En la mente de la persona deprimida: 5 insights fascinantes

Cerebro con engranajes
Las personas deprimidas a menudo se sienten indefensas, sin esperanza, sin valor y creen que sus vidas están fuera de control. Sin duda, se trata de una condición compleja, que significa mucho más que simplemente “estar tristes” o sentir que la vida no tiene sentido. De hecho, se ha demostrado que algunas zonas del cerebro de estas personas están profundamente afectadas por la depresión y funcionan de manera diferente. Por eso, para ayudar a una persona deprimida, el primer paso es comprender realmente qué le sucede, entender cómo funciona su mente.
 
1. Incapacidad para establecer objetivos específicos
 
Las personas deprimidas tienen una tendencia a la sobregeneralización y a pensar de forma abstracta. Ejemplo de ellos son frases como “todo es lo mismo” o “ya nada me importa“. De hecho, un estudio realizado en la Universidad de Liverpool ha puesto de manifiesto que las personas deprimidas suelen plantearse objetivos de carácter más general y abstractos. Esto también significa que les resulta más difícil llevarlos a la práctica ya que sus metas no son muy precisas ni fácilmente cuantificables. De esta forma, es más probable que se vean atrapados en un círculo de ilusiones rotas y expectativas irreales.
 
2. Problemas de memoria
 
Uno de los síntomas menos conocidos de la depresión, pero también uno de los más negativos, son los problemas de memoria. Se ha podido apreciar que las personas que padecen depresión durante años, terminan desarrollando dificultades en la memoria declarativa, que es la que se encarga de recordar hechos específicos, como los nombres o los lugares. De hecho, un estudio particularmente interesante realizado en la Brigham Young University descubrió que las personas deprimidas pierden la capacidad para diferenciar las experiencias similares. Y es que la depresión desdibuja la memoria.
 
3. Dificultad para recordar los buenos tiempos
 
La mayoría de las personas no tienen dificultades para rememorar los buenos tiempos. De hecho, se trata de un recurso que podemos utilizar cuando estamos desmotivados, tristes o melancólicos. Sin embargo, esta tarea puede ser complicada para las personas deprimidas ya que suelen centrarse en las dificultades y hechos negativos, más que en los buenos momentos. Esto se debe al hecho de que los pensamientos depresivos, cuando se dejan libres, simplemente atraen otras ideas depresivas, formando un círculo vicioso de negatividad del cual es difícil salir.
 
4. Realismo depresivo
 
Un estudio particularmente interesante realizado en la Kent State University desveló un hecho sorprendente: las personas deprimidas tienen una visión más realista del mundo. De hecho, el resto de las personas sufren una especie de “optimismo adaptativo”, el cual les permite ver la vida desde un prisma más positivo. Sin embargo, las personas deprimidas no tienen ese prisma por lo que pueden evaluar su propio desempeño con mayor precisión e incluso son capaces de prever con mayor fiabilidad algunas situaciones del futuro. Sin embargo, lo que a primera vista puede parecer un don, en realidad les sume aún más en la depresión.
 
5. Más dolor físico
 
Para colmo de males, cuando una persona está deprimida, experimenta un nivel mayor de dolor físico. Así lo comprobó un experimento realizado por investigadores de la Universidad de Oxford. En el estudio se pudo apreciar que cuando se provocaba un estado de ánimo negativo, marcado por la tristeza, el cerebro de las personas reaccionaban con mayor intensidad ante el dolor y ellos mismos reconocían que encontraban estos estímulos más desagradables y más difíciles de soportar.
 
web original: http://www.rinconpsicologia.com/

Si no puedes cambiar la situación, cambia tu mente

Hay situaciones que podemos cambiar, hay otras que no. Y mientras antes lo asumamos, antes dejaremos de sufrir por ellas. Cuando una persona no quiere permanecer a nuestro lado, poco podemos hacer para retenerla. Si perdimos una oportunidad de trabajo, de nada vale lamentarse. Por muy proactivos, entusiastas y positivos que seamos, hay situaciones que no podemos cambiar. En esos casos solo nos resta cambiar nuestra mente.
 

Los peligros de la no aceptación

 
Hay situaciones que, si no podemos cambiar, debemos aceptar. Cuando no las aceptamos se convierten en un asunto pendiente, en un obstáculo que nos drena la energía. Sin embargo, el auténtico milagro ocurre al aceptarlas ya que en ese proceso de supuesta rendición, crecemos y logramos pasar página.

¿Qué sucede cuando no aceptamos una situación que no podemos cambiar?

 
1. Nos mantiene estancados. Si tenemos delante un muro y nos ofuscamos intentando echarlo abajo pero no lo logramos, nos frustraremos y nos quedaremos lamentándonos. De esta forma, terminaremos estancados en nuestro camino. Al contrario, si intentamos probar otras soluciones, podremos seguir avanzando, no a pesar del muro, sino precisamente gracias a este.
 
2. Nos hace infelices. Cuando no logramos cambiar la situación o los demás no cumplen con nuestras expectativas, la frustración puede crecer hasta alcanzar niveles insospechados. Al atarnos a ese problema nos impedimos ser felices, es como si fuera una enorme piedra que nos obligamos a arrastrar, aunque en realidad nos gustaría soltarla, pero no sabemos cómo hacerlo.
 
3. Nos impide ver las oportunidades. Un problema o una situación negativa, sobre todo cuando se mantienen a lo largo del tiempo, suelen generar frustración. Y en ese estado no solo somos incapaces de pasar página sino que ni siquiera nos damos cuenta de las soluciones y oportunidades que pasan por nuestro lado. No aceptar un hecho es cerrarse a las oportunidades, eligiendo permanecer en el pasado.
 

No es la situación, es cómo reaccionas

 
A menudo confundimos la realidad con nuestras reacciones. Sin embargo, es importante tener presente que no es la situación en sí la que genera frustración, sufrimiento o ansiedad, estas son tan solo nuestras respuestas ante hechos que no podemos, o no queremos, gestionar. Se trata de una diferencia sustancial ya que de esta forma podrás separar el acontecimiento de tu reacción ante este. Y darte cuenta de que estás reaccionando ante un significado, no ante un hecho. 
 
De hecho, en muchas ocasiones somos nosotros mismos quienes añadimos más leña al fuego, imaginando los peores escenarios posibles o dejando que las emociones negativas nos sobrepasen y tomen el mando. De esta forma solo conseguimos empeorar la situación, cuando el objetivo es lograr sentirnos mejor. En práctica, terminamos perdiendo la perspectiva de que lo bueno y lo malo, lo negativo y lo positivo se basa esencialmente en nuestros puntos de vista, en la forma en que elegimos reaccionar ante ciertas situaciones.
 
Muchas de las situaciones que a primera vista podemos considerar como negativas o malas, pueden ser positivas, o al menos adquirir un carácter neutro si sabemos darles la vuelta y sacarles partido.
 
Por supuesto, no se trata de relativizar todo o de sufrir en silencio. Cuando una situación no nos gusta o se convierte en un obstáculo para lograr nuestros objetivos, debemos intentar cambiarla, pero si no podemos, chocar continuamente contra un muro no servirá más que para hacernos daño. Si no podemos derrumbar esa pared, es mejor que aprendamos a sacarle provecho.
 
Para lograrlo, es importante tener claro que todo depende de la interpretación, la cual está determinada por nuestras experiencias, expectativas y las emociones que nos están embargando. Sin embargo, lo que estamos viendo no es la única realidad, sino tan solo una faceta de esta. Nuestra reacción ante la situación será la versión final. Por tanto, enfócate en buscar soluciones, no en quejarte. 
 
Recuerda que la vida no es como quieres que sea, muchas veces es caprichosa e inesperada. Seguirá poniendo problemas a tu paso, así como nuevas oportunidades. Tú eliges si quieres ser una víctima o si prefieres tomar las riendas y aprender a cada paso.
 
Después de todo, recuerda que nada es para siempre. Si algo te disgusta, intenta cambiarlo, si no puedes, no te tortures y cambia tu actitud. Aprende a abrazar la vida, con todo lo que ello conlleva.

La regla del 40%: ¿Cómo seguir adelante cuando piensas que no puedes más?

 
Hay determinados momentos en la vida en los cuales parece imposible seguir adelante. En esos momentos es como si nuestras reservas de energía y esperanzas se hubiesen agotado, entonces el más mínimo paso nos parece una tarea titánica. Sin embargo, antes de tirar la toalla definitivamente, puedes hacer un último esfuerzo poniendo en práctica la regla del 40%.
 

El muro de los 30 kilómetros nos enseña el valor de la resistencia psicológica

 
Quienes hayan corrido alguna vez una maratón, deben conocer “el muro de los 30 kilómetros”. De hecho, la mayoría de los corredores se detienen en este punto en su primer maratón y son incapaces de ir más allá.
 
Lo curioso es que todo iba bien durante la carrera, pero de repente al corredor le sobreviene un enorme cansancio. En este punto las piernas no responden, sienten que su cuerpo pesa unos kilos más y la mente les dice basta.
 
Este fenómeno está provocado porque nuestro cuerpo tiene una reserva calórica de glucógeno que se termina aproximadamente a los 30 kilómetros de la carrera. Entonces entra en juego el entrenamiento psicológico, el poder de la mente.
 
De hecho, el muro de los 30 kilómetros no es un fenómeno meramente físico. También se ha apreciado que cuando el corredor comienza a notar la fatiga muscular y piensa que no podrá terminar la carrera, experimenta una enorme frustración, la cual disminuye los niveles de dopamina. Entonces sí resulta imposible terminar. 
 
Sin embargo, cuando el corredor logra sobrepasar esa barrera, tiene grandes probabilidades de terminar la maratón. En la vida cotidiana también llegamos a ciertos puntos en los cuales nos parece que tenemos ante nosotros una barrera infranqueable, nos parece que nos han abandonado las fuerzas y que no podremos seguir adelante. Sin embargo, se trata tan solo de una barrera psicológica.
 

La regla del 40%

 
Newt Gingrich, un político estadounidense, dijo que “la perseverancia es el trabajo duro que haces después del trabajo duro que ya has hecho”. Se trata de una frase genial porque captura la verdadera esencia de la perseverancia y la determinación.
 
En este sentido, resulta interesante la regla del 40% que siguen los NAVY Seal, quienes son famosos por su exigente entrenamiento físico que a menudo los lleva al límite de sus fuerzas. Según estos, las personas somos capaces de soportar mucho más de lo que pensamos y llegar más lejos de lo que nos proponemos. Según estos soldados, cuando nuestra mente nos dice “basta”, en realidad solo hemos logrado un 40% de lo que somos capaces. Por tanto, cuando estamos a punto de tirar la toalla, aún podemos recorrer y esforzarnos un 60% más.
 
Por supuesto, no se trata de tomar al pie de la letra ese porcentaje, sino tan solo de tener en mente que en muchas ocasiones de nuestra vida, cuando estamos a punto de abandonarlo todo, no se trata realmente de falta de energía sino tan solo de un bloqueo mental.
 
La regla del 40% es una herramienta muy sencilla que nos ayuda a revalorar nuestros límites y nos permite cambiar la perspectiva, nos enseña que si queremos realmente superar nuestros límites, tenemos que dar un paso más para demostrarle a nuestro cerebro que esa barrera es solo un fruto de nuestra imaginación.
 

¿Cómo aplicar esta regla?

 
El principal problema, cuando creamos una barrera psicológica, es que las frases positivas no son muy eficaces. De hecho, a veces pueden ser contraproducentes y terminan agobiándonos o frustrándonos aún más. Cuando sufrimos un bloqueo emocional, es difícil salir de esta con la racionalidad. Por eso, teniendo en mente que aún no hemos alcanzado todo nuestro potencial, solo tenemos que asegurarnos de ir paso a paso.
 
Si damos un paso a la vez, no nos asustaremos sino que nos daremos tiempo para recuperar el autocontrol. De hecho, el secreto radica en que no debemos centrarnos en la meta final, no debemos recordar cuántos kilómetros de la maratón nos faltan por recorrer sino que tan solo debemos pensar en los próximos pasos. De esta forma, poco a poco, iremos superando la barrera que nosotros mismos hemos creado.

El cerebro olvida para conservar la energía

 
Nuestro cerebro no solo tiene mecanismos de aprendizaje sino también de olvido, para borrar las memorias “innecesarias” y conservar la energía. En práctica, elimina todo aquello que no nos sirve, borra los aprendizajes innecesarios para hacer espacio y funcionar en “modo ahorro”. Ahora un grupo de investigadores de la Lund University, en Suecia, han sido capaces de desentrañar a nivel celular cómo funciona esta función.
 

El aprendizaje y el olvido a veces son dos caras de una misma moneda

 
Hace varios siglos, Pavlov, un fisiólogo ruso, experimentó con perros y descubrió el condicionamiento clásico. En práctica, los perros aprendieron que cuando sonaba una campana, recibirían el alimento, por lo que comenzaban a segregar saliva apenas oían las campanas, aunque no hubiera ni rastro de alimento. Esto se debe a que crearon una conexión a nivel cerebral entre un estímulo neutro (la campana) y un estímulo incondicional (la comida).
 
Nosotros también aprendemos de esta forma, podemos establecer conexiones entre diferentes estímulos y, como resultado, mostrar la respuesta correspondiente. Por ejemplo, en experimentos realizados con personas se ha vinculado un sonido con el aire en los ojos. De forma que, a la larga, las personas terminaban parpadeando al escuchar el sonido, aunque no hubiera aire. Obviamente, se trata de una respuesta automática aprendida.
 
Paradójicamente, cuando se añade una luz, el aprendizaje de las personas empeora, la conexión no se refuerza. En práctica, es como si ese estímulo adicional potenciara el olvido. 
 
Sin duda, se trata de un resultado contradictorio ya que, en teoría, el aprendizaje debería reforzarse. Sin embargo, estos investigadores piensan que el problema radica en que el cerebro olvida para ahorrar energía.
 
¿Qué sucede?
 
En un primer momento, se activa un mecanismo cerebral que permite el aprendizaje creando un patrón a nivel neuronal. Es como si esa parte del cerebro que capta y aprende la asociación, el cerebelo, dijera: “Lo he captado, ya no necesito más estímulos”. 
 
De hecho, estos investigadores notaron que cuando una asociación se consolida en el cerebro, cuando ocurre un aprendizaje, se activan unas neuronas cuya función es echar el freno de mano, indicar que es suficiente y que no necesitamos ir un paso más allá.
 
Sin embargo, cuando se introducen dos asociaciones, es como si el cerebro se sobresaturara. En este punto, aumentan las probabilidades de que olvidemos, incluso lo que habíamos aprendido antes, aunque sea de manera temporal.
 
Los investigadores creen que mantener activas conexiones neuronales que el cerebro considera “innecesarias” genera un gasto de energía adicional. Por eso, en vez de aprender, damos un paso atrás y olvidamos.
 

¿Cómo podemos aplicar estos resultados a la vida práctica?

 
1. No sobresatures tu cerebro con demasiada información porque de esta forma solo estarás entorpeciendo el aprendizaje. Es mejor centrarse en una cosa a la vez y, solo cuando ese aprendizaje se haya consolidado, pasar al siguiente. Por tanto, no te agobies con todo lo que debes aprender, ve poco a poco, como decían los antiguos romanos: “chi va piano, va sano e va lontano“. 
 
2. Crea asociaciones significativas. Recuerda que aprender y memorizar no significa “amontonar” información, porque el cerebro la considerará inútil o innecesaria. Es importante buscar conexiones lógicas, de forma que se creen nuevos patrones neuronales a partir de los ya existentes, en vez de sobreponerse y causar confusión que termine dando lugar al olvido.

¿Se puede dejar la mente en blanco? Sí, pero no le va a gustar el modo

Expertos en meditación, profesores de yoga, psicólogos y psiquiatras coinciden: una cabeza sin ideas es una cabeza sin vida

¿Se puede dejar la mente en blanco? Sí, pero no le va a gustar el modo

Se tiende a pensar que la meditación consiste en dejar la mente en blanco, un error que conduce a abandonar de forma temprana el camino hacia nuestro objetivo. Cuando en clase de estas disciplinas relajantes le animan a borrarlotodo de su cabeza, no se refieren a liberarla de pensamientos, sino a aprender a centrarla en un aspecto sutil como puede ser la conciencia. Para meditar, se debe tener, obligatoriamente, un objeto de meditación, más físico y real cuando se es principiante, y más sutil cuando uno tiene una práctica avanzada. El único modo de no pensar es no estar vivo.

Dejar de cavilar es un deseo más habitual de lo que se imagina, tal y como corrobora Cristina Gutiérrez Juanes, psicóloga sanitaria del centro madrileño Alcalá 177. “Mucha gente se acerca a la consulta buscando ayuda para no reflexionar, desconectar de sus pensamientos, dejar la mente en blanco y atenuar así el sufrimiento que les produce el incesante vaivén de juicios, ideas y sensaciones que bombardean nuestra mente. Sin embargo, no podemos dejar de hacerlo”.

Insiste en lo mismo el doctor Sergio Oliveros, psiquiatra, psicoterapeuta y director del Grupo Doctor Oliveros, para quien la mente no se puede dejar en blanco por definición, pues solo quedaría en blanco cuando fallecemos, y en tal estado ya ni existe. “Lo único que se puede hacer”, añade, “es concentrar la atención hasta que solo perciba el movimiento de las alas de la nariz al respirar, pero estaremos ocupando la mente con el sonido del aire, la variación de la temperatura al entrar y salir del cuerpo y la deformación que induce en las fosas nasales. Entonces, la corteza cerebral se desconecta, solo en parte, empieza a notarse el descanso”.

Cosas que sí puede hacer: avivar uno de sus sentidos

La mente humana recibe continuamente información a través de los cinco sentidos, pero por suerte tiene la capacidad de concentrar la atención sobre el mundo interior de sentimientos, ideas y pensamientos. Y no solo eso… En un momento determinado, de toda la información recibida a través de un sentido concreto, puede seleccionar solo aquello que sea de su interés, según los expertos consultados. En otras palabras, si se concentra en el sentido del oído, por poner un ejemplo, notará cómo este se agudiza poco a poco, y la información que le llega a través del resto de los sentidos se irá haciendo menos relevante, pudiendo llegar incluso a desaparecer. Concentrarse significa reunir en el centro, recoger, centrar. Su opuesto es la dispersión y el esparcimiento.

En el yoga, a este estado de recogimiento se le denomina Dharana (“sujetar la mente”), que significa ser capaz de centrar la mente a voluntad, y mantenerla así durante un lapso sobre un objeto. La clave para conseguirlo, como aclara Carlos A. Miguel Pérez, director de la escuela de yoga Vasudeva de Madrid, pasa por no forzarla, “ya que si intenta calmarla por la fuerza, la mente se resistirá a ello, haciendo exactamente lo opuesto: saltar de un pensamiento a otro”. En la filosofía del yoga hay una ley mental que dice: si un pensamiento prevalece, todos los demás tenderán gradualmente a someterse ante el dominante. Este es un principio básico de la meditación.

“Todas las culturas intentan ‘dejar la mente en blanco’, distrayéndose del entorno y concentrándose en lo que uno desea” (Sergio Oliveros, psiquiatra)

Como apunta Oliveros, una persona rezando el rosario se tranquiliza, un niño contando ovejas se duerme, un judío haciendo genuflexiones frente al muro de las lamentaciones se desconecta del entorno y concentra su atención en la oración. Todas las culturas intentan “dejar la mente en blanco”, distrayéndose del entorno y concentrándose en lo que uno desea.

El primer paso de este camino es llegar a un estado de relajación psicoemocional. Durante la relajación, según nos explica Oliveros, “se produce una disminución de la actividad cerebral cortical y de los estímulos dolorosos, una mejor oxigenación de los tejidos por la dilatación de las arterias y la mayor profundidad de la respiración, una importante relajación muscular y sensación de tranquilidad”.

En yoga, la piedra angular de la relajación es el control de la respiración. De hecho, se dice que allí donde está la respiración está la mente. Pero, como apunta el experto, no se trata de hacer una serie de inspiraciones y expiraciones profundas, sino de un control sobre la entrada y la salida del aire con una profundidad, ritmo y técnicas correctas.

Desde el punto de vista de la psiquiatría, Oliveros anima a seguir este camino, sin obstinarnos en dejar la mente en blanco. “Basta con que logremos relajarnos por la vía que nos sea posible, preservar cada día un espacio y un tiempo para nosotros y procurar evitar caer en círculos doctrinales o sectarios que pueden alejarnos del verdadero objetivo de la relajación, mejorar nuestra convivencia con la realidad y no alejarnos de ella como a menudo ocurre”, añade. En el ámbito de la psicología clínica, como sostiene Cristina Gutiérrez, lo único que podemos lograr es la capacidad de eliminar pensamientos o preocupaciones que nos hacen daño e interfieren en nuestra vida, y aprender a darle más importancia y mayor duración en nuestra mente a las ideas que nos provocan satisfacción. Al final se trata de controlar la mente, no de anularla, para cosechar los beneficios para la salud que la ciencia ya reconoce a esta práctica milenaria.