Síndrome de la Insistencia Errónea: Esforzarse mucho para no lograr nada

A todos nos sucede, antes o después. Llega un momento de la vida en el que nos damos cuenta de que necesitamos cambiar, que debemos poner rumbo en otra dirección porque lo que estamos haciendo simplemente no funciona o nos conduce a un callejón sin salida. 
 
Sin embargo, hacer consciente la necesidad del cambio es tan solo el primer paso. Normalmente después llega una fase en la que nos bloqueamos, nos sentimos atrapados por las decisiones del pasado y nos damos cuenta de que los malos hábitos regresan. 
 
Sin darnos cuenta, comenzamos a insistir en la dirección errónea y, obviamente, no avanzamos sino que comenzamos a retroceder. Sin embargo, el esfuerzo que realizamos es tal que terminamos agotados y desmotivados, sin comprender qué ha pasado. La respuesta es muy sencilla: hemos sido víctimas de lo que se podría denominar: “Síndrome de la Insistencia Errónea”. 
 

Insistir en la dirección equivocada

 
Imagina que es verano. Estás sentado tranquilamente en el sofá de tu casa y comienzas a sentir un calor sofocante. Para refrescarte, abres un poco la ventana. Luego abres una ventana opuesta, para crear un poco de corriente.
 
Cuando vuelves al sofá te sientes mucho mejor pero al cabo de unos minutos piensas que si abrieses un poco más las ventanas, sentirías aún menos calor. Te levantas y lo haces. Y así continúas, hasta que abres las ventanas de par en par.
 
Finalmente te sientas tranquilo en el sofá, dispuesto a relajarte y a disfrutar de la brisa, pero al cabo de un rato te percatas de que el calor ha vuelto. ¿Por qué?
 
La respuesta es muy sencilla: según la Física, llega un punto a partir del cual, mientras más abres las ventanas, más despacio circula el aire.
 
En la vida, en muchas ocasiones ponemos en práctica este tipo de comportamiento. De hecho, insistimos en la dirección errónea cuando:
 
– Nos aferramos a comportamientos del pasado, que en su momento fueron eficaces pero que en la actualidad han dejado de serlo y han perdido su sentido.
 
Insistimos en la crítica, pensando que si la repetimos muchas veces, la otra persona terminará cambiando, cuando en realidad solo lograremos que se ponga a la defensiva.
 
– Nos obstinamos en seguir un sueño o una idea que creemos brillante, sin tomar en consideración las pistas que nos envía el mundo real para indicarnos que vamos por mal camino.
 
– Nos atamos a una relación, generalmente de pareja, que ya no funciona y que se ha convertido en una fuente de conflictos e insatisfacciones.
 
En todos estos casos, al inicio determinados comportamientos, creencias o ideas fueron perfectamente válidos y eficaces. Sin embargo, en cierto punto del camino las condiciones cambiaron y no nos dimos cuenta, por lo que seguimos repitiendo los viejos comportamientos o aplicamos creencias que han pasado a ser desadaptativas. Obviamente, en este punto los resultados que obtenemos no son los esperados, en vez de avanzar, nos sentimos estancados o incluso retrocedemos. 
 
En ese punto entramos en un bucle ya que comenzamos a insistir en la dirección errónea, malgastando nuestra fuerza y energía. Entonces, en vez de reflexionar sobre nuestras creencias de base, pensamos que el problema es que no nos aplicamos lo suficiente, por lo que redoblamos aún más nuestros esfuerzos en la dirección equivocada. 
 
Obviamente, vivir dentro de este bucle, luchando continuamente contra la corriente, puede ser devastador porque podemos terminar creyendo que no somos lo suficientemente buenos, cuando en realidad el único problema es que debemos cambiar de dirección.
 

¿Cómo salir de ese círculo vicioso?

 
Si en los últimos tiempos te sientes atrapado en una situación que está consumiendo tu fuerza y energía pero no logras los resultados que esperabas, quizá el problema es que estás insistiendo en la dirección errónea. Plantéate estas preguntas:
 
– La vida cambia continuamente, ¿tú has cambiado lo suficiente? Un proverbio chino dice “no puedes dirigir el viento, pero sí las velas de tu barco”. La vida cambia continuamente, pero a veces no somos capaces de adaptarnos con suficiente rapidez a esas transformaciones. Sin embargo, seguir repitiendo comportamientos del pasado, solo porque una vez funcionaron, no es garantía de éxito, más bien es un salvoconducto al fracaso.
 
– Mira a tu alrededor, ¿qué señales te envía el mundo? En muchas ocasiones nos empecinamos en seguir un camino porque estamos demasiado ensimismados en nosotros mismos y pasamos por alto las señales que nos envía el mundo para indicarnos que vamos en la dirección errónea. Por tanto, haz un alto en el camino, establece una distancia emocional e intenta descifrar el significado de todos esos obstáculos, problemas y conflictos que están apareciendo y te detienen. Quizá solo están ahí para decirte que es mejor que tomes otro camino. De hecho, si tu plan no funciona, no significa que debes cambiar la meta, sino el plan. 
 
– ¿A qué le temes? A veces insistimos en la dirección errónea porque los otros caminos nos dan miedo. De hecho, es un error común en las relaciones de pareja. Nos mantenemos atados a una persona porque pensamos que no vamos a encontrar a nadie más y nos da miedo quedarnos solos. Obviamente, esa no es una buena razón para guiar nuestra vida. Asegúrate de que tus decisiones expresen tus sueños e ilusiones, no tus miedos. 

Las personas autodestructivas comparten estos 15 rasgos

Las personas autodestructivas comparten estos 15 rasgos
 

¿Conoces alguna persona con tendencia hacia la autodestrucción?

Desde la psicología clínica, los individuos con una personalidad autodestructiva comparten una serie de características en su conducta. Son comportamientos que van en contra de sus intereses, son contraproducentes para su bienestar y se provocan daño físico y psicológico hacia sí mismos.

¿Quién sufre este tipo de personalidad autodestructiva?

Los rasgos de la personalidad de las personas autodestructivas suelen aparecer en la etapa adulta, y pueden ser el efecto de una amplia variedad de factores contextuales, psicológicos y biológicos.

Estas personas suelen rehuir de todas las experiencias positivas y placenteras que les ofrece la vida. Esto les lleva a generar situaciones y relaciones interpersonales caóticas y en las que suele haber sufrimiento. Además, suelen ser cerrados y no aceptan la ayuda de sus allegados.

Diagnóstico (señales y síntomas de alerta)

Varios manuales de diagnóstico señalan las características principales que comparten las personas que tienden hacia conductas y hábitos autodestructivos.

Si la persona presenta por lo menos de los cinco criterios diagnósticos, podemos hablar de una persona con tendencia hacia la autodestrucción.

  • Tiende a relacionarse con personas y desarrollarse en contextos en los que es probable que se produzcan desengaños y decepciones. Incluso puede tener tendencia a sufrir maltrato por parte de otras personas, incluso pudiendo escoger relacionarse en ambientes más saludables.
  • No deja que otras personas le ayuden o le aconsejen.
  • Si logran alguna mejora importante en su vida (por ejemplo un buen empleo o cualquier otro logro positivo) reaccionan con depresión, sensación de culpa o conductas autolesivas.
  • Provoca a los demás hasta que se enfadan con él y después se siente humillado y ofendido.
  • No acepta involucrarse en actividades placenteras, o si lo hace no le gusta reconocer que se lo pasa bien (aun teniendo las habilidades sociales suficientes).
  • No consigue llevar a cabo las tareas y compromisos necesarios para lograr sus objetivos académicos o profesionales, aunque tenga la capacidad para hacerlo. Puede ayudar a otras personas a mejorar, pero son incapaces de aplicar los conocimientos y actitud necesarios a su propia vida.
  • No acepta que los demás se interesen en su bienestar.
  • Es demasiado propenso a auto-sacrificarse para ayudar a otras personas.
  • Aguanta y no se revela ante el abuso psicológico, físico o sexual que otras personas le infligen.
  • Los comportamientos descritos no solo tienen lugar cuando el individuo está deprimido o en unas circunstancias especialmente duras.

Entendiendo el comportamiento de estas personas

Es difícil comprender por qué razón las personas autodestructivas no dejan que otras personas les ayuden a salir de su situación. ¿Cómo se explica que tengan hábitos muy poco recomendables que tarde o temprano les provocarán problemas?

Por lo general, todos buscamos que nuestra vida mejore. Buscamos sentirnos cómodos y queridos, nos sentimos motivados a buscar un mayor bienestar y experiencias positivas para nuestra vida. Sin embargo, la conducta autodestructiva rompe con esta tendencia general, y esto es algo que preocupa a los profesionales de la salud mental.

La génesis: baja autoestima

Los comportamientos de autodestrucción suelen ser manifestaciones de varios conflictos emocionales y trastornos de fondo. Principalmente, la baja autoestima es la causa más citada, además del resentimiento hacia uno mismo.

La comunidad de profesionales de la salud mental suelen coincidir en señalar que este tipo de conductas autolesivas pueden ser mecanismos adaptativos ante situaciones y contextos de gran demanda cognitiva y emocional. Por ejemplo, el estrés, la ansiedad, la presión laboral y otros factores podrían ser la base necesaria (pero no suficiente) para que una persona reaccione de forma autodestructiva.

SIn embargo, otros profesionales señalan que las personas con este tipo de comportamientos podrían ser presos de su zona de confort, por culpa de su baja autoestima, estigmas de indignidad o pobre autoconfianza.

Hábitos y conductas típicos en las personas autodestructivas

La conducta autodestructiva puede adquirir distintas manifestaciones, algunas más severas, y otras menos preocupantes.

En total, podemos enumerar hasta 15 conductas y hábitos frecuentes.

1. Pensamientos negativos

Los pensamientos negativos recurrentes pueden ser el fundamento de la conducta autodestructiva. Cuando estas personas se focalizan en lo malo que podría suceder, acaban obsesionándose y es mucho más probable que estas fatalidades se materialicen en la realidad. Ejemplos de estos pensamientos son: “Estoy seguro que voy a fracasar”, “De esta no saldré bien”, etcétera.

2. Incapacidad para afrontar el problema

Esta es una manifestación pasiva, pero es una de las claves para entender a una persona autodestructiva. Las personas psicológicamente equilibradas son capaces de tomar medidas cuando están viviendo una situación negativa. En cambio, los individuos con este problema no hacen nada para evitar el dolor, con lo cual cada vez se sienten más inútiles e inmersos en una espiral de inacción.

3. Desórdenes alimentarios

Comer demasiado puede ser una conducta autodestructiva con terribles efectos a medio y largo plazo. También puede ser lo contrario: alimentarse muy poco, que también se asocia a una mala autoimagen.

4. Problemas constantes con otras personas

Suelen tener conflictos frecuentes con otras personas. Como cabe esperar, estos conflictos acaban volviéndose en su contra. Esto puede causar que sean personas rechazadas, aisladas, y que sufran humillaciones y otros problemas relacionados con la ausencia de relaciones sociales.

5. Poca confianza en sus capacidades

Estas personas se perciben como poco inteligentes y no creen en sus posibilidades de lograr cosas importantes. Esta baja percepción sobre las habilidades propias puede ser el preludio de la inactividad, y puede sepultar cualquier proyecto laboral o académico.

6. Autolesiones

Infringirse daño físico es un signo de que la persona tiene problemas importantes y es una conducta claramente autodestructiva. Es una de las más peligrosas y su expresión última e irreversible es el suicidio.

7. Auto-indulgencia: “todo me sale mal”

Otro de los rasgos característicos es la autocompasión. Les proporciona un cierto confort inconsciente porque los pensamientos autocompasivos les ayudan a quedarse inmóviles, recreándose en sus desgracias. Esto les impide tomar las riendas de su vida y salir de la espiral negativa.

8. Drogadicción

Otro rasgo clásico es el abuso de sustancias tóxicas, tales como el alcohol u otras drogas. Es una conducta que no solo afecta a la salud física y mental del afectado, sino que también resquebraja la relación con sus familiares y amigos.

9. Aislamiento (deliberado)

De forma deliberada (aunque a veces no del todo consciente), las personas autodestructivas se alejan de sus amigos y compañeros. Esto lo consiguen con una serie de conductas molestas y antisociales que irritan a sus allegados, hasta el punto de que son excluidos de los grupos sociales.

10. No expresan sus emociones

Suelen ocultar sus sentimientos. Esta tendencia a reprimir las emociones negativas e incluso las positivas puede acarrearles distintas manifestaciones de problemas mentales y emocionales, y también trastornos psicosomáticos.

11. Se niegan a ser ayudados

Son personas que no dejan ayudarse ni por familiares, ni por amigos, ni por profesionales de la salud mental.

12. Se sacrifican exageradamente

¿Has oído hablar del síndrome de Wendy? Es un conjunto de síntomas comunes entre personas que se centran demasiado en satisfacer las necesidades de otros individuos, descuidando su propio bienestar. Es un comportamiento autodestructivo porque, bajo la etiqueta de conducta altruista, son capaces de negar su propia libertad y perder el camino hacia la felicidad.

13. Gastos incontrolados

Las máquinas tragaperras, la adicción a las compras o los juegos de azar pueden suponer gastos incontrolados que nos indican que una persona no goza de equilibrio emocional o psicológico. Es una conducta de autodestrucción bastante frecuente.

14. Falta de cuidado físico y mental

Pueden estar largas temporadas abandonándose física y mentalmente: duermen poco, se alimentan negligentemente, no practican actividad física, casi no se duchan… son signos muy típicos entre las personas con tendencia a la autodestrucción. Tampoco prestan atención a ciertos problemas psicológicos que puedan estar sufriendo.

15. Celosos, posesivos…

No son capaces de cuidar convenientemente sus relaciones sentimentales. Presentan conductas de celos, posesividad, chantaje emocional, e incluso violencia. Obviamente, las parejas les acaban dejando.

Concluyendo

Las personas autodestructivas expresan distintos comportamientos que, de forma consciente o inconsciente, destruyen su salud física y emocional. Su camino hacia la felicidad y el éxito se trunca por este tipo de actitudes.

Por suerte, este tipo de cuadros psicológicos pueden ser tratados por profesionales de la salud mental, que pueden promover terapias y acciones encaminadas a mejorar su calidad de vida y solucionar este tipo de conflictos internos.

Autor:Xavier Molina/Psicólogo social

Web original: psicologiaymente

¿Cuál es el secreto de las personas carismáticas?

Un segundo y medio no es mucho tiempo, en nuestra vida cotidiana pasa prácticamente en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, cuando se trata de las interacciones sociales, ese segundo y medio es un tiempo enorme y puede marcar una diferencia sustancial.
 
De hecho, es probable que en más de una ocasión ese segundo y medio te haya delatado. Por ejemplo, cuando tu mejor amigo te contó que iba a casarse y, en vez de felicitarlo inmediatamente, tardaste más de lo habitual en responder.
 
Todos sabemos lo que significa no decir nada durante un segundo y medio, y casi nunca es bueno. Esas pequeñas pausas de fracciones de segundo pueden revelar lo que estamos pensando, sin que tengamos que decirlo. Obviamente, también pueden afectar profundamente nuestras relaciones interpersonales ya que la otra persona se percata de nuestra sorpresa o rechazo. Y lo peor de todo es que ese efecto no se puede deshacer.
 

La agilidad mental se encuentra en la base del carisma

 
Psicólogos de la Universidad de Queensland están convencidos de que uno de los secretos de las personas carismáticas consiste precisamente en reaccionar lo suficientemente rápido en las situaciones sociales, no quedarse mudos o paralizados durante ese segundo y medio de tiempo.
 
En un estudio reciente, estos psicólogos les plantearon a un grupo de voluntarios una serie de preguntas relativamente sencillas de cultura general, y midieron el tiempo que tardaban en responder. Las personas más rápidas podían responder en unos 400 milisegundos, los más lentos tardaban el doble.
 
A continuación, los psicólogos les pidieron a los amigos de cada uno de los participantes, que evaluaran su carisma. Así descubrieron que las personas que respondían más rápido a las preguntas también eran consideradas más carismáticas. 
 
Sin duda, la velocidad para responder a las preguntas es un signo de que somos capaces de escudriñar en nuestra memoria con suficiente rapidez, atar cabos sueltos y sacar conclusiones que nos permitan responder con acierto. Esa capacidad no solo es útil para resolver problemas de agilidad mental sino también en la vida cotidiana, sobre todo en las relaciones sociales, donde a menudo necesitamos recurrir al ingenio para dar respuestas rápidas que causen una buena impresión o que eviten un problema de proporciones mayores.
 

No vale lo primero que cruce por la mente

 
Lo cierto es que la velocidad con la que respondamos en las situaciones sociales es un factor determinante en diferentes contextos y según el tipo de interacción. Por ejemplo, quedarse pensando durante un segundo y medio cuando tu pareja te pregunta si le amas puede dar pie a una discusión o puede generar una gran inseguridad en la otra persona. Hay situaciones en las que se presupone que debemos responder con celeridad, sin pensar demasiado.
 
Obviamente, no se puede sacrificar la precisión a la velocidad. De hecho, las personas carismáticas no lo hacen, no dicen lo primero que pasa por su mente sino que son capaces de buscar la respuesta adecuada en poco tiempo. En práctica, estas personas pueden evaluar diferentes respuestas y encontrar la más adecuada en cuestión de milisegundos, un tiempo que marca una diferencia sustancial en las relaciones interpersonales.
 
Por tanto, esto significa que si deseas desarrollar tu carisma, un buen punto de partida consiste en mejorar la agilidad mental. Para lograrlo, basta con que te plantees continuamente nuevos retos intelectuales, te cuestiones todo, sobre todo las cosas que siempre has dado por sentadas, y te atrevas a abrir la mente para descubrir nuevas respuestas, menos tradicionales y más ingeniosas.
WEB ORIGINAL: http://www.rinconpsicologia.com/

​Personas rencorosas: 10 rasgos y actitudes que las caracterizan

El rencor: un sentimiento negativo que puede ser muy perjudicial para tu salud psicológica.

​Personas rencorosas: 10 rasgos y actitudes que las caracterizan

Todos nos hemos cruzado con personas rencorosas a lo largo de nuestra vida. Ya sea por parte de un amigo, pareja o familiar. Estos últimos, a diferencia de los dos primeros no los elegimos, por lo que posiblemente tengamos que hacer frente a una situación compleja.

Por otro lado, es común que cuando una relación amorosa se rompa, y debido a la intensidad de los sentimientos característicos de este tipo de relaciones, aparezca un gran rencor hacia la otra persona. Al menos hasta que aceptemos la ruptura.

La diferencia entre rencor y venganza
El rencor es un tipo de daño moral, por el que nos sentimos ofendidos y queremos venganza. Surgen emociones como el odio, la ira y las ganas de hacerle pagar a la otra persona lo que nos ha hecho (o creemos que nos ha hecho).

¿Pero es lo mismo rencor y venganza? Podríamos decir que el rencor es el sentimiento de que nos han hecho daño, pero la venganza es cuando nos comportamos de manera hostil y queremos que la otra persona sufra las consecuencias de habernos hecho daño. Rencor y venganza suelen ir de la mano, aunque no siempre se materializa esta última.

Características de las personas rencorosas
¿Pero qué caracteriza a una persona rencorosa? ¿Cómo podemos reconocer a este tipo de individuos? Estos son los 10 rasgos o actitudes que caracterizan a las personas rencorosas.

1. Ni perdonan ni olvidan
Las personas rencorosas suelen decir que perdonan… pero no olvidan. En realidad, ni perdonan ni olvidan, porque si realmente perdonaran, olvidarían. El hecho de no perdonar significa que lo ocurrido sigue presente y por eso se sienten de esa manera. La mejor manera de olvidarse de algo es perdonando. Y el perdón, aunque a veces nos cueste verlo, es necesario para mantener el equilibrio emocional.

Respecto a esto, te puede interesar nuestro artículo: “El perdón: ¿debo o no debo perdonar a quien me hirió?”
2. No aprenden del pasado
Las personas rencorosas no aprenden del pasado y se quedan estancadas en los hechos que les han ocurrido. En vez de ver las malas experiencias como oportunidades para crecer, se toman todo como algo personal, lo que les imposibilita poder avanzar.

3. Piensan que ellos nunca se equivocan
Este tipo de individuos piensan que son perfectos y que ellos no cometen fallos. Son poco tolerantes y demasiado rígidos y cuando alguien no actúa como ellos quieren, suelen ser muy duros con los demás. Todos tenemos derecho a equivocarnos, es parte de la vida.

4. Todo es blanco o negro
Estos individuos se mueven en los extremos: o todo es blanco o todo es negro. En otras palabras, no hay término medio. El bueno-malo no siempre no siempre explica lo que sucede en las relaciones interpersonales, porque influyen muchas variables en nuestro comportamiento.

5. Son muy orgullosos
Como son personas intransigentes, las personas rencorosas son orgullosas también. A la mínima se lo toman como algo personal y piensan que les están atancando. Eso hace que se pongan a la defensiva e intenten mostrarse fuertes. Lo cierto es que ser un individuo orgulloso no tiene porque ser un indicador de ser una persona mentalmente fuerte, sino que es un síntoma de debilidad.

Para dejar de ser una persona orgullosa puedes leer nuestro artículo: “5 consejos para dejar de ser tan orgulloso”.

6. Siempre desean tener el control
Las personas rencorosas suelen ser personas que quieren tenerlo todo bajo control. No se sienten cómodas dialogando y no aceptan que los demás tengan su opinión y un gusto diferente. Como se ha dicho antes, son intransigentes y todo ha de encajar en su percepción de mundo perfecto.

7. Se ofenden con facilidad
Y claro, cuando esto no ocurre se ofenden con facilidad. En el fondo, el rencor es una forma de no aceptar las cosas y, de hecho, puede que incluso enmascare las propias inseguridades. El rencor no es bueno puesto que mantiene la herida abierta durante mucho tiempo. Lo mejor es aceptar y pasar página.

8. Siempre quieren tener la razón
Pero la inseguridad también va ligada al deseo tenerlo todo bajo control y de querer tener siempre la razón. Las personas inseguras temen las opiniones de los demás y no se sienten cómodas cuando son puestas a prueba por los demás. Siempre quieren tener la razón y cuando esto no ocurre no lo aceptan.

9. La vida es un drama para ellos
Cuando guardamos el rencor en el corazón la vida no es un lugar agradable, porque recuerdas constantemente lo que te han hecho y, en vez de superarlo, te recreas en ello. Las personas rencorosas suelen ser rencorosas con más de una persona y, por tanto, convierten su vida en un drama.

10. Se creen mejores que los demás
Como ya se ha dicho, el rencor puede entenderse como la no aceptación de lo ocurrido y el sentimiento de que nos han hecho daño. Pero no deja de ser la percepción sobre cómo nos han tratado. Si le quitamos hierro al asunto, difícilmente nos va a afectar. Ahora bien, si nos creemos mejor que los demás y pensamos que solo ellos hacen mal las cosas, le vamos a dar más valor del que tiene a lo que ocurrió.

Todo el mundo puede cambiar
Si conoces a alguien rencoroso o si tú mismo tienes algunos rasgos descritos, no te preocupes. Un cambio de actitud puede hacerte ver la vida de otro color y mejorar tus relaciones personales. Si ves que tienes más dificultades de las previstas para solucionar esta actitud, siempre podrás acudir a un psicoterapeuta que te pueda ayudar

Juan Armando Corbin

Juan Armando Corbin

Psicólogo de las organizaciones

Licenciado en Psicología por la Universidad de Buenos Aires. Máster en Recursos humanos y experto en comunicación empresarial y coaching.

 

 

¿Qué puede decirte un limón sobre tu personalidad?

¿Eres extrovertido o introvertido? Para responder a esta pregunta la mayoría de las personas toman en cuenta si disfrutan de las fiestas, si tienen problemas para entablar conversaciones con extraños o si pueden hablar en público sin gran estrés. 
 
Sin embargo, el problema de este enfoque es que no resulta muy objetivo. Deberíamos responder honestamente, y es difícil no caer en el autoengaño para reafirmar esa imagen ideal que tenemos de nosotros mismos.
 
Un enfoque completamente diferente para responder a esta pregunta implica el uso de un limón, o más bien zumo de limón concentrado. De hecho, se trata de una prueba que tiene una larga historia en el marco de la Psicología de la Personalidad, y es muy fácil ponerla en práctica en casa. 
 
Solo necesitarás un bastoncillo de algodón, al que deberás atarle un pequeño trozo de hilo exactamente en el centro. Coloca un extremo del bastoncillo de algodón en tu lengua durante 20 segundos. A continuación, pon cinco gotas del zumo de limón concentrado en tu lengua, traga y luego pon el otro extremo del bastoncillo de algodón encima de la lengua durante otros 20 segundos. Por último, toma el bastoncillo de algodón y deja que cuelgue, sosteniéndolo por el hilo. 
 
Tendrás que fijarte si cuelga en posición más o menos horizontal, o si el extremo que usaste al final del jugo de limón cuelga más hacia abajo, en cuyo caso indica que es más pesado. Si un extremo cuelga hacia abajo será porque el zumo de limón te hizo salivar más de lo habitual, lo cual es una señal fisiológica de que eres una persona introvertida. Al contrario, si el bastoncillo de algodón se mantiene en posición bastante horizontal, sugiere que no reaccionaste mucho ante el zumo de limón y que, probablemente, eres extrovertido. ¿Por qué? ¿Cómo se explica este fenómeno?
 

Las personas introvertidas reaccionan con mayor intensidad ante los estímulos

 
En realidad, este pequeño experimento se remonta a mitad de la década de 1960, y fue llevado a cabo por uno de los pioneros de la Psicología de la Personalidad, Hans Eysenck, y su colega Sybil Eysenck.
 
En el experimento original, estos psicólogos usaron instrumentos para medir la cantidad de saliva que absorbió el algodón antes y después de que las personas se expusieran al zumo de limón. Estos investigadores querían comprobar la “teoría del despertar cortical” sobre la extroversión e introversión.
 
Según este psicólogo, estas características de personalidad tienen una base fisiológica, de forma que los introvertidos tienen una mayor excitación cortical basal, la cual hace que reaccionen con mayor intensidad ante los estímulos. En práctica, las personas introvertidas tienen una mayor activación cortical, lo cual explicaría por qué suelen ser más perseverantes y por qué prefieren alejarse de actividades sociales que generan una gran excitación.

Al contrario, las personas extrovertidas tendrían una menor activación cortical, por eso buscan continuamente situaciones y actividades que le generen excitación. Así, Eysencks descubrió que las personas introvertidas tienden a salivar más como respuesta al zumo de limón y que los extrovertidos salivan menos.

Sin embargo, hoy sabemos que aunque la introversión y extraversión tienen un componente biológico y hereditario, esa teoría de la excitación es solo una verdad a medias. Existe una amplia evidencia que indica que las personas introvertidas tienden a responder con más intensidad a los ruidos fuertes y otros estímulos sensoriales. Sin embargo, contrario a la teoría de Eysenck, no hay muchas pruebas de que los introvertidos tengan un nivel mayor de excitación basal.

 
Por tanto, aunque la prueba del limón no pueda predecir con exactitud si eres extrovertido o introvertido, te dará algunas pistas sobre tu sensibilidad física. Si te animas, lo ideal es que la repitas al menos un par de veces para obtener resultados más fiables.
 

La reacción ante el limón desvela tu nivel de empatía

 
En cualquier caso, el limón también te puede dar otras pistas sobre tu personalidad. Una investigación más reciente realizada en la Universidad de Zúrich utilizó el limón para conocer el nivel de empatía. Estos psicólogos les pidieron a los participantes que se colocaran tres pedazos de algodón en la boca para recoger la cantidad de saliva. Mientras tanto, debían ver dos vídeos de un minuto cada uno, en uno aparecía un hombre simplemente trasladando bolas de colores, en el otro aparecía un hombre cortando y comiéndose un limón.
 
Al analizar los algodones los psicólogos descubrieron que los participantes salivaban más cuando veían al hombre comiéndose el limón, lo cual es una reacción que se conoce como “resonancia autonómica”; es decir, que tenemos la tendencia a imitar automáticamente los estados fisiológicos de los demás, como cuando bostezamos al ver a alguien bostezando. De hecho, en las pruebas de resonancia magnética se ha podido apreciar que cuando vemos a una persona sufriendo, en nuestro cerebro se activan las mismas áreas relacionadas con el dolor, lo cual se debe, entre otros factores, a la activación de las neuronas espejo.
 
Sin embargo, las personas diferían en el grado de sensibilidad, lo cual se apreciaba por la cantidad de saliva. Los psicólogos apreciaron que las personas más empáticas también eran aquellas que más salivaban en la prueba.
 
Por supuesto, hacer esta prueba en casa es más complicado porque sería necesario tener las medidas de otras personas con las cuales comparar los resultados. Aún así, se trata de experimentos interesantes que nos ayudan a comprender que cuerpo y mente son una unidad indisoluble.