos permiten regular nuestro comportamiento. Sin embargo, todo parece indicar que no somos muy hábiles detectando esas microexpresiones porque confiamos más en la lógica que en nuestro instinto.
 
Así lo demuestra un estudio llevado a cabo en la Göteborg University en el que les pidieron a 60 adultos que intentaran descubrir cuándo los niños mentían. Los participantes vieron una serie de vídeos en los que aparecían diferentes niños contando un hecho que, aparentemente, les había ocurrido. Sin embargo, la mayoría de los adultos no fueron capaces de discernir las historias verdaderas de las falsas.
 
¿Por qué?
 
Los psicólogos descubrieron que el problema era que los participantes utilizaban estrategias racionales para detectar las mentiras, como pensar que la falta de detalles en las historias era una señal de simulación. Curiosamente, los niños eran muy prolijos en sus historias y daban detalles muy vívidos incluso cuando mentían. Al basarse en la racionalidad, en vez de recurrir a la intuición, los adultos no eran capaces de detectar las microexpresiones y los pequeños detalles que desvelan una mentira.
 
No obstante, la intuición infantil está muy desarrollada. En un estudio llevado a cabo en la Universidad de Ottawa les pidieron a 60 niños de seis años que vieran pequeños vídeos en los que aparecía un actor riendo de verdad o fingiendo la sonrisa. Asombrosamente, los niños podían detectar en la mayoría de los casos las diferencias entre una sonrisa falsa y una genuina, incluso con más acierto que los niños mayores.
 
La buena noticia es que ese sexto sentido les puede ayudar a mantenerse a salvo de las personas potencialmente peligrosas y, sin duda, les convertirá en adultos más sensibles emocionalmente. La mala noticia es que los adultos nos encargamos de sacrificar la intuición infantil en el altar de la racionalidad, aunque solemos hacerlo sin darnos cuenta, simplemente porque reproducimos los estereotipos y las actitudes con las que fuimos criados.

Pequeñas enseñanzas que debilitan la intuición de los niños

 
1. Obligarles a abrazar o besar a las personas
 
Es común ver a padres que obligan a sus hijos a darle un abrazo o besar a personas a las que no les gustaría acercarse. Muchos lo hacen para enseñarles a ser amables. Sin embargo, lo cierto es que no deberíamos obligar a los niños a abrazar o besar a una persona que no le agrada. En primer lugar, por respeto, ya que aunque son niños, tienen el derecho de decidir cómo demostrar su afecto, según su carácter, preferencias y estado de ánimo. De hecho, para los adultos un abrazo y un beso suelen ser simples convenciones sociales, pero para los niños es un acto íntimo y una profunda muestra de afecto. 
 
En segundo lugar, obligar a los niños a darle un abrazo o un beso a una persona, significa acallar su instinto. Si al pequeño no le apetece acercarse a esa persona, es simplemente porque no le entusiasma la idea del contacto físico, lo cual no es un problema, todo lo contrario. Los niños suelen tener un gran instinto sobre las personas que le rodean, por lo que debemos enseñarles a confiar en esta capacidad y dejarles que guarden distancia de aquellos con quienes no se sienten cómodos, al menos hasta que se ganen su confianza.
 
Por supuesto, esto no significa que dejemos que los niños se conviertan en ermitaños. Sin embargo, si no les apetece dar un abrazo o un beso, un apretón de manos o un simple saludo debe bastar. Para demostrar educación no es necesario besar o abrazar, un simple “buenos días” o un “hasta luego” son suficientes.
 
2. Enseñarles que los adultos siempre tienen la razón
 
Normalmente los padres les enseñan a los niños a respetar a todos los adultos, incluso hay quienes se encargan de decir que los adultos siempre tienen la razón. Sin embargo, se trata de una enseñanza que puede convertirse en un arma de doble filo ya que son precisamente los adultos quienes más daño pueden hacerle a un niño. 
 
Enseñarle a un pequeño que los adultos siempre deben estar a cargo de la situación y que es poco respetuoso no escucharles o hacerles caso, implica lacerar su instinto. Los niños que han crecido con este patrón correrán un mayor riesgo de sufrir abusos de los adultos sin decir nada ya que piensan que deben someterse a su voluntad, que es lo correcto.
 
En cambio, a los niños se les debe enseñar que todas las personas merecen respeto, no solo los adultos, sino también los otros pequeños e incluso los animales. Pero también se les debe decir que si se sienten incómodos o su instinto les avisa de que hay algún peligro, no están obligados a obedecer y deberían contarle lo ocurrido a sus padres.
 
3. Decirles que siempre les protegeremos
 
Los padres desearían mantener siempre a salvo a sus hijos, protegerles del peligro y evitar cualquier problema. Sin embargo, se trata de una misión imposible. De hecho, ni siquiera es una pretensión sana ya que los niños deben aprender a defenderse solos y deben cometer sus propios errores ya que solo así desarrollan la resiliencia infantil.
 
Por eso, decirles que siempre les mantendremos a salvo equivale a generar un falso sentido de la seguridad, es como lanzarlos a una selva sin un kit de protección que pueda usar para sobrevivir en ese entorno tan inhóspito. El problema es que al sentir esa falsa sensación de seguridad, el instinto se anestesia y no se activará cuando sea necesario. 
 
Por supuesto, esto no significa que no debamos tranquilizar al niño cuando tiene miedo ni implica que debamos exponerlo a peligros innecesarios, pero la principal tarea de los padres no es proteger eternamente a sus hijos sino enseñarles a protegerse por sí mismos.

4. Minimizar sus temores
 
Algunos padres, con el objetivo de tranquilizar a sus hijos, minimizan sus temores o incluso hacen caso omiso de ellos. Les dicen frases como “son tonterías, no debes tener miedo” o “ya eres grande para temerle a la oscuridad“. Sin embargo, estas frases no cumplen su objetivo, no calman al niño, al contrario, se convierten en una barrera entre el pequeño y sus padres. El niño se siente incomprendido y aprende a ocultar sus miedos.
 
Por otra parte, el miedo es una emoción completamente natural que no se debe desestimar ya que tiene un valor defensivo. Cuando catalogamos el miedo como algo negativo, el niño se avergüenza de sentirlo y poco a poco va acallando su instinto, que es precisamente el encargado de advertirle de los peligros o de las situaciones desconocidas que podrían entrañar cierto riesgo.
 
Por eso, en vez de minimizar sus temores, deberíamos validarlos. Vale aclarar que no se trata de alimentar el miedo, sino de compartir su preocupación y sus emociones, explicarle de dónde provienen y aprovechar esa oportunidad para enseñarle a vencer ese temor.
 
5. Llenar su agenda sin dejarles tiempo libre
 
La intuición no solo nos alerta del peligro, también nos indica aquellas cosas que nos hacen sentir bien. De hecho, el instinto nos señala, entre todas las opciones posibles, aquellas que nos harán más felices, las que mejor nos complementa y satisface. Desgraciadamente, perdemos muy pronto ese sexto sentido para la felicidad, a medida que dejamos de lado lo que nos agrada para involucrarnos en actividades de conveniencia. Perdemos la capacidad para saber lo que nos hace felices cada vez que en lugar de un “me gusta” colocamos un “debo”.
 
Por eso, llenar la agenda infantil con actividades extraescolares o tareas perfectamente estructuradas impuestas por los adultos, sin dejar espacio para el juego libre, también significa lastrar el instinto y subordinarlo cada vez más a los convencionalismos sociales. Esa es la razón por la cual muchas personas, que han perdido el contacto con su “yo” más profundo, se dejan llevar por lo que desean los demás, sin saber qué es lo que realmente desean ellas o les hace felices.
 

¿Qué es realmente la intuición?

 
Para comprender cómo funciona la intuición, es importante saber que en el cerebro existen dos sistemas: uno emocional y otro racional. El sistema intuitivo se basa en nuestras experiencias, en lo que nos han legado nuestros antepasados a través de los genes y en las emociones que experimentamos. El segundo sistema es lógico y funciona de manera más lenta ya que nos permite evaluar las diferentes opciones y tomar una decisión más racional.
 
El sistema intuitivo es el que nos alerta de un posible peligro, pero también el que nos señala las cosas que nos resultan agradables y generan una sensación de bienestar. Obviamente, es fundamental que ambos sistemas se complementen y trabajen en equilibrio. De hecho, puede ser tan negativo tomar decisiones basándose solo en el instinto como decidir únicamente desde la racionalidad.
 
Por eso, es tarea de los padres y los educadores fomentar la confianza de los niños en su instinto, en ese sexto sentido para el peligro y la felicidad, y a la vez, enseñarles a evaluar esas intuiciones desde la lógica, para encontrarles un sentido y tomar la mejor decisión posible.
 
WEB ORIGINAL: http://www.rinconpsicologia.com/

No toda la inteligencia decae a partir de los 30 años

Inteligencia fluida e inteligencia cristalizada: ¿cómo menguan con el paso del tiempo?

No toda la inteligencia decae a partir de los 30 años
 

Resulta habitual pensar que todas las capacidades humanas decaen con la edad pasada la treintena, y que la inteligencia no es una excepción a esta regla. Sin embargo, parece ser que esto no es del todo cierto y no siempre ocurre con todas las habilidades cognitivas por igual. 

Podemos creer esto, entre otras cosas, porque un equipo de investigadores ha encontrado indicios de que ciertos aspectos de la inteligencia llegan a su apogeo una vez pasada la juventud, mientras que otras lo hacen mucho antes, alrededor de los 20 años.

Las mil caras de la inteligencia

A pesar de que todos tendemos a asociar el concepto “inteligencia” al conjunto de habilidades que se ponen en práctica a la hora de completar los famosos test de CI, cada vez se encuentran más capas matices en lo que podría parecer una definición rígida y monolítica. Se ha hablado, por ejemplo, de inteligencia emocional e inteligencias múltiples, concepciones de inteligencia que van mucho más allá de lo que se mide a través de las clásicas hojas en las que hay que apuntar la respuesta correcta. Uno de estos quiebros interesantes en la idea de intelecto se ha dado con la propuesta de dos clases de habilidades cognitivas: las que dan forma a la inteligencia fluida y la inteligencia cristalizada.

Estas diferentes formas de clasificar los tipos de inteligencia no es gratuita: son modelos teóricos que intentan explicar procesos profundos que ocurren en nuestro cerebro y, por lo tanto, nuestra manera de pensar. Por eso resulta interesante cuando se encuentran pruebas de que diferentes tipos de inteligencia evolucionan de forma distinta. En este sentido, un artículo publicado en laJournal of Applied Psychology apunta que, mientras que la inteligencia fluida (es decir, la que va asociada a la resolución exitosa de problemas nuevos) empieza a decaer en la tercera década de vida, la inteligencia cristalizada, relacionada con la gestión de lo ya aprendido, sigue mejorando con la edad hasta que se llega, en algunos casos, a los 70 años o más.

El experimento

Para esta investigación se utilizó un grupo de 3.375 voluntarios de entre 20 y 74 años con un perfil profesional del nivel de un ejecutivo. Como la investigación iba enfocada a la evaluación de las habilidades ligadas al entorno de trabajo, estas personas rellenaron una batería de preguntas relacionadas con ciertas capacidades profesionales, creatividad y estilo de dirección y administración. Además, de todo esto, les fue suministrado un test sobre inteligencia fluida y cristalizada y las habilidades asociadas a cada una de ellas.

ara medir cada una de estas modalidades, los test planteaban ejercicios relacionados con la capacidad lógica y analítica para medir la inteligencia fluida (como por ejemplo, seguir una serie de letras), mientras que la inteligencia cristalizada se evaluó a partir de tareas relacionadas con la habilidad verbal.

Después de analizar los datos recogidos, los investigadores vieron que las personas de mayor edad mostraron puntuaciones en inteligencia fluida significativamente más bajas que las de las personas de menos de 30 años, especialmente pasada la cincuentena. Sin embargo, en las tareas de habilidad verbal asociadas a la inteligencia cristalizada la tendencia se invertía: la media de puntuaciones que correspondía al grupo de mayor edad era más alta.

Aunque este no es el único estudio que describe estas tendencias en la evolución de estos tipos de inteligencia, sí es uno de los pocos que se centra en el contexto profesional. Investigaciones en esta línea podrían ser útiles a la hora de saber qué tipo de tareas son más fáciles de resolver en una u otra franja de edad, con resultados beneficiosos tanto para la persona como para el grupo de trabajo en el que se encuentra.

Desde luego, ambos tipos de inteligencia decaen con la edad, lo que ocurre es que lo hacen de manera distinta y a partir de un momento de madurez diferente. Tiene sentido que sea así. La inteligencia fluida es especialmente útil para adaptarse a entornos relativamente nuevos a los que no se está muy adaptado y que aún puede ocasionar imprevistos dada la poca experiencia del individuo. La inteligencia cristalizada, sin embargo, tiene una aplicación más conservadora, ligada a la resolución de problemas a partir de lo que ya se sabe. 

Estos dos tipos de habilidades se despliegan en etapas diferentes, y nuestro cerebro parece ser capaz de adaptarse a estas etapas ajustándose a lo que se espera de él. De algún modo, parece como si la evolución aspirara a hacernos tan sabios como ella.

 
Adrián Triglia
Adrián Triglia Redactor Jefe web original: psicologiaymente.net

Graduado en Psicología por la Universitat de Barcelona y licenciado en Publicidad por la misma

Actualmente cursando el Máster en Técnicas de Investigación Social Aplicada por la UAB/UB.

¿Hablas dos idiomas? Entonces tienes más materia gris

 
En las últimas décadas nuestra comprensión del bilingüismo ha cambiado mucho. Al principio se pensaba que dominar dos vocabularios provocaría trastornos del lenguaje en los niños. Sin embargo, se ha demostrado que no es así. De hecho, las personas bilingües alcanzan mejores resultados en las tareas que requieren una buena dosis de atención, memoria a corto plazo e inhibición de los impulsos, es lo que en Psicología se conoce como “control ejecutivo”.
 
Se cree que esa “ventaja bilingüe” no solo se debe al aprendizaje de un nuevo idioma sino, sobre todo, al uso sistemático de ambos. Sin embargo, aún hay muchas personas que lo ponen en duda, por lo que neurocientíficos del Georgetown University Medical Center decidieron comprobar si realmente hablar dos idiomas es tan beneficioso para el cerebro.
 
En el experimento comprobaron el volumen de materia gris de personas bilingües y monolingües. Así constataron que, efectivamente, las personas que hablan dos idiomas tienen más materia gris en los lóbulos frontales y parietales, que son las zonas del cerebro involucradas en el control ejecutivo.
 

¿Cuál es la función de la materia gris?

 
La materia gris se encuentra fundamentalmente en la corteza cerebral, la zona más compleja del sistema nervioso. Las células que componen la sustancia gris no tienen mielina, por lo que no pueden transmitir rápidamente los impulsos nerviosos. Su función es otra: procesar la información y facilitar el razonamiento. Por eso, se ha asociado la cantidad de materia gris con la inteligencia y la capacidad para resolver problemas.
 
Sin embargo, lo más interesante es que el volumen de materia gris que existe en el cerebro depende en gran medida de las experiencias que viven las personas a lo largo de su vida. De hecho, un estudio realizado en el University College London había descubierto que los taxistas tienen más materia gris en las áreas del cerebro implicadas en la navegación espacial, lo cual no es extraño ya que por su profesión se ven obligados a usar mucho más estas zonas cerebrales.
 

¿Por qué hablar dos idiomas es tan beneficioso para el cerebro?

 
Estos neurocientíficos se preguntaron si el mayor volumen de materia gris se debía al hecho de hablar dos idiomas o si dependía únicamente del vocabulario aprendido. Para encontrar una respuesta, no se limitaron a analizar el cerebro de personas monolingües y bilingües sino que además trabajaron con personas que dominaban su idioma materno y conocían además el lenguaje de señas. 
 
Así descubrieron que solo quienes hablaban dos idiomas tenían un mayor volumen de materia gris. Estos resultados sugieren que los cambios a nivel cerebral no se deben simplemente a adquirir un vocabulario más extenso sino que dependen del esfuerzo que hace nuestro cerebro a la hora de hablar, ya que se ve obligado a desconectar un idioma para activar el otro, involucrando para ello diferentes áreas.

De hecho, un estudio anterior realizado en la Universidad de Kentucky había demostrado que las personas bilingües son mejores en la multitarea ya que pueden conectarse y desconectarse rápidamente. También son más flexibles y pueden adaptarse con mayor rapidez a los cambios inesperados. Por si fuera poco, se conoce que estas habilidades se conservan en la edad adulta, por lo que aprender un segundo idioma también protege el cerebro de la demencia.

 
Estas investigaciones desvelan que nuestro cerebro tiene una enorme plasticidad y que cambia en dependencia de la estimulación, incluso en la edad adulta. Por tanto, si aún no conoces un segundo idioma, aún estás a tiempo para aprenderlo y, sobre todo, practicarlo 😉
 
web original: http://www.rinconpsicologia.com/

¿Cómo saber si tu hijo es inteligente?

Cuando fui a la escuela me preguntaron qué quería ser de mayor. Yo respondí: ‘feliz’. Me dijeron que no había entendido la pregunta y yo les dije que ellos no entendían la vida“, contó en una ocasión John Lennon. A la luz de esta reflexión, no podemos sino suponer que quizá los adultos estamos entendiendo mal muchas cosas.

Ser inteligente no es sacar un sobresaliente en Matemáticas o en Física. Tampoco lo es obtener un excelente en Gramática o memorizar todas las fechas históricas. Eso significa simplemente ser un alumno aplicado. Sin embargo, muchos padres y maestros creen que la inteligencia se reduce a la lógica, y consideran que un niño con malas notas no tendrá éxito en la vida, porque no es lo suficientemente inteligente y capaz. Sin embargo, si juzgamos a un pez por su habilidad para subir a los árboles, pasará toda su vida pensando que es un inútil.

¿Cómo se produjo el descarrilamiento de los test de inteligencia?

 
Todo comenzó en el lejano 1905, cuando Alfred Binet creó su famoso test de inteligencia. Aquella prueba respondía a una necesidad específica: el gobierno francés quería instituir la escolarización obligatoria para los niños de entre 6 y 14 años, pero como en aquel momento tenían niveles tan dispares, era necesario una prueba que permitiera analizar la ejecución de tareas que exigían comprensión, capacidad aritmética y dominio del vocabulario.
 
Binet creó un test para diferenciar los alumnos cuyas capacidades les permitirían adaptarse al sistema educativo normal de aquellos que necesitarían un refuerzo extra. Más tarde, en Gran Bretaña, el psicólogo Cyril Burt introdujo las primeras adaptaciones de esas pruebas y las utilizó para demostrar que la inteligencia era hereditaria. En Estados Unidos, Lewis Terman hizo lo propio y se aseguró de que tales test demostraran la supremacía de los blancos y las clases pudientes sobre el resto.
 
Sin embargo, la idea de Binet nunca fue esa. De hecho, este psicólogo reconoció que su test no era capaz de evaluar los diferentes tipos de inteligencia, y que simplemente había agrupado conjuntos de problemas y operaciones que los niños debían resolver con relativa facilidad en los diferentes cursos académicos. Sin embargo, la suerte ya estaba echada. 
 
Henry Goddard, otro de los psicólogos estadounidenses promotores de las pruebas de inteligencia, las utilizó para sustentar la teoría de que las personas ricas y exitosas heredaban biológicamente la inteligencia, la cual se transmitía de una generación a otra. Así, la inteligencia se convirtió en un factor de marginación y estigmatización de las personas. 
 
Desgraciadamente, aún hoy muchos profesionales y padres siguen pensando en esos términos. Se trata de personas que creen que la inteligencia es una capacidad fija que se hereda, y la relacionan únicamente con la habilidad para resolver problemas lógicos. Sin embargo, la inteligencia es mucho más, y es fundamental que todos aquellos que tengan la educación de niños en sus manos lo sepan.
 

¿Qué es realmente la inteligencia?

 
Ser inteligente no es sacar un sobresaliente en Matemáticas o en Física. Tampoco lo es obtener un excelente en Gramática o memorizar todas las fechas históricas. Eso significa simplemente ser un alumno aplicado.
 
Al contrario, un niño inteligente es aquel que es capaz de encontrar diferentes soluciones y elegir la mejor alternativa para resolver un problema. Un niño inteligente no es el que saca cuentas complicadas más rápido que ninguno sino aquel que encuentra soluciones creativas a los problemas de la vida cotidiana.
 
Un niño inteligente es aquel que se fija en los detalles, sin perder la perspectiva global. Es aquel que siempre pregunta y que quiere ir más allá de la apariencia de las cosas. También es aquel que rompe las cosas para saber cómo están hechas, aunque después no sepa recomponerlas.
 
De hecho, un niño inteligente no es aquel que casi nunca se equivoca sino el que yerra y aprende de su error, sacando conclusiones que le servirán para su vida futura. Es aquel que tiene la flexibilidad suficiente para adaptarse a los cambios, aunque no siempre sean positivos.
 
Un niño inteligente no es aquel que colecciona palabras de pronunciación complicada y significados raros con las cuales asombrar a todos sino el que piensa fuera de lo establecido, usando las imágenes, la música o cualquier otro medio para expresar sus ideas.
 
El niño inteligente no es aquel que sigue las normas sin equivocarse, sino el que se plantea nuevos retos y no tiene miedo a salir de su zona de confort. 
 
El niño inteligente es capaz de ponerse en la piel de los demás, sabe comunicar sus emociones e intuir la de los otros. También sabe decir “no” cuando es el momento y se responsabiliza por sus acciones. Ese niño sabe escuchar y es sensible. 
 
Ese es un niño inteligente, aunque en el colegio no obtenga las mejores calificaciones. Porque la vida es la escuela más importante, la más exigente y la más complicada. Y para pasar sus asignaturas no se necesita solamente capacidad de cálculo, memorización y comprensión lectora sino otras habilidades que normalmente no se enseñan en los colegios, como el pensamiento analítico, la flexibilidad, la capacidad de adaptarse a los cambios y de controlar las emociones…
 
La inteligencia no es una nota, es una capacidad que se desarrolla día a día y que debe servirnos para mejorar como personas y encontrar la felicidad. Muchos niños tienen ese tipo de inteligencia, no se la arrebatemos para quemarla en el altar de la lógica.

9 consejos para mejorar la concentración (avalados por la ciencia)

9 consejos para mejorar la concentración (avalados por la ciencia)

Según la Real Academia de la Lengua, la concentración es “la acción y efecto de centrar intensamente la atención en algo”.

Para nuestra vida diaria, es importante aprender a concentrarnos. Tener una buena capacidad de concentración nos ayuda enormemente a ser más efectivos a la hora de realizar cualquier tarea. Las bondades de tener una buena concentración son muchas: aumentan nuestra memoria, nuestra efectividad en la toma de decisiones, nuestra precisión y nuestra agilidad en el reto que tengamos entre manos.

Mejorando la concentración con 9 simples técnicas

Tener una buena concentración está muy ligado a poder retener y recordar mucho mejor. En este sentido, la concentración es una buena virtud para tener una memoria fluida. Si logramos desarrollar la concentración, nuestra memoria también mejorará.

Con este fin, en el artículo de hoy hemos recopilado nueve estrategias y técnicas que pueden ayudarte a mejorar estas capacidades tan útiles para la vida diaria.

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1. Descansa las horas suficientes

Un punto básico:  para poder concentrarnos bien necesitamos estar descansados. Dormir las horas suficientes nos proporcionan la recuperación cerebral y cognitiva necesaria para poder rendir perfectamente al día siguiente. Dormir bien nos proporciona un estado de lucidez en vigilia.

Es un consejo habitual para los estudiantes: el día anterior a un examen, hay que dormir bien. Porque si no se descansa lo suficiente, en el momento del examen vamos a estar dispersos y vamos a tener menos memoria. Durante las horas en que dormimos, el cerebro realiza un “reseteado” de ciertas funciones, preparándonos para que el día siguiente podamos procesar mucho mejor la información y los estímulos. Además, dormir ocho horas es también muy bueno para nuestra memoria a largo plazo.

2. Masca chicle

Puede parecer un poco extraño, pero masticar chicle es bueno para nuestra concentración. Así lo indican distintos estudios científicos: masticar chicle nos ayuda a recordar información en el corto plazo.

Además, puede ser un elemento que nos permita concentrarnos mejor en la tarea que debemos realizar, sobre todo en exámenes y pruebas que precisen de nuestra memoria auditiva y visual.

3. Escribe con papel y bolígrafo

Estamos muy acostumbrados a escribir las cosas en el teclado del ordenador. Es un método de escritura automático y que nos permite muchas cosas positivas, pero no es lo mejor para nuestra concentración ni para nuestra memoria.

Si escribimos a mano, nuestro cerebro hará un esfuerzo superior para concentrarse y recordará más fácilmente los datos y apuntes que salgan de nuestro puño y letra, según ha explicado Lizette Borreli para Medical Daily. Una mejor concentración cuando redactamos las ideas será un apoyo para nuestra memoria a largo plazo. que será capaz de rescatar esos datos días e incluso semanas después. 

4. Gestiona el estrés

¿Eres muy proclive a padecer estrés? Cuando estamos en un estado de tensión vemos muy reducida nuestra capacidad para focalizarnos en algo.

Algunos trucos para gestionar el estrés son tan simples como apretar fuerte el puño o una pelota anti-estrés, durante un minuto. Este acto va a liberar nuestras tensiones por un buen rato. Pero, si sufres un estrés más permanente, lo óptimo será que te pongas manos a la obra para solucionar el problema. Asimismo, es importante que tengamos una buena salud física: mantenerse bien hidratado, realizar deporte a menudo

5. Juega al ajedrez

Si hablamos de aumentar nuestra concentración, el ajedrez es el deporte rey. Este juego nos exige una gran capacidad de concentración para analizar cada situación que se produce en el tablero, tomar decisiones acertadas y anticiparnos a los movimientos del rival. Así lo ha constatado un estudio publicado en Science Direct.

Es una actividad perfecta para desarrollar ambas capacidades, además de nuestra habilidad para el razonamiento lógico y estratégico.

6. Evita distracciones

¿Es un poco obvio, no? Cuando tratamos de concentrarnos en una tarea, es muy buena idea que intentemos evitar que estímulos externos e indeseados nos distraigan. Por ejemplo, si estás estudiando, lo ideal es que lo hagas en silencio, con una luz adecuada, y por supuesto sin el televisor u otra distracción similar de fondo.

Se ha demostrado que el ruido ambiental afecta a nuestro rendimiento si estamos realizando una tarea que requiere concentración (por ejemplo, un examen). Cuando menos ruidoso sea el entorno, más en forma estarán tus habilidades cognitivas.

7. Dibuja mientras estás en clase

Este consejo es bastante contraintuitivo. Cuando estamos asistiendo a una clase magistral o a una conferencia, es buena idea que dibujemos pequeños garabatos en un bloc de notas o cuaderno. Así lo afirma un estudio publicado en la  revista Time.

No es necesario dibujar figuras concretas, cualquier cosa vale. Esto logrará que combatamos el aburrimiento y retendremos mejor aquello dice el profesor.

8. Música de fondo: ¿buena o mala idea?

Escuchar música de fondo cuando estamos enfocados en una tarea puede ser una buena idea. Pero depende de varios factores.

La música tiene la capacidad para estimular nuestra actividad cerebral y cognitiva. Es bastante positivo que, justo antes de empezar a estudiar, escuchemos un poco de música para estimular el cerebro y empezar a ponerlo en marcha. Sin embargo, durante el transcurso de la tarea, es mejor estar en silencio, puesto que la música puede distorsionar la calidad con que retenemos la información. Este efecto negativo de la música hacia nuestra capacidad de atención y concentración  ha sido reportada en varios estudios científicos.

9. Planifica tu rutina

No hay nada que afecte tan negativamente a la concentración como una rutina desorganizada y caótica. Es el noveno punto de la lista, pero seguramente es el más importante.

Hay que planificar y ordenar las prioridades del día a día. Sin contamos con el tiempo necesario para dedicar a cada tarea, evitaremos el estrés, las prisas y los inconvenientes que puedan surgir, y seremos más capaces de dedicar un esfuerzo inteligente y productivo a la tarea.

 

Bertrand RegaderBertrand Regader-Psicólogo educativo | Director de Psicología y Mente Origen: https://psicologiaymente.net